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Archive for the ‘Animales humanos’ Category

Publicado en Wadi As en su edición del 19 de septiembre de 2015

Los perros, como nos pasa a nosotros, son animales de costumbres. Sin embargo, los cuatro patas, a diferencia nuestra, siguen erre que erre la rutina que, tras muchos esfuerzos por nuestra parte, han aprendido, de tal manera que viven cada hito del día a día con la intensidad de la primera vez y reproducen con férreo ademán cada escena de su trama diaria, convirtiendo las tareas habituales en un ritual que cumplen a rajatabla. Nosotros, a diferencia de ellos, podemos modular y adaptar nuestro comportamiento ante imprevistos y, por supuesto, alterar la agenda de obligaciones ante circunstancias sobrevenidas, que son múltiples y continuas, pero ellos, nada de nada. La disciplina, una vez asumida, se vuelve imprescindible. Por ejemplo, mi perra Mati, en cuanto ve que mi perro Yoda se acerca a la puerta de la habitación donde duermen y empieza a dar saltitos y a mover el rabillo, coge con la boca su juguete favorito –un hueso rojo de plástico- y espera a que ese alguien que acaba de llegar a la casa le abra la puerta para ofrecérselo y jugar. Cuando el hueso no está en su cuarto porque lo haya dejado en otro sitio, lo primero que hace contá le abrimos la puerta es salir escopeteá a buscarlo por todo el piso y, en caso de no encontrarlo en un primer rastreo, pilla lo que sea del suelo y con ello en la boca se va a saludar a quien sea que haya llegado. Esto lo hace ella siempre. Le resulta indiferente que quien entre en la casa lo haga sin gana alguna de juguesca. Ella tiene clarísimo que agasajar al recién venido es algo que hay que hacer.

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Mi perra Mati con su inseparable hueso rojo

Esa firme voluntad que veo en Mati es lo que me hace llegar a la conclusión de que se ha criado al calor de un hogar el perrillo –ahora- enclenque, despeluchado y sucio sentado, aunque en posición de alerta, que he visto un día sí –y otro también- ante la puerta de salida de un supermercado en Guadix. Ese estar en tensión a la espera de que salga de la tienda de una vez por todas su dueño para así continuar con los mandaos del día, no es algo nuevo para ese cuatro patas. No se trata de un perro parido y crecido en la calle, sino criado y amaestrado por alguien que ya no está por la labor de seguir cuidándolo.

Por desgracia, el caso de este perrito no es el único. Me ha sorprendido ver perros, bastantes, por las calles accitanas desorientados vivos, perros que no saben cruzar la carretera si no es junto a su amo, perros que rondan por las aceras con terrazas al acecho del trozo de pan, del pedazo de carne que no queramos, perros que se acurrucan bajo bancos, al pie de árboles buscando ese arrope que les ayude a conciliar el sueño y despertar de la pesadilla que es este sinvivir de haberse perdido de sus dueños. Porque es evidente que no se consideran abandonados. Tamaño desprecio no cabe en su cabeza, en su idea de camaradas hasta la muerte que significa el vínculo a fuego que les une a sus amos.

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He titulado este escrito como “balada” porque estos perros que se creen perdidos no ladran, más bien balan como hacen los corderos en el matadero cuando huelen su fin. Balada triste. Balada lenta. Balada de corazones rotos, de mimos y atenciones pasto de un pasado que nunca volverá.

Balada que, a quienes nos quema por dentro asistir a tan lamentable espectáculo, bailamos a solas con nuestra conciencia por no hacer bastante por denunciar lo que pasa, por no dejarle suficientemente claro a quien no tiene mimbre de mascotero que ante la duda de si tener o regalar un animalillo ni lo intente, por no gritar tan alto como para llamar la atención de las autoridades y pedir que hagan más por facilitar y fomentar la adopción de perros dados de lado y que al menos estudien la posibilidad de aumentar las sanciones por abandono o maltrato.

