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Archive for 31 agosto 2015

Artículo publicado por Wadi As Información en el número especial cultural de 2015

¡Alegría! Con esta palabra empieza Peret su “Canta y sé feliz”, canción cuyo título resume lo que sus estrofas desgranan, esto es, su idea de lo que debe ser vivir, y que bien podría contener también en sus rimas “pues vete a la feria”, ya que ésta es una ocasión inmejorable para soltarse un poquito y dejarse llevar por el ánimo festivo de estos días de asueto.

¡Alegría! Y alborozo en las casas donde hay niños pequeños, que acogen con ilusión cualquier plan que se salga de lo normal, ya sea ir a los talleres infantiles o a los inflables, o mercarse uno de esos globos grandes. Y lleno de orgullo confiesa sentirse el pregonero por haber sido elegido para inaugurar las fiestas, así como los galardonados con los Premios Tótem al ver reconocida su labor por y para Guadix. Histriónicos son los cabezudos; hilarantes, las carocas. ¡Qué distinto luce todo cuando encienden las bombillas del alumbrado especial, los farolillos de las casetas, la iluminación llamativa de las atracciones! ¡Alegría!

Que sí, mujer, que ya bastante hay que aguantar durante el año como pa’ no distraerse echando un ratico feria. Que no, hombre, que no, que por un trozo de morcilla, una zapatilla de jamón o un trago de vino no se te va a disparar ni el colesterol ni la tensión ni na’ de na’. Que estamos vivos, ¡caramba!, que no es poco, y que de vez en cuando hay que reparar en ello y festejarlo y darle una alegría al cuerpo y un descanso al alma.

No es cuestión de hacerse el gracioso ni de fingir euforia ni de cumplir con la obligación de tener que pasárselo bien. Oye, que si la feria no te gusta ni una miaja,  pues na’,  ya ‘ta. Pero, digo yo, que igual podríamos aparcar el cenizo por unos días y echarnos por lo alto, además del mantón bordao, unas gotitas de energía positiva. Lo suyo sería aprovechar el subidón festivo para prolongar en el tiempo esta inyección de optimismo y que tuviéramos ese ánimo de feria todo el año. Que los disgustos ya vienen solos como pa’ amargarse motu proprio. Nooooooo sirve de na’, como dice también Peret en la rumbilla a la que me refiero.

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Agarrémonos, pues, a los momentos de felicidad de la vida. Ahora se nos presenta la feria, ¡exprimámosla! Hoy me ha dado por ver el vaso medio lleno y sólo se me ocurren cosas buenas cuando pienso en la feria. ¡Qué le voy a hacer!

La feria son los ratos con la pandilla, ya se lleve o no “uniforme”, a saber, camisetas, sombreros, pañuelos al cuello que la diferencien de otras. La feria es el júbilo con el que tu hijo celebra la propina que le da la abuela para los caballicos, el vigor con el que salta en las colchonetas, la satisfacción que refleja su cara cuando sostiene un algodón de azúcar más grande que él. La feria es el entusiasmo con el que los mayores relatan aquellos tiempos en los que pisar el ferial era todo un acontecimiento, pues era algo limitado a un par de noches a lo sumo y, por tanto, se vivían con tal intensidad que los recuerdos que de ellas tienen son tan nítidos, nos hablan de ello con tanto sentimiento que casi podemos tocar el caballo de cartón que ponían a la entrada del parque pa’ que los niños se subieran en él y se hicieran “la foto” de la feria, que casi creemos tener enfrente esos enseres de cobre colorao pillados en las sábanas de lienzo moreno con las que se montaban los chambaos de los antiguos bodegones.

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La feria es la tranquilidad de que sigue habiendo cosas que no cambian de una feria pa’ otra: sigue habiendo pública de las fiestas para recibirla y castillo de fuegos artificiales para despedirla, se siguen vendiendo turrones y frutas escarchadas en puestecillos de dulcería tradicional y programando certámenes de pintura, competiciones deportivas, funciones teatrales, conciertos.

