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Archive for the ‘Guadix en la retina’ Category

Aunque ya han pasado más de dos años desde mi segundo parto, aún mi cuerpo y mi mente se están adaptando a la nueva situación. Si, por un lado, engrandece comprobar en carne propia la capacidad de la mujer para dar vida, por otro te sientes chiquitica ante los mil y un retos que plantea criar y educar a los hijos, que vienen sin manual de instrucciones.

No es fácil, asimismo, aceptar que algo que estuvo dentro de una, al que físicamente se le dio tanto, tras nueve meses inicie su camino por su cuenta, con apoyos al principio, claro, pero ya al margen de ti. De hecho, hay madres que no lo logran asumir nunca.

Me hallo, pues, en la fase de asimilar cambios que la maternidad ha desencadenado en las distintas dimensiones que me definen. Ahora siento que soy más incisiva, peleo con más garra, discuto con menos reparos, dejo la vergüenza encerrada bajo llave sin problema alguno, en particular cuando se trata de hacer algo en beneficio de mis hijos. Tener que dar la cara por ellos me ha endurecido la piel. He hecho callo. Pero, por otra parte, ese instinto de supervivencia, muy animal, muy visceral, muy auténtico, que se convierte en tu espada y tu escudo cuando te haces madre, que te ayuda a salir airosa de atolladeros complicadísimos, por la misma razón de deber detectar la amenaza venga de donde venga, te obliga a afilar los sentidos y a mejorar tu facultad de interpretar lo que acontece: a ser más sensible, sensitiva, intuitiva. Parece contradictorio ser más dura, resistente y persistente y, a la vez, más perceptiva y receptiva, pero en realidad son habilidades complementarias. Lo noto en mí, pero identifico similares cualidades en madres de mí muy diferentes, con las que, sin embargo, comparto tan intensa vivencia, hasta el punto de que entiendo lo que dicen sin mediar con ellas palabra alguna. No hace falta que me expliquen con pelos y señales cuán fuerte retumba en sus adentros la onda expansiva que ha provocado este o aquel percance que incumba a su hijo. Esta complicidad que me une veladamente a mujeres que madres son, da igual de dónde provengan, el idioma que hablen o cuáles sean sus inquietudes, es algo difícil de explicar para quien no lo es, pero existe, y me he percatado de que mantener ejercitada esta capacidad para contar cosas sin abrir la boca, sin mandar un tuit, lima un talento imprescindible en nuestros días, como es ponerse en el lugar del otro.

 

Ahora también veo distinta a María, nuestra María, la Virgen María, madre de Dios, madre nuestra.

De la Virgen de las Angustias, nuestra patrona, tengo en casa estampas de tamaños diferentes, en primer plano y plano medio, algún que otro póster y fotos que amigos y familiares me envían cuando van a rezar a su basílica y, por supuesto, cuando Guadix entero se echa a la calle para acompañarla en el rosario de la aurora, en la semana de cultos en la Catedral, en la procesión por los barrios accitanos. No obstante, ahora, cuando las miro, en vez de soliviantar la nostalgia por mi condición de expatriada, encienden esa conexión entre madres a la que antes me he referido, de forma que en la bella escultura en la que Castillo Lastrucci representa a María con Jesús muerto en sus brazos, veo la angustia de la madre de cuya hija han abusado, o la de esa cuyo hijo de apenas 10 años han secuestrado para instruirlo como soldado, o la de esa otra que padece, como si se lo hicieran a ella, el acoso en redes sociales que su hijo, su hija recibe por tener una ideología, una creencia, unos gustos o una orientación sexual determinada, o la de la que afronta un día a día cuesta arriba por las necesidades especiales de su hija, su hijo, o la de aquella a cuyos hijos solo puede legarles una casa en escombros en un país en guerra, una larga travesía y un futuro incierto. Miro y veo en la Virgen de las Angustias la angustia de las madres que sobreviven a sus hijos, o que los tienen, pero perdidos en el laberinto de las adicciones o que saben que viven en algún lugar, pero sin la menor intención de tratar con ellas… la miro y veo en ella su angustia y la angustia de otras madres en tantas otras situaciones, cuyo desgarro puedo llegar a imaginarme con tan solo intercambiar una mirada.

Pero esta angustia, irremediablemente amplificada cuando media una relación carnal entre madre e hijo, no es lo único que es capaz de generar tan estrecho vínculo. Hablaba yo antes de la hermosa fortaleza que trae aparejada la maternidad y Castillo Lastrucci supo captar esto y expresarlo a la perfección en la imagen de nuestra patrona: más que una mujer, es una roca, la roca donde descansa su hijo muerto. Fuerte, firme. Las flaquezas no caben cuando cuerpo y alma, instinto y voluntad cimientan el amor de una madre por su hijo. Y de un hijo hacia su madre, para quien es la fuente de la que bebe, el motor que le impulsa, la mano que le levanta, la voz que le alienta en horas bajas, la vela que le ilumina en noches cerradas, quien le espera sin desesperarse, quien simplemente está, quien siempre está.

 

De lo sentido y vivido relacionado con la Virgen de las Angustias guardo recuerdos que recupero con gusto y cariño: que si el madrugón dominguero para el desfile, deliciosamente desordenado, del traslado orado de la imagen desde su templo hasta la Catedral, que si el órgano marcando con brío las notas de arranque del himno de la patrona o el murmullo hipnotizante de las letanías, que si, ya en la procesión, esas larguísimas filas de fieles, devoción que también se traduce en un cueterío que no conoce fin, en petalás, cánticos rocieros y canciones de tuna, en piropos, aplausos y lágrimas.

Pero no soy la misma y todo lo nuevo que viene y venga pasa y pasará, de manera inevitable, por el filtro de estos sentidos míos transformados por la maternidad. Así, ahora miro a la Virgen de las Angustias y veo a María, madre en la inmensa profundidad de la palabra.

