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Archive for 25 septiembre 2015

Publicado en Wadi As en su edición del 19 de septiembre de 2015

Los perros, como nos pasa a nosotros, son animales de costumbres. Sin embargo, los cuatro patas, a diferencia nuestra, siguen erre que erre la rutina que, tras muchos esfuerzos por nuestra parte, han aprendido, de tal manera que viven cada hito del día a día con la intensidad de la primera vez y reproducen con férreo ademán cada escena de su trama diaria, convirtiendo las tareas habituales en un ritual que cumplen a rajatabla. Nosotros, a diferencia de ellos, podemos modular y adaptar nuestro comportamiento ante imprevistos y, por supuesto, alterar la agenda de obligaciones ante circunstancias sobrevenidas, que son múltiples y continuas, pero ellos, nada de nada. La disciplina, una vez asumida, se vuelve imprescindible. Por ejemplo, mi perra Mati, en cuanto ve que mi perro Yoda se acerca a la puerta de la habitación donde duermen y empieza a dar saltitos y a mover el rabillo, coge con la boca su juguete favorito –un hueso rojo de plástico- y espera a que ese alguien que acaba de llegar a la casa le abra la puerta para ofrecérselo y jugar. Cuando el hueso no está en su cuarto porque lo haya dejado en otro sitio, lo primero que hace contá le abrimos la puerta es salir escopeteá a buscarlo por todo el piso y, en caso de no encontrarlo en un primer rastreo, pilla lo que sea del suelo y con ello en la boca se va a saludar a quien sea que haya llegado. Esto lo hace ella siempre. Le resulta indiferente que quien entre en la casa lo haga sin gana alguna de juguesca. Ella tiene clarísimo que agasajar al recién venido es algo que hay que hacer.

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Mi perra Mati con su inseparable hueso rojo

Esa firme voluntad que veo en Mati es lo que me hace llegar a la conclusión de que se ha criado al calor de un hogar el perrillo –ahora- enclenque, despeluchado y sucio sentado, aunque en posición de alerta, que he visto un día sí –y otro también- ante la puerta de salida de un supermercado en Guadix. Ese estar en tensión a la espera de que salga de la tienda de una vez por todas su dueño para así continuar con los mandaos del día, no es algo nuevo para ese cuatro patas. No se trata de un perro parido y crecido en la calle, sino criado y amaestrado por alguien que ya no está por la labor de seguir cuidándolo.

Por desgracia, el caso de este perrito no es el único. Me ha sorprendido ver perros, bastantes, por las calles accitanas desorientados vivos, perros que no saben cruzar la carretera si no es junto a su amo, perros que rondan por las aceras con terrazas al acecho del trozo de pan, del pedazo de carne que no queramos, perros que se acurrucan bajo bancos, al pie de árboles buscando ese arrope que les ayude a conciliar el sueño y despertar de la pesadilla que es este sinvivir de haberse perdido de sus dueños. Porque es evidente que no se consideran abandonados. Tamaño desprecio no cabe en su cabeza, en su idea de camaradas hasta la muerte que significa el vínculo a fuego que les une a sus amos.

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He titulado este escrito como “balada” porque estos perros que se creen perdidos no ladran, más bien balan como hacen los corderos en el matadero cuando huelen su fin. Balada triste. Balada lenta. Balada de corazones rotos, de mimos y atenciones pasto de un pasado que nunca volverá.

Balada que, a quienes nos quema por dentro asistir a tan lamentable espectáculo, bailamos a solas con nuestra conciencia por no hacer bastante por denunciar lo que pasa, por no dejarle suficientemente claro a quien no tiene mimbre de mascotero que ante la duda de si tener o regalar un animalillo ni lo intente, por no gritar tan alto como para llamar la atención de las autoridades y pedir que hagan más por facilitar y fomentar la adopción de perros dados de lado y que al menos estudien la posibilidad de aumentar las sanciones por abandono o maltrato.