La feria es el desenfado de las charangas. La feria son las sonrisas que nos dejan en el rostro las carocas y su tragicómico humor. La feria son las risas mientras ves cómo el chistoso del grupo vuelve a errar el tiro al palillo, mismo que ya ha intentado, con igual mal tino, impresionar a la concurrencia golpeando el guante de boxeo. La feria es la expectación ante las papeletas de la tómbola y la dicha del ganador de la cafetera, del peluche. La feria es el regocijo de ver en torno a la mesa de los churros reunida a la familia dispersa durante el resto del año por esos mundos de Dios. La feria es la salud que se desea para que el año que viene estemos los mismos –o más-. Carcajadas a granel. Volantes a discreción. Bromas a demanda. Todo esto es la feria. Bueno, esto y lo que tú quieras. Porque la feria no es sólo lo que programa el Ayuntamiento ni lo que proponen los caseteros o los feriantes. La feria la hace uno a su medida; la chispa que prende la fiesta va a cuenta nuestra. No nos engañemos. Por muy diversas actividades que haya, si no ponemos de nuestra parte, no hay tutía. Tampoco hay que devanarse mucho los sesos. Para algunos la feria se reducirá a correrse la juerga padre. A otros les valdrá con echarse un baile en la verbena o con darse un paseíco por el ferial saliendo cenados de casa. Para algunos la feria consistirá en alternar del primer al último día. Para otros la feria habrá merecido la pena por tan sólo una mirada, una canción, un instante. Pero para unos y otros la feria se ofrece como uno de esos respiros que necesitamos intercalar en la batalla diaria. Tenemos que sacarle lustre a la vida y darnos de vez en cuando estos homenajes para cuerpo y alma. Con buena disposición, la diversión está asegurada.

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Hay que contagiarse de la energía de los críos, para los que nunca son suficientes los viajes en los cacharros. Con humor y filosofía nos tenemos que tomar las esperas a la caza del camarero –sobre todo cuando las casetas están a tope- o del columpio libre en la atracción que sea que esté de moda. Con emoción nos arrodillaremos cuando el Cascamorras tremole la bandera en el puente del Río Verde durante el acto de despedida antes de partir rumbo a Baza. Con ganas cogeremos la feria, ¡di que sí!, aunque al final también haya ganas de que se pase y Guadix vuelva a su rutina.

¡Venga, hombre, que sí, que ya te tengo casi convencido! Venga, encerremos la malafollá bajo siete llaves y vayamos directos a la feria. Venga, estrujemos el presente y, si lo hacemos en compañía, mejor que mejor: disfrutemos del pinchito tomado junto al vecino, con el cartoncillo de bingo jugado a pachas con el colega, del pollo compartido con el primo, del cucurucho de papafritas a medias con el abuelo, del vino –con barquillo- bebido con el cuñao.

¡Venga, mujer, que sí, que ya te tengo casi convencida! Es inevitable acordarse de aquellas ferias vividas junto a quienes ya no están con nosotros. Pero la nostalgia no tiene por qué empañar el espíritu festivo. Los recuerdos no tienen por qué dejar un poso triste.

¡Venga, accitanas, accitanos! Colguemos por un rato el cartel de “cerrado por disfrute” y vámonos pa’ la feria. ¡Alegría!

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Pronunciado el 28 de agosto de 2015 en el Teatro Mira de Amescua de Guadix

 

Vídeos de la gala del Cascamorras en la que se enmarcó el pregón de la fiesta cascamorrera

(Editados por Pedro Muro)

 

 

 

Texto del pregón

Dignísimas autoridades civiles, militares y religiosas. Hermandad de la Virgen de la Piedad de Guadix y de Baza. Cascamorras. Señoras y señores.

Bienvenidos. Welcome. Bienvenu. Benvenuti. Willkommen. Siendo la fiesta del Cascamorras de interés turístico internacional y a un paso, como está, de ser reconocida como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, qué menos que arrancar el pregón dando la bienvenida en unos cuantos idiomas.

Empiezo mi intervención dando la bienvenida y también las gracias por encomendarme la tarea de pregonar las fiestas cascamorreras en su 525 aniversario. Es un orgullo grandísimo, como accitana que soy y me siento y por ser ésta una fiesta que desde pequeña he vivido mucho.

Agradezco a la Hermandad accitana de la Virgen de la Piedad esta oportunidad que me da para, igual que han hecho mis predecesores en estos menesteres, anunciar con entusiasmo  que, un año más, Guadix manda al Cascamorras a Baza con la intención de que llegue sin pintar a la iglesia de la Merced y pueda, así, traerse la Virgen de la Piedad.

A la Hermandad y en particular a la familia López Lechuga/López Porcel, también quisiera agradecerles –agradecimiento al cual estoy segura querrán sumarse ustedes-, que hayan dado y den tanto por la fiesta, que estén haciendo tantísimo por perpetuarla, por garantizar que los más jóvenes sigan sintiendo como propia esta antigua fiesta. Para ellos pido un fuerte aplauso.

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Queridas amigas, queridos amigos.

Les invito a hacer un viaje en el tiempo. Vayamos cinco siglos atrás. Echémosle también un poquito de imaginación. Busquemos a ese tal Juan Pedernal, obrero accitano con el cual todo empezó, según cuenta la leyenda.

¡Sí, ahí está! Pero no lo encontramos en Guadix. Resulta que le ha salido un encarguillo en Baza. Y ahí lo tenemos, en plena faena, intentando demoler una pared en las ruinas de una antigua mezquita donde pronto levantarán un templo cristiano. Parece cansado. Y es que picar muros es una tarea dura. Faltaba este calor pegajoso. ¡Ay! Es que en septiembre, en Baza, como en Guadix, salen todavía días de mucho calor.

