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Archive for the ‘Historias de Berlín’ Category

Quince (II)

No puedo dejar de pensar en él. He probado a no mirarle, a no cruzarme en su camino, a no nombrarle. También lo contrario. A perseguirle y hacerme la encontradiza, a buscar la amistad de sus colegas, a entusiasmarme con sus aficiones. Nada funciona.

No es guapo ni simpático ni de buenas notas. Sin embargo, no me lo quito de la cabeza. No llegan a quince los minutos sumados de todas nuestras conversaciones -y somos compañeros desde hace años-, pero cada frase, cada silencio, cada gesto suyo durante esos quince minutos cara a cara se me reproducen a cada instante una y otra vez.

¿Cómo era yo cuando él no estaba en mi vida? ¿En qué pensaba? ¿Qué hacía? En la estantería de mi cuarto hay libros, muchos, de dinosaurios, hadas, unicornios los más viejos. Quiero recordar que los leía y me gustaban. Qué más… Siguen bajo la cama las cajas de piezas de construcciones. Levantaba torres altas. Tengo una foto en el corcho en la que aparezco junto a una pila de bloques tan grande como yo.

A ver, qué más tengo… Ropa. En el armario tengo mucha ropa. También disfraces. Antiguos, de cuando cría, y de no hace mucho, con purpurinas, lentejuelas, tules. Solía disfrazarme. Ahora no. Es algo tonto disfrazarse. Quizás debería donarlos, si es que no me los voy a poner. Yo qué sé. Solo sé que él no sale de mi cabeza. Qué sé yo qué me está pasando, qué me está haciendo… ¿Qué hora será ya?

No soporto a Martin. Ahí está, con su corte de lameculos. No sé cómo le ríen las gracias. ¡Si es estúpido, presumido, mentiroso, y mucho! Pero ahí están. Patéticos… Él no. Tal vez por eso lo admiro. Bueno, no solo por esto, pero por esto también, porque no le baila el agua al imbécil de Martin. ¿Por qué me miras, eh? Podría potarte ahora mismo en tus morros. Eso tendría que hacer tu camarilla. Potarte en tu cara de mocoso. Pero no, ellos te adoran.

Es tarde. ¿Y el autobús?

¿Cómo? ¿Cómo te atreves a nombrar ahora a Emil? ¿Cómo te pones su nombre en tu boca? Sophie me sonríe. Boba, pero linda. Sophie susurra a su manera, que es dando voces, que…  Podrías disimular mejor, Sophie, pienso y le respondo abriendo mucho los ojos, mis ojos, como faros de alarma. Martin se ha dado cuenta de que os tiene de público. ¡Martin, que no te aguanto! ¿Y si cojo el andador del viejo ese y te arrollo con él? Un par de pasadas serían suficientes para acabar con esa risa tuya de idiota. Ensucias todo lo que piensas, lo que tocas, lo que nombras. Emil…

¡Tardísimo! Y media… ¡Y cuánta gente! ¡Mierda de autobús, mierda de gente, mierda de todo! Antes de Emil todo tuvo que ser distinto.

Sí, sí que lo era…

La medalla. Colgada de una esquina del corcho está la medalla que gané patinando en mi primer invierno en el colegio. Eso fue antes de Emil… Me regalaron dos entradas para el cine. Fui con Sophie a ver… ¡sí, aquella película! Tenía el vestido de aquella princesa y estuches, sábanas, de todo con ella. Quiero tirar la medalla, pero mamá insiste en que no estorba, aunque en realidad, sí, porque se está cayendo continuamente. Hasta tiene los bordes descascarillados de tanta caída…

También quiero bajar al contenedor el lienzo que manché -papá dice que “pinté”- en el jardín de infancia. “¡Pero si es un cuadro muy bonito, Lisa!”, comenta siempre que propongo deshacerme de él. Solo veo las huellas de unos dedos churretosos. Un cuadro, dice…

Un cuadro, por cierto, tengo que pintar para el proyecto de plástica. ¿Y qué mancho? ¿Otro árbol de dedos?