Ojalá pronto se oigan menos estas baladas de perros perdidos, pues dicen muy poquito a favor de los valores que prodigan en la sociedad que las escucha.

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Publicado en Wadi As en su edición del 12 de septiembre de 2015

Las niñas viejas tienen cara de niñas, cuerpo de niñas, pies de niñas, pero no son niñas. Sus maneras de moverse distan mucho de lo que les correspondería por edad. Más bien parecen las propias de quienes soportan décadas y décadas sobre sus espaldas y no de quienes apenas llevan sopladas unas pocas velas de cumpleaños. Así, hacen comentarios aviejaos, miran con la suficiencia de quienes suman primaveras pa’ aburrir y se comportan como marisabidillas del rímel y el nylon.

Estas niñas no son nada sin sus madres, sin sus padres. Unas y otros –por extensión, requeteviejas/os- creen que les hacen un inmenso favor a sus hijas pintándoles el rabillo, enseñándolas a diferenciar el tul de la gasa, forzándolas a calzar zapatos de tacón, haciéndolas participar en esos ridículos –por usar un calificativo suave- certámenes de belleza para menores. Y es que están convencidísimos de que, así, no hacen más que darle al César lo que es del César. Tienen por seguro que sus hijas nacieron para pasear palmito bajo los focos. ¡Cuánta ingenuidad! Pues, ¡qué se le va a hacer!, este mundo que pisamos no es de color de rosa como el de las barbies ni como el que Disney pinta. Es más, el candor estomacante que envuelve estos concursos es un claro efecto llamada para las más sucias miradas. Sí, por desgracia el vicio y no la virtud guía los sentimientos de parte de ese público fiel a este mercadillo en el que las niñas –me dirijo a ellas porque son mayormente chicas las afectadas- pierden lo que las define, la inocencia, y se les niega su derecho a la pataleta y a mancharse de helado, a ponerse las manos pringando de galletas de chocolate o caramelo derretido y a llegar a casa con barro hasta en los dientes.

¿Merece la pena sacrificar, por un puñado de fotos de estudio, por unos minutos de notoriedad siendo la imagen de una marca que en la temporada siguiente usará otro rostro, la etapa en la que se sellan a fuego esos recuerdos que nos persiguen durante el resto de nuestras vidas? ¿Hasta qué punto podemos considerar éxito el hecho de que alguna de estas niñas viejas llegue a protagonizar alguna de esas series anodinas de argumentos absurdos, para acabar requemada a los veintipocos?

He de reconocer que las niñas viejas que más me impactan son estas de las competiciones de belleza estilo americano, crías en las que sus padres gastan un pastón no ya en ropa y potingues para la cara, bronceados, extensiones de pelo y en blanquear dentaduras, sino en clases de actuación, canto y baile a las que asisten después de su jornada escolar.

Sin embargo, aquí, al otro lado del charco, también tenemos niñas y niños viejos. ¿Cómo evitar que nuestros pequeños envejezcan antes de tiempo? No me refiero tanto a que nuestras niñas no guarden el paquete de pañuelos en bolsos rosas con purpurina ni a regañarles si las sorprendemos pintándose los labios con nuestra barra preferida. Señalo más bien esa moda creciente de aturullar a nuestros retoños con actividades extraescolares queriendo ver en ello una forma de reforzar sus cualidades. ¿O acaso estamos privándoles de madurar cuando les toca? ¿Lo hacemos por su bien o para satisfacción nuestra, por el placer de soltar cuando se tercie que nuestro hijo va a clases de chino, de acrobacias, de salterio? Porque debe usted saber que ya no viste mandarlos a la academia de inglés, a piano o a baloncesto. Ahora es que semos mu’ moernos y nos movemos en otros niveles.

