Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Consejos para la vida moderna’ Category

Siempre ha sido difícil resistirse a las modas, pero hoy día resulta aún más complicado si cabe. Las redes sociales, esos mentideros virtuales del siglo XXI, esas barras de bar con el murmullo y las murmuraciones de las tradicionales, pero sin la viveza de aquellas, intensifican el empuje de las tendencias, de manera que, si el mensaje no llega por una vía, lo hace por otra, y por mucho que quieras evitarlo, al final acaba donde debe: en tu cabeza y en el extracto del banco. Si, además, se te presenta el asunto como el remedio definitivo para todos tus males, que tras las Pascuas tienen bastante que ver con lo pesaícos que nos sentimos mientras enfilamos una empinadísima cuesta de enero imposible de coronar si seguimos con estos cuerpos serranos que venimos cebando desde la Purísima, es de cajón terminar sucumbiendo a la tentación sin rechistar. Y sí, el mundo “détox”, tan en boga, tan en todos sitios, ha colado unos cuantos conceptos, muy suyos, como el de “stop tóxicos”, en los hashtags de mi día a día. Al parecer muchas toxinas se acumulan en nuestro cuerpo y estos tratamientos “détox” ayudan a deshacerse de toda esta basura. Seguro que has visto en las revistas que hojeas mientras esperas turno en el dentista o en la carpeta de Spam del email publicidades de batidos e infusiones, tablas de gimnasia y todo tipo de artilugios para cocinar, al servicio de una única meta: fuera kilos y desechos tóxicos. Si, además, muchas de las celebrities, con esas figuras despampanantes y esas vidorras sin privaciones, siguen esta dieta, no es absurdo preguntarse si acaso esta movida no sea la solución perfecta para hacer borrón y cuenta nueva a cuenta del nuevo año e intentar eliminar así del body el más mínimo rastro de los estragos consentidos durante las últimas semanas.

De toda esta historia me ha convencido la vertiente emocional -la otra, la dejo en cuarentena-, es decir, lo relativo a mandar a freír espárragos los vínculos tóxicos, esos que mantenemos con personas que, no contentas con clavarnos el aguijón, se crecen viendo cómo nos retorcemos de dolor mientras su veneno nos hace efecto. Sí, voy a aplicar mi cleansing contra estos individuos. Será que aún estoy bajo el influjo del subidón post-campanadas, pero me siento con fuerzas de proceder a la identificación y posterior desintoxicación de relaciones que no traen más que berrinches.

No me refiero a borrar del mapa al compi fanfarrón, al mentirosillo del grupo, al metijón de turno, al que duda hasta de su nombre, al adicto al shopping o al pariente cenizo. Aunque presentes en muchas listas de “el tóxico ideal”, estos seres, que suelen orbitar a nuestro alrededor, no los considero, ni de lejos, los peores compañeros de camino. Yo voy a centrar mi plan reset en quienes camuflan a la perfección su auténtica condición de tóxicos redomados. Disfrazados de buen amigo, de prudente consejero, de familiar comprensivo, de colega servicial, estos individuos aguardan hasta verte en baja forma para atacarte y soltar el veneno. La casuística es amplia. Su motivación para actuar puede ser la envidia, alguna que otra frustración vital o incluso el mero aburrimiento. Algunos de estos se apegan a ti y te vampirizan el tiempo, la dedicación y también la pasta, en un claro ejercicio de abuso de confianza y, lejos de corresponderte con respeto y agradecimiento, si pueden, te joroban, y disfrutan con ello. Ese punto de sadismo es el que los vuelve extremadamente perjudiciales y, por tanto, necesariamente prescindibles en el inventario de relaciones.

No se trata de tirarse el rollo y plantearse objetivos inasumibles. Hay toxicidades de varios rangos y muchas estamos abocados a tener que tolerar, pues si malo es no hacer nada ante ello, malísimo es abandonar el plan por demasiado ambicioso. Lo peor de las dietas mal mesuradas es el “efecto rebote”, así que prefiero sacar de las prioridades a los “pejigueras” de baja intensidad y centrarme en los super-envenenadores, no vaya a ser que el exceso de celo anti-vínculos tóxicos se vuelva en mi contra y tratar por igual al que intoxica una chispa y al que lo hace elevado a la enésima potencia, me haga perder el norte y el desvarío me lleve, en última instancia, a aquello de lo que huyo. No, hija, no. Tampoco es cuestión de morir matando.