¡Atención! Algo pasa. No es sólo fatiga lo que refleja la cara de nuestro albañil. Algo le ha hecho dejar el pico a un lado. Cree haber oído algo. “Tonterías”, se dice. “Será que estoy cansado”, se repite. Sigue picando. “¡Piedad!”, oye justo cuando el pico da con algo duro ahí abajo. Suelta la herramienta como si el mango estuviese ardiendo. “¡Hay alguien ahí abajo, detrás de esa piedra que asoma!”, se dice. Mira a su alrededor. Los otros obreros siguen trabajando con total normalidad. “¿Acaso nadie más ha escuchado esa voz?”, insiste para sí. Para evitar que le tomen por loco, intenta resolver el enigma por sí solo. Sigue picando, pero ahora con sumo cuidado. La extrañeza se convierte en perplejidad absoluta cuando da unos golpecitos a esa cosa, que de piedra no tiene nada, sino que es más bien un bulto de yeso, y suena a hueco. Se da cuenta de que, con el pico, ha abierto un pequeño agujero en la superficie.

Y la perplejidad se transforma en enorme sorpresa cuando rompe el cascarón y encuentra la talla de una virgen. “¡He encontrado una virgencita! ¡Y la Virgen me ha hablado!”. “¡Ten piedad!”, me ha dicho.

Pedernal, como pa’ no pedir piedad después del golpetazo que le has dado con el pico. Hasta se le ve a la imagen un ligero roce en la mejilla.

Sí, sí. El Señor Juan lo tiene claro. Lo ha oído. No sabe si la alegría que siente es porque la Madre de Dios le ha escogido de entre todos los mortales para intercambiar unas cuantas palabras o por el revuelo que la historia del hallazgo, con milagro incluido, causará entre sus paisanos.

Se imagina Pedernal siendo recibido por el señor obispo. Imagina que su nombre aparecerá en más de una placa en su honor. Por lo pronto, en la puerta de su casa cuando el Señor lo acoja en su santo seno: “Aquí nació y entregó su alma a Dios Juan Pedernal, vecino de Guadix y fiel devoto, a quien la Santísima Virgen le pidió piedad”. Se imagina recibiendo en casa a diario a fervorosos marianos rogándole que repita, paso por paso el relato de los hechos y premiándole con ricos presentes.

Pero este castillo en el aire que ha levantado en una chispa empieza a desmoronarse desde el momento en que decide contarle su secreto a sus compañeros de obra. “¡De aquí no se mueve la virgen!”, dice uno. “¡En Baza se queda!”, dice otro. El caso es que Juan Pedernal se vuelve pa’ Guadix con el trabajo a medias y sin la virgencica que a él, y no a otro, le ha hablado.

Me imagino lo triste que se siente. Más triste aún cuando se entera de lo que Guadix y Baza acaban de decidir para solucionar la papeleta: que Guadix nombre un comisionado, que lo mande a Baza y que si logra llegar sin mancha alguna hasta la iglesia de la Merced, templo de la Piedad, entonces se la podrá llevar a Guadix. Misión imposibilísima. Me imagino lo que ronda por su cabeza: “en el barrio todo el mundo se reirá de mí, y el gobernador me desterrará, y…” el sentirse fracasado tiene esto, que uno nunca encuentra fin a lo malo por venir.

Tal vez piensa todo esto mientras es manchado y echado de Baza, mientras es recibido y manchado en Guadix.

Pero incluso en esta variante de la leyenda –que dice que Juan Pedernal fue el primer comisionado, el primer Cascamorras-, y como sucede en la vida misma, siempre hay hueco para la esperanza: “Bueno, si no es este año, pues ya lo lograré el próximo”, se convence Pedernal. Y este pensamiento es el que ha acabado pesando sobre la decepción, sobre el abatimiento. Y así ha venido sucediendo. Las expectativas se mantienen intactas 525 años después.

El ánimo de Juan Pedernal, presente en los accitanos que, año tras año, han asumido el papel de Cascamorras, se agarra a ese clavo ardiendo, que quema su orgullo, sí, pero que también lo redime y hace imposible que la palabra fracaso resuma su vuelta de manos vacías a Guadix.

El Cascamorras nunca fracasa, pues nunca se da por vencido. Pedazo de lección la que nos da. No tiene precio que cinco siglos después de todo aquello que se cuenta, siga viva en los accitanos la ilusión de elegir cada año a su emisario del traje de colorines y de ponerlo rumbo a Baza, y que, pese a volver sin haber completado la misión, Guadix lo reciba como una fiesta y mantenga la esperanza de que el Cascamorras pueda el año siguiente de nuevo ponerse en la calle para repetir el ritual.

