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Archive for the ‘De Madrid al cielo’ Category

Publicado en Wadi As en su edición del 14 de marzo de 2015

Once años han pasado de aquel 11 de marzo que no se me va de la mente. Grabada a fuego tengo una colección de imágenes, sonidos, impresiones de unas jornadas en las que Madrid se tiñó de muerte, tinta con la que tuvimos que escribir las crónicas de aquellos días.

Sin embargo, en este 2015, traigo al presente el año siguiente a los atentados y los homenajes que entonces se organizaron en memoria de las víctimas. Con pesar, me acuerdo de familiares de aquellas y de supervivientes engrosando asociaciones enfrentadas –distanciamiento que continúa, por desgracia, y cada cual organiza por su lado los actos conmemorativos-, de políticos en bandos que se afanaban por mostrar radicalmente opuestos, de España dividida por enésima vez. Fue entonces cuando se hizo patente el principio del fin del “todos a una” que posibilitó en su día el pacto de la Transición de la dictadura a la democracia. Con los muertos de aquella matanza apenas velados, había en 2005 más ruido mediático y rifirrafes entre los presentes que respeto público por los ausentes, que quedó reducido a ponerle un bosquecito en el Retiro y colocar unas cuantas placas aquí y allá. Desde entonces, la grieta no ha hecho sino abrirse más y más, fractura de la que también hemos participado nosotros, ciudadanos de a pie.

¿Qué nos pasó el 11-M? Nos pasaron muchas cosas por la cabeza y en muy poco tiempo. Resultado: unos señalaron a ETA, otros el bigote de Aznar en la “foto de las Azores”. Y más con las tripas que con la razón, cada cual votó desde la rabia y desde las antípodas tres días después en las Generales. La situación nos pudo y, dirigentes y pueblo llano, saldamos la cuenta de la masacre cebándonos contra unos u otros y apartando el foco de los verdaderos responsables, que no fueron otros sino quienes murieron matando por la causa yihadista, que constituye, por cierto, once años después, la amenaza actual principal para la civilización occidental, para los valores de nuestra sociedad. La magnitud del suceso cristalizó un odio que había ido ganando enteros hasta polarizar la opinión pública. Los españoles volvíamos a retratarnos como parte de un todo partido en dos. Y se hizo política –y tertulia- desde la división, en vez de desde la unión necesaria y fundamental en momentos tan delicados y difíciles como aquellos. Y desde entonces se dio por imposible un entendimiento firme y continuado en cuestiones tan importantes y perentorias como ésta de proteger la integridad nacional y los derechos constitucionales frente a quienes quieren acabar con todo esto.

¿Que tuvieron que suspenderse las elecciones del 14-M y aplazarse? Tal vez sí. ¿Que le faltó altura de Estado a los líderes políticos en los días y meses y años que siguieron? Sin duda. ¿Que nos sobró resentimiento y nos faltó entereza para manifestarnos juntos contra el terror? Por supuesto. Pero de nada sirve lamentarse por lo que pudimos hacer y no hicimos. Toca mirar hacia adelante. El pulso de los yihadistas sigue echado y serán muchos los bretes en los que nos pongan. Ahora que el enemigo exhibe impúdicamente su implacable poder de destrucción, sí que parece que empezamos a verle las orejas al lobo y poquito a poco a espabilar y a poner a cada cual en su sitio. Así, comienzan a leerse y oírse planteamientos, bastante bien argumentados, sobre lo que en verdad pasó y nos pasó aquel 11 de marzo, sin que una marea de críticas les impida abrirse hueco en la opinión pública y publicada, tal y como ha estado sucediendo años atrás cuando alguien pedía llegar hasta el final en las investigaciones y exigir poder ponerle nombre y apellidos a quienes planearon y financiaron el 11-M. Los incondicionales de cada extremo –tanto los que siguen viendo la mano de ETA en la  preparación del atentado, como los que tildan a Aznar de “asesino”- nunca abandonarán el sinsentido de sus postulados. Pero la urgencia de buscar la manera de afrontar este desafío que plantean quienes matan y extorsionan en nombre de su dios, nos obliga al resto a hacer autocrítica, a tener claro quiénes son las víctimas y quiénes los verdugos, a estar abiertos al debate y, desde luego, más receptivos ante las medidas extraordinarias que tengan que tomarse.

