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Archive for 30 julio 2015

Artículo publicado en Wadi As en su edición del 25 de julio de 2015

Basta con echarle un vistazo a las fotos que suben paisanos nuestros a los grupos que sobre Guadix hay en Facebook, para comprobar lo mucho que ha cambiado la ciudad en las últimas décadas: el asfaltado de las calles, el alumbrado, la urbanización de la barriada de las Cuevas, servicios educativos y sanitarios, infraestructuras y dotaciones municipales, etc. En muchos aspectos, para bien. Claro que todo tiene su contraparte y no siempre es buena. Así, estar conectados con Granada por autovía, una incuestionable mejora, le ha hecho sin embargo flaco favor al comercio accitano tradicional, incapaz de competir en precio con las grandes superficies de la capital. Otro ejemplo lo encontramos en las nuevas tecnologías que, por un lado, nos acercan al hijo que está de Erasmus en Helsinki, pero por otro hacen que no nos veamos obligados a relacionarnos con el vecino con la intensidad de antaño. La identificación con el barrio, sentirse de un barrio en particular, no es algo que nos importe demasiado ni nos defina. Da igual donde físicamente viva uno, que uno puede sentirse parte de una comunidad virtual o sita en cualquier lugar del mundo. Hacer vida de barrio casi, casi viene a reducirse a bajar al bar de la esquina a tomarse una cervecilla de higos a brevas. Por descontado que en el caso concreto del casco histórico y los barrios señeros de Guadix, la puntilla se la han puesto las sucesivas planificaciones urbanas, que han propiciado el crecimiento en/hacia la periferia en detrimento de la conservación del centro de la ciudad. Algunas zonas de San Miguel y Santa Ana están que da pena.

Como digo, basta con dedicar unos pocos minutos a repasar las imágenes que van nutriendo esos ciber-foros, mezcla de nostalgia y reivindicación –también hay hueco para la foto-denuncia-, para obtener una rápida, pero nítida radiografía del tiempo en que se vive, de la difícil papeleta que tiene Guadix, esto es, sus gentes, esto es, sus políticos y sus ciudadanos.

Guadix ha perdido peso en el mapa: de contar con más de 30.000 habitantes en 1950 pasa a estar por debajo de los 19.000 según los últimos datos. De la gestión de los grandes asuntos sí podemos responsabilizar a quienes han tenido el bastón de mando, pero la vida de un pueblo trasciende la política, va más allá del salón de plenos. Algo tendremos que decir los ciudadanos rasos al respecto de la discreta afluencia a las verbenas y demás actividades de las fiestas de barrio que, con mucho esfuerzo, tanto las asociaciones vecinales y hermandades como el ayuntamiento, intentan que no se pierdan, o sobre el creciente desinterés de las nuevas generaciones por las tradiciones locales. Tiempo… los jóvenes aducen/aducimos falta de tiempo para justificar, por ejemplo, que en vez de comprarle directamente a los campesinos la fruta o la verdura de temporada o de optar por la plaza de abastos para mercar género fresco –como se venía haciendo-, vayamos al super, donde de una atacada lo compramos todo, o que encarguemos por Internet lo que sea que luego recibimos a domicilio. Ahora bien, pensemos en cuánto tiempo de oro no se nos va en los telefonicos dichosos o en planes de ocio que se reducen a consumir por consumir y, entonces, tal vez podríamos rascar minutejos para ir a por pimentillos de la vega o a por un pollo de corral. Lo más exquisito no tiene por qué ser más caro. Vete a cualquier horno de Guadix y cómprate un simple bollo de aceite. Eso sí que es sabor.

Cuando sale el tema “pasado y porvenir en Guadix” en los corrillos de vecinos que toman el fresco en las noches de verano, la charla siempre se remata con un incómodo silencio que viene a invitar a los presentes a disolver la reunión. Y es que no es sencilla la respuesta. Para recuperar la vidilla de barrio no basta con quitarle a los críos las tablets, ponerles tizas en las manos y obligarles a pintar rayuelas en el suelo. No es fácil reconstruir eso que llaman “tejido social” cuando no conocemos a quien vive dos puertas más arriba. Pero, bueno, algo habrá que hacer. Al menos, por nuestra parte, que no quede.