 

Texto publicado en la revista editada por la Archicofradía de Nuestra Señora la Virgen de las Angustias de Guadix (2017)

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El último temporal ha dejado tras de sí una tupida alfombra de hojas, unas ramas, en consecuencia, tan tiritonas como quienes bajo ellas, más que pasear, pasan a paso marcial, y la inequívoca impresión de que estamos a nada del fundido a negro del solsticio de invierno. En Berlín noviembre es un mes vestido de viento y humedad y frío de los pies a la cabeza. Vacía las calles de gente y llena de enfermos las consultas médicas, hervideros de virus que uno va encadenando hasta bien avanzado marzo. Noviembre gasta hato largo y oscuro. Algún día suelto se arremanga y nos premia con luz solar directa que dura lo que un caramelo en la puerta de un colegio.

Anocheciendo| Berlín, otoño, 2017

Del colegio y de las guarderías salen por san Martín niños en procesión armados con farolillos de papeles de colores y ofrecen cierta resistencia a las tardes envueltas en noche, batalla que se continúa en las casas prendiendo velas casi con cualquier excusa.

Las noticias que me llegan de España son las de un otoño bañado de verano y lejano de aquel otro que nuestros abuelos recibían comiendo castañas y boniatos asados, echando las sayas gordas en las mesas camilla y poniendo a punto las pellizas. Aquellas circunstancias, como estas con las que el tiempo “bendice” a Berlín, invitan a replegarse, a atrincherarse bajo techo, ya sea en la casa de uno, en un café, en sus propios pensamientos. Esta hibernación, parcial o completa, según las necesidades sociales de cada cual, que arranca con la oscuridad otoñal de noviembre, nos facilita ocasiones para pisar el freno y pensar en aquello y en aquellos en los que, cuando tenemos que resolver tanto y tan rápido, no reparamos. La fiesta de Todos los Santos, que en España se celebra el primer día del mes y la de los fieles difuntos, el segundo, que en Alemania tiene lugar el domingo anterior al primero de Adviento, sirven como antídoto frente al olvido, auténtica muerte de los finados. El recuerdo de sus hábitos, de sus frases y sus silencios, sus habilidades y sus desatinos, sus malos o buenos prontos, sus manías y sus genialidades, sus buenos o malos gestos, traerlos a nuestro hoy y ahora con palabras, entre lágrimas y sonrisas, es ejercicio suficiente como para conjugarlos en un digno y merecido presente continuo.

La vida y la muerte… hechos tan indiscutibles y, sin embargo, interpretados y experimentados de manera tan diferente según el rincón del globo en el que se pazca. Así, aunque noviembre sea para alemanes y españoles el mes de referencia para honrar en comunidad la memoria de los difuntos, la forma de efectuarlo varía sensiblemente de una a otra latitud. No soy amiga de generalizaciones, por lo que me limitaré a comentar lo que veo que pasa en Berlín y a lo que alcanzo como accitana practicante. Por aquí, queridos paisanos, la muerte no es un tabú a nuestro estilo. Los cementerios están integrados en las ciudades. Cuesta distinguirlos de parques. Si no fuera por las lápidas parcamente ornamentadas que brotan del césped, se diría que son zonas arboladas de esparcimiento. Supongo que si en estos camposantos predominaran las paredes de nichos y hubiese ese horror vacui determinado por lo mucho que cuesta el metro cuadrado de tierra, como ocurre allí, otro gallo cantaría, otra campana doblaría. Sea como fuere, el hecho es que por aquí para el personal no es problema alguno que la ventana del dormitorio dé al patio de un cementerio o que la guardería de los críos esté pared con pared con un negocio de lápidas, como tampoco ir en vida a elegir el modelo de ataúd o la modalidad de exequias deseadas. Por “allí bajos” estas cosicas se llevan de otra manera. Si no para todos, para parte de los nuestros la muerte, mejor no mentarla mucho, porque trae mal fario, y que el cementerio esté a las afueras, aunque pille a desmano, no es cosa que provoque queja alguna, y que todo lo que tenga que ver con lo fúnebre, algo que objetivamente no tiene mayor importancia, subjetivamente sí y mucho. En lo dicho veréis reconocido a ese primo, a aquella vecina e incluso, aunque os/nos cueste afirmarlo, detectamos la presencia de lo supersticioso, de trazo ancestral, en nosotros mismos, por mucho siglo XXI que pisemos.

Aquí, por el 1 de noviembre, lo único que hay son disfraces de plasticucho por doquier, ya sea en supermercados, tiendas de juguetes, como en gasolineras, las radios queman “Thriller” de Maicol Yekson y las fiestas de cumpleaños celebradas en torno a la fecha lo son también de “Halloween”. Poca repercusión en el uso y costumbres locales tiene la conmemoración de la Reforma luterana, que comenzó hace 500 años el último día de octubre a unos pocos kilómetros de la capital germana, más allá de que este año, por ser el aniversario redondo, es festivo en toda Alemania. Todo lo inundan las calabazas de sonrisa siniestra, escobas, colmillos protuberantes y demás decoración jalogüiniana. Una de las pocas estampas discordantes con la estética que nos viene envasada al vacío desde Estados Unidos la aportan los mexicanos expatriados con sus altares de muertos. A Dios gracias.

