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Archive for 16 diciembre 2015

Poner el portalico de Belén es algo que se ha venido haciendo en Guadix desde hace muchos años. Forma parte del sota-caballo-rey de las Pascuas accitanas de la misma manera que el paje-camello-rey es el trinomio esencial de las tres carrozas más importantes de la cabalgata del 5 de enero, a lo que dedicaré, cuando corresponda, su debido escrito. A continuación expondré en diez puntos los rasgos que hacen inconfundible el belén alumbrado bajo techo guadijeño. Los hay más grandes y más chicos, con dispositivos e infraestructuras más avanzadas o más modestas. Para catalogarse como propios del lugar deben reunir, a ser posible, los siguientes diez preceptos en los que he resumido las informaciones al respecto que me han ofrecido muchos de ustedes, asesoramiento que agradezco de corazón.

Lo primero es que en Guadix el belén no se llama “belén”, sino “belencico” o “portalico”. Quien afirma que “pone un belencico” ya está dando mucha información sobre qué tipo de belén monta, osease, que lo hace a la manera tradicional descrita en los nueve próximos pasos. Vamos, sería cosa rara que alguien te diga “Ayer tarde puse el belencico” y fueras a verlo y te encontrases un Nacimiento digno de un museo de arte contemporáneo.

Lo segundo es que ha sido bastante habitual aprovechar el puente de la Purísima, además de pa’ ir a ver a los seises y  pa’ matar el marrano –o ponerse las botas en la matanza organizada por el pariente, por el amigo generoso que todos tenemos-, pa’ poner el belencico. Suele quitarse pasado San Antón, pues por todos es sabido que de la Purísima a San Antón, Pascuas son.

Lo tercero es que hay que irse a las umbrías de los pinares de los cerros de los alrededores para hacerse con plaquitas de musgo y, de camino, coger corteza de árbol y piñas caídas que acomodaremos luego en el paisaje de nuestro belén. Se puede conseguir en tiendas musgo artificial, muy socorrido dado los otoños tan secos que estamos teniendo. Hay quien usa retama, esparto y aromáticas y con unas pocas varillas atadas hace pequeños árboles para el Nacimiento. Aquí ya cada uno procede según su inventiva y capacidades.

los granjeros, al portal

Lo cuarto es que para el accitano el Niño Jesús nació en una cueva. Por ello arrugamos papel marrón de embalar y vamos formando cavidades, cerros y barrancos, skyline de nuestro Guadix y, por extensión, del portalico.

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También según lo ducho que se esté en esto de los trabajos manuales, así se complica uno más o menos en el diseño urbanístico del belencico. Pero de normal se ha resuelto con papel de aluminio el tema de las estrellas del cielo –antaño se pegaban con gacheta a un pedazo de papel azul que se ponía sobre la pared a continuación de las cumbres de los montes-, así como la simulación del arroyo –en cuya orilla colocamos las lavanderas- y del estanque de los patos, aunque para este último hay quien emplea un trozo de espejo o un platillo transparente con un poco de agua. Éste es el punto quinto.

Lo sexto, y en lo que también queda patente lo mañoso que sea uno, está en recrear productos de la zona: con plastilina, con arcilla, incluso pintados encontramos ristras de pimientos coloraos en las fachadas de las casas-cueva del belencico, braseros de picón, cantaricas y lebrillillos, y/o chorizos, morcillas y otras delicias salidas de las matanzas, entre otros.

Lo séptimo es que al caganer siempre se le ha referido como el “tío del cerro” y a las pastorcillas como “las aldeanas”. Unas figurillas muy típicas han sido los lugareños con bandurrias y guitarras que se han solido colocar echándole la serenata al Niño Jesús.

Lo octavo es que ha habido belencicos en casas, en iglesias, pero también en instituciones de diverso tipo y en escaparates de tiendas. Incluso hemos tenido belén viviente durante muchos años en el barrio de Santa Ana, promovido, como tantas otras cosas, por don José Luis de los Reyes, y posteriormente ha sido organizado por la Hermandad de la Estrella en/cerca de la iglesia de Fátima.

Lo noveno –volviendo a los belenes de figuricas- es que no puede faltar nevar el conjunto con harina o polvos de talco.

Y lo décimo es que en Guadix se ha puesto el portal no como mero adorno navideño, sino casi como un altarico ante el que niños y grandes han cantado los villancicos en estos días que vienen.