Esto hace grande, muy grande la fiesta, que se coloca por encima de la disputa que hubo en su origen y del soponcio que se llevaría aquel pobre albañil.

Cuando uno vive fuera -como es mi caso, como es el caso de algunos de los presentes-, cuando se vive lejos de la familia, fuera de tu contexto natural, de tu gente, en otra cultura, usando otro idioma, la ilusión y la esperanza te dan el aliento necesario pa’ seguir pa’lante.

Independientemente de si se gana o se pierde,  a pesar de todo, siempre hay un amanecer, siempre hay una ocasión para empezar de nuevo, como le pasa al Cascamorras. Creo que, en el fondo, por esta razón, por esa capacidad de renovar el entusiasmo pese a los tropiezos, me atrapa la fiesta cascamorrera.

Bueno, al César lo que es del César. Mis padres y mi familia también han tenido algo que ver en que sienta un cariño especial por esta tradición.

Tenía la suerte de que mi Mami y mi Chiqui, mis abuelos maternos, vivían en la Carretera Murcia, ya casi a la altura del puente del río Verde. En las tardes del 9 de septiembre, su balcón funcionaba como palco de lujo desde el que seguíamos el primer tramo de la carrera.

Antes de ser corredora cascamorrera, he sido espectadora y bien puedo decir que también como público se vive muy intensamente esta fiesta.

Cuando mis hermanas y yo éramos chiquitillas, mis padres nos llevaban tempranico a la casa de mis abuelos para evitar resfregones de los chistosos de turno y pa’ ir metiéndonos en ambiente, viendo pasar carretera arriba hacia la Estación a los que tenían pensado participar en la carrera.

Recuerdo que mi abuela troceaba para su degustación frutas escarchás y turrones que compraba días antes en esos puestecillos de dulcería tradicional que siguen poniendo por estas fechas en la acera del parque. Los mayores se mojaban el gaznate con sidra achampaná y nosotras nos contentábamos con algún refresco.

Además de la convidá, la preparación de los cubos de agua que luego lanzábamos a la marabunta cuando pasaba por debajo formaba también parte de este compás de espera.

Ni que decir que los años en los que era el mismísimo Cascamorras el que pedía agua a los balcones del bloque de mis abuelos, lo celebrábamos con especial alegría. “¡Que viene el Cascamorras! ¡Que está ahí, ahí abajo!”.

En aquellos años de Cascamorras vistos y vividos desde el balcón, me acuerdo de que éste siempre estaba lleno de gente. Mis abuelos, mis padres, mis tíos, tíos de mi madre, mis primas… ambientazo que también se veía en los balcones vecinos. Todos, hasta la bandera.

Con los primeros cuetes chivatos entraban ya nerviecillos. Y con el definitivo, el que anunciaba que el Cascamorras estaba ya en la calle, el movimiento en los balcones, el bullicio en las calles, aumentaba de manera increíble.

Por muchos años que hayan pasado desde mi último Cascamorras desde el balcón, no se me va de la cabeza la imagen de la multitud tintá de almagra, de amarillo, de azulete –los colores del Cascamorras en Guadix- Carretera Murcia abajo ni la de esos grupos grandes pidiendo agua ni la de mis abuelos, mis tíos, mis padres cogiendo los cubos y mis hermanas y yo los cubicos de la playa, llenos todos hasta el borde de agua, y echándoselos a los de allí abajo ni por supuesto la otra imagen de los corredores arrodillados en torno al Cascamorras en la jura de bandera del puente.

Sentir los colores cascamorreros, sentir la ropa empapada y pintada contra la piel también pintada y empapada, eso es punto y aparte. Vivirlo para contarlo. Da igual si chispea como si hace un sol que achicharra, que el subidón que entra cuando estás metido en la carrera, no te lo quita nadie. A ratos la cosa va tranquila. Pero no puede uno fiarse, que te despistas un momento y tienes al Cascamorras pisándote los talones porra en mano. Durante la carrera, hay tiempo para todo.

Para reír, para hablar, para llorar, para santiguarse, para correr, para sentarse, para temblar, para pedir agua y más agua. Para decir, “cuchi, pues si corre maretilla y to”. Para gritar. Para guardar silencio…

Igual que yo conecto con la fiesta de esta manera, con estos recuerdos y estas vivencias, ustedes, vosotros tendréis las vuestras.

Y de estos recuerdos, vivencias y emociones que a cada uno de nosotros nos unen al Cascamorras, podremos sacar los mejores argumentos para terminar de convencernos de la singularidad de esta fiesta y, una vez superado esto, estar en condiciones de convencer a quien haga falta.