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Publicado en Wadi As en su edición del 5 de diciembre de 2014

Decir “Navidad” y “Madrid” es hablar de colas ante las administraciones de lotería del centro y ante los establecimientos -cada vez menos- especializados en el amasado tradicional del roscón de reyes. Y de los mantecaos de confitería que uno empieza comprando por gramos y acaba las Pascuas acopiando por kilos. Y de los jóvenes que se toman las uvas al ritmo de las campanadas del reloj de Sol durante los últimos ensayos antes de la gran cita del 31. Y de la sobredosis de luz en las vías principales. Y del trajín en las oficinas de correos pues, si bien lo de escribir christmas es ya cosa de minorías y los paquetes de regalo son menos que en época de bonanza, siguen teniendo en estos días más actividad de lo normal. Y de la calle Preciados convertida en cauce por donde van ríos de gente, gente que entra y sale de tiendas, de cafeterías/chocolaterías, de bares, del metro. Y de la Plaza Mayor y aledaños con los puestos, primero, de belencicos y adornos navideños, y semanas después, de pelucas estrambóticas y artículos de broma. Y -por consiguiente- de chicos y grandes desfilando con orgullo y alegría el pelucón finalmente comprado. Y de la charleta con el portero del edificio sobre cuándo uno se va o regresa a la casa de tal o cual pariente para celebrar tal o cual festejo. Y de los belenes visitables. Y de los espray blancos echados deprisa y corriendo sobre moldes en las ventanas y de los arbolicos descalichaos y los espumillones despeluchaos del año el picor que se dejan entrever a través de éstas, pues en la gran ciudad no habrá tiempo para mucha cosa -y ahora mucho menos dinero que tiempo-, pero sí para recibir la Navidad de alguna manera.

Éstas y otras estampas más enumeramos en un momento una madrileña y ésta que esto escribe -que, aunque no nacida en Madrid, no hay día que no sienta su ausencia- mientras me acerca en coche al metro de Potsdamer Platz. En pleno corazón de Berlín -que, por cierto, se puso el traje navideño a mediados de noviembre, pero sigue luciendo igual de mustio-, ahí estamos nosotras, mano a mano, recuperando del recuerdo vivencias muy del Madrid de estas fechas, donde hay mucho calor y color que pueden con el frío y la apatía de la rutina.

Porque habrá quienes prefieran pompa, consumo y abuso. Porque habrá quienes encuentren en lo anterior motivos para despotricar contra las Navidades, descalificando el todo -y a todos los que las celebramos- por la parte que opta por el despiporre. Pero éste no es mi caso ni el de otros muchos y, si tengo que escoger una forma de inaugurar este serial de artículos (pre-)navideños, es de la mano de historias menudas como las que mi amiga y yo hemos recopilado en apenas diez minutos, de esos pequeños episodios, carentes de boato pero que, sin embargo, uno más otro, componen el escenario del tiempo que viene.

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Publicado en Wadi As en su edición del 8 de marzo de 2014

 

No era psicóloga ni monja ni amiga suya. No era más que una periodista que necesitaba su testimonio para completar un reportaje sobre afectados por el atentado del 11 de marzo. Pero aquella mujer me miraba, me agarraba del brazo, me lloraba como si yo pudiera calmarle la pena tan honda que la mantenía en una muerte en vida desde que ésta, su vida se paró cuando supo que su pareja iba en uno de aquellos trenes mortales. Yo tan sólo podía darle mi tiempo, que tampoco era mucho, mi escucha y mi promesa de que trasladaría al papel, lo más fielmente posible, lo que salía por su boca, lo que decía su cuerpo.”¿Por qué?”, repetía, “¿por qué a mí?”.

 

Esa pregunta ha retumbado desde entonces en mi cabeza no sólo en cada entrevista que tuve que hacer a otras tantas personas a las que el 11-M les marcó un antes y un después: la angustia de este “¿por qué a mí?” me revuelve las tripas cada vez que leo, veo, sé de cualquiera que ha sido sacado de su rutina, tan o tan poco excitante como pueda ser la tuya o la mía, por haberse cruzado en su camino una desgracia inesperada.