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Publicado en Wadi As en su edición del 18 de julio de 2015

 

Ha sido costumbre en Guadix salirse a la puerta a tomar el fresco en las noches de verano. Precisamente lo que fue y sigue siendo costumbre en nuestro pueblo centró hace unos días –noches, quiero decir- la tertulia de uno de estos cónclaves vecinales. Considérese el inventario recogido en este escrito, más que una invitación a la nostalgia, una excusa para interesarse por lo que hemos sido y por lo que somos, algo fundamental para saber pa’ónde tirar, máxime cuando tantas esperanzas hay puestas en el turismo como motor de desarrollo: no se puede vender lo que se desconoce o no se conoce en profundidad.

Bien, pues además de lo de hacer corrillo nocturno-estival, también ha sido costumbre en Guadix ir a los caños a por agua y a las huertas a por lechugas que se lavaban en esos caños y se comían apenas arrancadas, y poner en las puertas de las casas cortinas alpujarreñas, y hacerle las “flores de mayo” a la Virgen. En la época en la que todo esto era costumbre –anteayer, vamos-, era frecuente cruzarse con aguadoras, lavanderas, hojalateros, barquilleros, arrieros, silleros, cabreros, semaneros. El campo y el ganao han sido importantes en la economía accitana y no era raro que alguien en la familia fuera segaor, aperaor, herraor, carrero, talabartero, mulero, marchante. También había caleros, carboneros, picaores de cuevas, betuneros. Y sastres, modistas y zapateros, que aún haberlos haylos, pero no tantos como antaño, igual que sigue habiendo comerciantes, aunque el gremio no tiene el peso de hace décadas.

Hoy día sigue siendo costumbre subir a la Virgen –de las Angustias- a hacer la visita, y tirar unos cuetecicos por casi cualquier cosa, y tener en casa cerámica de alfareros locales, e irse a andar –antiguamente “salir a tomar el sol”-. Hay tradiciones, muchas de ellas de raigambre religiosa, que no se resignan a desaparecer, si bien cuentan con menor participación, caso de las fiestas de los barrios señeros (Santa Ana, San Miguel o la Estación), San Torcuato, que sigue festejándose aunque sin la fuerza de antes –ya sin aquellos certámenes de bailes regionales en la plaza de las Palomas, sin tanto chiquillerío vestido de aldeano por las calles y en la procesión-, o San Antón, en cuyo honor continúan prendiéndose lumbres, aunque el ritual de la cuña y el cañadú es menos seguido. ¿Resistirán el paso de los años? ¿Aguantarán las embestidas de los nuevos tiempos la peregrinación a Face Retama o la recuperación del baile de la rifa? ¿Y la feria, las Cruces de Mayo, la Semana Santa? ¿Seguirán siendo costumbre en un futuro? Quién sabe. La vida es tan imprevisible que lo que hoy gusta, mañana no, o sí. Y, oye, que tampoco es cuestión de negar lo inevitable: los tiempos cambian, cambian las necesidades de las personas, las modas reflejan las preferencias del presente y las tradiciones heredadas que buenamente se puedan acomodar a ellos serán las que sobrevivan, atenuadas, reinterpretadas, y otras se perderán y pasarán a ser historia.

Sin embargo, y aun teniendo en cuenta esto, si Guadix quiere posicionarse como referente turístico, tendrá que mirar por sus costumbres con un mayor celo, pues en parte estas conforman ese valor añadido, ese factor identitario que le definirá, le particularizará, le diferenciará del resto. Más que por razones sentimentales, lo que debe mover a las instituciones y a la iniciativa privada a velar por las tradiciones es esto de hacer singular el “producto Guadix”, de decirle al turista que venga porque hay esto, esto y esto que no encontrará en ningún otro sitio.

En muchos casos se tratará de darle una vuelta a lo que ha habido y rescatarlo al presente quizás de otra manera, pero respetando la esencia que lo motiva y sustenta. Un ejemplo claro es el auge del sector vitivinícola en la comarca: han sabido ver el interés que el mercado tiene por nuevos caldos y continuar por esa vía con la trayectoria agrícola de la zona. Otro ejemplo es el Cascamorras infantil, una forma acertadísima de aficionar a los accitanos a la fiesta desde pequeños. Hay que sembrar para después poder cosechar. Veamos, pues, las costumbres no como una rémora caduca, sino como la oportunidad de garantizar la pervivencia de la identidad en un mundo en el que lo genuino, por escaso, es un bien preciado.