Un árbol no. ¡Muchos! Será un bosque, un bosque en otoño… Con la palma de la mano estamparé troncos; con los dedos, ramas; con la punta, hojas. Muchas. Usaré colores. Tantos como encuentre. Habrá lluvia. Hará viento. Saldrá el sol. Llegará…

“¡Viene!”, avisa Sophie. Sí, viene el bus. Puf, menos cuarto. ¿Quince? ¡Sí, quince minutos sin pensar en él! Quince justos, como quince son nuestros minutos conversados. ¡Qué coincidencia! “Quince”, digo. Sophie lo escucha. No lo entiende, pero sonríe. ¡Qué boba, qué linda es! Quince. Es una señal, ¡sí! No es mucho, pero es algo. Es el inicio de algo.

 

 

Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su edición de diciembre de 2018

*Relato derivado de lo que me pasó no hace mucho en una parada de autobús. Puede leerlo aquí

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No puedo dejar de pensar en él. He probado a no mirarle, a no cruzarme en su camino, a no nombrarle. También lo contrario. A perseguirle y hacerme la encontradiza, a buscar la amistad de sus colegas, a entusiasmarme con sus aficiones. Nada funciona.

No es guapo ni simpático ni de buenas notas. Sin embargo, no me lo quito de la cabeza. No llegan a quince los minutos sumados de todas nuestras conversaciones -y somos compañeros desde hace años-, pero cada frase, cada silencio, cada gesto suyo durante esos quince minutos cara a cara se me reproducen a cada instante una y otra vez.

Este par de párrafos me vienen susurrados de la escena de la que he sido testigo hace poco. Lo bueno de cuando el urbano se retrasa es que, en ocasiones, en especial cuando se acumula en la parada de autobús un número considerable de viajeros, se tiene el privilegio de tomar parte en dramas dignos del escenario más exigente. El tono y complejidad de la trama varían en función de la materia prima congregada y de los factores que tensen la intriga.

Pues bien. Además de abueletes con andadores, mamás con carricoches, señoras con cestitas, unos cuantos fumadores separados entre sí y del resto y otros tantos que podrían clasificarnos como “otros tantos”, sin más aquel, había entonces adolescentes enmochilados. Algunos se arremolinaban en torno a uno que destacaba por ser el más alto y tener una voz grave que contrastaba con su cara de crío, herencia de una infancia aún cercana. Los que con él estaban eran claramente coro y reían y hablaban sin pisar los compases del solista. A poca distancia un grupo de chicas y chicos tenían la parabólica apuntando al satélite anterior: sus comentarios, escasos y espaciados, se referían a los otros. Fuera de órbita, sentada en el banco bajo la marquesina, había una niña. Bueno, tenía cuerpo de niña. La expresión del rostro, sus movimientos eran, sin embargo, propios de alguien con mucho vivido. Miraba hacia acá, hacia allá sin ningún afán. De los de la parabólica recibía alguna pregunta. Quedaba sin responder. Como mucho, movía la cabeza de abajo a arriba -y de arriba a abajo- o de derecha a izquierda -e izquierda a derecha-. Miraba el reloj. Dudo que se acordase después de la hora, de ahí que lo tuviera que consultar varias veces. Miraba a los de los andadores, pero no creo que más tarde lograse recordar detalle alguno, ni siquiera el más sobresaliente, de quienes los empujaban. Miraba, pero quién sabe qué veía. Miraba en dirección al larguirucho, pero no a él. Tampoco de continuo. Cuando lo hacía, apretaba las manos, que tenía agarrando los bordes del asiento, con más y más fuerza. No era por odio ni envidia ni rabia ni furia ni miedo ni celos. Reunía esa pena, esa decepción, esa impotencia, esa soledad, ese desarraigo de quienes sufren mal de amores. “Fünfzehn” (quince), soltó cuando pasó cerca de mí al llegar el bus. ¿Por qué diría lo que dijo? Una del grupo mixto sonrió pazguata. Un chaval que iba con ellas saludó a uno del clan del desgarbado. Subieron todos al piso de arriba y me dejaron a mí en el de abajo con un corazón roto y, como he comprobado cuando me he sentado a escribir, con la posibilidad de recomponerlo y devolvérselo arreglado hablando sobre ello -compartiré el relato completo en breve-. ¡Y yo que pensaba tratar hoy cosas importantes, esas cosicas que a políticos y votantes nos mantienen entretenidos ahora que estamos a nada de las andaluzas! De esto tenía un borrador del que he salvado el título, “Quince”, por venir muy a cuento del teatrillo de la parada de autobús. En mi idea original me atrevía a darle al olvido un plazo de quince días después de las elecciones para que disolviera las promesas que están aireando unos y otros para nuestra comarca y que, noblotes nosotros, tomamos por sinceras. Ya se encargará ya la vida, que es muy suya, de hacer añicos nuestras esperanzas y lamentaremos entonces haber vuelto a caer en la trampa de siempre. ¡Si va a ser que este otro escrito también iba de penas del alma, de decepción, de impotencia, de soledad, de desarraigo!