Llego a estas reflexiones tras pasar por una pequeña placeta de uno de los barrios señeros de nuestro Guadix, de esos habitados fundamentalmente por gatos y fantasmas, en la que he tenido el privilegio de cruzarme con un grupillo de zagalillas y zagalillos cuya única diversión era correr unos detrás de otros. Risas, gritos, carreras de niños a esas edades. Nada que ver con las sonrisas escayoladas, los gritos ensayados y las carreritas que se dan las niñas viejas del vestidor al tocador, del tocador a la pasarela, trampolín a una vida que se le acaba justo cuando no ha hecho más que empezar. ¡Tristes niñas viejas!

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Publicado en Wadi As en su edición del 22 de agosto de 2015

 “¿Te acuerdas de…? ¿Y de…? ¿Y de…?”. Preguntas que se cuelan en muchas de esas conversaciones que mantenemos al calor del verano, al frescor de la convidá nocturna, con amigos y parientes a los que vemos de Pascuas a Ramos. La tertulia se anima cuando empiezan a enumerarse ocasiones en las que Guadix y comarca fueron noticia y cuyo recuerdo sigue presente en la memoria colectiva.

Es el caso del rescate de los ocupantes de un avión norteamericano siniestrado en el Picón en 1960 y que llevaron a cabo vecinos de Jérez del Marquesado, de la riada tremenda de los 70, del rodaje de Indiana Jones en los 80, de la visita de los Reyes Don Juan Carlos y Doña Sofía en los 90, de la lluvia de millones en la lotería de Navidad apenas inaugurado el nuevo milenio. De la apertura del hospital hace ya casi una década, unos veinte años del cierre de las minas de Alquife, treinta años del de la línea ferroviaria Guadix-Baza-Almendricos.

Llama la atención lo poco que, a quienes fueron testigos de aquellos hechos, les cuesta dar detalles al respecto. Y es que el paso del tiempo, lejos de mandar esta colección de recuerdos al olvido, los ha puesto en valor frente a otros sucesos que también fueron noticia. Por ejemplo, resulta muy significativo que muchos accitanos tengan grabada la fecha del 19 de octubre de 1973. Que se recuerde día, mes y año ya dice mucho de la magnitud de la riada que entonces tuvo lugar, de lo muchísimo que le impactó a la gente. Cuentan que fue de tal calibre que hasta en el parque se veían cerdos y gallinas que el agua había arrastrado desde las granjas y que a punto estuvieron de dinamitar el puente del río Verde porque los ojos estaban tapados con todo lo que había arramblado la corriente. Por descontado que se inundaron todos los negocios del arco San Torcuato.

No hubo accitano que no saliera a manifestarse, no quedó pueblo de los alrededores del que no viniera alguien para sumarse a las movilizaciones que exigían un hospital comarcal para Guadix. A mediados de los 80 se planteó hacer un hospital en Baza. El argumento que se daba era que a la gente de toda aquella zona le pillaba muy a desmano ir hasta Granada para recibir asistencia hospitalaria. Los accitanos, sin embargo, no entendían por qué construir el hospital bastetano tenía que impedir levantar otro en Guadix. De ahí que, durante meses, hubiera manifestaciones diarias, que un nutrido grupo de mujeres que pedían poder parir en Guadix permanecieran encerradas en el centro del ambulatorio, que hasta las procesiones de Semana Santa alteraran sus itinerarios aquel año para pasar por el ambulatorio y allí mismo junto a las mujeres se ponían el Minuto y el hijo de la Alfonsa a cantarle las correspondientes saetas a los pasos, que ríos de gente subieran hasta la estación a cortar el tránsito ferroviario, que los comercios cerraran por las tardes –a veces, todo el día- para facilitarle a los empleados participar en todo esto. Fue Guadix entero el que se movilizó durante meses, hasta que el ánimo comenzó a desinflarse al ver que nada se podía conseguir.

También sucedió que el Guadix CF le ganó al Valencia en la eliminatoria de la Copa del Rey. El 3 de enero de 2001 el equipo accitano, colista de aquel momento del Grupo IV de Segunda B, se hizo con la victoria ante el conjunto ché de primerísima división.