(c)www.pixabay.com

(c)www.pixabay.com

Read Full Post »

Nunca pensé que un pepino, una lechuga y un pequeño monedero pudieran ser tan pesados. Al menos lo son ese pepino, esa lechuga y ese pequeño monedero que la señora que está intentando subir al autobús lleva en la cesta de su andador. Como poco cada pieza debe pesar quintal y medio, a juzgar por la fatiga que la hace resoplar una y otra vez, por lo mucho que se afana por reunir las pocas fuerzas que almacena su cuerpo, venido a menos por los años y los achaques, y conseguir levantar el artilugio lo suficiente como para que las ruedas delanteras alcancen la plataforma del vehículo, que es lo que más cuesta. La chica que viaja a mi lado y yo hacemos intención de ayudarla a subir, pero en uno de esos resoplidos la anciana alza la vista y agarra con más intensidad si cabe los mangos del andador y aprieta más la boca y frunce más el ceño y se esfuerza más en su lucha frente a las fatalidades alineadas en su contra, a saber, el inexorable paso del tiempo, la urgencia del conductor por reanudar la marcha, el peso no ya de su mínima compra, sino más bien del andador en sí y de las miradas mezcla de piedad y lástima que recibe de buena parte de nosotros y de las prisas que meten otros tantos que hipergesticulan -e hiperventilan- por lo que la maniobra de la vieja está suponiendo de retraso sobre el horario previsto. El chófer le comenta algo, pero ella sigue erre que erre con su plan de subir por sí sola. Un señor que parece de su edad y que está en uno de los asientos reservados a personas con movilidad reducida le apremia a que acepte nuestra ayuda o se quede en tierra. Pero no acaba su discurso cuando el conductor para el motor, se levanta, despliega la rampa que el vehículo tiene para facilitar el acceso a sillas de ruedas y la señora, con calma pero firme, empuja el andador y va subiendo poquito a poco hasta que lo logra. No puede evitar esbozar una sonrisa cuando llega arriba.

Sucede esto justo mientras yo iba pensando sobre qué escribir ante el Día de la Mujer. Tal vez hablaría sobre la conciliación de la vida personal, familiar y laboral, sobre qué tipo de medidas serían precisas para que esto deje de ser un cuento chino, máxime si quien se encuentra en medio de esta ecuación imposible es una mujer, máxime al cuadrado si además es madre, máxime al cubo si encima quiere reservar parte de su tiempo para sí y sus inquietudes y aficiones más personales e intransferibles. Porque, por desgracia y pese a lo mucho avanzado, la cosa sigue complicada y lo de ser mujer y trabajadora continúa siendo la cuadratura del círculo que convierte la igualdad fáctica de oportunidades en una asignatura pendiente. “Igualdad de oportunidades”, retumba en mi cabeza mientras veo cómo la señora se acomoda en un taburetillo que lleva incorporado el andador. Y es que gracias a la rampa del autobús, gracias al andador, esta anciana puede ir ahora a sus mandaos, al médico, donde quiera que sea que vaya, con total independencia y autonomía, en pie de igualdad a yo y cualquier otro de los que compartimos viaje con ella. Eso es lo que esperamos de nuestra sociedad también en lo relativo al binomio complejo mujer-trabajadora, que si se quiere, se pueda, y que se habiliten todas las herramientas necesarias para que, en este caso, el género no sea un condicionante que limite la proyección personal, familiar y laboral de nadie.