Accitanos, bastetanos, cascamorreros todos. No miremos para otro lado. No esperemos que sean siempre otros –la Hermandad, los ayuntamientos, la Diputación, la Junta, el Gobierno central…- los que hagan por la fiesta.

Nadie sino nosotros, accitanos, bastetanos, cascamorreros de a pie que estamos aquí arropando a José Antonio Escudero, Cascamorras 2015, y todos los que, aunque no presentes, están aquí con el corazón, para validar, con nuestras experiencias y vivencias, la vigencia de esta tradición tan antigua.

Los mejores embajadores de la fiesta somos nosotros. La mejor promoción la tenemos que hacer nosotros. ¿Cómo? Saliendo en masa a la calle el día 6 en Baza, el día 9 en Guadix, bien como corredores, bien como espectadores.

No hay mejor publicidad que hacer que fotos, muchas, den la vuelta al mundo, fotos en las que aparezca gente, mucha, por todos lados. Los ciudadanos rasos somos quienes, con nuestra implicación, demostramos lo profundas que son las raíces de nuestras tradiciones, lo importantes que son para nosotros.

Por eso, si salimos todos el día de la carrera, ya sea pintarrajeados de negro –color cascamorrero bastetano-, o en ocres –color cascamorrero accitano-, ya sea como público, estaremos dando un mensaje muy claro: que el Cascamorras nos importa y mucho.

Promoción de la fiesta que cada uno de nosotros también puede hacer en las redes sociales replicando información sobre la misma, explicándole a quien haga falta de qué va todo esto.

Y haciendo cada cual lo que mejor se le dé. La Hermandad necesita manos y estará gustosa de oír las propuestas que les hagamos llegar.

El pueblo lo formamos nosotros, a título individual, y también en tanto miembros de asociaciones de vecinos, asociaciones gremiales, cofradías…

Círculos de empresarios, asociación de comercio, hosteleros, sois fundamentales. Creed en el Cascamorras. Apostad por él. Es de un atractivo y un potencial tremendo. Mirad a largo plazo. Toda inversión que se haga ahora la recuperaréis con creces en un futuro.

La labor a favor de la fiesta del Cascamorras que se lleva a cabo desde las instituciones que representan al pueblo es también crucial. Aquí hoy hay representantes del Gobierno central, de la Administración regional, provincial, municipal.

Me consta lo mucho que ha batallado –y lo sigue haciendo- la Hermandad de la Virgen de la Piedad por convencerles de lo singular y genuino y, por tanto, interesante como reclamo turístico, que es el Cascamorras.

Sus esfuerzos han calado y ya se ven los frutos de esa insistencia. Pero se puede hacer mucho más.

Ahora que parece que nos hemos decidido por el turismo como motor de desarrollo económico de la zona, el Cascamorras en tanto tradición arraigada, significativa de nuestra tierra, debe estar presente en todas esas estrategias, planes, iniciativas que ustedes estén pensando poner en marcha.

Llamen a las puertas que tengan que llamar. Remuevan Roma con Santiago. Denle proyección. Apostar por el Cascamorras es ir sobre seguro. Hemos de promocionar lo que nos diferencia de otras ciudades de similares características, lo que nos hace únicos.

Dignísimas autoridades. Antes de avanzar en mi discurso, quisiera compartir una reflexión. Reparen en lo mucho que se ha conseguido cuando se ha trabajado por el beneficio común. Quisiera poner en valor los muy positivos efectos del “todos a una”.

Cuando desde los diferentes órganos de gestión y representación, cuando desde las distintas opciones y sensibilidades políticas se ha trabajado por y para la fiesta, esa suma de voluntades ha permitido dar pasos de gigantes.

Les animo a seguir por esta senda. La gresca, la trinchera, el afán por colgarse la medallita, todo eso no son más que despistes y trabas en el camino, ya no sólo para la causa cascamorrera, sino para todo en general.

En definitiva, es la suma de esfuerzos, de los ciudadanos de a pie, de entidades y asociaciones y de las instituciones, es este compromiso compartido lo que blindará la fiesta y refrendará las declaraciones conseguidas –de interés turístico andaluz, nacional e internacional- y esa denominación de la Unesco que llegará pronto.

Pero, ¿por qué tenemos que implicarnos, queridos accitanos, queridos bastetanos? ¿Por qué hacer tanto por el Cascamorras, asociaciones e instituciones aquí representadas?

Seguro que nos podrían dar más de uno y de dos motivos por los que apoyar la fiesta los cascamorreros que en un rato serán galardonados, o don Antonio Mirallas, que recibirá el Pin de Oro de la Hermandad, o don Ginés García, a quien se le hará entrega de la Medalla de Oro de la Virgen de la Piedad, o quienes han sido premiados en ediciones anteriores.

