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Archive for the ‘Cosas que pasan’ Category

Palabras, muchas, salen por la boca de una joven que acaba de subirse al autobús. No puede decirse que hile un discurso. Ciertamente con las palabras forma frases, pero casa unas con otras sin ton ni son, lo cual convierte en misión imposible descifrar el contenido de la conversación que mantiene con quien se encuentra al otro lado del aparato. No es que a mi me importe. En absoluto. Lo que ocurre es que pareciera haberse tragado un altavoz, así que es inevitable no oírla, y lo que en teoría estaba llamado a quedarse en la esfera privada, se viste de ruido y se suma al coro de sirenas de ambulancias, timbres de bicis y claxons varios de ahí fuera. La paciencia, también la auditiva, tiene un límite, y el griterío de la viajera parlanchina supera con creces el umbral de tolerancia de los aquí presentes. Irrita sobremanera y en especial a la vieja que viaja sentada delante de ella, a la que entre bufidos y gruñidos, se le escapan también palabras, incluso alguna que otra frase, y le afea, muy al estilo de por aquí, es decir, por lo bajini y sin mirar a los ojos, que vaya con hablar a voces, que dónde está la educación, que vaya cómo vienen los jóvenes. “Pero no sólo la gente joven”, le advierte una con quien la regañona intenta congraciarse y ganársela así para su causa -infructuosamente, como se ve-. Yo sigo, más bien mis pensamientos siguen aturdidos ante el bombardeo de palabras, ante el aturullamiento de frases inconexas que suelta la chica a los cuatro vientos y sin pudor alguno.

Palabras, muchas decimos al cabo del día, pero vienen a ser siempre las mismas. Si no fuera por los libros ¿qué sería de nosotros? Qué sería en verdad de nosotros si no tuviéramos a mano esas páginas repletas de palabras y frases, que pueden ser iguales, sí, las mismas que manejamos en nuestras particulares rutinas; pero otras muchas frases y palabras de los libros son bien distintas a las que pronunciamos con más frecuencia. Frases engarzadas, eso sí, con un sentido, siguiendo un propósito llamado “historia”, incluso aquellas concebidas para no tenerlo. Un libro siempre propone un viaje, ya sea a otros mundos, a otras realidades, a uno mismo. Siempre deja un poso, aunque no guste. Siempre deja un rastro, aunque no llene. Cuando gusta y llena, entonces el libro, ese libro pasa sencillamente a formar parte de uno, de manera que uno siempre se las apaña para recuperar su lectura, total o parcial, en este, en aquel otro momento.

No negaré que he decidido volver a leer el Quijote animada por lo mucho que se está publicando en torno al cuarto centenario de la muerte de Cervantes, que conmemoramos este año, y estoy  segura de que aprenderé más de una cosa -sobre las letras y la vida- con su relectura. Al menos así ha sido hasta ahora y nunca me ha dejado indiferente siempre que la he llevado a cabo. Probablemente la primera vez que leí algún episodio, que debió de ser estando en el colegio, la batalla contra los molinos, lo que acontece en la cueva de Montesinos o el viaje a lomos de Clavileño me provocaron risas, lástima. No sé. Ha pasado mucho tiempo de aquello. Lo que sí recuerdo bastante bien es que cuando en el instituto nos plantearon leer el libro completo, ese querer saber más sobre Don Quijote, personaje fascinante por muchos motivos, entre otros por el convencimiento con el que actúa -intriga que sembraron aquellas primeras aproximaciones en la escuela- acudía al rescate cuando el interés decaía en las partes más densas del relato. La relectura del texto en la etapa universitaria para diferentes asignaturas y bajo enfoques distintos puso patas arriba todo lo que creía tener claro y quizás de aquel desconcierto vengan mis paseos posteriores, que han sido varios, por este pasaje, por aquel capítulo, por ese aspecto del libro.

De la relectura en la que estoy actualmente enfrascada saco una primera impresión y es el respeto sacro por las palabras, por las frases que Cervantes muestra de principio a fin en el Quijote. No sobra ni falta nada y cada elemento en la trama ocupa justo el lugar que le corresponde. Sólo de un magistral dominio de las palabras puede salir una historia que fluye entre la locura y la cordura sin deshilacharse en ningún momento. Paradójico resulta que esta reflexión sobre el valor de la palabra certera en la frase adecuada me venga mientras voy en el bus y justo cuando me hallo rodeada de tantas palabras y frases huérfanas de historia.