No es cuestión de paños calientes, palmaditas en la espalda, miradas condescendientes ni ayudas puntuales. Sí es cuestión de que nosotras, mujeres, podamos hacer de nuestra capa el sayo que queramos. Y que tengamos a nuestro alcance lo necesario para conseguirlo es obligación de los poderes públicos, por supuesto, pero también un compromiso compartido y extensible a las empresas y requiere de un ejercicio de concienciación colectiva. Por tanto ¿en verdad “mujer” y “trabajadora” son parte de una ecuación imposible? Desde luego que no, pero hace falta voluntad decidida y concreta para pasar de lo mucho que se ha dicho al hecho, de manera que quede garantizado el ejercicio de este derecho tan importante.

man-1131006_960_720

Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su número de marzo de 2016

Read Full Post »

A esos que se soban, se besan, se desgastan ahí delante sin importarles la lluvia, el grosor de sus chaquetones, el peso de sus mochilones ni el de las miradas cargadas de censura -y de envidia- de quienes esperan a mi lado la llegada del bus y gruñen por lo bajini en señal de desaprobación ante cada bamboleo de la pareja, les trae al pairo en este preciso instante si se van a convidar o no por San Valentín, si celebrarán el día de los enamorados hincándole el diente a una tarta de nata y fresas con forma de corazón o intercambiándose reloj por conjunto de lencería fina.

Ellos y la pasión con la que desafían aquí y ahora al frío, al agua, al viento, a los mirones amargados con los que comparto banco bajo la marquesina del autobús, son el vivísimo ejemplo de que no se necesita fecha en el calendario para festejar la dicha de amar y ser amado y que todo intento de encorsetar en una manera muy particular de manifestar cara a la galería algo tan intrínsecamente incontenible como es el amor resulta, como poco, ñoño. Que sí, que podrá haber mil y una propuestas en el mercado por San Valentín, pero al final todo contiene algo de los tres elementos siguientes: lo rojo, lo picantón, lo empalagoso. A partir de ahí, las mil y una combinaciones posibles que antes apuntaba y que vienen muy bien si uno tiene una tienda, un restaurante o una agencia de viajes -ya que se hace el agosto aun y cuando el personal apenas se ha repuesto tras la cuesta de enero-, pero estarás conmigo en que esto, lo que se dice tener que ver con el amor carnal, con el subidón que condensa tanto sentimiento junto -que si afinidad, complicidad, compañía, empatía, …- de mano a mano, de pies a cabeza, pues poquito, poquito. El mero detalle de que el denominado “día de los enamorados” tenga el patrocinio de un santo inspira un amor comedido, de piquitos, caricia casta, paseíto con carabina y que corra el aire, pero para nada altera la física y la química del amor hecho carne. Además, tan marcada está la fecha en la agenda de la concurrencia que pierde el matiz de trasgresión que supone el encuentro amoroso, incontrolable, impredecible por naturaleza: incluso agenciarse un vibrador, vestir de cuero, hacerse el borde en el momento álgido, comprar casquería literaria subidita de tono o verse una peli guarra no le quita cursilería al 14 de febrero. El fallo no está tanto en celebrarlo, como en hacerlo porque toca. Te equivocas si pretendes que la cena-baile que has reservado para ir con tu marío sea el chute de vigor que esperas reactive el deseo perdido entre los sinsabores de la rutina, si piensas que con poner en el radiocasete del coche ese recopilatorio de arias de ópera versionadas por guaperas que se las dan de tenores tu chica va a caer rendida en tus brazos.

El marco sanvalentinesco es ranciete no ya por tanto lazo, tanto corazón, tanto postín -que, ¡oye!, va en gustos-, sino cuando se nos pasa por alto esa loca y pequeña cosa llamada amor, amor con carne, sudor, saliva, y nos engañamos queriendo hallar en los bombones que nos han regalado las ganas de marcha o en la quedada para solteros -cuyo fin es precisamente dejar de serlo al final de la noche- la última cocacola del desierto.

Miro a esos que están sorbiendo cada gota de amor carnal que les queda y más me convencen de que esto del querer se siente o no se siente y cuando llega hay que estrujarlo y si es en una sesión de spa pijo, bien, pero también bien si es en la poza del pueblo y también bien si es cualquier otro día del año. Que no, que el menú de la noche de autos no incluye suficiente afrodisíaco que ayude a olvidar los silencios diarios que te hacen cuestionar tantas cosas. Que sí, que durante el baile que te echas mientras suena la música piensas más en lo que te molestan los zapatos que en dejarte llevar ahora sobre la pista y en un rato bajo el edredón. No lo digo yo, lo dicen esos dos de ahí delante.

