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Archive for the ‘Guadix en la retina’ Category

Curioso cómo las palabras cambian ligeramente de sentido y significado en función del momento histórico en el que se usen y de quien o quienes las empleen. Hay dos que abarrotan discursos de rabiosa actualidad y son “pueblo” y “gente”. Pues bien, hubo un tiempo, no muy lejano, en el que el “pueblo” y la “gente” no se ponía verde por Twitter, sino en las esquinas de las plazoletas, los talleres de modistillas, las barras de las tabernas y, por supuesto, en los antaño muros de Facebook que eran los corrillos de sillas de anea ante las puertas de las casas, ocasión perfecta, asimismo, para enseñar los retratos de los críos o el refajo recién bordado. De los años a los que me refiero era raro que una pareja no echase un baile en la verbena de las fiestas del barrio o del pueblo, meeting point de niños, jóvenes y ancianos, y aquella gente tenía por muy suyos pasacalles, pavanas, valses, fandanguillos, mazurcas, pasodobles, piezas muchas incluidas en zarzuelas, por cierto, y cuyos estribillos más pegadizos la gente, el pueblo canturreaba, silbaba camino de los lavaderos, del mercado de ganado, mientras guisaban, remendaban, trabajaban la tierra. Eran tan, tan del pueblo que tampoco era extraño ver grupos de muchachos que, con guitarras, bandurrias y laúdes, iban aquí y allá de serenata tocándolas, cantándolas. Estando, pues, todas estas manifestaciones tan unidas a la vida de la gente, del pueblo, son hoy día, sin embargo, denostadas por muchos de esos a los que se les llena la boca de tanto “pueblo” y tanta “gente” y, ¡claro!, ya no tienen hueco para el pueblo y la gente de hace unos años. Lo que proceda del “pueblo” y la “gente” de ahora es cool; lo de antes, propio de pueblerinos en lo que no interesa ahondar. Creo que más por desconocimiento y pereza de querer saber que por cualquier otra razón, se le ha colgado el sambenito de viejo, rancio, ñoño, caduco y casposo a una parte de la historia musical de nuestro país que, por supuesto, no les quepa la menor duda que, de haber sido composiciones paridas bajo otros soles, tendrían un reconocimiento muy distinto. Pero los españoles semos así. No hace falta que venga nadie de fuera a ponernos zancadillas, que ya nosotros mismos nos encargamos de fustigarnos y avergonzarnos y darnos de garrotazos hasta en el carné de identidad. La identidad… esa eterna asignatura pendiente.

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Pero hoy no acudo al encuentro con ustedes para hablar sobre este asunto mayúsculo, sino de otro menor pero que tiene también su importancia y es la tremenda injusticia que cometemos al minusvalorar la música popular española. Me referiré solo a lo creado y versionado en los dos últimos siglos. Habría composiciones dignas y otras no tanto, pero todas, ¡hala!, se han metido en el mismo saco de un costumbrismo que no sirve ni como madera de hoguera, según los cánones actuales. No se da ni siquiera la oportunidad de echar la vista atrás y evaluar qué puede ser rescatado. No, no vale. Es viejo, rancio, ñoño, caduco, casposo y punto. Cambiar la visión sobre algo que está tan asentado es difícil y se convierte en sumamente complicado cuando el matiz es negativo, pero no es tarea imposible y creo que en Guadix podemos poner nuestro granito de arena y hacer por revertir esta tendencia tan perniciosa por lo que tiene de excluyente, al impedir el conocimiento, estudio y puesta en valor de una dimensión más de las muchas que definen una época. Y lo digo porque en Guadix y comarca ha habido bastante tradición rondallera. La reivindicación no debería quedarse en pedir que el Museo de la Ciudad en el que se está trabajando cuente con una sección dedicada al patrimonio musical accitano y, como parte de él, las agrupaciones de pulso y púa, que han sido muchas, sino en ver la manera de apoyar los grupos que siguen en activo e intentar revitalizar y captar a nuevos interesados, por ejemplo, organizando certámenes de rondallas, incluyendo la actuación de alguna orquesta de pulso y púa en la Guadix Clásica u ofertando, ¿por qué no?, cursos en los que el estudio musical se aplique a la interpretación de piezas para guitarra, bandurria y laúd. Seguro que los especialistas en la materia podrán aportar muchas más ideas al respecto que lo que se me ha ocurrido en este ratito durante el que esto escribo. Como todo, es cuestión de voluntad, de sentarse y de proponer esto y aquello. Merece la pena recuperar parte de nuestra historia y si, con ello, contribuimos a derribar prejuicios, batalla a la que uno debe estar siempre dispuesto, pues mejor que mejor.