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Artículo publicado en Wadi As en su edición del 11 de julio de 2015

Recuerdo que aquella noche hacía mucho calor: ni abiertas todas la ventanas corría una pizca de aire ni por mucha agua que bebiese se me quitaba la sed ni abanicándome sin parar contrarrestaba el calorín recocío de mi cuarto. Flaco favor hacían el flexo, que más que un punto de luz parecía una estufilla a dos palmos de mi cara, y la pila de apuntes y libros sobre la mesa, dispuestos casi a modo de muralla, lo que creaba, además, un plus claustrofóbico. Porque como saben ustedes, queridos paisanos, la caló, a diferencia del calor, tiene un valor añadido respecto al segundo: la caló es el calor que ya caló, es la sensación de un calor que está bien metido dentro. Para combatir los efectos del calor basta, por ejemplo, con tener a mano un botijo cargado, con echarse en la tumbona bajo la luna y dejarse mecer por la nana del grillo, con poner los pies a remojo en una palangana. Pero la caló… ¡ay, la caló! La caló nos puede, nos desespera, nos saca de nuestras casillas. Ante la caló sólo cabe tomar las sábanas como bandera blanca y rendirse ante el insomnio por puro agotamiento. ¿Qué hacer ante tan implacable enemigo, que no da tregua ni siquiera a las tantas de la madrugada, cuando en teoría se podría alcanzar ese mínimo bienestar necesario para reponer fuerzas ante el envite del día siguiente? Pues poco más que asumirlo y sobrevivir a ello como buenamente se pueda.

Escribo estas líneas con la espalda pegada al respaldo de la silla, el pelo a la nuca y las yemas de mis dedos a las teclas del portátil. Obra y gracia de la caló estoy envuelta por una segunda piel formada por sudor y todo lo que se le pega. Damnificada también por la ola de calor que ustedes padecen con más rigor aún, Berlín inaugura verano de una manera que le es totalmente ajena. La ciudad no está hecha para el calor y mucho menos pa’ la caló. No se ve ni una mosca revolotear en las basuras, ¡con lo que les gusta! Es que son moscas del norte, ¡caramba! Bueno, a lo que iba. Que queriendo yo concentrarme para escribir mis cosicas, voy y me doy de bruces con esta mayúscula incomodidad de sentirme calaíca de caló y con ello recupero del archivo aquella noche de junio en la que, al igual que hoy, me era realmente complicado centrar mi atención. Entonces estaba de lleno sumergida en la preparación de las pruebas de Selectividad. Estaba la madrugada mu’ metía cuando decidí hacer una pausa. A los vecinos que habían salido a las puertas a tomar el fresco –poco fresco se pilló aquella noche- ya no se les oía. En mi casa también había silencio. Bajé al salón y puse la tele. Quizás zapear un poco me ayudaría a olvidar la caló por un rato, debí pensar, y me senté sobre el suelo de la sala. Más que sobre mármol parecía estar sobre el capó de un coche al sol, por cierto. Nada interesante en la televisión. Verano y a esas horas… era de esperar. Una frase me hizo echar el ancla en un canal y dejar el mando a un lado: “El calor te ha vuelto insoportable”, le decía una Liz Taylor espectacular a un atractivísimo Paul Newman, enfrascados en una discusión memorable de una de las muchas secuencias para el recuerdo que reúne ‘La gata sobre el tejado de zinc’, que así se llama la película que me puse a ver. Maggie, puro fuego; Brick, puro hielo. Entre ambos, rencor, frustración, reproches. Y mucho más. La tensión que existe en esta pareja en caída libre va in crescendo a lo largo de la película, en la que las mentiras, las apariencias, los intereses ocultos, los problemas no resueltos generan una atmósfera irrespirable. En comparación con la caló que impregnaba esta historia, lo mío era una chuminá. Y así, de la mano de este obrón de Tennessee Williams llevado a la gran pantalla magistralmente por Richard Brooks, fue cómo logré el refresco ansiado. La literatura –buena- y el cine –bueno también- de nuevo saliendo en auxilio. Remedios recomendables, sin duda, para esas noches que arden.