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No hay tanto friolero junto como en España ni tanto friolero exagerao juntito como en Andalucía ni tanto friolero exagerao juntico al que le guste más quejarse como en Graná ni tanto friolero exagerao juntico al que le guste más quejarse y hacerlo, además, a sabiendas de que ante ello no moverá ni medio deo, como en la muy noble y leal ciudad de Guadix. Lo de que “hay que ver qué maretilla corre”, “si eso échate la rebeca por lo alto” y similares a poco que se baje de los veinte grados, es una cantinela que cansa una barbaridad, por mucho cariño que mis orejos expatriados quieran poner en la descodificación del mensaje plañidero recibido. En esta historia del frío, trending topic en el día a día del accitano raso, además de una flagrante falta de perspectiva por parte del denunciante, identifico, por un lado, un tanto de ombliguismo. “¡Jesús bendito, chiquilla! ¿Qué tendrá que ver la velocidad con el tocino?”, exclamará usted. Pues mucho, querida paisana, querido paisano. En vez de ser humilde y avenirse a lo que toque y, si hace frío, naturalmente abrigarse como Dios manda y, por qué no, descargar esa indignación en los constructores y exigirles dotar las casas de aislantes en condiciones, el guadijeño se agarra a la queja, porque, ¡claro!, es la meteorología la que debe ser grata con él y adaptarse a su conveniencia y no a la inversa, ¡qué disparate! Hasta nos vemos en posición de poner en un brete constante a medio santoral a santo del mal/buen tiempo. ¿Que mi sobrino se casa? ¿Que mi nieto hace la Comunión? ¿Que sale tal procesión? Pues a rezarle a tal o cual para que no llueva. ¿Que los acuíferos no dan más de sí? ¿Que peligran las cosechas? ¿Que se anuncian restricciones de agua? Pues a rezarle a tal o cual para que llueva.

Esta forma de proceder choca con la que gastan mis vecinos berlineses. Aquí no dejan de salir caigan chuzos de punta, sin punta o de cualquier manera. Se visten con más o menos capas de ropa, se echan un impermeable más o menos forrado, y listo Calixto. No por el hecho de que haga frío, airazo o nieve abortan lo de ir en bici o salir a correr, si eso era lo que estaba planeado. No digo yo que esta fijación por seguir el plan previsto, aun en tales circunstancias, sea lo sensato. Ni tanto ni tan calvo, pero lamentarse sistemáticamente del frío y no poner remedio inmediato y eficaz a ello desde luego que no tiene sentido alguno. O ¿sí lo tiene? Estoy empezando a pensar que quizás sí tenga “un” sentido.

Decía antes que en esta actitud mu de Guadix hay mucho de orgullo y prosigo ahora que, por otro lado, deja asomar algo que arrastra esa parte que menos nos gusta de nuestro pueblo: la pereza. Venga, que sí, que hay días del año en los que hace un frío del carajo y que, al menos en esas ocasiones, la queja tendría licencia. Pero acerquemos la lupa: la queja no escala. Fijémonos bien y comprobaremos cómo, pese a poner el grito en el cielo, seguimos con los tiritones y no buscamos una pelliza más abrigosa. Continuamos pajizos y helaícos vivos hasta que sale el sol, que incluso en invierno calienta, y ya se nos olvida que algo tendríamos que hacer para remediar el asunto. Se está tan agustico al sol, ¿verdad?, que… ¿de qué estábamos hablando? Pues eso.

Con el frío pasa como con otros tantos temas recurrentes de chachareo: el plan comarcal, la apertura de las minas o la puesta en valor del casco histórico de Guadix. Se habla, y mucho, se vierten quejas por arrobas y, después de una temporaílla en el candelero, adiós y mu buenas… hasta dentro de un tiempo, en que volverá a servir de muletilla en los discursos de unos y de objeto de crítica por parte de otros, hasta que unos y otros, cansados de rumiar y rumiar, acaben por dejarlo pa’ otro ratico. Y vuelta a empezar.

Nuestra Alcazaba está al borde de la ruina. No soy experta en la materia, pero es evidente que, para darla por restaurada, no basta con repellar por aquí, pintar ese roal de allá ni con quitar los yerbajos de la explanada interior. Lo bueno -por ver algo bueno en todo esto- del mal estado en el que está es que ha movido a muchos accitanos a salir de ese bucle de lamentaciones e iniciar diferentes acciones de concienciación y, por consiguiente, de presión a las autoridades. Que la Alcazaba quedase reducida a escombros en un futuro no muy lejano sería una clara metáfora de esa pereza que camina por las sombras de la Accitania para garantizar que no acaba pasando nada. Y por eso de que las fuerzas deben equilibrarse y a la tétrica pereza debe contrarrestarle una constructiva resistencia al olvido es por lo que sienta como agua de mayo cualquier iniciativa, como esas que se dejan oír, que reivindique tan perentoria intervención y cualquier noticia, como esas que se dejan leer, que hable de posibles vías de financiación para la rehabilitación.

Una ciudad que dice apostar por el turismo no puede permitirse no ya que uno de sus monumentos más significativos esté como está, sino tampoco que el entorno mismo en el que se halla luzca como luce, tónica decadente extensible a los demás barrios de un casco más que viejo, decrépito. Algo se podrá hacer para frenar el progresivo deterioro de su patrimonio.

Confío en que lo que agita las conciencias de tantos paisanos nuestros sea síntoma de que poco a poco se está cambiando. Lo deseo con todo mi corazón. Quiero creer que esto no tendrá el final de muchos relatos similares y que la imagen que me viene de un triste monolito arrumbado en un corralazo lleno de cascotes con la leyenda “Aquí estuvo la Alcazaba”, no es más que el retazo de un mal sueño, nunca el último estadio de un destino inevitable.