 

 

 

Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su edición de noviembre de 2018

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Ahmet acude todas las semanas al fisioterapeuta, sesiones de las que, según cuenta, no solo saca un manifiesto bienestar, sino también, con frecuencia, reflexiones interesantes. “No es que el movimiento sea algo necesario, es que “movimiento” es “vida”, ¡la vida es movimiento!”, le explicó en una de sus últimas visitas, idea con la que él, por su parte, concluyó el texto que tenía como tarea. Al igual que sus compañeros, debía proponer pautas para una rutina saludable.

Como suele suceder, es más lo que aprendo de mis alumnos que lo que les llego a aportar. Impartir clases de español, actividad que compagino con la de periodista, me parece una experiencia muy enriquecedora también porque me ayuda a tomar conciencia del peso de las palabras y el respeto, en consecuencia, que merecen, así como del alcance del idioma, mucho más que una herramienta para el intercambio y el entendimiento, siendo imprescindible su consideración como manifestación de un modo particular de ser y de pensar. Nunca antes había caído en cuestiones de este tipo. Hasta ahora la lengua castellana me había servido como mero instrumento de trabajo. Con el cometido que incorporo a mis quehaceres, me permito el lujo de degustar jugosos aspectos del castellano, aquí etiquetado como “español”, cuya riqueza, dicho sea de paso, resulta inagotable.

Decía que mis alumnos me dan más de lo que les doy, no ya porque me ponen sobre la pista de curiosidades sobre Berlín y sus costumbres, lo cual adoro, sino, sobre todo, porque en sus comentarios vierten lo que la vida ha tenido a bien enseñarles. Peinan canas todos ellos, aunque muestran ese interés por aprender que se espera -y no siempre se halla- en niños de Primaria y reservo algunas de sus intervenciones para cocinarlas a fuego lento, como esta del movimiento y la vida.

“Movimiento” y “vida” son palabras que tengo asociadas al Cascamorras y, por eso, estando pensando la frase del fisioterapeuta de Ahmet, me vino la imagen de la multitud manchada liderada por el personaje igualmente tintado que da nombre a la fiesta. El Cascamorras es correr y pararse, calor en marcha y frío en reposo. Es sentimiento puro, desbocado, espontáneo, si bien dentro de un orden, siguiendo una liturgia. Es rito, tradición; y ruptura, en cuanto a vivencia. Es lo viejo y lo nuevo que arrastra lo viejo hacia delante. ¿Qué es la vida, sino un torrente de emociones únicas, imprevisibles que avanzan, eso sí, por un cauce?

Lo que tiene de ritual la fiesta cascamorrera no le impide funcionar como símbolo de persistencia y esperanza. Como he comentado en varias ocasiones, el Cascamorras no fracasa porque nunca se da por vencido. Si no consigue alcanzar la iglesia de la Merced sin ser pintado, no hay problema; lo intenta el año siguiente. Las expectativas se mantienen intactas.

Me crie en los pliegues arcillosos de la hoya accitana. Desde mu chica me manché las manos con su tierra, esa tierra que Guadix, buena parte de su comarca, de la bastetana, la altiplanera y la de los Montes quieren prestigiar buscando que la Unesco la catalogue como geoparque de interés internacional. Los evaluadores que hace unos meses conocieron in situ enclaves del proyecto le han dado una puntuación sobresaliente, como cabía esperar. Imposible no rendirse a la belleza rotunda del paisaje. Imposible no reconocer la valía que esconde. Pero no está todo hecho ni dicha la última palabra. Por ello, a los actores implicados en esta prometedora iniciativa les pediría impregnarse del espíritu cascamorrero, tomarlo como impulso y perseverar en tan loable propósito, para que la distinción como geoparque de esta tierra nuestra sea pronto una realidad, comienzo de esa puesta en valor imprescindible.

