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Archive for 24 noviembre 2015

Hay canciones que te permiten volver a meterte en aquel suéter de listas, a calzar las j’hayber, a montar en la BH, a enfundarte de nuevo en la piel de aquel chico, de aquella chica que fuiste una vez, antes y al margen de novios/as y, por supuesto, de horarios de guarderías, de gritos del jefe, de malabares de fin de mes. Antes de todo eso estabas tú y tu pila de apuntes y tu acné y tus tira-y-aflojas con tus padres para que te dejasen regresar más tarde a casa y tus sueños del mañana. Y estabas tú y tu yo ante el espejo y, en vuestra íntima soledad, os permitíais ciertos lujos, como el de bailar y mover la boca, con un perfecto playback, mientras sonaba en tu walkman esa cinta recopilatoria de canciones que habías ido grabando de la radio y que, por tanto, o bien estaban cortadas o con las voces de los locutores o con parte de cuñas publicitarias, pero eso te daba igual; eran canciones que te gustaban mucho, muchísimo, salvoconducto para ese mundo en el que tú y tu reflejo os sentíais en la gloria ejerciendo respectivamente de original y copia. O, por supuesto, escuchando los casetes originales, esos que hoy conservas, si es que lo haces, junto con otros trastos, ayer reliquias, hoy rayando en la categoría de basura –nostálgica y entrañable, pero basura al fin y al cabo-, en una de las muchas cajas amontonadas en el sótano de la casa de tus padres, porque evidentemente en la tuya no hay sitio casi, casi ni para ti.

Este escrito, por tanto, pretende servir de homenaje a las canciones que te hacen rejuvenecer cuando las oyes, ya sea en la sala de espera del dentista de tu hijo, cuando por casualidad a los pinchadiscos de las radio fórmulas les da por hacer una pausa de buen gusto o cuando, atacado por los muchos frentes ante los que has de darlo todo cada día, vas con premeditación, alevosía y normalmente nocturnidad a tu ordenador y buscas la medicina que, sabes, va a aliviar la presión, al menos durante los minutos que dura el corte musical.

Entonces te asaltan con ello un montón de recuerdos y, lo primero, te viene un chute de energía que te lleva al instante a seguir el ritmo de la canción con el pie, incluso a reproducir parte de una letra que creías haber olvidado por completo. Y ya no puedes dejar de canturrearla. Al menos hasta el siguiente berrinche. Y entonces de nuevo planearás otra ocasión para la fuga de la mano de alguna de estas canciones de tu vida, banda sonora con la que montarías ese powerpoint definitivo sobre ti que ni el más cercano amigo o familiar tuyo logrará jamás  prepararte.

El anuncio de la vuelta de los Cero me ha llevado a recordar algunos de esos momentos en los que consiguen quitarme arrugas en el alma y despejar sombras en el ánimo el estribillo, el organillo, el punteo, la escala de esa, de esa otra, de aquella canción. Porque sí, algún que otro tema de esta banda granaína se cuela en mi fondo de armario musical junto con otros que, tal y como está el negocio éste de la música, no se comerían hoy día un colín. No eran bellezones ni llenaban portadas de revistas por sus escandalosas vidorras ni protagonizaban videoclips subiditos de tono. Muchos de los de mi lista eran chicos de barrio a los que les unía el amor al arte de incorporarle a un ritmo pegadizo una letra de rima agradable y hacerlo, además, con un estilillo que les diferenciaba de los demás. No quiero sonar carca al sumarme a esa causa relativamente general de considerar icónica la producción musical de los 80, década que en especial en España parió muchísimo y para todos los gustos y, lo mejor y lo que la hace significativa, a cada cual más auténtico. Cada cual defendía una forma de tocar, de estar sobre el escenario, de entonar y seguir las melodías. Total, que a propósito de la gira de 091 tras 20 años desde su separación me he dedicado unos cuantos de esos raticos antioxidantes y reparadores que nuestro body necesita con frecuencia para sentirse vivo.