 

Aquel 11-Muerte cubrió Madrid de un luto que sigue pesando en el ánimo de los que vivimos de cerca aquellos días de terror. A mí en particular tanto el contacto con supervivientes del atentado, como con familiares de quienes en él murieron, me ayudó a cambiar por completo mi actitud hacia ese colectivo englobado bajo la etiqueta de “víctimas” y que aparecen en la prensa como esos para los que nunca parecen ser suficientes los pasos que la administración, los políticos, los jueces dan para la reparación social del daño causado. Tras hablar con estas personas pude entender que no precisan de nuestra compasión. Mucho menos quieren nuestra mirada condescendiente. Muchísimo menos, nuestros comentarios a la espalda que cuestionan la rectitud de su juicio.

 

Lo que más les hunde bajo el cartelito de “víctimas” es sentirse solas en su dolor, incomprendidas por sus vecinos, conocidos, por nosotros, cuando por indiferencia y/o  imprudencia, por ejemplo criticamos que familiares de asesinados por ETA estén contra la anulación de la doctrina Parot -pero ¿qué esperamos que hagan?-. O cuando tildamos de “conspiranoicos” a quienes, aún con el recuerdo fresco de los seres queridos que perdieron, piden que se esclarezcan las cuestiones que aún no están por completo probadas en la investigación sobre el 11-M. O cuando se apela a “resignarse ante infortunios que sencillamente pasan, sin más porqués que valgan”, como si esto pudiera calmar a quienes ni pueden ni quieren ni deben callar al exigir llegar al fondo de lo que pasó en el accidente del Alvia de julio del año pasado.

 

Aprendí que el mejor homenaje que nosotros, ciudadanos de a pie, podemos hacerles a las víctimas es mostrarles nuestro respeto y apoyo, que sepan que no olvidamos del lado de quién estamos. No las hagamos además víctimas de nuestros complejos, de nuestros prejuicios, de nuestro miedo a posicionarnos. Mantenerse al margen, en la distancia, no ha lugar.

 

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Publicado en Wadi As en su edición del viernes 9 de marzo de 2012

 

Hace ya casi una década de aquello y aún puedo sentir, como si estuviese ocurriendo en este preciso momento, aquel escalofrío que me causó el silencio que se hizo cuando terminé de entrevistar a la esposa de una de las 191 personas que murieron en los atentados del 11 de marzo. Entre ella y yo sólo quedó un profundo, insalvable silencio que ni ella, que acababa de ponerle palabras al sufrimiento, ni yo, que las había puesto por escrito en mi cuaderno de notas, estábamos dispuestas a romper. Tal vez ella se viera incapaz de añadir más que muchas, muchísimas lágrimas más para expresar su duelo por la pérdida de su marido, con el que hasta hacía apenas 72 horas había estado compartiendo desayuno y sueños. Yo, desde luego, no estaba por la labor de intentar aliviar su desconsuelo con algún cumplido de manual.

 