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Artículo publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su número de abril de 2016

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Artículo publicado en Wadi AS su edición del 13 de junio de 2015

No puedo entender que hoy día, con la de información que circula por todos lados, con las facilidades existentes para acceder a ella, con lo que se ha avanzado en materia de derechos y libertades individuales en sociedades como la nuestra, con recursos públicos tan al alcance, haya adolescentes víctimas de violencia machista. Según leo, el Instituto Andaluz de la Mujer ha atendido desde finales de 2012 en Granada a 31 chiquillas por esta razón.

Algo estaremos haciendo mal cuando están presentes a tan corta edad los patrones de desigualdad en los que arraigan conductas de abusos y malos tratos. Evidentemente existe un problema no resuelto cuando hay menores que recurren a la violencia, la humillación y el control en sus relaciones sociales más íntimas y cercanas. Hablaba la semana pasada del acoso escolar y continúo en esta con este otro tema del maltrato entre adolescentes con vinculaciones afectivas, y en ambas situaciones de conflicto la educación, en su sentido más amplio, complejo y completo, está en el meollo del asunto. Que sí, que haría mucho bien un sistema educativo estructurado en el que los planes de estudio no cambiasen con cada gobierno entrante ni se modificasen a placer por motivos ideológicos o idiomáticos. Que sí, que respetar la autoridad del profesor y prestigiar la cultura del mérito –que no tiene por qué significar una vuelta a autoritarismos pretéritos ni amparar la creación de élites-, debería mirarse como ese freno necesario al “todo vale”, al triunfo del mediocre y del listillo, sobre el que se esfuerza y el que vale de verdad. Que sí, que se precisan estrategias curriculares ambiciosas respaldadas con suficiente dotación presupuestaria, pero no sólo, pues todos sabemos que la educación “educación” no es exclusivamente “lo que se enseña en los centros educativos”. La mala educación, lo aprendido dañino, caldo de cultivo perfecto para abusones de pupitre y maltratadores imberbes, entra por muy diversas razones, de muy diferentes maneras.

Repasemos en primer lugar los valores que guían nuestra rutina, que rigen nuestro entorno. Empecemos por nosotros mismos, que lo de ver la paja en ojo ajeno es mu facilico. Siempre la responsabilidad es de otro, ¿cierto? ¿Uno?, nunca. ¿Uno?, ¡na’ de na’! Responsable es el maestro –que tiene que instruir-, el político –que tiene que gobernar-, el padre del acosador –que tiene que echarle un buen rapapolvo-, la basura de programas que echan por la tele… pero luego somos nosotros quienes minimizamos la magnitud del problema que nos viene contando nuestro/a hijo/a, ninguneamos al maestro, hablamos con ligereza sobre política, nos acobardamos si sorprendemos a nuestro hijo/a macarreando a otros niñillos/as, acabamos matando el rato empachándonos de telebasura. Hagámonoslo ver.

Puede que no conozcamos a ninguna de esas 31 muchachas que han sufrido en sus carnes violencia de parte de quienes creían sólo recibirían cariño, pero el simple hecho de saber de su existencia nos debería estar quemando por dentro. No ya porque nuestros hijos/as puedan verse en un futuro en la misma situación, sino porque es síntoma de una sociedad enferma que a tan tempranas edades se den casos de chantaje, vigilancia, coerción, coacción, abuso, insulto, que por supuesto son execrables sea cual sea la edad de la víctima, pero que levantan una especial preocupación cuando agresor y agredida son tan jóvenes. Si sucede esto a los quince años, ¿qué no pasará a los veinte, treinta, a los cuarenta años?

Definitivamente algo no funciona. Y no es algo que se deba a una única causa. El barco hace aguas por muchos puntos. De otra forma no se comprende que en el siglo XXI, en el milenio de la información al instante y la suficiencia personal, se perpetúen estas relaciones tan tóxicas, donde fidelidad se confunde con celos, donde el afecto se identifica con la sumisión mostrada o la dominación ejercida, y, lo que es más significativo, que se den entre adolescentes paridos y criados en una sociedad concienciada –se supone- contra esta lacra y en la que se dan por superados –se supone también- antiguos modelos de pareja basados en funcionamientos asimétricos y tiránicos –al menos en teoría; está visto que no, o no del todo-.

