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Archive for 13 enero 2016

El fuego atrapa y apasiona a viejos y niños. Niños que intentan coger la llama de la vela del cumpleaños, años pasados que el viejo repasa a la luz de la llama. El fuego encandila: cuando uno aparta la vista tras llevar largo rato mirando fijamente esos palos, troncos y ramas que se van consumiendo, ahí, delante, en la hoguera, no puede sino ver en primer plano el recuerdo –negro- del fuego. El fuego irradia el todo, la vida y la muerte, el tránsito de una a otra: la leña se echa a la lumbre, arde y se transforma en algo que no es leña ni fuego. El fuego orienta incluso en la noche más oscura y, en la negritud, cuando más indefensos estamos, nos protege de alimañas y reconforta, además, por el calor que desprende. El fuego ultima y extingue lo que ya no sirve, lo que no gusta. El fuego, así pues, atrapa, encandila, irradia tanto, y orienta y ultima en tal grado, que es muy difícil que, cuando una tradición popular tiene una estrecha vinculación con el fuego, caiga en el olvido. Es el caso de San Antón, cuyas fiestas se celebran durante estos días en Guadix, además de en otras localidades de la comarca accitana y del resto de España desde hace muchísimos años. El fuego está en los petardos y cohetes que se tiran en abundancia en estas fechas, y en la llama que sale de la palma de la mano de la imagen del santo que trasladan desde San Miguel hasta la ermitilla de la era para la procesión del día siguiente y, por supuesto, en los chiscos que prenden vecinos, familias, amigos, asociaciones, luminarias de las que se apartan ascuas en las que se asan delicias varias –todas- del marrano, y en las chispas que saltan de las lumbres y de los ojillos de quien se empina la bota vino tras haberle pegao un bocao al trozo pan con careta.

A fuego está grabado este festejo en los accitanos y, generación tras generación, se ha pasado el testigo de este ritual de quema y limpia llamado a poner punto y final a las celebraciones navideñas –“de la Purísima a San Antón, Pascuas son”, que dice el dicho-, así como a acabar con lo que nos sobra en el trastero, en los campos y, en cierto sentido, también en la cabeza. Aprovechando que se ponen a arder rastrojos y ramas sobrantes, nos animamos también a lanzar a la hoguera todo lo que no logramos echar fuera con las campanadas de fin de año. Pero ahora, con el fuego ahí, a unos pocos metros, tenemos una nueva oportunidad, una ocasión de lujo para convertir en cenizas lo que sólo nos da berrinches. Y, si con el fuego no nos vale, el día después bien podemos reclamar la protección del santo tras dar las correspondientes vueltas a la ermita en compañía de nuestros animales y celebrar la bendición recibida comprando la “cuña”. Y es que estas fiestas de San Antón dan pa’mucho.

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Publicado en Wadi As Información en su edición del 17 de enero de 2015

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Si en los 80 pegaron fuerte las permanentes y los mullet, si en los 90 no había salón de bodas sin molduras de escayola color salmón ni menú nupcial sin cóctel de gambas con salsa rosa, si en el arranque del milenio no había familia que no tuviera tantos teléfonos móviles como miembros, si en el año 10 no había hogar sin tele de pantalla plana, estos tiempos presentes que ahora pisamos no se entienden sin la moda de pregonar por tierra, mar, aire y Twitter que da alergia todo lo que huela, suene, sepa a Navidad.

El sarpullido es menos cantoso, eso sí, cuanto más se maquille el hecho religioso que da sentido a las Pascuas según hoy las conocemos y, por tanto, el choque anafiláctico es menos acusado siempre que se evite cualquier referencia al nacimiento de Jesucristo, haciendo, para ello, todo tipo de malabarismos dialécticos hasta terminar recalando en el puerto de esas palabras que son tan abstractas, tan genéricas, que abarcan todo lo que cada cual entienda por ellas, como “paz”, “amor”, “suerte”, que bien podrían usarse tanto en estos días para felicitar las fiestas como también para escribir la dedicatoria de turno en una postal de cumpleaños o para componer una canción pachanguera y tremendamente cursi. Sí, porque al final el regusto que dejan en el paladar estas palabras tan llenas de todo que no significan nada en concreto es de una cursilería irritantemente empalagosa que, además, ni conmueve ni remueve ahí dentro más sentimiento que el del empacho. El conjunto será biensonante y bienqueda, pero acaba repitiéndose como el ajo y cayendo en la ñoñería que se critica. En cualquier caso, cuanto uno más demuestre la de urticaria que le provoca el espumillón, la de eccemas que le causa rozar siquiera una figurilla del belén, la de convulsiones que sufre al escuchar un villancico, la de náuseas que le entran al ver la felicidad en el rostro de quien va a echar los christmas al buzón de correos, en quien viene de ejercer de paje real, en quien carga con la cesta navideña, más puntos positivos gana cara a una galería que, lejos de la impostura contra la que estos grinch de nuevo cuño dicen batallar, precisa del postureo para significarse. Las apariencias nunca han estado más a la orden del día que hoy día, en tal grado como el afán por despreciar, ningunear, considerar rancio eso de velar por las esencias que hacen que seamos de esta manera y no de otra, algo que bajo la óptica de la moda imperante se interpreta como un obstáculo a la diversidad, aun cuando precisamente cuidar del hilo de la tradición que ha ido engarzando la historia de nuestro entorno con las grandes historias menudas de nuestros antepasados genera esa pieza genuina, pintoresca, peculiar que, unida a otras piezas genuinas, pintorescas, peculiares componen la diversidad. Pero no. Se estila renunciar a lo que se ha venido haciendo para pasar a hacer lo que dicen por ahí que no solivianta a quienes no han crecido en nuestro marco cultural, un viaje a ninguna parte, bueno, sí, un viaje hacia ese lugar donde todo cabe, donde todo vale, donde todo es tan igual a lo demás que se diluye y disuelve en una anodina uniformidad.

Hoy toca hacerse el interesante, el guay, el moerno y decir que las Navidades están ideadas y alentadas por tétricos poderes en la sombra para hacernos consumir a lo bestia, claro que nuestra teoría conspiranoica, que difundimos en las redes sociales para que nadie nos acuse de blandengues mentales, se cae a pedazos cuando nuestros mayores, que vivieron verdaderamente días difíciles muy, muy distantes de la abundancia material actual, recuerdan sin embargo las Pascuas de aquellos tiempos con emoción y cariño.

Esto me lleva a pensar que quizás esta alergia a los gorros de papanueles, los belenes vivientes y los Reyes Magos se deba o, al menos, sea más intensa por lo enrarecido que está el ambiente con tanto prejuicio. Tan contaminado, tan envenenado está el debate, que cualquier planteamiento que se separe del buenismo oficial resulta molesto.

Quita, quita, no nos vayan a tachar de… Calla, calla, no vayan a decir que… que el qué dirán, lejos de estar superado, siga más vigente que nunca, ¡ya nos vale!

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Publicado en Wadi As Información en su edición del 2 de enero de 2015

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