Preguntémosles también por las razones para creer en la fuerza de la fiesta a los que han venido encarnando al Cascamorras.

¿Por qué apostar por el Cascamorras?

Por de pronto, a mí se me ocurren unas cuantas razones.

Porque es una fiesta totalmente atípica: nos echamos a las calles con nuestras peores galas y usamos como maquillaje pinturas de agua, almagra, azulete, aceite.

Porque es una fiesta abierta a todo tipo de público, dispuesto, eso sí, a pasar un buen rato.

Porque es una tradición antiquísima. Ya le gustaría tenerla a más de un pueblo.

Tradición en la que hay una clara impronta del carácter local. Ahora hablo como accitana y por cuanto atañe a la celebración de la fiesta aquí, en mi ciudad.

El color predominante en los corredores cascamorreros de Guadix es el marrón-rojizo, color de los cerros que lo rodean, de la arcilla con la que trabajan los alfareros, de los muros de iglesias y conventos, de la Alcazaba, de la Catedral.

Qué hay más de Guadix que los cuetes y la banda de música y ambos, los primeros acompañando en el desarrollo de la carrera, la segunda, con su presencia en diferentes actos cascamorreros, tienen su papel en la fiesta.

Y reconozcámonos los accitanos un mérito tremendo. Que celebramos la derrota como una victoria y que lo hacemos además días después de haberse acabado nuestra feria, o sea, con las pilas flojillas. Y aún así, el día 9 llevamos a nuestros críos al Cascamorras infantil y salimos a la tarde con el Cascamorras. ¡Olé ahí, Guadix!

Fiesta de Guadix y fiesta de Baza. Y con esto caso ya con la otra razón que veo importantísima para entender y creer en el potencial del Cascamorras: porque es símbolo de buena vecindad. La grandeza de la fiesta es que ha transformado en ocasión para la convivencia un motivo originario de disputa.

Baza y Guadix, Guadix y Baza quedan unidos bajo una misma tradición, bajo la devoción por la Virgen de la Piedad. Se ha antepuesto compartir, vivir, disfrutar sobre cualquier tipo de rencilla que pudo haber en el origen de la leyenda. Y esta vocación de reunir y convocar que tiene el Cascamorras, que se celebre no como una afrenta, no como una revancha, sino como una oportunidad para la fiesta, es lo que dota de contenido el festejo, lo que hace distinto nuestro emisario de colorines de otros personajes, en apariencia similares, que pueda haber en otros pueblos de España.

Hablaba antes de lo importante de nuestra implicación. Una denominación por sí sola no hace grande la fiesta. El Cascamorras nos necesita.

Accitanos y bastetanos cascamorreros. Si queremos que una japonesa, un ruso, un texano vengan a las carreras de Baza y  Guadix, además de la fuerza de esa imagen impactante de la que antes hablábamos, tenemos que darlo todo por dejar bien claro qué es y qué no es el Cascamorras, y además hacerlo con total convencimiento.

¿Qué no es el Cascamorras?

En el Cascamorras no hay violencia: ni el Cascamorras pega ni le pegan.

No alienta ningún tipo de enemistad.

No somos “algo así como” –ni aspiramos a ser- la Tomatina de Buñol o la batalla del vino de Haro o el festival de los colores Holi de la India, con todos los respetos que merecen cada uno de estos festejos.

El Cascamorras no es una ocasión para el botellón.

Ni para ensuciar la ciudad. No debe aprovecharse para, por gracieta o inconsciencia, ir manchando paredes, mobiliario urbano ni ir pintando a quien no quiere ser manchado. Respeto ante todo.

Y qué sí es el Cascamorras.

Es una fiesta de interés turístico internacional y aspira a ser registrada como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad.

Es una tradición que arranca hace 525 años. ¿Quiénes somos nosotros para interrumpirla?

Tiene raíces religiosas y antropológicas: no puede prescindirse de lo primero ni de lo segundo. Ambos elementos la hacen genuina y altamente representativa del sentir local.

Mantiene unidas a dos ciudades vecinas, Guadix y Baza, como antes apuntaba.

En el corazón cascamorrero no hay sitio para rivalidades.

Es una preciosa metáfora de la vida: convertir un motivo originario de disputa en una fiesta.

Es fe. La de las promesas que la gente hace a la Virgen de la Piedad, promesas convertidas en lazos, los que lleva la bandera que porta el Cascamorras. La de los vítores a la Virgen que se suceden después de las juras de bandera durante las carreras. La de los devotos que nutren las filas de la procesión en Baza. La fe que alienta al Cascamorras a seguir pa’lante cuando las fuerzas empiezan a menguar.

José Antonio, tú lo explicabas muy bien en una reciente entrevista cuando te preguntaban por lo que significaba para ti ese cariño por la Virgen de la Piedad.