Sé que ya he compartido con ustedes reflexiones similares, pero tenía que hablar de estas 31 niñas, pues son la punta de un iceberg grandísimo contra el que seguiremos chocando si no lo estudiamos en su plena dimensión y profundidad.

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Publicado en Wadi As en su edición del 6 de junio de 2015

No solo de noticias de pactos poselectorales, traiciones partidistas y demás casquería política vive el hombre. Y bien que el españolito/la españolita de a pie lo deja claro haciendo clic en esta y aquella que acaban engrosando la sección de “Lo más visto y leído” que incluyen los digitales, en cuyas posiciones de cabecera se cuelan asuntos tan variopintos como el permiso penitenciario de la Pantoja, la pitada al himno nacional en la final de la Copa del Rey y la vuelta al candelero de Vicky Larraz, además, por supuesto, de las “frikinews” de turno que incomprensiblemente aparecen publicadas en medios en teoría serios pero que rayan en lo ridículo al hacerse eco de la última salida de tono del esperpento de moda o dar cabida a estudios supuestamente científicos con cantosos titulares sobre auténticas chorradas, por citar un par de ejemplos bastante habituales. Haciendo gala de un relativismo pasmoso, lo mismo publican concienzudos trabajos de investigación que rumorología travestida de supernoticia. Pero esto es harina de otro costal y la paulatina conversión de las ediciones online de los medios en meras webs contenedoras de información que no tiene por qué ser “digerida” ni trabajada ni contrastada, claro síntoma del declive irreversible del oficio periodístico, merece ya no artículo aparte, sino todo un serial.

Bien, pues aún entre las noticias sensacionalistas, morbosas, llamativas, escandalosas que captan nuestro interés, encuentran hueco aquellas que en verdad tratan temas importantes, como es este del acoso escolar. Cómo prevenirlo y abordarlo vuelve a estar sobre la mesa de debate a raíz de la última víctima mortal que se ha cobrado el “bullying” en nuestro país. Y, como por desgracia suele pasar, después de mucho bla-bla-bla de expertos de turné de plató en plató, de mucha cámara y mucha alcachofa ávidas de testimonios a pie de colegio, de comentarios fuera de lugar en las redes sociales, podemos sacar poco en claro de qué hacer si nuestro hijo se ve en una situación de este tipo. De todo lo que se ha publicado al respecto estos días, me ha llamado la atención una pieza que informaba sobre un programa implantado en Finlandia que ha reducido los casos de acoso en muchas escuelas. Este método actúa en especial en la actitud de los testigos, es decir, pretende que los compañeros del acosador ni le rían la gracia ni miren para otro lado cuando asisten a un episodio de acoso. Sin duda que los acosadores se valen del silencio de la mayoría que no quiere meterse en líos, que va a su bola, para arrinconar y amedrentar a sus anchas a su presa. Y sin duda que acosarían mucho menos si, de repente, esa mayoría silenciosa que con su indiferencia legitima el acoso deja de serlo y, por ejemplo, le afea la conducta o le da la espalda. Este sistema viene a sostener que la falta de reconocimiento entre iguales puede ser más efectiva que el endurecimiento de la ley o cambios en el régimen de sanciones del centro escolar. El grupo puede marcar la diferencia. Sin auditorio ante el que lucirse, el acosador es menos estrella.

Interesante es también este método en lo que respecta a la comunicación fluida y continua que debe existir entre el colegio y las familias. Y en este punto, de nuevo, la educación que se recibe en la familia, lo que el niño ve y oye y aprende en el seno familiar, vuelve a tener una función vertebradora clave. Es en la familia donde se llena de contenido la palabra “respeto”, donde se fija el límite que separa libertad y libertinaje, donde el niño percibe que sus derechos acaban donde empieza el uso y disfrute de esos derechos por parte del otro, llámese prójimo,  conciudadano, compi de pupitre. En la familia se enseña que no vale todo.