 

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Publicado en Wadi As Información en su edición del 21 de noviembre de 2015

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La devoción de los accitanos por su patrona la Virgen de las Angustias se traduce en imágenes, sonidos, hábitos casi, casi invariables de un año para otro. La fidelidad con la que siguen los distintos actos que tienen como centro el fervor por esta advocación y, sobre todo, que lo profese tamaña cantidad de gente, la convierten en una de las tradiciones más consolidadas de Guadix.

La fe que mueva o deje de mover el cariño a la Virgen de las Angustias en los corazones de sus devotos es algo que compete a cada cual y por la que cada cual debe responder, pero tanto los que tiran más de teología como los que tiran más de costumbre en sus manifestaciones públicas de adhesión a esta causa mariana, marcan en rojo en el calendario la semana de noviembre en la que tienen lugar los cultos centrales, que arrancan con la bajada en rosario de la aurora de la imagen desde su templo hasta la Catedral, donde se le dice la septena, y que culminan con la misa pontifical y la procesión de la patrona por las calles de la ciudad hasta regresar a su iglesia.

Tan presente está en el día a día del accitano medio, ese que se pone al cuello una medallita, que cuelga en su negocio un cuadro con la imagen o que nombra a su hija como la virgencica a la que implora protección, que no hay distancia física ni desapego emocional que pueda impedir que, al menos durante un momentillo por estas fechas, y lo quiera uno o no, se acuerde de esta, aquella cosa: que si del estruendoso cueterío del día de la procesión, que si de los pétalos lloviendo desde balcones al paso de la Virgen, que si de la copla que le dedica la tuna.

Pero además de imágenes –como la del reguero de lucecitas de las velas de quienes engrosan las interminables filas de la procesión-, sonidos –como el del rezo con megáfono en el rosario de la aurora- y hábitos –como el de estrenar el abrigo de temporada el día grande- que, como decía al inicio, se mantienen casi, casi tal cual a través de los años, la devoción por la Virgen de las Angustias y lo fuertemente arraigada que está en el sentir accitano se muestra en las muchas historias que se oyen en el pueblo y en las que está presente la patrona guadijeña y que surgen de la experiencia  de vivir la fe cristiana teniéndola como intercesora.

Hoy voy a compartir una de estas historias, menuda no por su insignificancia, sino porque pequeña es su protagonista. Quien me la ha contado –y quien lo ha hecho merece toda mi confianza- asegura que es totalmente verídica.

A principios del siglo XX había un cabrero de las Cuevas que solía pasarse a hacer la visita a la Virgen cuando recogía sus cabrillas después de la jornada de trabajo. Su hija, de unos seis años, le acompañaba. Aunque al cabrero le bastaba con ver a la Virgen a través de los ventanales y rezarle desde fuera del templo, la niña se metía en la iglesia, se acercaba a la imagen, la miraba y se ponía a bailar delante de ella. Hacía su zapateado y se iba. Y así un día tras otro.

Entonces a las monjas del convento adyacente les llegó una queja por la actitud de la zagalilla. Un día se le acercó una monja y le dijo: “Mira, bonica, tú cuando vengas aquí, te sientas en un banco, ves y le rezas a la Virgen, pero aquí no bailes”.

Al día siguiente, llegó la chiquilla e hizo lo que le habían dicho y en esto que empezó a llorar muy amargamente. Una monja que estaba por allí le preguntó el motivo de su berrinche, a lo que le respondió: “No me dejan que baile y, cuando yo bailo, la Virgen se ríe y hoy, como no bailo, no hace más que llorar”.

Esto llegó a oídos del obispo, quien llamó a la madre superiora, le pidió explicaciones y le acabó diciendo: “Pues hagan ustedes el favor de dejar a la niña que baile, porque así es como se comunica con la Virgen y ustedes no se lo prohíban, que eso va a dejar de hacerlo en el momento en el que lo más hermoso que tenemos todos, que es la inocencia, la pierda, y ya no habrá necesidad de decirle que no baile, porque no lo hará. Y si le ríe o le llora la Virgen, eso lo sabrá ella y la Virgen. A la niña dejadla que baile”.