En las Navidades de 2003 fueron muchas las familias guadijeñas que brindaron con especial alegría. Las 40 series del 13.911 que compró la Hermandad de San Juan Evangelista se agotaron en pocos días porque un vidente dijo que llevaría premio y, adivinación o casualidad, el caso es que tocó.

Lo sobrenatural también ha sido tema recurrente de comidilla popular. Comentadas han sido las supuestas apariciones de fantasmas en la Magdalena, en Villalegre, en la Casa de Don Adriano, etc. Aunque, como siga estancado el plan de recuperación del casco histórico, hasta los espíritus van a tener que emigrar por falta de casa a la que amarrarse y de vivos a los que asustar. ¿Sucederá en Guadix?

 

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Entrevista realizada en la desconexión provincial para Granada de Hoy por Hoy, de la Cadena Ser, el 27 de agosto de 2015

 

Hay una cosa que tenemos los españoles que prodiga poco en el extranjero y es la capacidad que tenemos de darle la vuelta a las cosas y de convertir, por ejemplo, en este caso el Cascamorras, un litigio en origen, en una ocasión para la fiesta, para el encuentro, para convivir, para compartir

María Jesús Ortiz Moreiro

(Extracto de la entrevista que se puede escuchar a continuación)

 

http://www.ivoox.com/entrevista-sobre-cascamorras_md_7894065_wp_1.mp3″ Ir a descargar

 

 

El Cascamorras infantil a su paso por la plaza de la Catedral (2015)

El Cascamorras infantil a su paso por la plaza de la Catedral (2015)

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Publicado en Wadi As Información en su edición del 5 de septiembre de 2015

Vista la marabunta pintarrajeada pareciera que correr el Cascamorras no tiene más historia que salir a la calle y dejarse manchar. Nada más lejos de la realidad. Hay toda una liturgia que guía la fiesta y que sigue al dedillo todo cascamorrero que se precie.

Comienza con las negociaciones con las madres. Su venia es crucial. Y obtenerla no es empresa sencilla. No es cosa menuda convencerlas de que miren para otro lado cuando nos oigan llegar tras la carrera. Ayuda asegurarles que, después de quitarnos los churretes, dejaremos el cuarto de baño como los chorros del oro. Esta fase se la ahorran los turistas. Suertudos ellos.

Es fundamental elegir la ropa y el calzado, que deben ser suficientemente prescindibles, a la vez que cómodos y que no limiten el movimiento. No vale cualquier harapo.

Por supuesto, hay que comprar las pinturas de agua (almagra, amarillos, azulete) para el Día D. La fiesta no sólo consiste en pillar resfregones de la gente y en mostrarte receptivo a ello. Tú también tendrás que pintarte y que pintar a quienes te lo pidan. Hay que agenciarse botellas de plástico –de agua, de refrescos…- en las que mezclaremos las pinturas con agua.

Ya el día de la carrera, hay que embadurnarse el cuerpo entero de crema hidratante o vaselina para que luego la pintura salga más fácilmente. Es más que recomendable recogerse el pelo y protegerlo con gorras y pañuelos. Una vez vestidos para la ocasión con nuestras peores galas, salimos de la casa con las pinturas y las botellas con agua o bien con la mezcla ya hecha. Muchos preparan los potingues ya enfilando la carretera Murcia. Sea como fuere, el hecho es que se llega al inicio de la carrera un tanto manchaíllo –dejémoslo ahí-.

Con el primer cohete empieza a notarse el gusanillo en el estómago. Queda menos de media hora para que comience la función. Aumenta la gente concentrada en el paso a nivel. Pero a mí me gusta subir hasta la cueva de donde sale el Cascamorras rodeado de sus incondicionales. Con el segundo cohete, los chavales y las familias con niños que quieren evitar el motrollón van arrancando poquito a poco carretera abajo. Y con el tercer cohete y el redoble del tambor, ya sólo queda echarse a correr porque el Cascamorras está ya pisándote los talones. Y lo que sucede después sí que es vivir para contarlo.

