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Archive for 22 junio 2015

Artículo publicado en Wadi AS su edición del 13 de junio de 2015

No puedo entender que hoy día, con la de información que circula por todos lados, con las facilidades existentes para acceder a ella, con lo que se ha avanzado en materia de derechos y libertades individuales en sociedades como la nuestra, con recursos públicos tan al alcance, haya adolescentes víctimas de violencia machista. Según leo, el Instituto Andaluz de la Mujer ha atendido desde finales de 2012 en Granada a 31 chiquillas por esta razón.

Algo estaremos haciendo mal cuando están presentes a tan corta edad los patrones de desigualdad en los que arraigan conductas de abusos y malos tratos. Evidentemente existe un problema no resuelto cuando hay menores que recurren a la violencia, la humillación y el control en sus relaciones sociales más íntimas y cercanas. Hablaba la semana pasada del acoso escolar y continúo en esta con este otro tema del maltrato entre adolescentes con vinculaciones afectivas, y en ambas situaciones de conflicto la educación, en su sentido más amplio, complejo y completo, está en el meollo del asunto. Que sí, que haría mucho bien un sistema educativo estructurado en el que los planes de estudio no cambiasen con cada gobierno entrante ni se modificasen a placer por motivos ideológicos o idiomáticos. Que sí, que respetar la autoridad del profesor y prestigiar la cultura del mérito –que no tiene por qué significar una vuelta a autoritarismos pretéritos ni amparar la creación de élites-, debería mirarse como ese freno necesario al “todo vale”, al triunfo del mediocre y del listillo, sobre el que se esfuerza y el que vale de verdad. Que sí, que se precisan estrategias curriculares ambiciosas respaldadas con suficiente dotación presupuestaria, pero no sólo, pues todos sabemos que la educación “educación” no es exclusivamente “lo que se enseña en los centros educativos”. La mala educación, lo aprendido dañino, caldo de cultivo perfecto para abusones de pupitre y maltratadores imberbes, entra por muy diversas razones, de muy diferentes maneras.

Repasemos en primer lugar los valores que guían nuestra rutina, que rigen nuestro entorno. Empecemos por nosotros mismos, que lo de ver la paja en ojo ajeno es mu facilico. Siempre la responsabilidad es de otro, ¿cierto? ¿Uno?, nunca. ¿Uno?, ¡na’ de na’! Responsable es el maestro –que tiene que instruir-, el político –que tiene que gobernar-, el padre del acosador –que tiene que echarle un buen rapapolvo-, la basura de programas que echan por la tele… pero luego somos nosotros quienes minimizamos la magnitud del problema que nos viene contando nuestro/a hijo/a, ninguneamos al maestro, hablamos con ligereza sobre política, nos acobardamos si sorprendemos a nuestro hijo/a macarreando a otros niñillos/as, acabamos matando el rato empachándonos de telebasura. Hagámonoslo ver.

Puede que no conozcamos a ninguna de esas 31 muchachas que han sufrido en sus carnes violencia de parte de quienes creían sólo recibirían cariño, pero el simple hecho de saber de su existencia nos debería estar quemando por dentro. No ya porque nuestros hijos/as puedan verse en un futuro en la misma situación, sino porque es síntoma de una sociedad enferma que a tan tempranas edades se den casos de chantaje, vigilancia, coerción, coacción, abuso, insulto, que por supuesto son execrables sea cual sea la edad de la víctima, pero que levantan una especial preocupación cuando agresor y agredida son tan jóvenes. Si sucede esto a los quince años, ¿qué no pasará a los veinte, treinta, a los cuarenta años?

Definitivamente algo no funciona. Y no es algo que se deba a una única causa. El barco hace aguas por muchos puntos. De otra forma no se comprende que en el siglo XXI, en el milenio de la información al instante y la suficiencia personal, se perpetúen estas relaciones tan tóxicas, donde fidelidad se confunde con celos, donde el afecto se identifica con la sumisión mostrada o la dominación ejercida, y, lo que es más significativo, que se den entre adolescentes paridos y criados en una sociedad concienciada –se supone- contra esta lacra y en la que se dan por superados –se supone también- antiguos modelos de pareja basados en funcionamientos asimétricos y tiránicos –al menos en teoría; está visto que no, o no del todo-.