Orgullo, emoción, intensidad, alegría, palabras que también usaste para definir las sensaciones que experimentas bajo el traje multicolor. Y el arrope que sientes de parte de bastetanos y accitanos. Pues eso también lo incorporo, con tu permiso, a esta enumeración de síes que dan contenido a la fiesta cascamorrera.

Es entrega y compromiso, el de la Hermandad, por supuesto, pero también el que muestran todos los cascamorreros que año tras año apoyan a los sucesores de Juan Pedernal, ya sea con su presencia en la carrera, como público, con un donativo, ayudando a que esto y aquello sea una realidad… se arrima el hombro de muchas maneras.

¿Qué sí es el Cascamorras? Pues eso, una fiesta. Fiesta que, una vez vivida en primera persona, engancha para siempre.

Es color y movimiento, color en movimiento, como bien refleja el cartel de este año. Enhorabuena, MariLuz, por haber captado a la perfección cómo se vive la fiesta del Cascamorras. Es también agua, la que llueve de los balcones. Es el sonido del tambor que guía la comitiva y el de los cohetes que acompañan la carrera.

Es responsabilidad nuestra, de todos los que sentimos los colores cascamorreros, que la fiesta, lejos de perderse, vaya a más y que dentro de cinco siglos Guadix siga mandando a su comisionado a Baza con la misión de llegar a la Merced sin pintar.

¿A quién decirle qué sí es el Cascamorras y qué no? Los primeros, a nuestros hijos, sobrinos, nietos, vecinillos…

Acerquémonos con nuestros críos al Cascamorras cuando hace su cuestación por las calles ahora en estos días. Además de dar una propinilla para la Hermandad, aprovechemos para saludarle y darle ánimos. Seguro que agradecerá sentirse querido y arropado.

Llevemos a nuestros pequeños al Cascamorras infantil.

Maestros, profesores, catequistas, cualquier explicación que deis  a los alumnos en torno a la figura del Cascamorras y su historia, estoy segura de que no caerá en saco roto.

Hay que crear cantera.

¿A quiénes más hablarles de los síes y noes? A nuestros vecinos que aún no se han convencido de lo que el Cascamorras verdaderamente significa y a los de fuera que saben menos o nada.

Y a cualquiera, sea de donde sea, que lo de menos es que hablen otro idioma. Para ejercer de embajadores de la fiesta no es necesario que sepamos hablar las lenguas en las que he dado la bienvenida ni el resto de las que se hablan en todos y cada uno de los rincones del mundo.

Hay un lenguaje que es universal y es el que sale directamente del corazón. Cada cual encontrará la manera de implicarse en esto del Cascamorras y de hacer llegar el mensaje. Si le ponemos ganas, cundirá como la pólvora, será altamente contagioso.

Aunque es deseado un compromiso vivo y activo durante todo el año, en los próximos días tenemos dos ocasiones muy importantes, el día 6, en la carrera de Baza, y el día 9, en Guadix, para demostrar lo mucho que nos importa esta antiquísima tradición, lo orgullosos que nos sentimos de ser accitanos y bastetanos y de lo generosos que somos al ofrecerla a quien se anime a sentirla y vivirla en vivo y en directo.

¡Accitanos! ¡Bastetanos!

¡Viva la Virgen de la Piedad!

¡Viva Baza!

¡Viva Guadix!

¡Viva el Cascamorras!

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Queridas amigas, queridos amigos:

Como ya os comenté, tengo el grandísimo honor de ser la elegida para dar el pregón de las fiestas del Cascamorras, de interés turístico internacional. Las ciudades de Guadix y Baza quedan unidas bajo una misma tradición que cumple 525 años. Color, fuerza, fe, emociones en estado puro se dan cita en este festejo que se celebra cada año en las calles de Baza el día 6 de septiembre y en Guadix el día 9 de septiembre.

La gala del Cascamorras, en la que se enmarca el pregón, tendrá lugar hoy 28 de agosto, a partir de las 21 horas, en el Teatro Mira de Amescua de Guadix (Plaza de la Constitución).

Más información sobre la fiesta la podéis encontrar en la página web de la Hermandad de la Virgen de la Piedad.

¡Viva el Cascamorras!

El cartel es obra de MariLuz Parra Sánchez

El cartel es obra de MariLuz Parra Sánchez

 

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Me complace invitarte a la presentación de mi primera novela “Sombras en la luz”. Es una historia de misterio, pero no una colección de historietas de terror. Es una historia de superación personal, pero no un libro de autoayuda. Es una historia donde Guadix no es un mero escenario, pero no es una guía turística.

El próximo 3 de septiembre, a las 19 horas, en el Cuarto Real de Santo Domingo, me encantará poder contarte más de esta historia que encierra historias que caminan entre la luz y las sombras, senda por la que a veces estamos obligados a avanzar.