Por supuesto que el éxito de este programa debe mucho al bien estructurado sistema educativo finlandés. Por supuesto que los acosadores no se crían solo en familias problemáticas. Pero ambos factores, tanto la educación en valores en el ámbito familiar como la aplicación de esos valores en la vida en sociedad, podrían neutralizar en gran medida la aparición de acosadores y de acosados y, sobre todo, de esa mayoría que ni siente ni padece y que, con su inacción y pasotismo, consiente y sentencia.

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Artículo publicado en Wadi As en su edición del 25 de abril de 2015

Cuando el pañal no logra absorber lo suficiente y empapa y ensucia la ropa que acabas de ponerle limpia –habitual secuencia de hechos-, paciencia. Cuando te vacía los armarios y dispersa el contenido por el suelo de toda la casa, paciencia. Cuando vuelca el cuenco de comida, paciencia. Cuando vuelve a hacerse pis encima, ahora que creías que ya tenía el asunto superado, paciencia. Cuando se enferma justo en esa semana tan decisiva en el trabajo, paciencia. Cuando, pese a que le has explicado lo importante que es respetar los animales y las plantas, va y se pone a jugar con la tierra de la maceta en la que habían empezado a salir brotes de las semillas que con tanto celo has estado cuidando, paciencia.  Cuando, a hurtadillas, ha conseguido hacerse con uno de los botines más preciados de la casa, la caja de bombones, y tú esto lo averiguas por el rastro de chocolate que ha ido dejando en las cortinas, en el albornoz, en los cristales… paciencia.

Y, oído de otros padres: también paciencia cuando te dice que ha estado con tal y cual en tal sitio y sabes que miente. Y también paciencia cuando, limpiando su cuarto, descubres entre sus cosas, cosas que piensas que no son para alguien de su edad. Y también paciencia cuando, estando limpiando su cuarto y tras haber visto lo que no te hubiese gustado en absoluto ver nunca, te das cuenta de lo poco que conoces a este/a chaval/a que habita la habitación de tu hijo/a y lo poco que reconoces tu impronta en sus lecturas de mesita de noche, los póster de las paredes, las ropas del perchero. Y también paciencia cuando la ves que no sabe para dónde tirar, a qué dedicarse el día de mañana. Y también paciencia cuando le oyes hablar de “asuntos de adultos”, pero razona aún como un crío.

Y, escuchado de otros padres: también se precisa mucha paciencia cuando te echa en cara por qué no le habías hecho ver que el novio que tenía no le convenía, por qué no lo disuadiste de estudiar esa carrera que tan pocas salidas efectivas tiene, por qué te sientes incómodo/a con la vuelta a casa de ese/esa que tanto mundo se iba a comer y resulta que la realidad se ha ido comiendo sus aspiraciones. Mucha paciencia cuando te toque echarte al lomo las frustraciones de los retornados al nido familiar, o salir a buscar hasta debajo de las piedras el euro que no hay y que necesitas para evitar que el banco embargue tu casa, con la que avalaste a tu hijo cuando puso en marcha un negocio que quebró al poco de arrancar. Y, al final, y engarzando hasta el fin tantas y tan diversas situaciones que plantea la vida, llega uno a la conclusión de que, como padre o madre, pasa sus días entrenándose en el arte este de tener paciencia, materia que no acaba uno de aprobar cuando es nominado para abandonar este mundo.

Y es que los hijos nos ponen en tantos bretes y tan de continuo que es harto complicado mantener temple y tipo. Y que, para ejercitarse en el oficio y no rematar el día requemao, no nos queda otra –y esto también me lo han comentado madres  y padres más experimentados- que ver de dónde sacar fuerzas extra para afrontar el desafío cuando no basta el cariño inmenso que sentimos por nuestros vástagos. Yo he dado con lo que puede ser un filón interesante –el tiempo dirá- y es utilizar el anti-ejemplo como acicate para hacer bien las cosas. Así, ayer asistí en el metro a un espectáculo lamentable, el de una mujer que, delante de sus hijos, y ante el retraso que llevaba el tren, no tuvo mejor respuesta ante la demora del servicio que ponerse a soltar improperios y palabrotas y hacerlo, además, a grito pelao. Pero entre los presentes no encontró quien le diera la razón, aunque todos estuviéramos tan enfadados como ella por el contratiempo. Imposible empatizar con semejante basilisco. El hecho de imaginarme como protagonista de la escena me causó tanta repulsión que usaré tal estampa como tarjeta de advertencia cuando esté a punto de perder los papeles.