Sé que ya he compartido con ustedes reflexiones similares, pero tenía que hablar de estas 31 niñas, pues son la punta de un iceberg grandísimo contra el que seguiremos chocando si no lo estudiamos en su plena dimensión y profundidad.

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Publicado en Wadi As en su edición del 6 de junio de 2015

No solo de noticias de pactos poselectorales, traiciones partidistas y demás casquería política vive el hombre. Y bien que el españolito/la españolita de a pie lo deja claro haciendo clic en esta y aquella que acaban engrosando la sección de “Lo más visto y leído” que incluyen los digitales, en cuyas posiciones de cabecera se cuelan asuntos tan variopintos como el permiso penitenciario de la Pantoja, la pitada al himno nacional en la final de la Copa del Rey y la vuelta al candelero de Vicky Larraz, además, por supuesto, de las “frikinews” de turno que incomprensiblemente aparecen publicadas en medios en teoría serios pero que rayan en lo ridículo al hacerse eco de la última salida de tono del esperpento de moda o dar cabida a estudios supuestamente científicos con cantosos titulares sobre auténticas chorradas, por citar un par de ejemplos bastante habituales. Haciendo gala de un relativismo pasmoso, lo mismo publican concienzudos trabajos de investigación que rumorología travestida de supernoticia. Pero esto es harina de otro costal y la paulatina conversión de las ediciones online de los medios en meras webs contenedoras de información que no tiene por qué ser “digerida” ni trabajada ni contrastada, claro síntoma del declive irreversible del oficio periodístico, merece ya no artículo aparte, sino todo un serial.

Bien, pues aún entre las noticias sensacionalistas, morbosas, llamativas, escandalosas que captan nuestro interés, encuentran hueco aquellas que en verdad tratan temas importantes, como es este del acoso escolar. Cómo prevenirlo y abordarlo vuelve a estar sobre la mesa de debate a raíz de la última víctima mortal que se ha cobrado el “bullying” en nuestro país. Y, como por desgracia suele pasar, después de mucho bla-bla-bla de expertos de turné de plató en plató, de mucha cámara y mucha alcachofa ávidas de testimonios a pie de colegio, de comentarios fuera de lugar en las redes sociales, podemos sacar poco en claro de qué hacer si nuestro hijo se ve en una situación de este tipo. De todo lo que se ha publicado al respecto estos días, me ha llamado la atención una pieza que informaba sobre un programa implantado en Finlandia que ha reducido los casos de acoso en muchas escuelas. Este método actúa en especial en la actitud de los testigos, es decir, pretende que los compañeros del acosador ni le rían la gracia ni miren para otro lado cuando asisten a un episodio de acoso. Sin duda que los acosadores se valen del silencio de la mayoría que no quiere meterse en líos, que va a su bola, para arrinconar y amedrentar a sus anchas a su presa. Y sin duda que acosarían mucho menos si, de repente, esa mayoría silenciosa que con su indiferencia legitima el acoso deja de serlo y, por ejemplo, le afea la conducta o le da la espalda. Este sistema viene a sostener que la falta de reconocimiento entre iguales puede ser más efectiva que el endurecimiento de la ley o cambios en el régimen de sanciones del centro escolar. El grupo puede marcar la diferencia. Sin auditorio ante el que lucirse, el acosador es menos estrella.

Interesante es también este método en lo que respecta a la comunicación fluida y continua que debe existir entre el colegio y las familias. Y en este punto, de nuevo, la educación que se recibe en la familia, lo que el niño ve y oye y aprende en el seno familiar, vuelve a tener una función vertebradora clave. Es en la familia donde se llena de contenido la palabra “respeto”, donde se fija el límite que separa libertad y libertinaje, donde el niño percibe que sus derechos acaban donde empieza el uso y disfrute de esos derechos por parte del otro, llámese prójimo,  conciudadano, compi de pupitre. En la familia se enseña que no vale todo.

Por supuesto que el éxito de este programa debe mucho al bien estructurado sistema educativo finlandés. Por supuesto que los acosadores no se crían solo en familias problemáticas. Pero ambos factores, tanto la educación en valores en el ámbito familiar como la aplicación de esos valores en la vida en sociedad, podrían neutralizar en gran medida la aparición de acosadores y de acosados y, sobre todo, de esa mayoría que ni siente ni padece y que, con su inacción y pasotismo, consiente y sentencia.