 

Vista de Guadix desde el barrio de las cuevas

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A riesgo de que me digáis “¡Que esto ya no es así!” o “¡Que esto no es así en to’s laos!”, me atrevo a incluir la verbena entre lo typical spanish. Que sí, que saraos bailongueros se registran en distintos puntos del planeta, distantes entre sí en kilómetros y en cuanto a hábitos y creencias, pero lo que encierra tal término obedece a usos y costumbres, formas de ser y maneras de vivir fácilmente identificables en quienes habitan eso que se viene llamando España. Me da un vértigo terrible asomarme a la ventana y no reconocer lo que se abre ahí, delante, pues soy consciente de que en estos siete años siete que llevo viviendo más allá de la marca pirenaica el reloj no se ha parado allí, como tampoco lo ha hecho en este Berlín que hoy piso, muy diferente del que me recibió, pese a que sigue rebosando de gruñones y malhumorados, algo que le es tan idiosincrásico como el “currywurst” (salchicha aliñada con kétchup y curry) o los trocitos de muro “de pega” de las tiendas de souvenir.

Que sí, que hemos cambiado. Que semos distintos queda claro apenas meta uno el hocico en las redes sociales y le eche un vistazo a los mensajes escritos en la lengua de Cervantes y que atañen a lo que se guisa en el caldero patrio. Además de por las inmisericordes faltas de ortografía y de lógica del discurso, se caracterizan por ir a la yugular del otro, enemigo por el mero hecho de discrepar. El muro de Facebook ha devenido en paredón y los gorjeos del pajarito tuitero, en fuego cruzado que acaba incluso con los que tan solo pasaban por ahí y salen mal parados a poco que trinen. Este panorama donde solo buenos y malos tienen cabida, aun siendo engendro añejo, sí que se ha impuesto en el debate público últimamente. Modernidad acuñada en viejos moldes.

Pues eso, “distintísimos” en tiempo y también en espacio. Pero, aun con todo y, a pesar de los esfuerzos de algunos por remarcar las diferencias entre regiones, provincias, comarcas y arrinconar lo que nos une, existen expresiones populares que continúan dándose en distintos lugares de nuestra geografía y que se refieren a eso mismo que corre por nuestras venas, hechas de una pasta que nada tiene que ver, por ejemplo, con la que usan aquí, a la ribera del Spree. Y, a este respecto, hay cosas que no varían sustancialmente de una ciudad española a otra. Que niños y ancianos, bailongos y patosos, cantarines y desafinados natos bailoteen y canturreen por igual “La zarzamora”, “Corazón salvaje” o “Black is black” ante familiares, vecinos y amigos, habla sobre esa polivalencia tan nuestra. Aunque no ejecutemos con precisión los pasos de una coreografía, salimos airosos del brete. Servimos pa’ un roto y un descosío, en este y otros contextos, versatilidad que nos parece natural, pero no lo es: no la traen de fábrica en otras latitudes. En Berlín es normal que quien tiene inclinación por el baile, no dude en gastarse un dinerito en academias para impresionar a la concurrencia cuando pone un pie en la pista. No dejan nada en manos de la improvisación. Pero nosotros, cada cual con el talento que Dios nos ha dado, sin pudor alguno nos lanzamos a coger de la cintura a quien sea que esté dispuesto a formar la conga de Jalisco, las hileras del “sirtaki” de Zorba el Griego o seguir el cha-ca-chá del tren, cuando suenan estas canciones en la verbena. ¿Que no nos sabemos la letra? Pues movemos la boca y con desparpajo la adaptamos a algo que suene similar. Esto que, en mentalidades cocidas bajo otros soles, es inconcebible, nosotros lo hacemos sin más. Lo importante es echar un ratico bueno, que el conjunto musical interprete un repertorio variadito -adorable concepto el del “popurrí”, tan delicioso como el de la “pachanga”- y que los presentes se muestren contentos y relajados como para que nos sintamos animados a participar.

Un bodorrio sin verbena que cierre no da las nupcias por oficiadas. No hay fiesta de barrio o pueblo sin su escenario para, al menos, un casio y un cantante todoterreno que lo mismo entona “Maldito duende” de Héroes del Silencio que “Yellow submarine” de los Beatles. A los que se empeñan en lo que distingue a un murciano de un gallego, les digo que siempre nos quedarán los edificios de los años 60 de ladrillo visto, la caña de cerveza fresquita y, ¡cómo no!, la verbena, para echar por tierra sus maximalismos.

Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su edición de septiembre de 2017

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¿Que qué es el Cascamorras? Es color -¡sin duda!-: ocres, almagre, azul, verde. Mientras observo a unas muchachas pintarrajeadas de colorines a apenas dos metros de mí, me salta, inevitablemente, la imagen de la marabunta multicolor cascamorrera. ¡No tengo remedio! y, pese a los miles de kilómetros que me separan de mi tierra, viven esperando la oportunidad de ser sacados a colación escenas, sonidos, texturas, sabores y olores que guardo de Guadix y aprovechan para ello casi cualquier excusa. Bueno, en este caso la evocación viene bastante a cuento, porque las chavalas van vestidas de guisa parecida a como uno queda tras la carrera del 9 de septiembre; y preciso del día 9 porque la indumentaria de mis compañeras de vagón es más como esa con la que se desfila por las calles accitanas, que a como se hace en Baza el día 6, cuando el negro cobra un protagonismo indiscutible sobre cualquier matiz colorista.