Al tiempo, dejaron de ver a la niña que bailase o que fuese, porque ya se había puesto grande.

 

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Publicado en Wadi As Información en su edición del 7 de noviembre de 2015

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Hay asuntos que no acabo de encajar, como que de repente a to’ hijo de vecino le haya dao por esto del Jálogüin y no le importe hacer el mamarracho un rato vistiéndose del bute de turno en la fiesta de rigor del moerno que todos tenemos en la pandilla, mientras entretenemos a los críos, disfrazados también, mandándoles a ca’ la del cuarto derecha a por caramelos. Y la del cuarto derecha, que es una setentona que por Todos los Santos no ha entendido en su vida de otra cosa que no sea la de honrar a sus difuntos limpiando con especial esmero las lápidas y cambiando por otras nuevas las flores de plástico de los floreros de mármol que adornan las tumbas, pues se asoma a la mirilla, ve quiénes están echando el timbre abajo con tanta insistencia y ni se molesta en abrirles la puerta y pedirles algún tipo de explicación. “Pa’ qué”, pensará, y con razón, porque muy probablemente las criaturas no tengan ni pajolera idea de lo que significa lo del “truco y trato” ni qué hacen vestidos de tal guisa ni por qué a sus padres, que de nunca han sido de Carnavales –por nombrar un festejo en el que lo de los disfraces es asunto central-, no les tiembla la mano a la hora de pintarse la cara de blanco o colocarse colmillos postizos.

¿Qué tendrá la tele y el cine y el Internete que en unos pocos años esto del Jálogüin, entre otros hábitos que nos son absolutamente ajenos, se han colado en nuestra agenda? Pues un poder contra el que poco se puede hacer. Porque si ahora vas y dices que el Jálogüin es esto y aquello, lo mejor que te puede ocurrir es que to’ quisqui te tome por el pito del sereno y lo más suave que te digan es que eres un carca. Que no, que no se puede luchar contra tamaña influencia. Que no, que ha calado hondo lo de pasar la noche del Jálogüin dichoso viendo películas de miedo, tragándonos documentales de casas encantadas y llenando el muro de Facebook con calabazas siniestras, porque así lo vemos en la tele y en el cine y en vídeos musicales y punto pelota. Que no sirve de na’ que ahora vayas tú y le digas a tu prima que en vez de golosinas tome huesos de santo y a tu hermano que en vez de ir a la fiesta temática de la discoteca se quede en casa al calor del brasero a comer boniatos cocidos y castañas asadas.

A lo más a lo que se puede llegar sin que el critiquerío salga en tromba y te despelleje en cinco minutos por atreverte a despotricar contra el Jálogüin, es, por ejemplo, a manifestar extrañeza ante lo rápido que ha echado raíces una costumbre tan distinta a lo que se venía haciendo por estas fechas en el pueblo, y no entres en pormenores, porque cuanto más parezca que lo que intentas al mostrar lo poco que encarta esta fiesta en nuestro marco cultural es ponerla en entredicho, malo, malo.

Hagamos lo que nuestros políticos. Ellos han entendido a la perfección de qué va lo del poder de la tele y los efectos que en el electorado –o sea, en ti, en mí- causa cómo vayan vestidos, cómo anden y con quién. Ellos tienen muy bien aprendido que renta más un minuto en la tele que cien mítines. Seremos superficiales, sí, para qué negarlo. Nos gusta que se muestren simpaticones, campechanos, dicharacheros, bailongos, enrolladetes. Pues eso, que para comprender el triunfo del Jálogüin no hay que leerse sesudas teorías. Triunfa porque triunfa en la tele la imagen del Jálogüin yanqui. El Jálogüin, al igual que la telerrealidad en la que batallan a diario nuestros políticos, ha venido para quedarse, así que, aunque toa esta pesca no nos vaya demasiado, lo menos que podemos hacer de puertas pa’ fuera es poner cara de sorpresa cuando nos asalte una caterva de niñillos disfrazados, y ya está. Pa’ qué’ complicarse con estas historias.

Publicado en Wadi As Información en su edición del 31 de octubre de 2015

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