No hay tarde fresca de otoño precoz ni tarde calurosa de verano remolón que afecten lo más mínimo al subidón de adrenalina que se experimenta haga el tiempo que haga. Tanto si chispea como si hace airazo o brilla un sol de justicia, es igual, uno ya lleva dentro el ritmo de la carrera y sólo piensa en seguir lo que se le mande. A ratos se va caminando. A ratos al trote y al galope. Tocará huir de los acelerones que da el Cascamorras porra en mano. Tocará arroparle y animarle para que siga dándolo todo. Tocará pedirles que echen agua a quienes nos ven desde los balcones. Tocará ponerse de rodillas cuando el Cascamorras tremole la bandera. Tocará santiguarse. El momento llega. Todo llega.

Prueba de lo estricta que es la liturgia cascamorrera es que hay encuadres de fotos que se repiten año tras año: la muchedumbre marrón-rojiza bajando la Carretera Murcia, el baile de bandera en el puente del Río Verde en recuerdo de la despedida del día 5, el baño por parte del camión-cuba de los bomberos en la entrada del parque municipal, el baño en Santiago, el baño en la plaza de las Palomas, la entrega de los merengues de la señá Frasquita, el saludo del obispo desde un balcón del palacio episcopal, el baño de espuma en San Miguel y el encierro en la iglesia.

El silencio que se hace una vez acabada la carrera y disuelta la concentración forma también parte de la liturgia. Mientras uno va de vuelta rumbo a casa, al hotel, empieza a sentir el bajón después de tanto vivido. Viene el cansancio y las ganas de ducharse y ponerse limpico.

Ahora sí que sí Guadix clausura el verano y no el veintitantos de septiembre como el resto. Tras el paso de la multitud parduzca del Cascamorras, Guadix recupera su cariz de ciudad silenciosa, solitaria, seca.

El cartel es obra de MariLuz Parra Sánchez

El cartel es obra de MariLuz Parra Sánchez

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Artículo publicado en el cuadernillo editado por la Hermandad accitana de la Virgen de la Piedad con motivo del Cascamorras en su 525 aniversario

¿Que qué podemos hacer cada uno de nosotros por la fiesta del Cascamorras? Lo primero y más importante, tenemos que apostar por ella con total convencimiento. En trámites para ser considerada como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, está ya reconocida como fiesta de interés turístico andaluz, nacional e internacional, pero que sea tan conocida a nivel mundial como otros festejos patrios –Sanfermines, Fallas…- corre por nuestra cuenta. Es cuestión de fe, de nuestra fe, y ésta no puede ser una fe pasiva, la de quien espera que sean siempre otros, ya sea la Hermandad de la Virgen de la Piedad, los ayuntamientos de Guadix y Baza, la Diputación, la Junta, etc., los que hagan algo por la fiesta. Cascamorras nos necesita, a mí, a ti, ¡eh, tú!, sí, también a ti. Cascamorras necesita que profesemos una fe viva, activa, proactiva, esa que alienta actuaciones no importa cuál sea su dificultad, no importa cuánto esfuerzo comporten, la fe en el sentido de creer en el potencial de la fiesta.

Tenemos varios ejemplos de cómo con la puesta en práctica de esta virtud se consiguen las cosas. La Hermandad accitana de la Virgen de la Piedad no ha dejado de creer en el proyecto cascamorrero. No ha parado un momento de idear y buscar nuevas formas de promocionarla y de asegurar una transmisión sólida de tan antiquísima tradición a futuras generaciones, como que el Cascamorras visite colegios y escuelas municipales de verano, con el Cascamorras infantil o el mismo hecho de proponer la fiesta para las diferentes catalogaciones logradas y la que se espera de la Unesco. Nada les ha frenado. Esa fe a la que me refiero es la fuente de energía que les hace sobreponerse a las adversidades y cumplir objetivos que parecían inalcanzables en un inicio, convencimiento también presente en el ánimo de quienes, año tras año, han encarnado la figura del Cascamorras, dando lo mejor de sí para lucimiento de la fiesta no sólo los días de las carreras –el 6 de septiembre en Baza, el 9 en Guadix-, sino estando a disposición de la Hermandad siempre que ha necesitado algo de ellos.