Ojalá pronto se oigan menos estas baladas de perros perdidos, pues dicen muy poquito a favor de los valores que prodigan en la sociedad que las escucha.

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Artículo publicado en Wadi As en su edición del 27 de junio de 2015

Escribo estas líneas con mi perra Mati en mi regazo. No es cosa sencilla teclear mientras sostengo una bulldog de trece kilos sobre mis piernas, pero ambas salimos beneficiadas de tenernos cerca en este preciso –y precioso- momento. Yo, porque acariciar su lomo me relaja y estar descansada mentalmente me ayuda a poner en orden las ideas que hoy quiero compartir. Ella, porque anda tristona y, cuando esto pasa, lo que mejor le sienta es recibir cariño extra. Sí, los perros también se deprimen. Y es que son muy como nosotros, al menos en cuanto a esto de las emociones. Y digo más, son en muchas ocasiones dignos maestros de los que mucho se aprende. Los que tenemos perros bien sabemos que estos cuatro patas son mejores que muchos bípedos que se hacen llamar personas. De nobleza, lealtad y falta de rencor están sobrados. Pisadles por error el rabo, que no os echarán la boca. Ponedles mala cara tras alguna de sus trastadas, que más pronto que tarde sus ojos se tornarán brillantes, como a punto de  llorar. Tardad en regresar a casa que, lejos de pediros cuentas y reprocharos vuestra larga ausencia, os harán un recibimiento de categoría, como si no os hubieran visto en años.

Cuán intenso es el vínculo que nos une a ellos. Tal, que es lógico y normal que nos horrorice leer noticias como la que nos llega desde el sur de China, donde no encuentran mejor manera de festejar la entrada del verano que comiendo carne de perro hasta hartarse. Por lo visto son tantísimos los ejemplares que se zampan, que las granjas donde los crían no son suficientes y recurren incluso a sacrificar perros callejeros o secuestrar aquellos que viven con familias. Se me antoja verdad que se llevan a mi Matildilla o a mi Yoda, mi otro perro, un carlino donjuán sin parangón entre los de su raza. Las imágenes que acompañan el texto son espeluznantes. Sobrecoge una en especial en la que se ven perros despellejados apilados junto a grandes calderos. No puedo evitar abrazar fuerte a mi perrilla. Ella, encantada con el mimo recibido, se me apega aún más, vuelve la cabecita y me mira como diciendo, “qué estará pensando ésta que me achucha con tanto afán”. Pobre… mejor que no lo sepa, mejor que viva feliz en la ignorancia. Pero esto, que causa estupor sea uno mascotero o no, no ha sido lo único recogido en la prensa semanal que ha desatado mi fervor protector para con los perros. Resulta que hay quien ha intentado ahogar unos cachorros en alquitrán. Resulta que hay quien ha transportado heroína en perritos. Y resulta –este es el “resulta” más inquietante, porque es el más generalizado- que tanto perreras municipales como asociaciones están desbordadas por el aumento de abandonos de mascotas y por el parón que han sufrido las adopciones de esos animales, debido a la crisis.

Si queremos que este asunto deje de ser tema recurrente en las páginas de verano, pues es la estación estival una de las épocas del año en que más mascotas son abandonadas, los que somos perreros y/o gateros podemos ser de gran ayuda, por ejemplo, disuadiendo a aquellos amigos y conocidos que dicen van a comprarse o a regalar un perrico o un gatico pero que no lo tienen muy claro. Nos basta con mirar a nuestras mascotas a los ojos para esgrimir ese “ellos no lo harían” definitivo con el que terminar de convencer a los indecisos de que aborten su plan, de que van a tomar una decisión de la que seguro se arrepentirían en un futuro, y explicarles bien claro que, pasado el entusiasmo inicial, llega el día a día y éste no es siempre sencillo. Un perro no es un peluche. Precisa unos cuidados y comporta unas responsabilidades. Tener mascota condiciona la elección del destino de vacaciones y hasta de los muebles del salón, supone un gasto considerable en veterinarios y productos especializados y altera el ritmo y funcionamiento de la casa –en esto entra lo de los paseos diarios a los perros-. Quienes ejercemos como mascoteros practicantes, que nos ponemos más fácilmente en la piel de nuestros pequeños peludos, bien podemos hacer campaña por una tenencia responsable.