 

mouth-1005436_960_720

 

Publicado en Wadi As Información en su edición de febrero de 2016

Read Full Post »

Si en los 80 pegaron fuerte las permanentes y los mullet, si en los 90 no había salón de bodas sin molduras de escayola color salmón ni menú nupcial sin cóctel de gambas con salsa rosa, si en el arranque del milenio no había familia que no tuviera tantos teléfonos móviles como miembros, si en el año 10 no había hogar sin tele de pantalla plana, estos tiempos presentes que ahora pisamos no se entienden sin la moda de pregonar por tierra, mar, aire y Twitter que da alergia todo lo que huela, suene, sepa a Navidad.

El sarpullido es menos cantoso, eso sí, cuanto más se maquille el hecho religioso que da sentido a las Pascuas según hoy las conocemos y, por tanto, el choque anafiláctico es menos acusado siempre que se evite cualquier referencia al nacimiento de Jesucristo, haciendo, para ello, todo tipo de malabarismos dialécticos hasta terminar recalando en el puerto de esas palabras que son tan abstractas, tan genéricas, que abarcan todo lo que cada cual entienda por ellas, como “paz”, “amor”, “suerte”, que bien podrían usarse tanto en estos días para felicitar las fiestas como también para escribir la dedicatoria de turno en una postal de cumpleaños o para componer una canción pachanguera y tremendamente cursi. Sí, porque al final el regusto que dejan en el paladar estas palabras tan llenas de todo que no significan nada en concreto es de una cursilería irritantemente empalagosa que, además, ni conmueve ni remueve ahí dentro más sentimiento que el del empacho. El conjunto será biensonante y bienqueda, pero acaba repitiéndose como el ajo y cayendo en la ñoñería que se critica. En cualquier caso, cuanto uno más demuestre la de urticaria que le provoca el espumillón, la de eccemas que le causa rozar siquiera una figurilla del belén, la de convulsiones que sufre al escuchar un villancico, la de náuseas que le entran al ver la felicidad en el rostro de quien va a echar los christmas al buzón de correos, en quien viene de ejercer de paje real, en quien carga con la cesta navideña, más puntos positivos gana cara a una galería que, lejos de la impostura contra la que estos grinch de nuevo cuño dicen batallar, precisa del postureo para significarse. Las apariencias nunca han estado más a la orden del día que hoy día, en tal grado como el afán por despreciar, ningunear, considerar rancio eso de velar por las esencias que hacen que seamos de esta manera y no de otra, algo que bajo la óptica de la moda imperante se interpreta como un obstáculo a la diversidad, aun cuando precisamente cuidar del hilo de la tradición que ha ido engarzando la historia de nuestro entorno con las grandes historias menudas de nuestros antepasados genera esa pieza genuina, pintoresca, peculiar que, unida a otras piezas genuinas, pintorescas, peculiares componen la diversidad. Pero no. Se estila renunciar a lo que se ha venido haciendo para pasar a hacer lo que dicen por ahí que no solivianta a quienes no han crecido en nuestro marco cultural, un viaje a ninguna parte, bueno, sí, un viaje hacia ese lugar donde todo cabe, donde todo vale, donde todo es tan igual a lo demás que se diluye y disuelve en una anodina uniformidad.

Hoy toca hacerse el interesante, el guay, el moerno y decir que las Navidades están ideadas y alentadas por tétricos poderes en la sombra para hacernos consumir a lo bestia, claro que nuestra teoría conspiranoica, que difundimos en las redes sociales para que nadie nos acuse de blandengues mentales, se cae a pedazos cuando nuestros mayores, que vivieron verdaderamente días difíciles muy, muy distantes de la abundancia material actual, recuerdan sin embargo las Pascuas de aquellos tiempos con emoción y cariño.

Esto me lleva a pensar que quizás esta alergia a los gorros de papanueles, los belenes vivientes y los Reyes Magos se deba o, al menos, sea más intensa por lo enrarecido que está el ambiente con tanto prejuicio. Tan contaminado, tan envenenado está el debate, que cualquier planteamiento que se separe del buenismo oficial resulta molesto.