Con los premios que la Hermandad entrega en las galas de presentación del Cascamorras, se reconoce la labor que las personas y organizaciones galardonadas han hecho/hacen en favor de la fiesta. Ellos, por tanto, representan a la perfección qué significa el sentir cascamorrero y nos pueden servir como referencia y acicate para poner nuestro granito de arena que, como digo e insisto, es fundamental para que la fiesta tome el impulso definitivo.

Pero, ¿por qué luchar con tanto ahínco por el Cascamorras?

Porque seríamos unos auténticos irresponsables si dejamos que se pierda una tradición que ha pervivido en el acervo popular accitano y bastetano durante 525 años. A quienes nos tira la tierra no nos queda otra que hacer lo imposible para que nuestros descendientes la continúen durante muchos siglos más. Velar por costumbres de tan profunda raigambre es salvaguardar la identidad del pueblo que las atesora en una época en la que lo genuino, por escaso, es un bien preciado.

Porque el propio personaje del Cascamorras, central en las fiestas, tan peculiar, es de un interesantísimo valor antropológico.

Porque, lejos de fomentar rivalidades, la fiesta une a dos pueblos vecinos, Guadix y Baza, en torno a la devoción por la Virgen de la Piedad y a una tradición en la que no hay vencedores ni vencidos, agraviados ni recompensados, sino gente con ganas de pasárselo bien. La grandeza del Cascamorras es que, a partir de un motivo originario de disputa, se ha fraguado una fiesta de encuentro y convivencia, en la que él, el Cascamorras, actúa como enlace entre accitanos y bastetanos. ¡Qué gran lección para los tiempos que corren! Para los bastetanos el Cascamorras representa a aquel gracias al cual hoy tienen a la Virgen de la Piedad, a la que veneran como patrona, y para los accitanos es el símbolo de que nunca hay que rendirse y con esa moral Guadix manda cada año a su comisionado de colorines.

Porque, lejos de la distorsionada imagen que desacertados reportajes dieron en su día, la fiesta no incita a ningún tipo de violencia. Por el contrario, invita a experimentar un cúmulo de sensaciones muy buenas y con tal intensidad que la fiesta, una vez vivida en primera persona, engancha para siempre. Entra con fuerza por los cinco sentidos. Si impacta ver moverse con una agilidad pasmosa a esa muchedumbre oscura casi negra en Baza, marrón-rojiza en Guadix, más lo hace ser parte de ella. Es una fiesta que se huele, que huele a pintura, pintura que se nos cuela por los orificios de la nariz, por las comisuras de nuestros labios y que acabamos sacándole sabor. Fiesta que cuenta con sonidos inconfundibles, como el del tambor que guía la comitiva, el de los cohetes que acompañan la carrera o el del gentío gritando “¡Agua! ¡Agua!” que piden a quienes les observan desde los balcones, para con ello aplacar el calor que uno lleva dentro por mucho fresco que pueda llegar a hacer. Y, ¡claro está!, la fiesta del Cascamorras entra por el tacto y además lo hace como por ningún otro sentido. Sentir la pintura sobre la piel y las ropas empapadas contra el cuerpo durante la carrera es algo que te  mete en situación, te aísla de lo que pasa fuera: tú sólo entiendes de seguir el ritmo que va marcando el Cascamorras.