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Artículo publicado en Wadi As en su edición del 21 de marzo de 2015

 

En campaña cabe todo. No hay tiro errado. Cualquier cosa, ya sea razonada y razonable o bajuna, ya sea sesuda o rastrera, sirve en tanto contribuya a la causa, a saber, a hacerse con la poltrona de turno. La campaña que acabamos de vivir a cuenta de las elecciones al Parlamento de Andalucía no ha sido la excepción, lamentablemente. ¡Y yo, ilusa, que pensaba que iban a marcar el inicio del fin de una etapa, que ya medio habíamos llegado, políticos y ciudadanos, a la conclusión de no querer más bla-bla-bla estéril ni más descalificación gratuita y sí más propuestas realistas y factibles sobre la mesa! Pues no, naíca. Tanto que unos y otros han hablado de regeneración democrática pa luego na de na, más de lo mismo. Muy felices me las prometía yo desde mis Berlines de que iba a asistir al no-va-más de hacer política con mayúsculas y de que este punto de inflexión –motivado por el desafecto que cunde en el electorado hacia políticos y arrimados- iba a dejarse ver ya en la campaña andaluza. Pero no. Ni los partidos de siempre han hecho el examen de conciencia exigido por el desencanto hacia su gestión ni tampoco las formaciones emergentes se han sabido aplicar el correctivo que piden a los anteriores y, al final, unos y otros, han caído en los vicios de toda la vida: la ordinariez, el griterío y el vocingleo de los mítines, mensajes efectistas pero sin chicha, y ruido, mucho ruido, panorama en el que sólo pueden abrirse paso arengas demagógicas que únicamente los muy fan tienen cuerpo de digerir y apelaciones al miedo dirigidas tanto al parroquiano como al indeciso.  Pues eso. Nada nuevo bajo el sol.

No sé si lo que más se me ha repetido han sido las muletillas y coletillas facilonas, la sarta de “y tú más” y las pullitas de mal gusto de las declaraciones diarias o si el empacho me viene de los debates televisados y la flagrante incapacidad de los primeros espadas para plantear una opción de gobierno seria para una región que va necesitando ya un cambio de rumbo, más allá del toma y daca de la pelea dialéctica típica de estos formatos. El caso es que, visto el nivel, pienso en las citas electorales que quedan por venir este año y me echo a temblar. Difícil, no, dificilísimo decantarse por el/la candidato/a menos malo/a, en vez de por el/la mejor. Triste, no, tristísimo cuando la mediocridad marca el ritmo. ¿Qué valorar de él/ella? ¿Su habilidad de escapar indemne de los escándalos de su partido? ¿El  descaro con el que calla la boca del contrincante? ¿Su astucia para esquivar las preguntas comprometedoras del entrevistador?

Quizás es que no se puede sacar de donde no hay. Quizás es que las campañas, campañas son, trazo grueso puro y duro, por mucho juego limpio y discusión sosegada que se invoque. O quizás es que a nosotros nos va la marcha y, aunque de cara a la galería nos escandalizamos ante la vulgaridad y simpleza predominante en tiempo preelectoral, en verdad se nos conquista con el eslogan más bobo, la propuesta más disparatada, la puesta en escena más pintoresca. Tal vez son nuestras filias y fobias más profundas y personales las que nos hacen elegir a unos u otros. Fíjense, si no, en la evolución misma de cualquier campaña: en los primeros días se cuida más o menos lo que se dice y cómo se dice y también se citan los problemas que más preocupan a los votantes; en el ecuador, cobran protagonismo los modos y maneras de los candidatos y, en los últimos coletazos, se pierden las formas y todo acaba reduciéndose al clásico “buenos –los míos-“ versus “malos –los demás-“, pesando el verdulero sobre el estadista, el tacticista sobre el político vocacional, yéndose a la yugular del oponente sin miramiento alguno. Lo chabacano, la mordida fácil resultan finalmente más eficaces que la idea más trabajada de terminar con el paro estructural, la corrupción endémica/epidémica, las urgencias colapsadas o los déficits educativos. El trazo grueso acaba funcionando. Deberíamos hacérnoslo mirar.