"Nos basta con mirar a nuestras mascotas a los ojos para esgrimir ese “ellos no lo harían” definitivo con el que terminar de convencer a los indecisos de que aborten su plan"

“Nos basta con mirar a nuestras mascotas a los ojos para esgrimir ese “ellos no lo harían” definitivo con el que terminar de convencer a los indecisos de que aborten su plan”

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Publicado en Wadi As en su edición del 10 de octubre de 2014

Hay pocas cosas que me irriten más que cuando, estando yo recogiendo las cacas que acaban de echar mis perros, voy y piso las dejadas por otros “cuatro-patas”. Entonces es cuando se me queda una cara de tonta-de-remate, que da paso a la furia y, finalmente, a la indignación. Ahora que está tan de moda indignarse, desde luego que encuentro más de un motivo para manifestarme como indignada. Porque no es cosa del barrendero deshacerse de los regalicos malolientes de los que se desentienden muchos dueños de perros, sino de estos, y por cuyos “descuidos” pagamos el pato los que sí los recogemos, y más de uno –y de dos- nos meten en el mismo saco, mirándonos con recelo cuando pasamos junto a las cancelas de sus casas, por el mero hecho de estar paseando con nuestras mascotas.

Sobre “hacerse el longui” cuando de lo que se trata es de ocuparse de los excrementos del can propio, existe toda una casuística: desde los “ay-es-que-no-me-di-cuenta” disimulones que hablan por teléfono mientras el perro planta el pino, pasando por los que llevan sueltos a sus perros –y, por tanto, ojos que no ven, corazón que no siente- y, como es natural, estos hacen aguas mayores donde se les antoja, hasta los que, si descubren que les estás observando con ánimo de censurar su conducta, encima justifican su laissez-faire-laissez-passer alegando que ellos ya pagan impuestos pa’que “otros”, llámense “servicio municipal de limpieza” o la suela de tu zapatilla, retiren el “pastelito” de la vía pública. Pero en todos los casos el sentido cívico brilla por su ausencia.

Bien podríamos aplicarnos el cuento no sólo respecto a este particular, sino también en lo relativo a tomar conciencia, en general, de nuestra aportación al mantenimiento de los espacios que compartimos de felpudo pa’fuera. El barrendero tiene su cometido y el equipo de supervisión del arbolado el suyo y a los basureros, técnicos de alcantarillado y demás personal relacionado con el asunto les corresponden muy diversas tareas, pero buena parte de la responsabilidad de que un vecindario, un barrio, un pueblo luzcan limpios nos compete a los ciudadanos de a pie. Igual si nos convenciéramos de que la calle es tan nuestra como nuestra casa no dejaríamos en el suelo del portal ese “clínex” usado que se nos ha caído al sacar las llaves del bolso ni apagaríamos el pitillo contra la fachada en la que nos hemos apoyado mientras esperábamos el bus ni pegaríamos en cualquier sitio ese chicle que ya no sabe a na. Y pondríamos cuidado en no echar a la acera las cáscaras de las pipas que nos hemos zampao mientras venía la procesión, en llevar al contenedor los cascos de lo que hemos bebido en el “botellón”, en preguntar sobre el correcto reciclaje de este/aquel trasto que no estamos mu seguros dónde tirar. Ni ramblillas, barrancos, solares abandonados se merecen estar comíos de “mier…”. Ni parques, bulevares, plazoletas. Si tenemos la solución tan a mano, ¿por qué no la ponemos en marcha?

