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Archive for 14 abril 2016

Palabras, muchas, salen por la boca de una joven que acaba de subirse al autobús. No puede decirse que hile un discurso. Ciertamente con las palabras forma frases, pero casa unas con otras sin ton ni son, lo cual convierte en misión imposible descifrar el contenido de la conversación que mantiene con quien se encuentra al otro lado del aparato. No es que a mi me importe. En absoluto. Lo que ocurre es que pareciera haberse tragado un altavoz, así que es inevitable no oírla, y lo que en teoría estaba llamado a quedarse en la esfera privada, se viste de ruido y se suma al coro de sirenas de ambulancias, timbres de bicis y claxons varios de ahí fuera. La paciencia, también la auditiva, tiene un límite, y el griterío de la viajera parlanchina supera con creces el umbral de tolerancia de los aquí presentes. Irrita sobremanera y en especial a la vieja que viaja sentada delante de ella, a la que entre bufidos y gruñidos, se le escapan también palabras, incluso alguna que otra frase, y le afea, muy al estilo de por aquí, es decir, por lo bajini y sin mirar a los ojos, que vaya con hablar a voces, que dónde está la educación, que vaya cómo vienen los jóvenes. “Pero no sólo la gente joven”, le advierte una con quien la regañona intenta congraciarse y ganársela así para su causa -infructuosamente, como se ve-. Yo sigo, más bien mis pensamientos siguen aturdidos ante el bombardeo de palabras, ante el aturullamiento de frases inconexas que suelta la chica a los cuatro vientos y sin pudor alguno.

Palabras, muchas decimos al cabo del día, pero vienen a ser siempre las mismas. Si no fuera por los libros ¿qué sería de nosotros? Qué sería en verdad de nosotros si no tuviéramos a mano esas páginas repletas de palabras y frases, que pueden ser iguales, sí, las mismas que manejamos en nuestras particulares rutinas; pero otras muchas frases y palabras de los libros son bien distintas a las que pronunciamos con más frecuencia. Frases engarzadas, eso sí, con un sentido, siguiendo un propósito llamado “historia”, incluso aquellas concebidas para no tenerlo. Un libro siempre propone un viaje, ya sea a otros mundos, a otras realidades, a uno mismo. Siempre deja un poso, aunque no guste. Siempre deja un rastro, aunque no llene. Cuando gusta y llena, entonces el libro, ese libro pasa sencillamente a formar parte de uno, de manera que uno siempre se las apaña para recuperar su lectura, total o parcial, en este, en aquel otro momento.

No negaré que he decidido volver a leer el Quijote animada por lo mucho que se está publicando en torno al cuarto centenario de la muerte de Cervantes, que conmemoramos este año, y estoy  segura de que aprenderé más de una cosa -sobre las letras y la vida- con su relectura. Al menos así ha sido hasta ahora y nunca me ha dejado indiferente siempre que la he llevado a cabo. Probablemente la primera vez que leí algún episodio, que debió de ser estando en el colegio, la batalla contra los molinos, lo que acontece en la cueva de Montesinos o el viaje a lomos de Clavileño me provocaron risas, lástima. No sé. Ha pasado mucho tiempo de aquello. Lo que sí recuerdo bastante bien es que cuando en el instituto nos plantearon leer el libro completo, ese querer saber más sobre Don Quijote, personaje fascinante por muchos motivos, entre otros por el convencimiento con el que actúa -intriga que sembraron aquellas primeras aproximaciones en la escuela- acudía al rescate cuando el interés decaía en las partes más densas del relato. La relectura del texto en la etapa universitaria para diferentes asignaturas y bajo enfoques distintos puso patas arriba todo lo que creía tener claro y quizás de aquel desconcierto vengan mis paseos posteriores, que han sido varios, por este pasaje, por aquel capítulo, por ese aspecto del libro.

De la relectura en la que estoy actualmente enfrascada saco una primera impresión y es el respeto sacro por las palabras, por las frases que Cervantes muestra de principio a fin en el Quijote. No sobra ni falta nada y cada elemento en la trama ocupa justo el lugar que le corresponde. Sólo de un magistral dominio de las palabras puede salir una historia que fluye entre la locura y la cordura sin deshilacharse en ningún momento. Paradójico resulta que esta reflexión sobre el valor de la palabra certera en la frase adecuada me venga mientras voy en el bus y justo cuando me hallo rodeada de tantas palabras y frases huérfanas de historia.

quijote

Artículo publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su número de abril de 2016

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