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Archive for 27 enero 2017

Siempre ha sido difícil resistirse a las modas, pero hoy día resulta aún más complicado si cabe. Las redes sociales, esos mentideros virtuales del siglo XXI, esas barras de bar con el murmullo y las murmuraciones de las tradicionales, pero sin la viveza de aquellas, intensifican el empuje de las tendencias, de manera que, si el mensaje no llega por una vía, lo hace por otra, y por mucho que quieras evitarlo, al final acaba donde debe: en tu cabeza y en el extracto del banco. Si, además, se te presenta el asunto como el remedio definitivo para todos tus males, que tras las Pascuas tienen bastante que ver con lo pesaícos que nos sentimos mientras enfilamos una empinadísima cuesta de enero imposible de coronar si seguimos con estos cuerpos serranos que venimos cebando desde la Purísima, es de cajón terminar sucumbiendo a la tentación sin rechistar. Y sí, el mundo “détox”, tan en boga, tan en todos sitios, ha colado unos cuantos conceptos, muy suyos, como el de “stop tóxicos”, en los hashtags de mi día a día. Al parecer muchas toxinas se acumulan en nuestro cuerpo y estos tratamientos “détox” ayudan a deshacerse de toda esta basura. Seguro que has visto en las revistas que hojeas mientras esperas turno en el dentista o en la carpeta de Spam del email publicidades de batidos e infusiones, tablas de gimnasia y todo tipo de artilugios para cocinar, al servicio de una única meta: fuera kilos y desechos tóxicos. Si, además, muchas de las celebrities, con esas figuras despampanantes y esas vidorras sin privaciones, siguen esta dieta, no es absurdo preguntarse si acaso esta movida no sea la solución perfecta para hacer borrón y cuenta nueva a cuenta del nuevo año e intentar eliminar así del body el más mínimo rastro de los estragos consentidos durante las últimas semanas.

De toda esta historia me ha convencido la vertiente emocional -la otra, la dejo en cuarentena-, es decir, lo relativo a mandar a freír espárragos los vínculos tóxicos, esos que mantenemos con personas que, no contentas con clavarnos el aguijón, se crecen viendo cómo nos retorcemos de dolor mientras su veneno nos hace efecto. Sí, voy a aplicar mi cleansing contra estos individuos. Será que aún estoy bajo el influjo del subidón post-campanadas, pero me siento con fuerzas de proceder a la identificación y posterior desintoxicación de relaciones que no traen más que berrinches.

No me refiero a borrar del mapa al compi fanfarrón, al mentirosillo del grupo, al metijón de turno, al que duda hasta de su nombre, al adicto al shopping o al pariente cenizo. Aunque presentes en muchas listas de “el tóxico ideal”, estos seres, que suelen orbitar a nuestro alrededor, no los considero, ni de lejos, los peores compañeros de camino. Yo voy a centrar mi plan reset en quienes camuflan a la perfección su auténtica condición de tóxicos redomados. Disfrazados de buen amigo, de prudente consejero, de familiar comprensivo, de colega servicial, estos individuos aguardan hasta verte en baja forma para atacarte y soltar el veneno. La casuística es amplia. Su motivación para actuar puede ser la envidia, alguna que otra frustración vital o incluso el mero aburrimiento. Algunos de estos se apegan a ti y te vampirizan el tiempo, la dedicación y también la pasta, en un claro ejercicio de abuso de confianza y, lejos de corresponderte con respeto y agradecimiento, si pueden, te joroban, y disfrutan con ello. Ese punto de sadismo es el que los vuelve extremadamente perjudiciales y, por tanto, necesariamente prescindibles en el inventario de relaciones.

No se trata de tirarse el rollo y plantearse objetivos inasumibles. Hay toxicidades de varios rangos y muchas estamos abocados a tener que tolerar, pues si malo es no hacer nada ante ello, malísimo es abandonar el plan por demasiado ambicioso. Lo peor de las dietas mal mesuradas es el “efecto rebote”, así que prefiero sacar de las prioridades a los “pejigueras” de baja intensidad y centrarme en los super-envenenadores, no vaya a ser que el exceso de celo anti-vínculos tóxicos se vuelva en mi contra y tratar por igual al que intoxica una chispa y al que lo hace elevado a la enésima potencia, me haga perder el norte y el desvarío me lleve, en última instancia, a aquello de lo que huyo. No, hija, no. Tampoco es cuestión de morir matando.

(c)www.pixabay.com

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