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Archive for 8 junio 2016

Podrá encontrar la actualidad relativa a mi producción literaria en este otro blog

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Esta es la historia de una cazadora vaquera. Más bien, de la no cazadora vaquera porque, después de probarme una, otra, otra más y hasta una cuarta, nada, que me he ido de vacío. Tampoco es que la dependienta me haya ayudado mucho. Es que no se estila demasiao por aquí en general y en las tiendas de ropa y complementos, en particular, que los empleados te den su opinión sobre cómo te queda lo que sea que te estés probando. Date con un canto en los dientes si se encogen de brazos y asienten tibiamente. Esto será lo más que consigas rascar. No se sienten para nada cómodos en este papel. No ya por la apatía que abunda por estos lares. Quizás no les esté permitido entrar en tan subjetivos pormenores. Sea por lo que sea, el caso es que la mujer de la tienda de la que acabo de salir no ha sabido qué decirme y yo, que no me terminaba de ver dentro de ninguna de esas chaquetas, no he recibido de ella ese empujoncito que me ayudara a aclararme. Tal vez he estado mareando tanto la perdiz porque ya se me ha pasado el calentón que me puso en modo “quiero una chupilla vaquera a toda costa” y, sin la euforia como combustible, me ha costado animarme a hacer un gasto considerable en un antojo con el que me encapriché a partir de una canción y  que no supe/pude frenar, como tampoco entonces supe/pude decir que no.

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“Si me lo pasan un rato, quizás logre dar una cabezá”, debí pensar. Era difícil encontrar postura tras casi un día entero viajando en autobús. Hacía ya que habíamos pasado la frontera. Aún quedaba para llegar a Burdeos, donde pernoctaríamos, meta volante hasta París, el destino de nuestro viaje de estudios. Claro que íbamos parando cada cierto tiempo para estirar las piernas, pero el asiento de un bus normalucho de los años 90 era lo que era y daba para lo que daba. Tampoco ayudaba a conciliar el sueño el olorcillo a batido, cocacola, chucherías, vomiteras, aliñado con las secreciones sudorosas de unos sesenta adolescentes en efervescencia hormonal. Por eso, cuando me pasaron un discman para que comprobara que eso sonaba divinamente en comparación con mi walkman -del que me negaba a desprenderme aun sabiendo que el fin de sus días estaba cerca-, no supe ni pude decir que no. Escuchar del tirón ocho, doce, quince o incluso más temas de un mismo álbum sin tener que darle la vuelta a la cinta y con calidad supreme se presentaba como el somnífero perfecto. Enchufé mis auriculares de esponja al discman, le di al “play” y sonaba “Enjoy the silence” de Depeche Mode. Ya la había oído antes muchas veces y, sin embargo, sonó muy distinta. Tanto, que aún me acuerdo de este episodio. Y mira que ha llovido. Pues bien, al igual que entonces no sonaba de nuevas pero, sin embargo, lo hacía de manera muy diferente, lo mismo sucedió ayer cuando la escuché en una de esas cadenas de radio que sirven también de hilo musical en sucursales bancarias, salas de espera de consultas médicas y negocios varios de atención al cliente. La novedad del soporte reproductor seguro que entonces tuvo algo que ver en que la percibiera de otra forma. Lo de ayer, porque sonó casi casi a la vez que estaba recibiendo unas fotos en las que aparezco junto a amigas tomando algo en un bar del pueblo mes arriba, mes abajo de cuando hice el viaje de estudios. ¡Qué pelos! ¡Qué ropas! ¡Qué pintas! Pero ¡qué caras de ilusión, de entusiasmo, de ganas de comerse el mundo! Al ver estas fotos, al oír esta canción, sentí por primera vez el vértigo del tiempo que pasa lento, rápido, pero sin remedio y cómo ante esta realidad incontestable, se apodera de uno ese impulso inevitable de agarrarse a un clavo ardiendo por tal de conservar el vigor, la vitalidad de la juventud. Hay quienes se sienten rejuvenecer exhibiendo en redes sociales sus simpatías por opciones políticas de moda y corrientes de opinión en boga, fumando tabaco de liar como en años mozos, sacando del fondo del armario la cazadora de antaño o, en su defecto, saliendo a comprar una que parezca de entonces, como ha sido mi caso. Calentón puro y duro. Bueno ¿y qué más da? Si son cosas de la edad.

 

Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su edición de junio de 2016

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