Para, si no acabar con erróneos apriorismos, sí al menos empezar a desmontarlos, no hay remedio más certero que enfrentarse a ellos. Invito en especial a quienes, por imperativo categórico, tienen grabado a fuego que todo esto suena a viejo, ñoño, rancio, caduco, casposo, a escuchar la pavana de La mesonera de Tordesillas, de Torroba. En YouTube hay muchos vídeos de rondallas y orquestas interpretándola. Que elijan el que quieran. Y, si después, continúan pensando lo mismo, en serio tendrían que hacérselo ver o revisarse la cera de los oídos, porque, independientemente del gusto musical de cada cual, esta pieza desarma cualquier descalificación basada en generalizaciones vacuas.

 

Publicado en la revista Nieve y Cieno en su edición anual de 2017

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“Quince años son muchos años”, me decía el pasado 9 de septiembre mientras marchaba rumbo a la estación. Pensaba en esto con cierto pesar. Temía tener demasiado idealizado mi último Cascamorras vivido en carne y hueso, del que hacía tres lustros, y que mis ganas de pasármelo en grande hubiesen alimentado unas expectativas condenadas a estrellarse contra una realidad muy diferente, incapaz de corresponderse con lo imaginado. Pero no fue así. Todo lo contrario.

Ahí estaba yo, de nuevo, ante la cueva de la que, en una chispa, saldría el Cascamorras rodeado de sus más cercanos, iniciando así el recorrido que le llevaría por las calles de un Guadix, su Guadix, que le recibiría como un héroe, pese a regresar de Baza de vacío, pese a volver sin la Virgen de la Piedad otro año más… y van más de quinientos.

No sólo discurrió todo como recordaba -salvo variaciones menores-, como si esos quince años no hubiesen pasado, como si el tiempo se hubiera detenido: la verja que se abre; el corazón latiendo a ritmo de tambor, a disparo de cohete; el tacto de la pintura en los dedos; pompas de agua y pintura entre calcetín y zapatilla; chorreones de agua tintada, de pintura aguada bajando por la espalda, convirtiendo la camiseta en una segunda piel; la vista que se tiene de “los Cruces” y la Catedral en el descenso por la Carretera de Murcia; la rigidez de la cara cuando se seca la mezcla; cubazos de agua, manguerones de espuma; el murmullo de la multitud multicolor; sed, calor, caños, frío; sonrisas blancas en caras oscuras; cámaras pese al riesgo de mancha -la mancha hoy es alegría-; avenidas y callejuelas; en solitario, en pareja, en pandilla, en familia -de abuelo a nieto-; juras; palmas, gritos; portalón que se cierra; vivas; “¡Viva!”; silencio.

Es que lo que tuve la oportunidad de vivir superó con creces cualquier vaga idea, toda expectativa por muy alta que fuera. ¡Qué gentío! Gente en los balcones, en las aceras, pero sobre todo corredores, muchos, de todo tipo y edad. ¡Qué carrera más limpia, pese a ir todos guapos de churretes! ¡Qué tarde más espléndida, de temperatura ideal! Fue, por tanto, una ocasión de lujo para renovar los votos cascamorreros y, en consecuencia, y desde la convicción reforzada, hacer por convencer y seguir animando a cuantos más, mejor, a que participen en la carrera y demás actividades.

Queridos paisanos, queridas paisanas, permitidme que redunde en la idea que desarrollé durante el pregón que tuve el enorme honor de dar el año pasado, relativa a que la grandeza de la fiesta le viene por alzarse como símbolo de hermandad entre las ciudades implicadas, por haber sabido transformar en ocasión para el encuentro, lo que en su origen fue motivo de litigio. Litigio sin el cual, por otra parte, no habría habido fiesta, piques, por otro lado, naturales entre poblaciones próximas. El Cascamorras del siglo XXI no ejerce de mero recaero, sino más bien como representante de la buena disposición con la que Guadix y Baza se avienen a perpetuar esta antiquísima tradición, desde el respeto y el cariño recíprocos.

Así pues, la manera en la que se vive el Cascamorras actualmente, la importancia que cobra lo que nos une a accitanos y bastetanos, singulariza y diferencia éste de otros festejos populares con los que pueden existir semejanzas.