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Publicado en Wadi As en su edición del 30 de mayo de 2015

 

Calcadita a la cara que puse el otro día cuando, con el carricoche cargado después de una compra generosa, me disponía a coger el ascensor hasta el andén del tren que me llevaría a casa y, ¡sorpresa!, estaba fuera de servicio por avería –y lo estaría durante todo el mes siguiente-, ha sido la de un chico que, en silla de ruedas, ha querido acceder a la sucursal de su banco y no ha podido por serle imposible salvar el escalón de la puerta de entrada. Llámenlo rabia, indignación, impotencia, que, al final, la mueca que queda impresa en el rostro viene a ser la misma cuando uno ve interrumpida su rutina y, lo que es peor, se siente en desventaja respecto a los demás: el entorno se transforma de repente en territorio hostil para personas con movilidad reducida. Y entre los afectados por los obstáculos que le dificultan o le impiden a uno desenvolverse con naturalidad no están solo quienes van en silla de ruedas o con cochecitos de bebé, sino también mayores con bastón o andador, aquellos que necesiten muletas, quienes lleven maletas o un simple carrito de la compra. Estas barreras arquitectónicas entorpecen asimismo tareas tales como, por ejemplo, el vaciado de los contenedores para los operarios de limpieza, la evacuación de enfermos en camilla para los efectivos sanitarios o la carga y descarga de mercancías para los transportistas, además de suponer una notoria incomodidad para todo hijo de vecino.

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Ciertamente esta es una dimensión desconocida hasta que ves mermadas tus posibilidades de movimiento por diversas circunstancias y entonces te das cuenta de lo mucho que estorban papeleras y farolas, que hacen que las ya de por sí estrechas aceras lo sean aún más; en lo altos que son los bordillos y en la mucha distancia que hay hasta el firme; en lo poco que está en verde el semáforo; en lo resbaladizas que son las losetas fashion del flamante nuevo paseo de turno a poco que llueva, hiele, nieve.

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Bien podría darme con un canto en los dientes porque en esta materia Berlín tiene mucho avanzado, como acreditan sus autobuses urbanos, con sitio suficiente para que quepan carritos de bebé, sillas de ruedas y usuarios con andadores; los ascensores espaciosos que suele haber en la mayoría de las estaciones de su red de metro y tren; los nuevos vagones de tranvía a los que se accede sin dificultad alguna; las anchas escalinatas de escalones planos y bajos en edificios públicos que permiten margen del maniobra, o la instalación de marquesinas en muchas paradas de autobús.

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Y no sólo en lo que respecta al espacio público: hasta hay edificios particulares de construcción antigua que, para salvar las barreras, han sido provistos de un sistema de apertura automática de puertas que se activa cuando un sensor detecta la llegada de alguien. Es bastante frecuente que los bares tengan tablas-cambiador y tronas -de gran ayuda para las familias con niños pequeños- e incluso rampas portátiles para salvar el escalón de acceso.

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Pero no está todo el trabajo hecho. Aún hay importantes nudos de comunicaciones en los que ascensores y rampas brillan por su ausencia, en muchos casos trascurren semanas hasta que reparan los ascensores estropeados, muchos cafés y restaurantes ofrecen pocas o nulas opciones cuando hay que buscar acomodo a clientes en sillas de ruedas o con carricoches, para entrar en muchos centros comerciales hay que pasar por puertas giratorias, lo cual se convierte en misión imposible para carritos y sillas de ruedas, y cuando hay puerta normal como alternativa, pesa un quintal, por lo que deja de ser una alternativa.

Por eso, aun reconociendo lo cómoda que es la vida en muchos aspectos en la capital alemana, no me conformo con las facilidades existentes. Vosotros, en vuestros lugares de residencia, tampoco debéis cejar en vuestro empeño de llamar a la concienciación colectiva al respecto en tanto siga habiendo situaciones que generan ciudadanos de segunda. Al reivindicar la supresión o atenuación de barreras arquitectónicas no estamos pidiendo un capricho, sino reclamando el cumplimiento del principio democrático de igualdad de oportunidades: que sean cuales sean nuestras circunstancias personales, todos, sin excepción, podamos usar y disfrutar del espacio en el que nos movemos: que las ciudades, en definitiva, se adapten a nosotros y a nuestras exigencias, y no al revés, esto es, que la existencia de estos obstáculos condicione nuestro día a día.

 

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