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Publicado en Wadi As en su edición del 31 de enero de 2014

 

Dan Brown y demás cuentistas montados en el dólar a cuenta de chascarrillos pseudorreligiosos deben estar contentísimos con esas imágenes que circulan por el Internete, en las que se ve a una gaviota y un cuervo atacando a unas palomas que acababa de soltar el Papa Francisco desde un balcón del Vaticano como símbolo de la paz que se desea para Ucrania. Me imagino a todos estos fabuladores relamiéndose de gusto ante la interpretada por otros tantos de la misma cuerda como una señal inequívoca de que el fin de los días está próximo, viendo los cuernecillos del diablo detrás de esta trifulca aviaria. Que cundan como la pólvora estas comidillas sobrenaturales les abona el campo pa luego poder sacar esos libros sembrados de bulos igual de gordos que de efectistas. Más de uno estará cocinando su próximo bodrio superventas sobre la lucha terrena del Bien y el Mal al calor de esto, que no es más que una simple anécdota que, como mucho, podemos tomar como metáfora de estos tiempos difíciles que corren, en los que la injusticia parece ganar una partida tras otra, dejando poco hueco a la esperanza. Pero de ahí a elevar esta enganchada animal a categoría de advertencia sobrehumana, va un cacho grande. ¿Apocalipsis? Now? No al menos a la manera magufa, no según quienes, en el cambio de milenio, vieron llegar el acabose, mismos que, pasada la fecha sin petardazo apocalíptico alguno, han ido subiéndose al carro de mil y una historietas similares; la última, que en diciembre de 2012 se iba todo al garete, que así lo dijeron los mayas, y, bueno, aquí seguimos.

 

A la vista de los hechos abogo por descender al plano mundano y poner atención en aquellas otras señales, más sosas que las de mágico cuño, pero que presagian un porvenir más negro que el de tales pronósticos fantasiosos. No nos vayamos a intrigas vaticanas, conspiraciones masónicas, guerras de ángeles y demonios. No abandonemos el mundo que se conjuga en presente para refugiarnos en la superstición, la paraciencia, la estafa descarada, sobre todo cuando tenemos ante nosotros un futuro inmediato tan desconcertante. Pongamos los cinco sentidos en detectar las puntas de esos icebergs que amenazan con raspar la quilla y hundir la flota… y de verdad. Hay cosicas que se quedan atrapadas en los pliegues de lo cotidiano que no auguran na bueno. Preguntémonos, por ejemplo, por qué cada vez cuesta más encontrar en las redes sociales un comentario discordante de lo políticamente correcto, de lo socialmente guay; sobre cómo al que se sale del discurso bienqueda rápidamente se le cuelga el cartel de “facha”, aunque en realidad sea más rojo que Negrín; sobre lo mucho que batallaron generaciones pasadas por los derechos de los trabajadores, hoy tan deficientemente representados; sobre cómo la violencia en la pareja comienza a edades tan tempranas, entre críos paridos en la España democrática. Hay motivos para la alarma mucho más inquietantes que el ataque de un cuervo y una gaviota a unas palomas.

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 23 de noviembre de 2012

 

Y siempre que mi carlino se espatarra boca-arriba en el sofá, estirando a más no poder sus patitas y zarpitas y revolviéndose a la vez entre cojines y mantas, se me viene a la mente, a la boca la misma expresión: “¡So payaso!”. ¡Y qué bien me sienta ver disfrutar a mi peluche chatón! ¡Y cuánto revierte en mí de bueno cuando decido dedicarle parte de mi tiempo! A poquito que le achuche, que le rasque, que le acaricie, que juegue con él a tirar la pelotita, despliega ante mí sus habilidades cuasicircenses –sus posturas imposibles durante la siesta son también todo un espectáculo-, que provocan una carcajada tras otra, risas mágicas que facilitan la digestión de esas otras cosicas no tan agradables que trae el día-a-día.