Porque la  fiesta del Cascamorras es eso, una fiesta, una ocasión para expresar y compartir la alegría –desde el respeto, por supuesto, a quien no quiere ser manchado, aunque sí formar parte de ella como espectador-, y que está abierta a la participación de gentes de todas las edades.

Más razones para tener fe en la fiesta.

Pues la otra fe, la religiosa, sin la que el Cascamorras tampoco puede entenderse. La fiesta del Cascamorras irá evolucionando con los tiempos, como hasta ahora ha sucedido, pero sin prescindir de ciertos componentes esenciales, como es la devoción por la Virgen del Piedad, que está en el origen mismo de la fiesta: fue el hallazgo de una talla mariana por parte del accitano Juan Pedernal en Baza lo que desencadenó los hechos que narra la leyenda que se encuentra en la base de la tradición cascamorrera. Esto no se puede obviar.

¿Y cómo manifestar nuestro convencimiento? Pues precisamente saliendo en masa a la calle el día de la carrera. Una participación masiva de corredores, una asistencia multitudinaria de público, será un reclamo rotundo de cara a ediciones futuras. Una imagen vale más que mil palabras y que dé la vuelta al mundo la foto de una multitud pintada que avanza entre un gentío abarrotando calles en calidad de espectador, es la mejor campaña de publicidad. Tan claro mensaje serviría como primera llamada de atención y el que la viese al menos se detendría y muy probablemente mostraría interés por querer saber más.

En relación a esto, es vital nuestra implicación en la promoción de la fiesta, inundando, por ejemplo, nuestros perfiles en redes sociales de información sobre el Cascamorras, explicándole a nuestros hijos, a nuestros alumnos, a nuestros compañeros de la facultad, a nuestros colegas del curro, a nuestros amigos de fuera de qué va todo esto.

Y haciendo cada cual lo que mejor sepa y pueda y se le ocurra. Los organizadores estarán encantados de poner oído a nuestras propuestas. Todo suma. Lo importante es que, lo que hagamos, lo hagamos convencidos de lo que la fiesta es y significa. Para convencer a un coruñés, un milanés o un neoyorquino de que vengan y se animen a participar en el Cascamorras, primero tenemos que estar convencidos nosotros y demostrarlo actuando en consecuencia. Cuando las cosas se hacen de corazón y con absoluto convencimiento, esa fuerza se contagia y se transmite con rapidez. Sólo desde este sentimiento la fiesta cogerá la dimensión y el reconocimiento fáctico a la altura de las denominaciones obtenidas y de la que aspira tener.

No nos engañemos. No miremos para otro lado. Por muchos folletos, webs, anuncios publicitarios y material promocional que se distribuya, por mucho que la Unesco la incluya en un futuro en el catálogo, todo esto no será suficiente sin nosotros, accitanos y bastetanos practicantes, cascamorreros todos convencidos.

El año pasado fue ya una carrera en la que hubo un gran incremento de corredores en Guadix. ¡Este año podemos ser muchos más! El año pasado se notó un considerable aumento de visitantes. ¡Este año pueden venir muchos más!

En nuestras manos está que la fiesta ocupe el lugar que le corresponde.

El Cascamorras, el del traje multicolor, el que se abre paso entre el gentío con la cachiporra, el que ondea la bandera, sólo es uno. Pero Cascamorras, la fiesta, somos todos.

María Jesús Ortiz Moreiro

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José Antonio Escudero, durante su presentación como Cascamorras 2015

José Antonio Escudero, durante su presentación como Cascamorras 2015

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Presentación del libro “Sombras en la luz” en el Cuarto Real de Santo Domingo (Plaza de los Campos, 6) en Granada

 

Pilar Sánchez. de Ediciones Dauro, junto a la autora, María Jesús Ortiz Moreiro

Pilar Sánchez. de Ediciones Dauro, junto a la autora, María Jesús Ortiz Moreiro

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La autora, firmando ejemplares al término de la presentación

 

 

Vídeos producidos y editados por Carmen Ortiz y Pedro Muro

 

 

 

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