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Archive for 17 octubre 2017

No hay tanto friolero junto como en España ni tanto friolero exagerao juntito como en Andalucía ni tanto friolero exagerao juntico al que le guste más quejarse como en Graná ni tanto friolero exagerao juntico al que le guste más quejarse y hacerlo, además, a sabiendas de que ante ello no moverá ni medio deo, como en la muy noble y leal ciudad de Guadix. Lo de que “hay que ver qué maretilla corre”, “si eso échate la rebeca por lo alto” y similares a poco que se baje de los veinte grados, es una cantinela que cansa una barbaridad, por mucho cariño que mis orejos expatriados quieran poner en la descodificación del mensaje plañidero recibido. En esta historia del frío, trending topic en el día a día del accitano raso, además de una flagrante falta de perspectiva por parte del denunciante, identifico, por un lado, un tanto de ombliguismo. “¡Jesús bendito, chiquilla! ¿Qué tendrá que ver la velocidad con el tocino?”, exclamará usted. Pues mucho, querida paisana, querido paisano. En vez de ser humilde y avenirse a lo que toque y, si hace frío, naturalmente abrigarse como Dios manda y, por qué no, descargar esa indignación en los constructores y exigirles dotar las casas de aislantes en condiciones, el guadijeño se agarra a la queja, porque, ¡claro!, es la meteorología la que debe ser grata con él y adaptarse a su conveniencia y no a la inversa, ¡qué disparate! Hasta nos vemos en posición de poner en un brete constante a medio santoral a santo del mal/buen tiempo. ¿Que mi sobrino se casa? ¿Que mi nieto hace la Comunión? ¿Que sale tal procesión? Pues a rezarle a tal o cual para que no llueva. ¿Que los acuíferos no dan más de sí? ¿Que peligran las cosechas? ¿Que se anuncian restricciones de agua? Pues a rezarle a tal o cual para que llueva.

Esta forma de proceder choca con la que gastan mis vecinos berlineses. Aquí no dejan de salir caigan chuzos de punta, sin punta o de cualquier manera. Se visten con más o menos capas de ropa, se echan un impermeable más o menos forrado, y listo Calixto. No por el hecho de que haga frío, airazo o nieve abortan lo de ir en bici o salir a correr, si eso era lo que estaba planeado. No digo yo que esta fijación por seguir el plan previsto, aun en tales circunstancias, sea lo sensato. Ni tanto ni tan calvo, pero lamentarse sistemáticamente del frío y no poner remedio inmediato y eficaz a ello desde luego que no tiene sentido alguno. O ¿sí lo tiene? Estoy empezando a pensar que quizás sí tenga “un” sentido.

Decía antes que en esta actitud mu de Guadix hay mucho de orgullo y prosigo ahora que, por otro lado, deja asomar algo que arrastra esa parte que menos nos gusta de nuestro pueblo: la pereza. Venga, que sí, que hay días del año en los que hace un frío del carajo y que, al menos en esas ocasiones, la queja tendría licencia. Pero acerquemos la lupa: la queja no escala. Fijémonos bien y comprobaremos cómo, pese a poner el grito en el cielo, seguimos con los tiritones y no buscamos una pelliza más abrigosa. Continuamos pajizos y helaícos vivos hasta que sale el sol, que incluso en invierno calienta, y ya se nos olvida que algo tendríamos que hacer para remediar el asunto. Se está tan agustico al sol, ¿verdad?, que… ¿de qué estábamos hablando? Pues eso.

Con el frío pasa como con otros tantos temas recurrentes de chachareo: el plan comarcal, la apertura de las minas o la puesta en valor del casco histórico de Guadix. Se habla, y mucho, se vierten quejas por arrobas y, después de una temporaílla en el candelero, adiós y mu buenas… hasta dentro de un tiempo, en que volverá a servir de muletilla en los discursos de unos y de objeto de crítica por parte de otros, hasta que unos y otros, cansados de rumiar y rumiar, acaben por dejarlo pa’ otro ratico. Y vuelta a empezar.

Nuestra Alcazaba está al borde de la ruina. No soy experta en la materia, pero es evidente que, para darla por restaurada, no basta con repellar por aquí, pintar ese roal de allá ni con quitar los yerbajos de la explanada interior. Lo bueno -por ver algo bueno en todo esto- del mal estado en el que está es que ha movido a muchos accitanos a salir de ese bucle de lamentaciones e iniciar diferentes acciones de concienciación y, por consiguiente, de presión a las autoridades. Que la Alcazaba quedase reducida a escombros en un futuro no muy lejano sería una clara metáfora de esa pereza que camina por las sombras de la Accitania para garantizar que no acaba pasando nada. Y por eso de que las fuerzas deben equilibrarse y a la tétrica pereza debe contrarrestarle una constructiva resistencia al olvido es por lo que sienta como agua de mayo cualquier iniciativa, como esas que se dejan oír, que reivindique tan perentoria intervención y cualquier noticia, como esas que se dejan leer, que hable de posibles vías de financiación para la rehabilitación.