Quita, quita, no nos vayan a tachar de… Calla, calla, no vayan a decir que… que el qué dirán, lejos de estar superado, siga más vigente que nunca, ¡ya nos vale!

allergy-18656_960_720

Publicado en Wadi As Información en su edición del 2 de enero de 2015

Read Full Post »

Hay canciones que te permiten volver a meterte en aquel suéter de listas, a calzar las j’hayber, a montar en la BH, a enfundarte de nuevo en la piel de aquel chico, de aquella chica que fuiste una vez, antes y al margen de novios/as y, por supuesto, de horarios de guarderías, de gritos del jefe, de malabares de fin de mes. Antes de todo eso estabas tú y tu pila de apuntes y tu acné y tus tira-y-aflojas con tus padres para que te dejasen regresar más tarde a casa y tus sueños del mañana. Y estabas tú y tu yo ante el espejo y, en vuestra íntima soledad, os permitíais ciertos lujos, como el de bailar y mover la boca, con un perfecto playback, mientras sonaba en tu walkman esa cinta recopilatoria de canciones que habías ido grabando de la radio y que, por tanto, o bien estaban cortadas o con las voces de los locutores o con parte de cuñas publicitarias, pero eso te daba igual; eran canciones que te gustaban mucho, muchísimo, salvoconducto para ese mundo en el que tú y tu reflejo os sentíais en la gloria ejerciendo respectivamente de original y copia. O, por supuesto, escuchando los casetes originales, esos que hoy conservas, si es que lo haces, junto con otros trastos, ayer reliquias, hoy rayando en la categoría de basura –nostálgica y entrañable, pero basura al fin y al cabo-, en una de las muchas cajas amontonadas en el sótano de la casa de tus padres, porque evidentemente en la tuya no hay sitio casi, casi ni para ti.

Este escrito, por tanto, pretende servir de homenaje a las canciones que te hacen rejuvenecer cuando las oyes, ya sea en la sala de espera del dentista de tu hijo, cuando por casualidad a los pinchadiscos de las radio fórmulas les da por hacer una pausa de buen gusto o cuando, atacado por los muchos frentes ante los que has de darlo todo cada día, vas con premeditación, alevosía y normalmente nocturnidad a tu ordenador y buscas la medicina que, sabes, va a aliviar la presión, al menos durante los minutos que dura el corte musical.

Entonces te asaltan con ello un montón de recuerdos y, lo primero, te viene un chute de energía que te lleva al instante a seguir el ritmo de la canción con el pie, incluso a reproducir parte de una letra que creías haber olvidado por completo. Y ya no puedes dejar de canturrearla. Al menos hasta el siguiente berrinche. Y entonces de nuevo planearás otra ocasión para la fuga de la mano de alguna de estas canciones de tu vida, banda sonora con la que montarías ese powerpoint definitivo sobre ti que ni el más cercano amigo o familiar tuyo logrará jamás  prepararte.

El anuncio de la vuelta de los Cero me ha llevado a recordar algunos de esos momentos en los que consiguen quitarme arrugas en el alma y despejar sombras en el ánimo el estribillo, el organillo, el punteo, la escala de esa, de esa otra, de aquella canción. Porque sí, algún que otro tema de esta banda granaína se cuela en mi fondo de armario musical junto con otros que, tal y como está el negocio éste de la música, no se comerían hoy día un colín. No eran bellezones ni llenaban portadas de revistas por sus escandalosas vidorras ni protagonizaban videoclips subiditos de tono. Muchos de los de mi lista eran chicos de barrio a los que les unía el amor al arte de incorporarle a un ritmo pegadizo una letra de rima agradable y hacerlo, además, con un estilillo que les diferenciaba de los demás. No quiero sonar carca al sumarme a esa causa relativamente general de considerar icónica la producción musical de los 80, década que en especial en España parió muchísimo y para todos los gustos y, lo mejor y lo que la hace significativa, a cada cual más auténtico. Cada cual defendía una forma de tocar, de estar sobre el escenario, de entonar y seguir las melodías. Total, que a propósito de la gira de 091 tras 20 años desde su separación me he dedicado unos cuantos de esos raticos antioxidantes y reparadores que nuestro body necesita con frecuencia para sentirse vivo.