Publicado en Wadi As Información en su edición del 12 de diciembre de 2015

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Calor y nieve

Hoy he salido con el firme propósito de encontrar esa mirada, ese gesto, esa escena que me diera pie a contaros la historia con la que iniciar el serial que, cuando llegan estas fechas, vengo dedicando, desde hace ya unos años, a las fiestas navideñas. Qué mejor –pensé durante el desayuno- que tomarle el pulso al Berlín que se prepara para el Adviento –que aquí se celebra bastante- y comprobar cuánto de ese espíritu navideño se deja sentir ya. Es que es muchísimo mejor –seguí pensando- pillar a la gente con las pilas cargadas, con el bolsillo relajao, con las ganas de Pascuas intactas antes de la quemazón por el bombardeo consumista, de los ardores de estómago por tanto ágape, de la hartura por tanta película de sobremesa con papanueles y duendecillos.

Sin embargo y, aunque antes de cerrar la puerta de casa, juro haberme afilado los sentidos, me vuelvo apenas habiendo hilvanado un par de ideas. Vale que la Schloßstraße no es la Ku’damm ni la Friedrichstraße, arterias comerciales por antonomasia de la capital alemana. Pero esta calle a la que me refiero y por la que he estado paseando toda la mañana en busca de “la” anécdota que armase este escrito, está llena de tiendas, cafeterías y consultorios médicos, vamos, que está una miaja animá. Pero no, na’ de na’.

Lejos de la idílica imagen que esperaba hallar de comerciantes vistiendo de gala sus escaparates, de transeúntes engrasando la maquinaria de la sonrisa, de operarios afrontando con otro ánimo la instalación del decorado público por ser ésta una tarea un tanto diferente a lo de todos los días, me encuentro con la misma ciudad de siempre bajo su habitual cielo plomizo, eso sí, con más atascos de lo normal por las muchas camionetas de reparto que hay en doble fila.

No merece mención alguna el alumbrado urbano ni el de los centros comerciales, pues está a medio poner o, si está, aún no lo han encendido. Tampoco nada me ha llamado la atención en el comportamiento de los consumidores potenciales con los que me he cruzado. Mostraban poco o nulo interés por los abetos de plástico de gordas bolas –ciertamente llamativos- de los pasillos de una de estas galerías y mucho menos por las grandes publicidades de las tiendas.

Ni siquiera los músicos callejeros que suelen congregar mayor público han estado hoy especialmente inspirados, a juzgar por la poca gente dispuesta a escucharles.

Total, que aquí estoy, compuesta y sin historia, esperando el autobús que me llevará a casa.

Será tal vez que todo está amuermao por este bajón que han pegao las temperaturas hasta situarse las máximas en el puñado de graditos habitual de los meses de frío. Hablando de frío, ¡qué fría está la nieve, caramba, que está empezando a caer! Y al bus le quedan aún cinco minutos, según leo en la pantalla de la parada. Le echo los plásticos por encima al carricoche del niño. Me echo la capucha y me encojo para evitar cualquier fuga térmica. Miro hacia abajo, hacia el suelo y eso me permite ver cómo se va formando una fina capa blanca sobre la acera gris. Me entretengo con eso. Me sirve para olvidar lo heladas que se me han quedado las manos. Siento bullicio a mi alrededor. Debe venir el autobús. En efecto, acaba de parar delante. Como suele ocurrir, todo quisque entra antes que yo, aunque yo llegué antes que todo quisque. Aún así, consigo sitio dentro y, pese a ir cual sardina en lata, pese a las gafas empañadas, se me escapa un “ahhhh” de alivio, de esos que uno suelta cuando está a gustico, sensación visceral y primaria, la del bienestar que aporta el calor de sentirse acogido, protegido frente al frío de fuera. Y me traslada a las vivencias surgidas al calor del cariño, de la voluntad de encontrarse, de buscarse para quererse, de reunirse en torno al portalico de belén para cantarle villancicos al Niño Jesús, de recibir en casa a quien anda bien lejos de ella, de abrazar para agradecer un regalo, de convidar a una copica a quien precise calentarse una chispa, secuencias extraíbles de las Navidades de nuestras vidas. Sí, el calor del arropamiento es la postal sensorial que elijo para inaugurar sección. Y todo gracias a la nieve. ¡Qué cosas!

 

copos

 

Publicado en Wadi As Información en su edición del 28 de noviembre de 2015

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