 

Yoda, mi perro carlino

Yoda, en plena siesta

 

Yoda, que así se llama mi perro, me ayuda sin él quererlo, sin él saberlo, a conectar con muchas de esas emociones puras que se dejan de sentir con los años, por ejemplo, a reírme porque sí: no por un chiste ni por una peli con bromas recurrentes ni por vídeos de caídas ni tampoco a reírme de alguien o de mí misma. La risa que sale cuando uno se ríe de esta forma que os cuento es vibrante, brilla con luz propia. Palpita el cuerpo entero. Y si le digo “payaso” es porque lo es. En verdad un buen payaso hace reír desde dentro, tal y como él motiva. Tamaña misión ésta de estampar una sonrisa auténtica en el rostro. No todos los que se hacen llamar “payasos” lo son. ¡Cuántos no hay cuyos números inspiran tanta vergüenza ajena que acaba uno entristeciéndose, pero no por mérito artístico, sino más bien por demérito! Ni tampoco todos a los que denominamos  “payasos” son payasos de verdad: somos injustos con los genuinos payasos cuando tildamos de tales a gentes sin escrúpulos ni sentido del ridículo. El buen payaso es el que logra pellizcar la fibra sensible, el que consigue que sintamos cosquillas hasta en las pestañas, aquél para quien la nariz roja, los zapatones, el atuendo exagerado, los instrumentos y utensilios varios, son meros complementos.

 

MILIKI

MILIKI

 

Miliki pertenecía a una saga familiar de payasos “payasos”. Con su muerte se ha ido una manera de hacer reír y llorar y cantar y bailar a esa parte de nosotros que sigue dispuesta a dejarse impresionar porque sí, porque toca asombrarse y sorprenderse sin pensar que hay un “a-cambio-de-qué” detrás. Yo aún no había nacido cuando Gaby, Fofó y Miliki empezaron a triunfar en la tele en blanco y negro. Pero no concibo mi infancia sin sus canciones y sin las reposiciones de sus actuaciones –miembros del grupo las continuaron en los 80 y 90-. Aunque de tardes de “Barrio Sésamo” y mañanas de “La bola de cristal”, ese “¡¿Cómo están ustedes?!” retumba en mis recuerdos de niña como si los hubiese seguido desde su primer programa. Y sí, me ha dado mucha, muchísima pena saber de su pérdida. Que un payaso 100% muera es algo triste, tristísimo.

 

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 6 de julio de 2012

 

Con el verano llegan los incendios, por desgracia. Y el calorín, los mosquitos y las medusicas que gafan los pocos días de descanso playero que el bolsillo más afortunado puede pagar. Acuden al paso, más bien, lo impiden, los atascos ya da igual a las puertas de qué ciudad; pues se espera que tales concentraciones de tráfico se registren a la entrada y salida de las metrópolis o en zonas costeras masificadas, pero van tan lenticas las obras en las carreteras, van tan rapidicos algunos coches -que, con sus continuos cambios de carril, entorpecen la conducción-, que hasta para acceder a la más remota villa uno se las ve y se las desea. Pero hay también otros hechos, muy propios de estas fechas, que no por no obtener grandes titulares en prensa, dejan de merecer importancia. Para muchos los perros, esos peluches animados dispuestos 24-horas a agradar al dueño, sobran en verano. Estos que en Navidades llegaron como regalo con lacito rojo, se convierten en una molestia cuando toca decidir destino de vacaciones y, ¡claro!, ellos no encajan en el plan de viaje. El abandono, ya sea en un parque lejos de la casa, en la cuneta, en una gasolinera, en un campo cualquiera, es la opción para quienes el calentón del capricho de mascota ha trocado en incapacidad para asumir la responsabilidad de cuidarla. Esto no es una leyenda urbana ni un incidente puntual. Basta informarse en cualquier sociedad protectora de animales para saber sobre el incremento en estos meses de sobre todo perros dejados a su suerte por sus “familias humanas”. Me cuesta creer que haya razones para ello, pues siempre existen soluciones posibles antes que el portazo, cualquier vía antes que romper ese vínculo de lealtad amo-perro que se forma desde el primer intercambio de miradas, la primera caricia, la primera foto, la primera directriz enseñada/aprendida, el primer juguetito mordisqueado, la primera correa, el primer paseo, la primera consulta del veterinario, el primer encuentro con otros perros, la primera pirueta, la primera visita a urgencias a las tantas de la noche, el primer cumpleaños… hay tantos primeros momentos con ellos vividos, unos buenos y otros no tanto, pero todos intensos, imposibles de pasar desapercibidos, que en principio deberían bastar para fraguar esa unión que, en teoría, tendría que ser suficiente para aguantar las pejigueras que conlleva tener perro. Claro que cuando hay intereses por encima de ese llámenlo cariño, apego, simpatía, respeto, pues nada de lo anterior tiene valor y poco de lo que venga después tendrá sentido. Dudo poder llegar con estas palabras a quienes nunca han convivido con un perro, pero a los que sí habéis disfrutado/ disfrutáis de este cariño, apego, simpatía, respeto por ellos, pensad en lo importantes que sois a la hora de dar un consejo a tiempo a quien duda en hacerse con uno, porque quizás ayudar a tomar conciencia de los pros y contras en el instante preciso, pueda evitar tan tristes desenlaces para los mejores amigos del ser humano.