Así, el Cascamorras es puro color, como color hay en la Tomatina de Buñol, pero no sólo. Cascamorras viste un hato de colorines, como algunas Botargas, y lleva una cachiporra, como los Cascaborras, por ejemplo, pero no son estos los únicos atributos del personaje, similar, asimismo, a los bufones.

De la fiesta del Cascamorras rezuma también esa capacidad para regenerar entusiasmo y no cejar en el empeño como la que pueda haber en las cuadrillas de moros que año tras año hacen frente a las de cristianos, a sabiendas de su derrota, en las famosas representaciones que se celebran en cientos de pueblos de España.

El Cascamorras tiene vocación de ser disfrutada por quien sea de donde sea, eso sí, que quiera divertirse sin excesos ni desmadres.

Aun siendo cierto todo lo anterior, aun reuniendo todas estas características, lo que hace singular al Cascamorras es cómo ha llegado a nosotros, es qué significa la fiesta hoy día, cuyo objetivo no es otro que la repetición misma de un ritual querido, aceptado, compartido por dos ciudades, Guadix y Baza, que manifiestan así una rivalidad sana, que entierran una vieja pugna y sellan, en su lugar, un acuerdo de buena vecindad.

Peculiar es la leyenda de la que bebe -con milagro incluido-, particular es la indumentaria de los corredores -ataviados siempre con sus peores galas, usando pintura como maquillaje-, pintoresca en todo punto en su plano visual y plástico la fiesta del Cascamorras tiene un innegable mérito de pervivencia en una época instalada en lo efímero, de sobrevivir cuando tan poco valor se da a lo que viene heredado y tanto a lo que está de moda, y en este contexto posiciona la unión como un factor sin el cual no cabe ni puede ser entendida. Guadix y Baza, Baza y Guadix, bajo una misma tradición, una misma bandera, una misma devoción.

¡Viva la Virgen de la Piedad! ¡Viva Baza! ¡Viva Guadix! ¡Viva el Cascamorras!

El Cascamorras infantil a su paso por la plaza de la Catedral (2015)

El Cascamorras infantil a su paso por la plaza de la Catedral (2015)

 

Publicado en el cuaderno anual de la Hermandad accitana de la Virgen de la Piedad en su edición de 2016

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Hace unas semanas mi familia y yo pasamos unos días de vacaciones en el Harz, en el centro-norte de Alemania. Hemos alternado el disfrute del parque natural en donde se enclava el Brocken (1.142 m.), la cima más alta de la mitad septentrional del país, y los paseos por ciudades aledañas, con siglos de historia a sus espaldas, llenas de rincones hermosos y sembradas de leyendas.

Una vez reposada la experiencia del viaje, me doy cuenta de que ha habido una serie de cuestiones que han contribuido al buen recuerdo que me queda de lo vivido y he pensado que tal vez algunas de ellas puedan ponerse en marcha -si no lo están ya- en Guadix y en su comarca, pues creo que redundan en esa idea de turismo singular y de calidad en el que se confía el porvenir económico y la supervivencia identitaria de la zona.

Establecimientos (restaurantes, apartamentos…)

Entre las iniciativas que vi en restaurantes y que me parecieron muy acertadas, se encuentran detalles muy apreciados en particular por familias, como la mía, con niños pequeños, como es el caso de la existencia en la carta de platos de menú infantil (pasta, escalope, crema de verduras…).

Me pareció muy buena idea la de un restaurante en el que la propia oferta de comidas para peques está impresa en un folio en cuyo reverso hay un “pinta-pinta” con el objeto de que los críos se entretengan pintándolo con unos lápices que prestan mientras llegan sus platos.

Es muy de agradecer que estos establecimientos dispongan de tronas y de muebles-cambiador/colchoncitos-cambiador. Incluso en algunos baños encontré orinales para peques o adaptadores a la taza del váter, ideal para la fase de transición del pañal al retrete.

Cerraré el capítulo “restaurantes” refiriéndome a que no había local en cuya carta no hubiese una sección de platos típicos con una generosa muestra de la gastronomía tradicional local.

Por cierto, los hoteles y apartamentos funcionan como pequeñas oficinas de información turística. Por ejemplo, en el apartamento que arrendamos había un archivador con recomendaciones sobre dónde ir muy pormenorizadas (con direcciones, teléfonos, indicaciones sobre cómo llegar…), así como propuestas de excursiones clasificadas incluso por tipo de dificultad de la ruta.