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Publicado en Wadi As en su edición del 14 de marzo de 2015

Once años han pasado de aquel 11 de marzo que no se me va de la mente. Grabada a fuego tengo una colección de imágenes, sonidos, impresiones de unas jornadas en las que Madrid se tiñó de muerte, tinta con la que tuvimos que escribir las crónicas de aquellos días.

Sin embargo, en este 2015, traigo al presente el año siguiente a los atentados y los homenajes que entonces se organizaron en memoria de las víctimas. Con pesar, me acuerdo de familiares de aquellas y de supervivientes engrosando asociaciones enfrentadas –distanciamiento que continúa, por desgracia, y cada cual organiza por su lado los actos conmemorativos-, de políticos en bandos que se afanaban por mostrar radicalmente opuestos, de España dividida por enésima vez. Fue entonces cuando se hizo patente el principio del fin del “todos a una” que posibilitó en su día el pacto de la Transición de la dictadura a la democracia. Con los muertos de aquella matanza apenas velados, había en 2005 más ruido mediático y rifirrafes entre los presentes que respeto público por los ausentes, que quedó reducido a ponerle un bosquecito en el Retiro y colocar unas cuantas placas aquí y allá. Desde entonces, la grieta no ha hecho sino abrirse más y más, fractura de la que también hemos participado nosotros, ciudadanos de a pie.

¿Qué nos pasó el 11-M? Nos pasaron muchas cosas por la cabeza y en muy poco tiempo. Resultado: unos señalaron a ETA, otros el bigote de Aznar en la “foto de las Azores”. Y más con las tripas que con la razón, cada cual votó desde la rabia y desde las antípodas tres días después en las Generales. La situación nos pudo y, dirigentes y pueblo llano, saldamos la cuenta de la masacre cebándonos contra unos u otros y apartando el foco de los verdaderos responsables, que no fueron otros sino quienes murieron matando por la causa yihadista, que constituye, por cierto, once años después, la amenaza actual principal para la civilización occidental, para los valores de nuestra sociedad. La magnitud del suceso cristalizó un odio que había ido ganando enteros hasta polarizar la opinión pública. Los españoles volvíamos a retratarnos como parte de un todo partido en dos. Y se hizo política –y tertulia- desde la división, en vez de desde la unión necesaria y fundamental en momentos tan delicados y difíciles como aquellos. Y desde entonces se dio por imposible un entendimiento firme y continuado en cuestiones tan importantes y perentorias como ésta de proteger la integridad nacional y los derechos constitucionales frente a quienes quieren acabar con todo esto.

¿Que tuvieron que suspenderse las elecciones del 14-M y aplazarse? Tal vez sí. ¿Que le faltó altura de Estado a los líderes políticos en los días y meses y años que siguieron? Sin duda. ¿Que nos sobró resentimiento y nos faltó entereza para manifestarnos juntos contra el terror? Por supuesto. Pero de nada sirve lamentarse por lo que pudimos hacer y no hicimos. Toca mirar hacia adelante. El pulso de los yihadistas sigue echado y serán muchos los bretes en los que nos pongan. Ahora que el enemigo exhibe impúdicamente su implacable poder de destrucción, sí que parece que empezamos a verle las orejas al lobo y poquito a poco a espabilar y a poner a cada cual en su sitio. Así, comienzan a leerse y oírse planteamientos, bastante bien argumentados, sobre lo que en verdad pasó y nos pasó aquel 11 de marzo, sin que una marea de críticas les impida abrirse hueco en la opinión pública y publicada, tal y como ha estado sucediendo años atrás cuando alguien pedía llegar hasta el final en las investigaciones y exigir poder ponerle nombre y apellidos a quienes planearon y financiaron el 11-M. Los incondicionales de cada extremo –tanto los que siguen viendo la mano de ETA en la  preparación del atentado, como los que tildan a Aznar de “asesino”- nunca abandonarán el sinsentido de sus postulados. Pero la urgencia de buscar la manera de afrontar este desafío que plantean quienes matan y extorsionan en nombre de su dios, nos obliga al resto a hacer autocrítica, a tener claro quiénes son las víctimas y quiénes los verdugos, a estar abiertos al debate y, desde luego, más receptivos ante las medidas extraordinarias que tengan que tomarse.