Ropas, las de las chicas, empercudías de pinturas y, además, empapadas, a lo que ha contribuido el chaparrón monumental que está cayendo desde hace un buen rato. Imposible no mojarse, por mucho paraguas, mucha katiuska, mucho transporte que coja uno. ¡Ay! Complicada pareja la que forman verano y Berlín. Pese a que tienen días buenos, es una relación tormentosa, y de tormentas vamos bien servidos este año…

Heme, pues, compartiendo trayecto de tren con estas dos… no, ¡espera!, me acabo de dar cuenta de que lo hago con una decena de personas manchadas de pigmentos diversos. Y sí, el golpe de vista me lleva a donde me lleva, al Cascamorras, pero las sensaciones no escalan posiciones hasta alcanzar los sentimientos que hacen latir el corazón cascamorrero. En apariencia, lo que veo aquí puede ser similar a lo de allí, sin embargo, en esencia obedecen a realidades distintas. Esto me reafirma en la idea de que el Cascamorras es color, pero no solo, y si en un futuro se redujera al caparazón visual, su identidad se diluiría y pasaría a ser otra manifestación cultural colorida más, sí, otra más sin más, en un nicho de mercado ya muy saturado, por lo que tendría complicado hacerse hueco. Entraría a competir, por ejemplo, con la Tomatina de Buñol o la traducción desacralizada que Occidente ha hecho de la fiesta religiosa hindú Holi. Precisamente, y según leo cuando llego a casa, esos con quienes he coincidido en el tren venían de un festival de música electrónica que ha incorporado el baño cromático de los rituales de Holi como una actividad más, por supuesto desposeído de su sentido religioso. Pero, insisto, el Cascamorras no juega en esa liga. Queridas cascamorreras, queridos cascamorreros. Para nuestra tranquilidad, el Cascamorras es mucho más que color.

La fiesta sigue una traza singular y genuina y lleva la marca indeleble de la tierra que la alumbró. Por cada aspecto que la define derrama idiosincrasia, lo cual imposibilita cualquier equiparación más allá de la anécdota estética. Este sabor propio es el que despierta interés y por el que continuará habiendo adhesiones.

Como bien sabéis, es algo autóctono de Guadix y de Baza. Sin este contexto, la fiesta será lo que se quiera, pero no el Cascamorras. Fue un albañil accitano el que, según se viene contando, encontró en la Baza recién recristianizada la imagen de una Virgen y, ante el celo de pertenencia que despertó la talla mariana en ambas poblaciones, se resolvió que Guadix mandara un emisario a Baza y, si este lograba llegar al templo de la Merced sin mancha, podría llevársela, lo cual no ha ocurrido en el más de medio milenio que ha transcurrido desde entonces.

José Antonio Escudero, durante su presentación como Cascamorras 2015

El Cascamorras necesita a Guadix y a Baza no ya por cómo comenzó todo, sino por el significado que adquiere en la actualidad, de ser la fiesta en la que se refrenda la buena vecindad de ambas ciudades: no hay ganadores ni perdedores ni espacio para la violencia o la rivalidad. Que, año tras año, Guadix mande su mensajero de colorines y que lo haga con ilusión y ganas, muestra una voluntad por perpetuar el ritual: gentes de todas las edades acompañan al Cascamorras en Baza para mancharlo y que no consiga así su propósito, y en Guadix se le pinta como “reproche” por no haberlo logrado y como aviso para que lo intente la siguiente vez, pero todo desde el cariño a un personaje que es símbolo de hermanamiento entre ambos pueblos. Que la fiesta haya evolucionado en la sana dirección en la que lo ha hecho le otorga un valor añadido muy importante y una fuerza grandísima, la que le viene por los siglos que acumula y por haberse agarrado al noble principio de sustituir la gresca del litigio originario por una ocasión para el encuentro y el disfrute. Planteamiento que bien podríamos extrapolar a casi cualquier situación y dimensión de nuestro día a día.

Desfile del Cascamorras infantil. Guadix, 2015

Para Guadix, que podría considerarse como el bando que sale perdiendo, no conseguir el objetivo no se interpreta como una derrota: el Cascamorras nunca fracasa, pues nunca se da por vencido -lección tampoco menor- y en el intento se persiste.

El Cascamorras tiene demasiado que ver con Baza y Guadix, Guadix y Baza, como para obviar este pequeño gran detalle. En lo que se siente durante las carreras del 6 y el 9 de septiembre el paisaje y el clima tienen, asimismo, mucho que decir. Por los cerros de las Arrodeas emprende el descenso a Baza la comitiva cascamorrera y desde una cueva de la Estación arranca el desfile en Guadix. Ambas localidades están cercadas por montañas, recorridas por ramblas y salpicadas de cerros que la lluvia, el viento y el tiempo modelan a su antojo y que, no obstante, dan permiso a alameas y huertas que crecen bajo un sol que señorea un cielo azul casi a diario. La fiesta hunde sus raíces en una tierra muy concreta, que en Guadix hasta determina los colores de las pinturas: amarillo -sol-, ocres y almagre -cerro de arcilla-, azul -cielo-, verde -vega-. La misma historia cascamorrera empieza en el subsuelo bastetano, donde se hallaba oculta la imagen de la Piedad cuando el accitano Juan Pedernal dio con ella. Solo, por tanto, el Cascamorras puede ser celebrado y vivido en ambos sitios y, por ende, es difícilmente “franquiciable”, si bien, por otro lado, es muy fácilmente vendible, si se hace promocionando la fiesta desde su esencia, considerando todos sus aspectos: el color, ¡claro!, de las atípicas “mejores galas” del “traje de faena”, pero también la misma liturgia que se sigue durante las carreras -no se pringa uno de cualquier manera ni hace lo que quiera cuando le venga en gana-. Qué decir del poso legendario, el valor antropológico, el sentimiento religioso en torno a la Virgen de la Piedad, la impronta local en su puesta en escena, el atractivo magnetismo del entorno natural, el ambiente festivo y distendido que invita a la participación de gentes de todo tipo y procedencia.

Multitud cascamorrera llegando a la iglesia de San Miguel, Guadix (2009)

 

La fiesta del Cascamorras no necesita prescindir de nada de lo que es para pescar nuevas voluntades. Es más. Cautiva por lo que es en su totalidad, por todo lo que significa dentro de unas coordenadas concretas. Hemos de persuadir desde las peculiaridades que la singularizan. Es tan auténtica que, en cuanto los nuevos corredores la vivan in situ, se convertirán, irremediablemente, en cascamorreros convencidos.