“El calor te ha vuelto insoportable”, le decía una Liz Taylor espectacular a un atractivísimo Paul Newman, enfrascados en una discusión memorable

“El calor te ha vuelto insoportable”, le decía una Liz Taylor espectacular a un atractivísimo Paul Newman, enfrascados en una discusión memorable

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Artículo publicado en Wadi As en su edición del 4 de julio de 2015

Pues va a ser que el verano por fin se deja sentir en tierras berlinesas. Ya le ha costao, ya. Tan bueno está haciendo que no nos lo creemos. La desconfianza ante los pronósticos meteorológicos llega a tal punto que, pese a los huevos fritos que aparecen sobre el mapa, más de uno/a sale aún de casa con la chaquetita y el fular, no vaya a ser que… que por aquí el tiempo es mu’ cambiante. Que sí, que amanece el cielo raso y a mediodía puede estar cayendo la granizada del siglo, que basta que una quiera estrenar vestido de tirante fino, para que los termómetros se desplomen sin visos de recuperarse, que basta que uno se haya comprado el bono de la piscina al aire libre para que ese sol que nos ha estado tostando no vuelva hasta muchos días después. ¿Ley de Murphy o simple y llanamente vivir en Berlín?; he ahí la cuestión. Pero junto a los que se pasan de precavidos y van cargando siempre con rebeca y paraguas aun cuando no hay nube alguna, se dejan ver los valientes de turno que, con un furtivo rayo de sol, ya se quitan la camisa, caminan descalzos, ponen a los niños a chapotear en cualquier fuente y usan el bikini como ropa interior. Así pues, ya sea por exceso o por defecto, el caso es que el popurrí de estilos que desfilan por las calles berlinesas está garantizado durante todo el año, constituyendo un atractivo más de los que exhibe la capital alemana. ¡Berlín, Berlín! Y sí, se ven combinaciones ciertamente contradictorias: chicas con faldas de telilla de forro y chupas de cuero, chicos con gorros de lana y en bermudas y, ¡cómo no!, hombres, mujeres y niños con sandalias con calcetines, un clásico en la imagen que tenemos de todo guiri. ¡Lo que son las cosas! Algo tan poco usual entre los españoles como es esto de calzar sandalias con medias tupidas o calcetines debajo, ya no me parece tan disparatado. Hay que entenderles, ponerse en situación de quienes esto hacen. Que sí, que esta costumbre puede resultar, a ojos de un accitano, una auténtica charlotá, pero reparen en lo siguiente. Piensen que el estilillo que se prodiga por estos lares está motivado en parte por el sentido práctico y funcional que se tiene de la vida y que se antepone al estético, influenciado además por los cambios de tiempo tan bruscos y repentinos que obligan a llevar capas y capas de ropa –que uno se va quitando y poniendo a demanda- y le crean a uno complejo de cebolla andante, y consentido dada la indiferencia generalizada que se tiene la gente entre sí. Son formas de ser. Es lo que hay. Tampoco podemos dejar que las sandalias guarden clausura al fondo del armario, o estar sin comprarnos ropa ligerica o sin lucir palmito en traje de baño por no existir verdaderamente ocasión para su disfrute, así que, ¡hala!, ahí que nos subimos a la ola del verano, si bien la surfeamos a la manera local, es decir, de aquella manera, un tanto sui generis, muy alejado, desde luego, de lo vivido en España. Ahora que ya he padecido en primera persona las escasas horas de luz solar en invierno, los otoños de cielos encapotados casi perpetuos, las primaveras frescas y los veranos locos, me explico que cuando estos de por aquí visitan por ejemplo Andalucía, no duden un momento ir en sandalicas. Para ellos, y para mí ahora también, solazo es sinónimo de buen tiempo, aunque se esté en enero y corra rasca.

Será que me estoy metamorfoseando y el estilo berlinés ya no me chirría ni una miaja. Sintomático de mi mimetización con el entorno es también el rosa asalmonado que pilla mi piel cuando le da un poco más de sol de la cuenta, la galbana que me entra incluso con veintipocos grados y este acto de fe en que se convierten los pronósticos, papel mojado en tanto no sufra en carne propia rigores típicamente estivales tales como esas gotitas de sudor cayendo por la espalda, ese reseco continuo en la boca y ese pelo recién lavado secado a los diez minutos de estar en la calle. Vivir para creer.