Aquello fue muy bestia. Aquel 11-M hizo que Madrid durante unos días significara matanza, muerte. Madrid, con su trajín diario, con sus atascos incluso de madrugada recibió un mazazo que lo mantuvo sumido en una pena que consiguió enmudecer a esa masa ingente de gentes variopintas que la forman. Fue tan intenso el impacto que cuando uno, por lo que sea, trae a la mente aquella fecha, puede recuperar, pese al paso del tiempo y el peso del olvido, buena parte de todo aquello. Para algunos de los que se empaparon de aquel trágico Madrid quizás pensar en el 11-M les suponga revivir el bullir de periodistas, familiares y médicos en los pasillos de los hospitales. Tal vez otros se queden con las sirenas incesantes de la policía y las ambulancias, y otros puede que tengan como postal sonora de aquel día la melodía del móvil de uno y del otro y del otro, que estuvimos recibiendo llamadas durante horas de parte de nuestros seres queridos, deseosos de comprobar que no estábamos en esos trenes. Para mí el 11-M es, sobre todo, un 11-Mudo, inundado de silencios como el que se abrió entre yo y aquella mujer. Las víctimas dejaron tras de sí silencio, tamaño hueco que no suplen esos homenajes oficiales con discursos predispuestos para la confrontación entre partidos políticos. Permanecer en silencio nos conduce de lleno a ese lugar donde moran aquellos a los que les han quitado la voz y la oportunidad de vivir y en ese silencio podremos más fácilmente recordar de lado de quién estamos y que ya sea de una manera o de otra, pero no podemos consentir más silencios de estos. La ausencia también habla y logra dañar nuestros oídos acostumbrados al ruido y nos acaba desconcertando, agobiando en extremo. No deja indiferente, no. En especial aquella ausencia y aquel silencio del 11-Madrid mustio viene en mi busca cada 11 de marzo. La dejo estar y la respeto, aunque no pueda dejar de importunarla con esos mismos impotentes porqués que salieron aquellos días de la boca de los familiares de las víctimas. Y es que la herida sigue sangrando.

 

Lazo de luto

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Los aeropuertos son, en verdad, reflejo de estos días que nos tocan vivir, en los que nos cruzamos con mucha gente con la que apenas cruzamos media palabra. Estamos tan metidos cada cual en nuestro avío que no reparamos en si quien nos ha vendido el refresco y el sándwich era un hombre o una mujer ni en si la azafata que ha chequeado nuestro billete era rubia o morena. Sin embargo, sorprende que en estos fríos lugares de paso puedan llegar a vivirse momentos de intensa humanidad.

Hasta en el mastodóntico Madrid-Barajas uno puede sentir la calidez humana

En mi último viaje en avión, tuve que hacer escala en el mastodóntico aeropuerto de Madrid-Barajas. Si de por sí estos sitios se prestan a la impersonalidad en las relaciones humanas, transitando por los interminables pasillos de Barajas uno consigue sentir el desapego emocional en niveles altísimos… desapego y fatiga extrema, sobre todo si, como a mí me ocurría, debía darme toda la prisa del mundo para intentar alcanzar el avión que me traería a Alemania, pues el que me llevaba desde Málaga había salido con mucho retraso por problemas técnicos. Corrí, corrí y corrí, pero mi avioncico ya volaba cuando frené ante la puerta de embarque. No me había esperado ni a mí ni a la decena de pasajeros que hacíamos escala en Madrid rumbo a Berlín. Y tras el sofoco, la espera en la cola del mostrador de la compañía aérea, cola en la que se fraguó lo que hoy os quiero contar. Tantas cosas tenía en la cabeza aquel día que no pude sino soltar un fuerte suspiro, y lo hice con tanta fuerza que la señora que guardaba vez delante de mí se volvió y me preguntó si me encontraba bien. “Es que me pesa un poco la cabeza”, dije, a lo que me respondió algo así como que la agarrase bien, a ver si se me iba a caer. Y sonrió, y esa sonrisa fue la invitación perfecta para iniciar una amena conversación que mantuvimos hasta que fuimos atendidas. Estaba justo yo en el mostrador, esperando a que la chica que revisaba mi pasaje me ubicara en el siguiente vuelo, cuando escuché a una viejita llorando a moco tendido ante otra azafata. La mujer no se aclaraba con las explicaciones que le daban. Decía que venía desde la Argentina y que era la primera vez que viajaba en avión. “Yo no sé, yo no sé”, insistía. La azafata repetía como una autómata los pasos que tenía que seguir: que si bajar a retirar el equipaje, que si salir fuera y comprar un billete, que si en caso de sentirse mal tenía que haber avisado al personal de tripulación. Pero la pobre estaba ahogada entre tanta palabrería. Entonces, la señora que me había ayudado a sostener mi cabeza se acercó a esta otra y también la ayudó a sostener sus agobios: calmó la impaciencia de la azafata, tranquilizó a la abuela y los demás ciertamente quedamos aliviados. Y todo lo logró con una simple, pero poderosa y brillante sonrisa.