 

Dotaciones públicas

Aparcamientos. El casco viejo de las ciudades monumentales es en su mayoría peatonal o accesible sólo para residentes. Para descongestionar de tráfico el centro, estos pueblos tienen en su mayoría una serie de aparcamientos habilitados en las inmediaciones del casco viejo (hablo en plural, sí, “aparcamientos”, porque Wernigerode, por poner un ejemplo, urbe de 33.000 habitantes, tiene diez zonas de aparcamiento).

Mapas de la ciudad por todos lados. No hace falta realmente comprarse una guía.

Iglesias visitables. Las iglesias principales de las ciudades más turísticas cuentan con un amplio horario de visitas. Suele haber una taquilla a la entrada donde venden estampas y demás. Suelen ser gratuitas, aunque hay un cepillo para que el visitante colabore con el mantenimiento del templo. Desconozco si los taquilleros son parroquianos, voluntarios culturales o si les paga alguna fundación de defensa del patrimonio cultural (aquí en Alemania hay mucha conciencia al respecto y hay muchas asociaciones y fundaciones sobre el tema).

Parques, jardines, rincones muy cuidados.

Señalizaciones claras y reiterativas. Supongo que para los conductores locales esto será un tanto redundante, pero para quien va de visita es de gran ayuda.

Estrategia

“Estrategia” es, sin duda, lo que hay detrás de cada una de las iniciativas, públicas y privadas, puestas en marcha para el desarrollo turístico de la zona.

Hay una apuesta decidida por sacar el máximo rendimiento posible a la historia local, a la dedicación tradicional, a los recursos naturales.

Tanto ciudades como aldeas, tanto antiguos conventos reconvertidos en hoteles o recintos de esparcimiento como parques temáticos de nuevo cuño -caso de un parque para niños lleno de maquetas de metro, metro y medio, de los monumentos más representativos (castillos, palacios, iglesias…)-, todos se suben a un mismo carro, todos se suman a una única estrategia compartida de venta y promoción, con una oferta diversificada para distintos públicos. Por ejemplo, respecto al “turismo verde”, ya uno sea un senderista que no teme kilómetros ni desniveles o un amateur que se toma con calma el paseo por el monte, ya vaya uno con hijos, con perros, ya esté uno peinando canas como recién graduado, ya sea uno un urbanita o se haya criado en un entorno rural, encuentra una opción de ocio que cubre ampliamente sus expectativas. La oferta se adecua a diferentes perfiles, llega a distintos públicos.

En particular he detectado una gran deferencia hacia las familias con niños pequeños. Hay una clara apuesta por agradar y atraer este perfil de turistas. Hay muchos planes para niños: granjas escuela, zoos con zonas donde poder tocar los animales, teatros de marionetas, museos interactivos…

Muestra de esa estrategia basada en la suma de esfuerzos es la existencia de una tarjeta turística con descuentos en las entradas a monumentos y museos, en restaurantes y en medios de transporte.

Patrimonio histórico-cultural

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Patrimonio natural

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Esta es la historia de una cazadora vaquera. Más bien, de la no cazadora vaquera porque, después de probarme una, otra, otra más y hasta una cuarta, nada, que me he ido de vacío. Tampoco es que la dependienta me haya ayudado mucho. Es que no se estila demasiao por aquí en general y en las tiendas de ropa y complementos, en particular, que los empleados te den su opinión sobre cómo te queda lo que sea que te estés probando. Date con un canto en los dientes si se encogen de brazos y asienten tibiamente. Esto será lo más que consigas rascar. No se sienten para nada cómodos en este papel. No ya por la apatía que abunda por estos lares. Quizás no les esté permitido entrar en tan subjetivos pormenores. Sea por lo que sea, el caso es que la mujer de la tienda de la que acabo de salir no ha sabido qué decirme y yo, que no me terminaba de ver dentro de ninguna de esas chaquetas, no he recibido de ella ese empujoncito que me ayudara a aclararme. Tal vez he estado mareando tanto la perdiz porque ya se me ha pasado el calentón que me puso en modo “quiero una chupilla vaquera a toda costa” y, sin la euforia como combustible, me ha costado animarme a hacer un gasto considerable en un antojo con el que me encapriché a partir de una canción y  que no supe/pude frenar, como tampoco entonces supe/pude decir que no.