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Entrevista publicada en Ideal en su edición del 26 de agosto de 2015

 

En el enlace que aparece a continuación podrán ustedes leer la entrevista que Antonio Arenas, periodista de Ideal, me hizo sobre la novela “Sombras en la luz”

Enlace a la versión online

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Entrevista publicada en Wadi-As Información en su edición del 22 de agosto de 2015

 

Enlace a la primera página de la entrevista

Enlace a la segunda página de la entrevista

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 15 de agosto de 2015

Somos prisioneros del anhelo y no lograr todo lo que se nos antoja, que suele ser mucho, nos convierte en seres rematadamente insatisfechos, nos hace sentirnos permanentemente frustrados. Y no creo que esto pueda explicarse sólo por la actual sociedad de consumismo-sin-fronteras, que nos pone la miel en los labios y nos la quita cuando estamos a punto de empezar a saborearla a menos que paguemos por ello y, como gastar en apetencias es un lujo fuera de nuestro alcance, toca resignarse y estar de continuo de mal humor. Lo del “culo veo, culo quiero” es más viejo que la tos. Esta manera que tenemos los humanos de funcionar la traemos de fábrica.

Y todo esto viene a santo de que, hace un par de semanas, y así os lo comentaba aquí en este espacio, andaba yo con unas ganas locas de verano “verano”. Echaba en falta sudar la gota gorda, sentirme tan pegajosa que ni una sucesión de duchas pudiera aliviarme. Añoraba entrar al edificio en el que vivo e imaginarme durmiendo la siesta sobre la tumbona playera en el hueco de la escalera, romper abanicos y quemar ventiladores de tanto usarlos, pasar el rato paseando pasillo arriba, pasillo abajo en la sección de congelados del súper, no encontrar postura para pillar el sueño ni bebida que calmase ese reseco que no se va.

“Ésta no sabe lo que está diciendo”, os dijisteis, seguro, más de uno de vosotros mientras me leíais cuando describía los estragos del calorín como auténticas virtudes. Podía llegar a comprender perfectamente vuestra perplejidad, ya que, con las olas ininterrumpidas de calor –más bien tsunami- que habéis padecido –y seguís padeciendo-, normal que estuvieseis deseando inaugurar la temporada de mesa camilla. Ahora que llevamos en Berlín unos cuantos días por encima de los 30 grados, me sumo a los pro-invierno y añoro como el que más el tacto de las sábanas de franela y los jerséis de cuello vuelto.

¡Ay! No hay quien nos entienda. Nunca tenemos lo que queremos. Por eso hablaba al comienzo de que la nuestra es la historia de una eterna insatisfacción… y también de una flagrante tendencia a olvidar con facilidad. Cuando dentro de unos meses las plantas de los pies las tengamos más frías que las placas de hielo que estemos pisando, se nos acartone la ropa tendida por la helá caída y se nos congele el moquillo conforme vaya asomando por la nariz, entonces, pa’ entrar una miaja en calor, evocaremos gustosos estas tardes de verano en bañador y con paños mojados en la nuca.

¡Anhelos, anhelos!

Ya esté uno o no de vacaciones, estas semanas de bajón generalizado de la actividad cotidiana son una ocasión inmejorable para volver la vista hacia uno y hacer balance de lo que va de año. En este repaso se cuelan aquellos propósitos de Año Nuevo que nos hicimos mientras nos metíamos a presión en la boca una uva tras otra y resulta que descubrimos que todo aquello, más que una colección de metas realistas, no era más que puro anhelo. Ahora con treinta, cuarenta, cincuenta, taitantos años añoramos el superávit de que gozaba nuestra hucha con tanta propina como recibíamos a los cinco años, la energía que gastábamos con diez años, el cuerpo que teníamos a los quince, la vida social de los veinte años y así, en vez de objetivos alcanzables, mientras brindamos tras las Campanadas nos proponemos, año tras año, hacer dietas matadoras, controlar cada céntimo que sale del monedero y seguir un calendario de entrenamientos tan extenuante como el planillo de citas con amigos y parientes con los que pretendemos ampliar el trato, sin contar con que ya no tenemos ni cinco, diez, quince ni veinte años. Es decir, anhelo sobre anhelo. Y me pregunto que pa’ qué nos sirve tanto anhelo, pues en verdad no hay ni mijita de gana de volver a los complejos de la infancia, la edad del pavo, el acné juvenil, los atracones de apuntes en interminables noches de estudio: bien nos podríamos repetir esto en Año Nuevo y ahora mismo que nos hallamos en plena evaluación semestral. Porque la nostalgia adorna y deforma tanto todo de tal manera que el presente en comparación se presenta como la más dura de las condenas. Y no, que no, tampoco es eso, para nada.

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