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De aquel día y  de los días que le siguieron me llega, sobre todo, frío. Con mucho frío en el cuerpo recupero las imágenes de aquel Madrid viudo, huérfano de aquel 11 de marzo y de los días que le siguieron: la del metro medio vacío y lleno de viajeros que nos cruzábamos la mirada cuando alguien hurgaba más de la cuenta en su mochila, la de los ojos empapados de lágrimas de prácticamente cualquiera con quien te encontrases en la calle, la de los pequeños altarcitos con fotos, flores, velas, cruces, que se improvisaron en las estaciones del trayecto que siguieron los trenes bomba…

 

El frío me viene también al traer al presente los sonidos que callaron al bullicioso Madrid, como el de las muchas llamadas que recibí incluso de quienes no me esperaba tanto interés por saber si me había pasado algo, o como el de las sirenas de las ambulancias, aún más frenéticas si cabe, que iban de acá para allá intentando robarle tiempo al tiempo, o como el del llanto de quienes se habían quedado sin su mujer, sin su padre, sin sus amigos. Aunque quizás fue el silencio que se instaló en el trato cercano entre la gente, el archivo sonoro más propio de aquellos días, sin duda por lo impropio que esto es de los madrileños.

 

Han pasado siete años desde los atentados del 11-M y me doy cuenta de que no puedo quitarme de encima ese frío que sobreviene cuando leo/veo/oigo…siento los reportajes que los medios están publicando en estos días sobre aquellos otros. Y tiritando de frío llego a esas imágenes y a esos sonidos (o silencios) que ya creía olvidados, apilados al fondo de los cajones de mi memoria. Y llego a ese miedo que nos chutaron a todos en vena con aquellos trenes que en aquel día sirvieron de ataúd para cerca de 200 personas. Siete años han pasado y no se me va de la cabeza que me pudo haber tocado a mí: el aspa roja fue escrita sobre esos convoyes de esa línea de Cercanías, pero pudo haber sido puesta sobre cualquier otra también de Cercanías o de metro o en cualquier otro sitio. Al margen de que sea inevitable acordarse de gestos y palabras de entonces, sí considero oportuno reflexionar sobre ese miedo nuestro que nos inyectaron los que precisamente tienen éste como su mejor arma. Con este atentado, los terroristas nos dejaron muchas víctimas a las que llorar pero también mucho miedo… mismo tipo de miedo que hay en esa otra imagen de aviones estrellándose contra las Torres Gemelas en aquel otro 11-Muerte, y que tenemos grabada muy dentro. Aquello ya dio una pista de cual iba a ser el principal desafío de estos tiempos, que es la batalla contra el terror, no sólo desde el ámbito político o económico, sino también emocional, pues al fin y al cabo somos los individuos los que conformamos las sociedades. Ganarle el pulso al miedo es también tarea nuestra.

 

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Ya estaba empezando a pensar que en alemán la palabra “sol” no se declinaba, porque precisamente el sol ha brillado por su ausencia durante una larga temporada. Ya llevamos cinco días cinco en los que don Lorenzo se ha dignado a hacer acto de presencia, aunque pa’ lo que calienta, mejor que se quede tapaíco por el habitual manto de nubes que encapota Berlín. Está ahí arriba y brilla y todo pero hace tanto, tantísimo frío aquí abajo que cuando los rayos nos alcanzan, no causan efecto alguno. Nada que ver con el sol de Madrid, con el sol de Guadix, los soles de los que guardo mayores recuerdos… soles que, incluso en invierno, te premian con un poquito de calor que echarte por encima. ¡Qué bien sientan esos soles tan ricos de las mañanas de mercadillo, de las sobremesas de gratas siestas o café y tertulia, de los paseos de domingo viendo caer esa tarde que va siendo cada vez más larga! Añoro el sol que calienta y brilla sin complejos y no tan inclinado, como aquí sucede, que para cuando se quiere dar cuenta, ya tiene que irse. Una cosa sí que tiene este sol que Berlín coloca en su cielo en invierno y es que, calentar no calentará, pero ojito con dejarte sin proteger alguna parte de tu cuerpo, porque  los menos-y-pico grados queman de lo lindo. Un infierno helado de mucho cuidao.

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