 

Desfile del Cascamorras infantil. Guadix. 2015

 

Artículo publicado en el cuadernillo anual que edita la Hermandad accitana de la Virgen de la Piedad

(agosto 2017)

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Algo pasa. Vacía se ha quedado la placeta. Sin dueñas, unas sillas de anea puestas en corro. Hasta hace una chispa las ocupaban unas mujeres que andaban remendando ropas que se apilan en un par de canastos de mimbre. Han ido detrás de sus hijos, que han salido corriendo cañá abajo llevados por el griterío. Algo, alguien sube. “¡Que viene, que viene!”, jalea uno. “¡Un coche!”, añade otra. “¡Son los parientes de fulanica!”, concluye un tercero cuando el vehículo está ya a pocos metros. Se siguen sumando vecinos. ¡Menudo revuelo!, proporcional al terreguerío que va levantando el coche, un seiscientos amarillo, color que se intuye bajo el manto pardusco de polvo que lo envuelve. Avanza despacio, de la de gente arremolinada. El conductor, con cientos de kilómetros al volante, desea aparcar de una vez por todas delante de la cueva de sus primos, con quienes pasará, junto a su mujer, las vacaciones de verano. Y confía en que el desenlace se resuelva más pronto que tarde. Tarda, pero lo logra. Alcanzada la meta y, apenas saludados los anfitriones, los recién llegados deciden inmortalizar el momento y sacan rápidamente del equipaje una cámara, su flamante adquisición, para hacerse una foto con los visitados. Y hay quien, previendo que, como con ellos guarda cierto parentesco, tal vez se ofrezcan a retratarla a ella y a los demás que con ella están, deja a su niño entretenío con los otros chiquillos y entra en su cueva como una exhalación, se cambia de delantal, se empolva un poco, se pinta los labios y regresa de inmediato a la placeta. Que no se puede salir de cualquier manera… no, ¡ni hablar!

La llegada de los emigrantes en verano suscitaba siempre interés en el vecindario (Inicios de los 70)

 

Entonces, cuando se tomó la foto de la emigrante y su prima junto al seiscientos, cuando se tomaron fotos como estas de las mujeres zurciendo o la de los músicos de la rondalla del Teleclub, las cuales comparto contigo, no había segundas oportunidades. La gente no tenía réflex digitales ni smartphones ni tablets para hacer cuantas tomas fuesen precisas hasta dar con la instantánea perfecta, tal y como hoy sucede. Se hacían y así quedaban. Por eso, mejor era ir medio-presentables. Por eso, mejor, no menearse durante el proceso: todos, bien puestecicos, bien quietos, como si estuvieran no delante de una cámara, sino de un pintor.

 

Rondalla del Teleclub Nuestra Señora de Gracia (Finales de los 60)

 

Tampoco miramos al objetivo como miraban entonces sobre todo los más mayores, con una mezcla de respeto y recelo ante una “modernura” impropia de su día a día, algo totalmente excepcional en el sentido de ser una absoluta rareza, porque pocas eran y porque eran hechas por unos pocos, ya fuesen fotógrafos profesionales o contados afortunados con posibilidades de costearse una cámara. Posaban con igual solemnidad, ya estuvieran recién levantados de la siesta o vestidos de Viernes Santo. Ahora sobreactuamos sin tregua; vemos demasiado por demasiadas vías con demasiada continuidad. Incluso en las poses “forzadas” de entonces hay más naturalidad que en cualquier instantánea actual hecha sin previo aviso.

 

Se hacía mucha vida con los vecinos (Inicios de los 60)

 

Sí, las cosas han cambiado. Como sí ocurría cuando se tomó la foto de la visita de los emigrantes, los coches no son ahora ajenos a las calles de las Cuevas de Gracia y de Fátima. Tampoco sus viviendas son como las de antes: las de ahora aprovechan las ventajas de insonorización y aislamiento térmico de aquellas, pero incorporan comodidades de las que pueda tener cualquier casa en cualquier otra zona de Guadix. Así, si bien las barriadas de cuevas tuvieron su origen en la adaptación del hombre al medio, actualmente son ejemplo de la adaptación del medio a las necesidades humanas, hasta el punto de que algunas se han habilitado como alojamientos turísticos. ¡Y qué alojamientos!

Volvamos a estas fotos, fotos que invitan a viajar en el tiempo y recrear vivencias, fotos que sugieren escenas como la que me ha servido de introducción. En concreto la que he usado para arrancar el relato refleja una realidad, la de la emigración, que afectó severamente a Guadix, pero en particular a estos barrios, que sufrieron una durísima posguerra rica en hambres, generosa en enfermedades, panorama ante el que muchas familias se vieron abocadas a labrarse fuera su porvenir. Pero ya residiesen en Cataluña, Madrid, Francia, Suiza, las visitas al pueblo eran ineludibles: ser de las Cuevas lo convertía en un deber. No es asunto menor venir al mundo en una cueva. Figúrate lo que debe ser salir de un vientre y que te acoja otro, las entrañas de la tierra. Imagínate dar el primer grito, tomar la primera bocanada de aire, llevarte el primer susto al abrigo de la arcilla. Eso deja huella. Estoy convencida de que este factor influye en el apego especial de los vecinos de las Cuevas por su barrio, sobre todo los que ya tienen una edad como para haber nacido al calor del cerro y no en la cama de un hospital. Lo noto en la rama de mi familia que allí nació y se crio y en la efusividad con la que se saludan con aquellos con los que convivieron, ya continúen en Guadix o hayan hecho fuera su vida: hermanos de barrio, unidos a la tierra que los alumbró.