 

electric-guitar-691749_640

Publicado en Wadi As Información en su edición del 21 de noviembre de 2015

Read Full Post »

Hay asuntos que no acabo de encajar, como que de repente a to’ hijo de vecino le haya dao por esto del Jálogüin y no le importe hacer el mamarracho un rato vistiéndose del bute de turno en la fiesta de rigor del moerno que todos tenemos en la pandilla, mientras entretenemos a los críos, disfrazados también, mandándoles a ca’ la del cuarto derecha a por caramelos. Y la del cuarto derecha, que es una setentona que por Todos los Santos no ha entendido en su vida de otra cosa que no sea la de honrar a sus difuntos limpiando con especial esmero las lápidas y cambiando por otras nuevas las flores de plástico de los floreros de mármol que adornan las tumbas, pues se asoma a la mirilla, ve quiénes están echando el timbre abajo con tanta insistencia y ni se molesta en abrirles la puerta y pedirles algún tipo de explicación. “Pa’ qué”, pensará, y con razón, porque muy probablemente las criaturas no tengan ni pajolera idea de lo que significa lo del “truco y trato” ni qué hacen vestidos de tal guisa ni por qué a sus padres, que de nunca han sido de Carnavales –por nombrar un festejo en el que lo de los disfraces es asunto central-, no les tiembla la mano a la hora de pintarse la cara de blanco o colocarse colmillos postizos.

¿Qué tendrá la tele y el cine y el Internete que en unos pocos años esto del Jálogüin, entre otros hábitos que nos son absolutamente ajenos, se han colado en nuestra agenda? Pues un poder contra el que poco se puede hacer. Porque si ahora vas y dices que el Jálogüin es esto y aquello, lo mejor que te puede ocurrir es que to’ quisqui te tome por el pito del sereno y lo más suave que te digan es que eres un carca. Que no, que no se puede luchar contra tamaña influencia. Que no, que ha calado hondo lo de pasar la noche del Jálogüin dichoso viendo películas de miedo, tragándonos documentales de casas encantadas y llenando el muro de Facebook con calabazas siniestras, porque así lo vemos en la tele y en el cine y en vídeos musicales y punto pelota. Que no sirve de na’ que ahora vayas tú y le digas a tu prima que en vez de golosinas tome huesos de santo y a tu hermano que en vez de ir a la fiesta temática de la discoteca se quede en casa al calor del brasero a comer boniatos cocidos y castañas asadas.

A lo más a lo que se puede llegar sin que el critiquerío salga en tromba y te despelleje en cinco minutos por atreverte a despotricar contra el Jálogüin, es, por ejemplo, a manifestar extrañeza ante lo rápido que ha echado raíces una costumbre tan distinta a lo que se venía haciendo por estas fechas en el pueblo, y no entres en pormenores, porque cuanto más parezca que lo que intentas al mostrar lo poco que encarta esta fiesta en nuestro marco cultural es ponerla en entredicho, malo, malo.

Hagamos lo que nuestros políticos. Ellos han entendido a la perfección de qué va lo del poder de la tele y los efectos que en el electorado –o sea, en ti, en mí- causa cómo vayan vestidos, cómo anden y con quién. Ellos tienen muy bien aprendido que renta más un minuto en la tele que cien mítines. Seremos superficiales, sí, para qué negarlo. Nos gusta que se muestren simpaticones, campechanos, dicharacheros, bailongos, enrolladetes. Pues eso, que para comprender el triunfo del Jálogüin no hay que leerse sesudas teorías. Triunfa porque triunfa en la tele la imagen del Jálogüin yanqui. El Jálogüin, al igual que la telerrealidad en la que batallan a diario nuestros políticos, ha venido para quedarse, así que, aunque toa esta pesca no nos vaya demasiado, lo menos que podemos hacer de puertas pa’ fuera es poner cara de sorpresa cuando nos asalte una caterva de niñillos disfrazados, y ya está. Pa’ qué’ complicarse con estas historias.