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 28 de octubre de 2011

Da tanto calor como una manta eléctrica o una bolsa de agua caliente. Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, duerme acurrucada en mi regazo. El leve aporreo de las teclas del portátil le sirve de nana con la que echar la enésima cabezada del día. Mi bulldog francesa, Mati, es más suave que los mejores peluches. Es de pelo corto y blanco, aunque el morro y parte de sus orejas están moteados de manchitas negras. Es muy pequeña para como suelen ser los de su raza y bastante friolera. Quizás sea porque Mati tuvo problemas en sus primeros días de vida. La Guardia Civil la rescató de un criadero ilegal en el que estaba hacinada junto a otros tantos perros. Al final consiguió sobrevivir. Otros no corrieron tanta suerte. De la perrera nos la dieron enfermita y debilucha, pero con nuestro cariño poco a poco fue cogiendo salud y fuerzas. Aquellos primeros momentos en casa fueron difíciles no sólo para ella o para nosotros. Nuestro otro perro, Yoda, un carlino de año y medio entonces, la veía como una intrusa que iba a ocupar su trono de principito perruno.

Primer día de Mati en casa

Pero el tiempo fue haciendo que la fuese considerando como una más de la manada, hasta el  punto de que es rara la treta que Yoda no emprenda sin la colaboración de Mati. Hace poco descubrimos que esa especial camaradería que existe entre ambos se fragua desde la necesidad: Mati es sorda y tiene a Yoda como su lazarillo. Ahora entendemos por qué nunca acudía cuando la llamábamos o por qué ofrecía tanta resistencia a nuestras órdenes. Tremendamente sensible a los reflejos y a los movimientos, con un olfato capaz de despertarla cuando hay pienso o comida cerca, no distingue, sin embargo, sonido alguno. Le basta con estar pendiente de las reacciones de Yoda para actuar en consecuencia. El vínculo, pues, que ha entablado con nuestro carlino –trastadas compartidas aparte- conmueve sobremanera, por atisbarse cierto cariz humano donde en verdad hay mucho de instinto.

Yoda y Mati

Una historia de rasgos similares que está de actualidad en estos días, sobre un perro que sirve de guía para otro que está ciego, me devuelve a ese mismo planteamiento que suelo hacerme cuando reparo en el comportamiento de Mati a través de Yoda, y es que quizás lo que nos falla a los bípedos reinantes en la cima de la escala evolutiva tal vez sea ese componente instintivo de miembros de un todo. Tenemos demasiado de individuos alfa y poco de esto otro. Y si nos gusta saber de estas historietas es porque echamos en falta en el trato con nuestros semejantes elementos como la empatía, la comprensión o la piedad, por ejemplo, y nos alegra en el fondo pensar que, si estos perros han sacado de su repertorio instintivo ese modo de proceder, por qué no vamos a poder nosotros reinstaurar en nuestro día a día esta otra colección de valores, netamente humanos, que nos mantienen unidos a la realidad a través de los demás.

 

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