Escucha, si no, con qué concreción repasan nombres y motes de gentes que vivían en esta cueva, en esa placeta, en aquella cañá, y las anécdotas personalizadas con las que acompañan la enumeración. Para mí esto tiene un plus de dificultad, por la homogeneidad del paisaje en toda la zona. Al menos, para quien no es de allí, todos los caminos resultan parecidos. Vamos, sin duda que me perdería si me sacasen de las calles principales. Me llama mucho la atención que incluso quienes no han pisado su barrio en años, pueden trazar con tino un itinerario por cerros y familias que los habitaban.

Que te cuenten, ¡sí!, los “desafíos” de fútbol que echaban los críos de aquellas cuevas en blanco y negro contra los de otros barrios en las eras terrizas, que de la emoción con la que los reviven casi te figuras se trataba de auténticos Madrid-Barça. Que te expliquen esos mismos niños de entonces cómo disfrutaban fabricando con sencillos materiales cometas que hacían volar desde los altos de los cerros: bastaba con pelar con navajas cañas de escobas desechadas hasta dejarlas finas para hacer la estructura y pegarle con gacheta papel de seda del que sus madres tenían en casa para los patrones, a las que también les “tomaban prestados” trapos viejos, que servían de cola.

Comprueba cómo se les ilumina el rostro cuando recuerdan las excursiones a la playa de Almería promovidas por el que fue párroco -y consejero familiar y dinamizador zonal y amigo en momentos duros y…- de la Ermita Nueva en las Cuevas de Gracia don Rafael Varón, cuando el veraneo era un lujo inaccesible. Bueno, en general, cuando se acuerdan de cualquier actividad -las funciones de teatro, los talleres, la rondalla…- de las impulsadas desde el Teleclub, asociación parroquial que don Rafael creó para que los jóvenes tuvieran opciones de ocio a su alcance, o las otras muchas para todas las edades que puso en marcha durante los 37 años que estuvo allí de cura (1951-1988). Acércate a las procesiones de las patronas de ambas barriadas de cuevas, la Virgen de Gracia y la de Fátima, respectivamente, y palpa el fervor con el que las acompañan. La identidad de barrio, esa voluntad de identificarse con un grupo humano con el que se comparte mucho más que mera vecindad, aún perdura aquí, mientras que, en otros barrios accitanos, de tradicional peso e idiosincrasia, está más diluida. El tirón de la tierra “tierra” tiene mucho que ver en esto.

De alguna forma este magnetismo está presente en el carácter del accitano y lo ejerce el lugar en el que se mueve. La comarca de Guadix está cercada por montañas, recorrida por ramblas y salpicada de cerros que la lluvia, el viento y el tiempo modelan a su antojo y que, no obstante, dan permiso a alameas y huertas regadas con el agua que corre subterránea. Puro contraste que cala también en el ánimo. El paisaje determina las maneras del paisanaje, que tan solo puede elegir pasión o desafecto por su comarca, por su pueblo, por su barrio. Atrae o repele. Y punto.

Las tradiciones accitanas llevan la marca de la tierra. Ocres y almagres predominan en la marea multicolor que acompaña al Cascamorras en su desfile del 9 de septiembre. Por ramblas, entre cerros y cárcavas avanza el peregrino rumbo a la ermita de Face Retama, donde dieron muerte al patrón San Torcuato. Bebemos en botijos y vasos, cocinamos en cazuelas y comemos en platos y fuentes hechos de arcilla por nuestros alfareros, de cuyos tornos salen también maceteros, murales cerámicos y azulejos que decoran nuestras casas.

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Tierra que acoge en su seno una vega fértil que produce hortalizas y frutas para ser comidas cuando toca, lo cual suena a perogrullada, pero con el servicio 365 días al año que prestan los invernaderos, esto se convierte en indicador de calidad. Huerta que innova, pero que mantiene acequias pretéritas; ¿por qué dejar de lado lo que funciona? Huerta con su fauna y su flora, huerta que mancha de verde la roja palidez de la tierra, que la pone en valor, ofreciendo ese contrapunto que se replica, en otros tonos e intensidades, en otras partes de la comarca, de la que es su distintivo y que se brinda como reclamo para el turismo.

De la tierra, de este “dónde” reconocible hablan las fotos que hoy nos ocupan, pero también de un “cuándo” cuyas costumbres no encuentran acomodo en el presente. Eran aquellos otros tiempos y no solo lo dice el peculiar posado de los fotografiados o la excepcionalidad con la que se tomaban fotos, sino sobre todo porque retratan hábitos extinguidos o en extinción. ¿En cuántas imágenes de ahora, de las que guardas en tu móvil, apareces junto al vecino? ¿Cuántas tienes de tus hijos jugando en la calle donde vivís? ¿Una modesta merendola a la vera de un riachuelo merece comentario en el muro de Facebook? Todo es muy distinto al entonces sobre el que estas fotos cuentan historias, en especial, todo lo que se refiere a las relaciones sociales. Los hábitos mostrados se derivaban de unas necesidades materiales muy concretas. Así, cuando tenías que compartir el agua del pozo con quien vivía en el mismo cerro, pues mejor llevarse bien que estar a tortas y si, para evitar quebrantaeros de cabeza adicionales a los muchos que ya traía la rutina consigo, había que convidar al vecino a sangría y papas asás en verano y a una palomica con un dulzajo en Navidades, pues se hacía y sanseacabó. Hoy no nos vemos abocados al hermanamiento en las distancias cortas ni a la preferencia de trato con aquellos a quienes nos unen lazos de sangre. Tampoco a mirar al máximo por lo que se tiene, a sacarle el mayor partido posible a las cosas, como sí les pasaba a los protagonistas de estas fotos de viejos álbumes: ¿qué era, si no, el zurcido de prendas o el reaprovechamiento del agua de haberse aseado o de haber lavado la ropa, para fregar los suelos de la cueva o de la placeta?