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Artículo publicado en Wadi As en su edición del 27 de junio de 2015

Escribo estas líneas con mi perra Mati en mi regazo. No es cosa sencilla teclear mientras sostengo una bulldog de trece kilos sobre mis piernas, pero ambas salimos beneficiadas de tenernos cerca en este preciso –y precioso- momento. Yo, porque acariciar su lomo me relaja y estar descansada mentalmente me ayuda a poner en orden las ideas que hoy quiero compartir. Ella, porque anda tristona y, cuando esto pasa, lo que mejor le sienta es recibir cariño extra. Sí, los perros también se deprimen. Y es que son muy como nosotros, al menos en cuanto a esto de las emociones. Y digo más, son en muchas ocasiones dignos maestros de los que mucho se aprende. Los que tenemos perros bien sabemos que estos cuatro patas son mejores que muchos bípedos que se hacen llamar personas. De nobleza, lealtad y falta de rencor están sobrados. Pisadles por error el rabo, que no os echarán la boca. Ponedles mala cara tras alguna de sus trastadas, que más pronto que tarde sus ojos se tornarán brillantes, como a punto de  llorar. Tardad en regresar a casa que, lejos de pediros cuentas y reprocharos vuestra larga ausencia, os harán un recibimiento de categoría, como si no os hubieran visto en años.

Cuán intenso es el vínculo que nos une a ellos. Tal, que es lógico y normal que nos horrorice leer noticias como la que nos llega desde el sur de China, donde no encuentran mejor manera de festejar la entrada del verano que comiendo carne de perro hasta hartarse. Por lo visto son tantísimos los ejemplares que se zampan, que las granjas donde los crían no son suficientes y recurren incluso a sacrificar perros callejeros o secuestrar aquellos que viven con familias. Se me antoja verdad que se llevan a mi Matildilla o a mi Yoda, mi otro perro, un carlino donjuán sin parangón entre los de su raza. Las imágenes que acompañan el texto son espeluznantes. Sobrecoge una en especial en la que se ven perros despellejados apilados junto a grandes calderos. No puedo evitar abrazar fuerte a mi perrilla. Ella, encantada con el mimo recibido, se me apega aún más, vuelve la cabecita y me mira como diciendo, “qué estará pensando ésta que me achucha con tanto afán”. Pobre… mejor que no lo sepa, mejor que viva feliz en la ignorancia. Pero esto, que causa estupor sea uno mascotero o no, no ha sido lo único recogido en la prensa semanal que ha desatado mi fervor protector para con los perros. Resulta que hay quien ha intentado ahogar unos cachorros en alquitrán. Resulta que hay quien ha transportado heroína en perritos. Y resulta –este es el “resulta” más inquietante, porque es el más generalizado- que tanto perreras municipales como asociaciones están desbordadas por el aumento de abandonos de mascotas y por el parón que han sufrido las adopciones de esos animales, debido a la crisis.

Si queremos que este asunto deje de ser tema recurrente en las páginas de verano, pues es la estación estival una de las épocas del año en que más mascotas son abandonadas, los que somos perreros y/o gateros podemos ser de gran ayuda, por ejemplo, disuadiendo a aquellos amigos y conocidos que dicen van a comprarse o a regalar un perrico o un gatico pero que no lo tienen muy claro. Nos basta con mirar a nuestras mascotas a los ojos para esgrimir ese “ellos no lo harían” definitivo con el que terminar de convencer a los indecisos de que aborten su plan, de que van a tomar una decisión de la que seguro se arrepentirían en un futuro, y explicarles bien claro que, pasado el entusiasmo inicial, llega el día a día y éste no es siempre sencillo. Un perro no es un peluche. Precisa unos cuidados y comporta unas responsabilidades. Tener mascota condiciona la elección del destino de vacaciones y hasta de los muebles del salón, supone un gasto considerable en veterinarios y productos especializados y altera el ritmo y funcionamiento de la casa –en esto entra lo de los paseos diarios a los perros-. Quienes ejercemos como mascoteros practicantes, que nos ponemos más fácilmente en la piel de nuestros pequeños peludos, bien podemos hacer campaña por una tenencia responsable.

"Nos basta con mirar a nuestras mascotas a los ojos para esgrimir ese “ellos no lo harían” definitivo con el que terminar de convencer a los indecisos de que aborten su plan"

“Nos basta con mirar a nuestras mascotas a los ojos para esgrimir ese “ellos no lo harían” definitivo con el que terminar de convencer a los indecisos de que aborten su plan”

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