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Publicado en Wadi As en su edición del 27 de febrero de 2015 

¿Tan aciago es nuestro presente continuo que andamos siempre enredando con eso del más allá? Choca que las voces de ultratumba sean lo que nos vaya a alegrar el día, pero a los hechos me remito y, cuando sale a la luz algún caso de casas encantadas, no me puedes negar que el asunto no invite a tertulia hasta con el vecino malafollá. Incluso te haces el encontradizo con la cotilla a la que evitas en circunstancias normales. Que sí, que gusta el folcloreo ultramundano más que a un tonto un lápiz. ¡Como si en el más acá no hubiera motivos suficientes para chillar de espanto! Quizás sea precisamente por eso, esto es, por un exceso de berrinches pedestres, por lo que nos falta tiempo para perder éste, el tiempo, con mejunjes de supuestas propiedades mágicas –vendidos con la etiqueta de “medicina alternativa”-, con terapias más cercanas a la mano milagrera de los curanderos de pueblo que de las batas blancas de laboratorio/hospital, con vendedores de humo metidos en política. Vamos, pa’ echar a correr y no parar ni un segundo.

Ni una caterva de zombis hambrientos pisándonos los talones asustan tanto como los tremebundos efectos de una crisis que no es sólo de parné. El espíritu es la parte débil de esta historia; es lo que más se resiente. ¡Estos, los nuestros, sí que son espíritus resentidos, y no los que dicen buscan saldar cuentas con los vivos y se cuelan a través de la güija! ¡Más corpóreo que el crujío de tripas cuando el buche no está contento! ¡Más carnal que el tembleque que da el no saber de dónde sacar dinero pa’tanto pago pendiente! Pero no. Pese a ser tan fuertes y persistentes las señales del acabose que vienen del más acá, preferimos pensar en el más allá y en maldiciones y malas suertes ajenas al mundo que tocamos y pisamos, tentándonos más las historietas de vampiros salidorros, hombres lobo metrosexuales y diablos que visten de Prada.

Como muestra de esto que cuento está el relato de los hechos de más de un testigo directo de algo tan terrenal, terráqueo, térreo como el terremoto que, con epicentro en Ossa de Montiel, se ha dejado sentir días atrás en el centro de España. Algunos de los testimonios que hemos podido leer delatan cómo lo inexplicable sobrenatural es lo primero que viene a la cabeza. Describiendo aquellos momentos de temblor, ha habido quien ha hablado de “perros ladrando al misterio”, de gorros y sombreros colocados en la pared que “tomaron vida ellos solos”… lo esotérico, lo paranormal, en definitiva, como respuesta automática ante una situación extraordinaria sobrevenida. Así las cosas se explica que, de lo más leído sobre el seísmo, haya sido la historia del enterrador de Ossa que se encontraba cavando una tumba justo cuando tuvieron lugar los temblores y el consiguiente mal rato que pasó viendo vibrar el panteón de enfrente. El morbillo apocalíptico nos puede. Semos asín.

Claro que, como antes apuntaba, dado el panorama existente, es normal que se nos dispare el automático y que rápidamente huyamos a lo fantasioso para escapar lo antes posible de la tétrica realidad. Para experiencia de terror, el reciente Debate sobre el Estado de la Nación, en el que las ideas de regeneración brillaron por su ausencia, en el que sobraron por su presencia los típicos rifirrafes en un triste parlamento donde hubo poca palabra bien dicha. Desde luego que, con esta actitud, ni estos políticos ni los que esperan turno en el banquillo nos van a sacar de la crisis tan bestia que padecemos. Con hondo pesar –que ya quisieran para sí las almas en pena de las psicofonías- recibimos los expatriados todas estas noticias, que enfrían nuestras expectativas de regreso. Vamos, que tenemos purgatorio pa´rato.

En resumen, que puedo entender que, precisamente por lo terroríficas que son las señales del más acá, haya tanto compatriota entregado a la causa del más allá, pero no comparto este recurrente recurso a lo irreal, a la charlatanería, a la superstición. Es más bien tener los pies en la tierra lo que hace falta para cambiar las cosas. Dosis de realidad por un tubo.

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