©www.pixabay.com

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“Si me lo pasan un rato, quizás logre dar una cabezá”, debí pensar. Era difícil encontrar postura tras casi un día entero viajando en autobús. Hacía ya que habíamos pasado la frontera. Aún quedaba para llegar a Burdeos, donde pernoctaríamos, meta volante hasta París, el destino de nuestro viaje de estudios. Claro que íbamos parando cada cierto tiempo para estirar las piernas, pero el asiento de un bus normalucho de los años 90 era lo que era y daba para lo que daba. Tampoco ayudaba a conciliar el sueño el olorcillo a batido, cocacola, chucherías, vomiteras, aliñado con las secreciones sudorosas de unos sesenta adolescentes en efervescencia hormonal. Por eso, cuando me pasaron un discman para que comprobara que eso sonaba divinamente en comparación con mi walkman -del que me negaba a desprenderme aun sabiendo que el fin de sus días estaba cerca-, no supe ni pude decir que no. Escuchar del tirón ocho, doce, quince o incluso más temas de un mismo álbum sin tener que darle la vuelta a la cinta y con calidad supreme se presentaba como el somnífero perfecto. Enchufé mis auriculares de esponja al discman, le di al “play” y sonaba “Enjoy the silence” de Depeche Mode. Ya la había oído antes muchas veces y, sin embargo, sonó muy distinta. Tanto, que aún me acuerdo de este episodio. Y mira que ha llovido. Pues bien, al igual que entonces no sonaba de nuevas pero, sin embargo, lo hacía de manera muy diferente, lo mismo sucedió ayer cuando la escuché en una de esas cadenas de radio que sirven también de hilo musical en sucursales bancarias, salas de espera de consultas médicas y negocios varios de atención al cliente. La novedad del soporte reproductor seguro que entonces tuvo algo que ver en que la percibiera de otra forma. Lo de ayer, porque sonó casi casi a la vez que estaba recibiendo unas fotos en las que aparezco junto a amigas tomando algo en un bar del pueblo mes arriba, mes abajo de cuando hice el viaje de estudios. ¡Qué pelos! ¡Qué ropas! ¡Qué pintas! Pero ¡qué caras de ilusión, de entusiasmo, de ganas de comerse el mundo! Al ver estas fotos, al oír esta canción, sentí por primera vez el vértigo del tiempo que pasa lento, rápido, pero sin remedio y cómo ante esta realidad incontestable, se apodera de uno ese impulso inevitable de agarrarse a un clavo ardiendo por tal de conservar el vigor, la vitalidad de la juventud. Hay quienes se sienten rejuvenecer exhibiendo en redes sociales sus simpatías por opciones políticas de moda y corrientes de opinión en boga, fumando tabaco de liar como en años mozos, sacando del fondo del armario la cazadora de antaño o, en su defecto, saliendo a comprar una que parezca de entonces, como ha sido mi caso. Calentón puro y duro. Bueno ¿y qué más da? Si son cosas de la edad.

 

Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su edición de junio de 2016

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Mucho se ha escrito sobre la Semana Santa. Mucho se ha pregonado, cantado, contado ya sobre la semana del año más intensamente vivida, sentida por muchos, por aquellos que rezan bordando el manto de la Virgen, repasando las marchas que interpretarán las bandas que acompañarán a las cofradías durante sus estaciones de penitencia, tallando tronos, sacándole lustre a enseres, desalando lomos de bacalao, engalanando las calles por las que desfilarán las hermandades, ensayando la salida del templo bajo las trabajaderas, amasando pestiños, planchando túnicas, colocando ramos y palmas en balcones y ventanas, vistiendo imágenes, adornando pasos con flores y cirios, peinando a las camareras, cargando tronos, entonando saetas, llevando capirote, reuniendo en un mismo encuadre luna-vela-Cristo, incensando pasos. Se reza, por supuesto, en los cultos de hermandad, en la misa de Ramos, en los oficios, viacrucis y rosarios, vigilia pascual, pontifical de Resurrección. Pero el encuentro con Dios que se busca a través de la oración durante estos días no sólo tiene lugar en las iglesias, sino que también puede darse en contextos como los que he enumerado al comienzo. Yo, que he vivido la Semana Santa desde la acera y desde las filas, dentro y fuera del templo, antes, durante y después de la semana en sí, yo que la he visto con ojos de penitente, de niña con capa, de público incondicional, de telespectador fiel, he llegado a la conclusión de que son muy diversos y no excluyentes -más al contrario, de práctica conjunta deseable- los modos y maneras de participar en este catecismo en la calle que proponen las procesiones penitenciales. Para unos el rezo y la emoción llegan en esos momentos de retiro a los que invitan las cofradías de silencio o durante la visita a los monumentos que se instalan en los templos tras los oficios del Jueves Santo o en la oscuridad rota por el cirio pascual y las velas de los fieles en la vigilia del Sábado de Gloria; para otros, la emoción y el rezo acuden ante el balanceo del palio de la Virgen del barrio al son de la música. El padrenuestro perfectamente puede salir por la boca movido por el sonido solitario del paso arrastrao de los costaleros, por un solo de trompeta o por los aplausos del gentío tras una levantá. Ahora bien. No hay mecha prendida sin chispa que la encienda y sin la fe todo el folclore, la costumbre familiar, la tradición gastronómica, el componente estético, la visualidad se queda en una puesta en escena más o menos bella, pero cuya vivencia se convierte en algo totalmente opcional, en todo punto prescindible. Vivir la Semana Santa, usar el verbo “vivir” en el sentido de sentirla con sentimiento con toda la inmensidad de la palabra, implica un plus que sólo lo aporta si uno cree en la razón que la suscita, si uno se cree que Jesucristo padeció, murió y resucitó por nosotros. Desde esta fe es de donde uno reza donde quiera que sea y a partir de lo que sea que pasa -que es mucho- entre el Miércoles de Ceniza y Pascua Florida.

