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Archive for 15 julio 2018

Hace unos días fue la fiesta de verano de la guardería de mis niños. Cada familia tenía que aportar un postre casero. Como el asunto “tartas” es un imposible para mí, dije de hacer unas magdalenas, creyendo que esto era empresa menor… ¡maldita la hora! Hice una prueba tres días antes de la fecha marcada en rojo en el calendario y me salieron 2D, osease, espachurradas. “Crisis” es término flojo para describir aquella cocina patas arriba y aquella cabeza mía más chamuscada que la base ennegrecida de aquellos conatos de magdalenas. Me eché la rabia por montera, prometiéndome que unas montañitas de masa no podrían conmigo. Decidí entonces aplicar algo que aprendí del oficio periodístico: la receta tradicional de investigar y contrastar antes de pasar a la acción, algo no muy del gusto de los nuevos chefs de las principales redacciones, donde dar gato por liebre -o un rumor por noticia- está a la orden del día.

“Operación Magdalenas” en marcha

Resulta que las magdalenas son muy suyas y conseguir un producto decente implica muchos pequeños objetivos que hay que ir alcanzando, hasta el punto de que, si fallas en alguno, adiós muy buenas. Leí blogs de mamás hacendosas, husmeé en foros de “cocinillas” y recopilé trucos para que quedasen esponjosas, para que no se bajasen tras ser sacadas… Que si hay que batir la masa con batidora de varillas para que coja aire y dejarla reposar en frío para que tome hechura, que si no andar abriendo y cerrando el horno una vez dentro las unidades, que si…

Consulté técnicas de bañado para que este no derivase en inundación y de añadido de virutitas y lacasitos para que estos no destiñeran al incorporarse a la cobertura. Me agencié también un hornito con huecos para mini-magdalenas, así como moldes de silicona tamaño estándar en los que colocar los papelitos y las masas y evitar así la bidimensionalidad. Incluso me hice con un preparado de masa por si no había ligado bien los ingredientes. Siempre quedaba el último recurso: comprarle al panadero del barrio unos muffins -aquí son al estilo americano-, aun a riesgo, primero, de que no le quedaran suficientes y, dado el caso de que tuviera, aun a riesgo de ser sorprendida por el sanedrín de buenas madres de la guardería ¡llevando productos comprados!, algo inconcebible en un contexto en el que la competición y la competitividad se traslada a todos los campos, incluida esta patética exhibición de músculo repostero. Que sí, que estoy muy concienciada con los logros conseguidos en la causa por la emancipación de la mujer y comprometida con la lucha contra las mamás-multitarea-lo pueden todo, pero la vida te hace pisar arenas movedizas que te atrapan y de las que tienes que escapar de la mejor manera posible, como fue este episodio que cuento, reflejo de una sociedad que, lejos de lo que se cree, es profundamente conservadora.

“¿Que en qué quedó la crisis de las magdalenas?”, me preguntas. Pues cuando probé la primera y comprobé que la textura y el sabor eran adecuados, me sentí como debe sucederle al investigador cuando da con su eureka, aunque lo mío, más que satisfacción era alivio y no más de un aprobado raspadillo: en comparación con aquellas tartas de trazado perfecto, esos muffins de dos plantas con cascadita, aquellos majestuosos pasteles de queso, bizcochos a colores y otras fantasías a la altura de profesionales del rodillo, mis magdalenas eran poquita cosa. Sin embargo, me gustaba mirarlas entre aquellos dulces por lo mucho que significaba que estuvieran allí.

Apariencia final del experimento

Fui feliz hasta que vi a un niño coger una y comerse de ella solo los lacasitos. “¡Si supiera lo que cuesta dar con la masa y la de nervios que he quemado durante estos días de infarto intentando cuadrar el círculo, es decir, salir airosa de semejante brete dados mis escasos dotes para la cocina…!”, me lamentaba, sufriéndolo en silencio. Me calmó que otros críos estaban arrancando las perlitas simétricamente colocadas en una tarta que parecía de boda, lo que me hizo ver que, después de todo, era una mera fiesta infantil donde a los principales comensales lo único que les importaba era jugar por jugar. Pues eso, que pa´ qué tanto postureo. Pues eso, pa’ na.

 

Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su edición de julio de 2018

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