Zurcido y lavado, labores cotidianas en comunidad (Mediados de los 60)

 

Fotos, todas estas, que encierran tramas, que engarzan argumentos, tantos como estemos dispuestos a leer en ellas. Te emplazo, por tanto, a ver más allá de la estampa pintoresca de las cuevas, de una belleza visual innegable, con esas chimeneas y fachadas encaladas en cerros pardos. Venga, anímate y mira a quienes te observan desde el papel fotográfico. Te verás metido en una conversación que, ya te advierto, irá para largo.

 

 

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Curioso cómo las palabras cambian ligeramente de sentido y significado en función del momento histórico en el que se usen y de quien o quienes las empleen. Hay dos que abarrotan discursos de rabiosa actualidad y son “pueblo” y “gente”. Pues bien, hubo un tiempo, no muy lejano, en el que el “pueblo” y la “gente” no se ponía verde por Twitter, sino en las esquinas de las plazoletas, los talleres de modistillas, las barras de las tabernas y, por supuesto, en los antaño muros de Facebook que eran los corrillos de sillas de anea ante las puertas de las casas, ocasión perfecta, asimismo, para enseñar los retratos de los críos o el refajo recién bordado. De los años a los que me refiero era raro que una pareja no echase un baile en la verbena de las fiestas del barrio o del pueblo, meeting point de niños, jóvenes y ancianos, y aquella gente tenía por muy suyos pasacalles, pavanas, valses, fandanguillos, mazurcas, pasodobles, piezas muchas incluidas en zarzuelas, por cierto, y cuyos estribillos más pegadizos la gente, el pueblo canturreaba, silbaba camino de los lavaderos, del mercado de ganado, mientras guisaban, remendaban, trabajaban la tierra. Eran tan, tan del pueblo que tampoco era extraño ver grupos de muchachos que, con guitarras, bandurrias y laúdes, iban aquí y allá de serenata tocándolas, cantándolas. Estando, pues, todas estas manifestaciones tan unidas a la vida de la gente, del pueblo, son hoy día, sin embargo, denostadas por muchos de esos a los que se les llena la boca de tanto “pueblo” y tanta “gente” y, ¡claro!, ya no tienen hueco para el pueblo y la gente de hace unos años. Lo que proceda del “pueblo” y la “gente” de ahora es cool; lo de antes, propio de pueblerinos en lo que no interesa ahondar. Creo que más por desconocimiento y pereza de querer saber que por cualquier otra razón, se le ha colgado el sambenito de viejo, rancio, ñoño, caduco y casposo a una parte de la historia musical de nuestro país que, por supuesto, no les quepa la menor duda que, de haber sido composiciones paridas bajo otros soles, tendrían un reconocimiento muy distinto. Pero los españoles semos así. No hace falta que venga nadie de fuera a ponernos zancadillas, que ya nosotros mismos nos encargamos de fustigarnos y avergonzarnos y darnos de garrotazos hasta en el carné de identidad. La identidad… esa eterna asignatura pendiente.

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Pero hoy no acudo al encuentro con ustedes para hablar sobre este asunto mayúsculo, sino de otro menor pero que tiene también su importancia y es la tremenda injusticia que cometemos al minusvalorar la música popular española. Me referiré solo a lo creado y versionado en los dos últimos siglos. Habría composiciones dignas y otras no tanto, pero todas, ¡hala!, se han metido en el mismo saco de un costumbrismo que no sirve ni como madera de hoguera, según los cánones actuales. No se da ni siquiera la oportunidad de echar la vista atrás y evaluar qué puede ser rescatado. No, no vale. Es viejo, rancio, ñoño, caduco, casposo y punto. Cambiar la visión sobre algo que está tan asentado es difícil y se convierte en sumamente complicado cuando el matiz es negativo, pero no es tarea imposible y creo que en Guadix podemos poner nuestro granito de arena y hacer por revertir esta tendencia tan perniciosa por lo que tiene de excluyente, al impedir el conocimiento, estudio y puesta en valor de una dimensión más de las muchas que definen una época. Y lo digo porque en Guadix y comarca ha habido bastante tradición rondallera. La reivindicación no debería quedarse en pedir que el Museo de la Ciudad en el que se está trabajando cuente con una sección dedicada al patrimonio musical accitano y, como parte de él, las agrupaciones de pulso y púa, que han sido muchas, sino en ver la manera de apoyar los grupos que siguen en activo e intentar revitalizar y captar a nuevos interesados, por ejemplo, organizando certámenes de rondallas, incluyendo la actuación de alguna orquesta de pulso y púa en la Guadix Clásica u ofertando, ¿por qué no?, cursos en los que el estudio musical se aplique a la interpretación de piezas para guitarra, bandurria y laúd. Seguro que los especialistas en la materia podrán aportar muchas más ideas al respecto que lo que se me ha ocurrido en este ratito durante el que esto escribo. Como todo, es cuestión de voluntad, de sentarse y de proponer esto y aquello. Merece la pena recuperar parte de nuestra historia y si, con ello, contribuimos a derribar prejuicios, batalla a la que uno debe estar siempre dispuesto, pues mejor que mejor.

Para, si no acabar con erróneos apriorismos, sí al menos empezar a desmontarlos, no hay remedio más certero que enfrentarse a ellos. Invito en especial a quienes, por imperativo categórico, tienen grabado a fuego que todo esto suena a viejo, ñoño, rancio, caduco, casposo, a escuchar la pavana de La mesonera de Tordesillas, de Torroba. En YouTube hay muchos vídeos de rondallas y orquestas interpretándola. Que elijan el que quieran. Y, si después, continúan pensando lo mismo, en serio tendrían que hacérselo ver o revisarse la cera de los oídos, porque, independientemente del gusto musical de cada cual, esta pieza desarma cualquier descalificación basada en generalizaciones vacuas.

 

Publicado en la revista Nieve y Cieno en su edición anual de 2017

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