Una ciudad que dice apostar por el turismo no puede permitirse no ya que uno de sus monumentos más significativos esté como está, sino tampoco que el entorno mismo en el que se halla luzca como luce, tónica decadente extensible a los demás barrios de un casco más que viejo, decrépito. Algo se podrá hacer para frenar el progresivo deterioro de su patrimonio.

Confío en que lo que agita las conciencias de tantos paisanos nuestros sea síntoma de que poco a poco se está cambiando. Lo deseo con todo mi corazón. Quiero creer que esto no tendrá el final de muchos relatos similares y que la imagen que me viene de un triste monolito arrumbado en un corralazo lleno de cascotes con la leyenda “Aquí estuvo la Alcazaba”, no es más que el retazo de un mal sueño, nunca el último estadio de un destino inevitable.

 

Vista de Guadix desde el barrio de las cuevas

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A riesgo de que me digáis “¡Que esto ya no es así!” o “¡Que esto no es así en to’s laos!”, me atrevo a incluir la verbena entre lo typical spanish. Que sí, que saraos bailongueros se registran en distintos puntos del planeta, distantes entre sí en kilómetros y en cuanto a hábitos y creencias, pero lo que encierra tal término obedece a usos y costumbres, formas de ser y maneras de vivir fácilmente identificables en quienes habitan eso que se viene llamando España. Me da un vértigo terrible asomarme a la ventana y no reconocer lo que se abre ahí, delante, pues soy consciente de que en estos siete años siete que llevo viviendo más allá de la marca pirenaica el reloj no se ha parado allí, como tampoco lo ha hecho en este Berlín que hoy piso, muy diferente del que me recibió, pese a que sigue rebosando de gruñones y malhumorados, algo que le es tan idiosincrásico como el “currywurst” (salchicha aliñada con kétchup y curry) o los trocitos de muro “de pega” de las tiendas de souvenir.

Que sí, que hemos cambiado. Que semos distintos queda claro apenas meta uno el hocico en las redes sociales y le eche un vistazo a los mensajes escritos en la lengua de Cervantes y que atañen a lo que se guisa en el caldero patrio. Además de por las inmisericordes faltas de ortografía y de lógica del discurso, se caracterizan por ir a la yugular del otro, enemigo por el mero hecho de discrepar. El muro de Facebook ha devenido en paredón y los gorjeos del pajarito tuitero, en fuego cruzado que acaba incluso con los que tan solo pasaban por ahí y salen mal parados a poco que trinen. Este panorama donde solo buenos y malos tienen cabida, aun siendo engendro añejo, sí que se ha impuesto en el debate público últimamente. Modernidad acuñada en viejos moldes.

Pues eso, “distintísimos” en tiempo y también en espacio. Pero, aun con todo y, a pesar de los esfuerzos de algunos por remarcar las diferencias entre regiones, provincias, comarcas y arrinconar lo que nos une, existen expresiones populares que continúan dándose en distintos lugares de nuestra geografía y que se refieren a eso mismo que corre por nuestras venas, hechas de una pasta que nada tiene que ver, por ejemplo, con la que usan aquí, a la ribera del Spree. Y, a este respecto, hay cosas que no varían sustancialmente de una ciudad española a otra. Que niños y ancianos, bailongos y patosos, cantarines y desafinados natos bailoteen y canturreen por igual “La zarzamora”, “Corazón salvaje” o “Black is black” ante familiares, vecinos y amigos, habla sobre esa polivalencia tan nuestra. Aunque no ejecutemos con precisión los pasos de una coreografía, salimos airosos del brete. Servimos pa’ un roto y un descosío, en este y otros contextos, versatilidad que nos parece natural, pero no lo es: no la traen de fábrica en otras latitudes. En Berlín es normal que quien tiene inclinación por el baile, no dude en gastarse un dinerito en academias para impresionar a la concurrencia cuando pone un pie en la pista. No dejan nada en manos de la improvisación. Pero nosotros, cada cual con el talento que Dios nos ha dado, sin pudor alguno nos lanzamos a coger de la cintura a quien sea que esté dispuesto a formar la conga de Jalisco, las hileras del “sirtaki” de Zorba el Griego o seguir el cha-ca-chá del tren, cuando suenan estas canciones en la verbena. ¿Que no nos sabemos la letra? Pues movemos la boca y con desparpajo la adaptamos a algo que suene similar. Esto que, en mentalidades cocidas bajo otros soles, es inconcebible, nosotros lo hacemos sin más. Lo importante es echar un ratico bueno, que el conjunto musical interprete un repertorio variadito -adorable concepto el del “popurrí”, tan delicioso como el de la “pachanga”- y que los presentes se muestren contentos y relajados como para que nos sintamos animados a participar.

Un bodorrio sin verbena que cierre no da las nupcias por oficiadas. No hay fiesta de barrio o pueblo sin su escenario para, al menos, un casio y un cantante todoterreno que lo mismo entona “Maldito duende” de Héroes del Silencio que “Yellow submarine” de los Beatles. A los que se empeñan en lo que distingue a un murciano de un gallego, les digo que siempre nos quedarán los edificios de los años 60 de ladrillo visto, la caña de cerveza fresquita y, ¡cómo no!, la verbena, para echar por tierra sus maximalismos.

Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su edición de septiembre de 2017

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