Publicado en Wadi As Información en su edición del 31 de octubre de 2015

halloween-151843_640

Read Full Post »

Publicado en Wadi As en su edición del 12 de septiembre de 2015

Las niñas viejas tienen cara de niñas, cuerpo de niñas, pies de niñas, pero no son niñas. Sus maneras de moverse distan mucho de lo que les correspondería por edad. Más bien parecen las propias de quienes soportan décadas y décadas sobre sus espaldas y no de quienes apenas llevan sopladas unas pocas velas de cumpleaños. Así, hacen comentarios aviejaos, miran con la suficiencia de quienes suman primaveras pa’ aburrir y se comportan como marisabidillas del rímel y el nylon.

Estas niñas no son nada sin sus madres, sin sus padres. Unas y otros –por extensión, requeteviejas/os- creen que les hacen un inmenso favor a sus hijas pintándoles el rabillo, enseñándolas a diferenciar el tul de la gasa, forzándolas a calzar zapatos de tacón, haciéndolas participar en esos ridículos –por usar un calificativo suave- certámenes de belleza para menores. Y es que están convencidísimos de que, así, no hacen más que darle al César lo que es del César. Tienen por seguro que sus hijas nacieron para pasear palmito bajo los focos. ¡Cuánta ingenuidad! Pues, ¡qué se le va a hacer!, este mundo que pisamos no es de color de rosa como el de las barbies ni como el que Disney pinta. Es más, el candor estomacante que envuelve estos concursos es un claro efecto llamada para las más sucias miradas. Sí, por desgracia el vicio y no la virtud guía los sentimientos de parte de ese público fiel a este mercadillo en el que las niñas –me dirijo a ellas porque son mayormente chicas las afectadas- pierden lo que las define, la inocencia, y se les niega su derecho a la pataleta y a mancharse de helado, a ponerse las manos pringando de galletas de chocolate o caramelo derretido y a llegar a casa con barro hasta en los dientes.

¿Merece la pena sacrificar, por un puñado de fotos de estudio, por unos minutos de notoriedad siendo la imagen de una marca que en la temporada siguiente usará otro rostro, la etapa en la que se sellan a fuego esos recuerdos que nos persiguen durante el resto de nuestras vidas? ¿Hasta qué punto podemos considerar éxito el hecho de que alguna de estas niñas viejas llegue a protagonizar alguna de esas series anodinas de argumentos absurdos, para acabar requemada a los veintipocos?

He de reconocer que las niñas viejas que más me impactan son estas de las competiciones de belleza estilo americano, crías en las que sus padres gastan un pastón no ya en ropa y potingues para la cara, bronceados, extensiones de pelo y en blanquear dentaduras, sino en clases de actuación, canto y baile a las que asisten después de su jornada escolar.

Sin embargo, aquí, al otro lado del charco, también tenemos niñas y niños viejos. ¿Cómo evitar que nuestros pequeños envejezcan antes de tiempo? No me refiero tanto a que nuestras niñas no guarden el paquete de pañuelos en bolsos rosas con purpurina ni a regañarles si las sorprendemos pintándose los labios con nuestra barra preferida. Señalo más bien esa moda creciente de aturullar a nuestros retoños con actividades extraescolares queriendo ver en ello una forma de reforzar sus cualidades. ¿O acaso estamos privándoles de madurar cuando les toca? ¿Lo hacemos por su bien o para satisfacción nuestra, por el placer de soltar cuando se tercie que nuestro hijo va a clases de chino, de acrobacias, de salterio? Porque debe usted saber que ya no viste mandarlos a la academia de inglés, a piano o a baloncesto. Ahora es que semos mu’ moernos y nos movemos en otros niveles.

Llego a estas reflexiones tras pasar por una pequeña placeta de uno de los barrios señeros de nuestro Guadix, de esos habitados fundamentalmente por gatos y fantasmas, en la que he tenido el privilegio de cruzarme con un grupillo de zagalillas y zagalillos cuya única diversión era correr unos detrás de otros. Risas, gritos, carreras de niños a esas edades. Nada que ver con las sonrisas escayoladas, los gritos ensayados y las carreritas que se dan las niñas viejas del vestidor al tocador, del tocador a la pasarela, trampolín a una vida que se le acaba justo cuando no ha hecho más que empezar. ¡Tristes niñas viejas!

little-girl-570865_640

Read Full Post »

Older Posts »