Si no se hace en los templos tanto como a los curas les gustaría, no es tema que a mí me competa tratar, como tampoco lo es lo referente a la creciente sevillanización de la Semana Santa accitana en detrimento de los rasgos idiosincrásicos granaínos y guadijeños y a la pérdida progresiva de costumbres locales. Al respecto de estos dos asuntos, vistos como problemas, como retos, como armas arrojadizas más de una vez, seguro que pueden disertar largo y tendido expertos en ambas materias, que haberlos, hay muchos y muy buenos. Yo les traigo impresiones, sensaciones que desbordan -ya lo siento- lo que estas setecientas palabras puedan llegar a transmitir. Sólo eso. Me presento hoy ante ustedes en calidad de semanasantera de a pie para hablarles de sentir, vivir la Semana Santa y en tanto a que experiencia íntima y personal nunca se agotarán las emociones que despierta en el corazón del cofrade, con el rezo a flor de piel, por lo que siempre habrá ocasión de escribir sobre ello, pregonar, cantar, contar, por mucho que ya se haya escrito, pregonado, cantado, contado.

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Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su número de 21 de marzo de 2016

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Tengo el placer de invitarle a recorrer algunas de las localizaciones de la novela ‘Sombras en la luz’, en las que procederé a la lectura de los pasajes correspondientes del libro.

El paseo literario tendrá lugar el próximo 29 de marzo, a partir de las 18:30 horas, y partiremos de la biblioteca municipal José Asenjo Sedano (Plaza de San Francisco, 4).

Durante el recorrido por estos enclaves de Guadix que sirven como escenario para la historia de Soledad, además habrá ocasión para intercambiar impresiones y plantear reflexiones sobre el texto.

Estaré encantada de contar con su presencia y participación.

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Guadix en Cuaresma. Ceniza en la frente. Acopio de bacalao en salazón. Ensayos de las cuadrillas de costaleros. Conciertos de agrupaciones musicales. Recibos de ésta, y de la otra, y de aquella otra hermandad. Reuniones en ésta, y en la otra, y en aquella otra casa de hermandad. Tardes más largas. Tapas de vigilia. Marchas procesionales en el radiocasete/ reproductor de cedés y similares (ahora también compartidas por Wassap). Viacrucis y rosarios. Invierno que agoniza, primavera que se intuye. Cultos cofrades. Carteles oficiales pegados con fixo en las puertas de comercios y farmacias. Movimiento en las iglesias. Capirotes de cartón o redecilla. Roscos fritos, pestiños, arroz con leche. Programas de mano con los itinerarios. Pregón, pregones. Tertulias semanasanteras en Twitter, en un bar. Planchado de túnicas. Potaje de garbanzos y espinacas. Talvinas/tarbinas, natillas, torrijas. Hato de estreno pal Viernes Santo. Tonos para móviles con solos de corneta. Últimos retoques de los trajes de camareras; puesta a punto de tejas y mantillas y pendientes. Pendientes del Cielo/cielo (con mayúsculas y con minúsculas). Y así Guadix recibe la Semana Santa. Así y con palmas, ramos, niños. Y con procesiones. Mañana, tarde, noche. Noches de luna, silencio, murmullos. Baile de palios, de lágrimas, de emociones. Emoción y rezo.

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Procesión de la Borriquilla (Domingo de Ramos 2016)

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