El Cascamorras lleva la marca de la tierra como seña identitaria. Fíjate en cómo luce la carrera accitana, vestida de almagra y ocre… como los cerros; de amarillo, como el del sol que los señorea; de azul, como el del cielo que los cubre casi a diario, y de verde, como el de la vega que brota allá donde el suelo guarda agua. Por tanto, qué mejor que tomar prestado de esta tradición tan ligada a esta tierra y sus gentes, ese ímpetu que gastan los que, septiembre tras septiembre, se enfundan en el traje de colorines, para rematar lo que, porque no puede ser de otra manera, debe llegar a buen término.

 

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Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su edición de octubre de 2018

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Hace unos días fue la fiesta de verano de la guardería de mis niños. Cada familia tenía que aportar un postre casero. Como el asunto “tartas” es un imposible para mí, dije de hacer unas magdalenas, creyendo que esto era empresa menor… ¡maldita la hora! Hice una prueba tres días antes de la fecha marcada en rojo en el calendario y me salieron 2D, osease, espachurradas. “Crisis” es término flojo para describir aquella cocina patas arriba y aquella cabeza mía más chamuscada que la base ennegrecida de aquellos conatos de magdalenas. Me eché la rabia por montera, prometiéndome que unas montañitas de masa no podrían conmigo. Decidí entonces aplicar algo que aprendí del oficio periodístico: la receta tradicional de investigar y contrastar antes de pasar a la acción, algo no muy del gusto de los nuevos chefs de las principales redacciones, donde dar gato por liebre -o un rumor por noticia- está a la orden del día.

“Operación Magdalenas” en marcha

Resulta que las magdalenas son muy suyas y conseguir un producto decente implica muchos pequeños objetivos que hay que ir alcanzando, hasta el punto de que, si fallas en alguno, adiós muy buenas. Leí blogs de mamás hacendosas, husmeé en foros de “cocinillas” y recopilé trucos para que quedasen esponjosas, para que no se bajasen tras ser sacadas… Que si hay que batir la masa con batidora de varillas para que coja aire y dejarla reposar en frío para que tome hechura, que si no andar abriendo y cerrando el horno una vez dentro las unidades, que si…

Consulté técnicas de bañado para que este no derivase en inundación y de añadido de virutitas y lacasitos para que estos no destiñeran al incorporarse a la cobertura. Me agencié también un hornito con huecos para mini-magdalenas, así como moldes de silicona tamaño estándar en los que colocar los papelitos y las masas y evitar así la bidimensionalidad. Incluso me hice con un preparado de masa por si no había ligado bien los ingredientes. Siempre quedaba el último recurso: comprarle al panadero del barrio unos muffins -aquí son al estilo americano-, aun a riesgo, primero, de que no le quedaran suficientes y, dado el caso de que tuviera, aun a riesgo de ser sorprendida por el sanedrín de buenas madres de la guardería ¡llevando productos comprados!, algo inconcebible en un contexto en el que la competición y la competitividad se traslada a todos los campos, incluida esta patética exhibición de músculo repostero. Que sí, que estoy muy concienciada con los logros conseguidos en la causa por la emancipación de la mujer y comprometida con la lucha contra las mamás-multitarea-lo pueden todo, pero la vida te hace pisar arenas movedizas que te atrapan y de las que tienes que escapar de la mejor manera posible, como fue este episodio que cuento, reflejo de una sociedad que, lejos de lo que se cree, es profundamente conservadora.

“¿Que en qué quedó la crisis de las magdalenas?”, me preguntas. Pues cuando probé la primera y comprobé que la textura y el sabor eran adecuados, me sentí como debe sucederle al investigador cuando da con su eureka, aunque lo mío, más que satisfacción era alivio y no más de un aprobado raspadillo: en comparación con aquellas tartas de trazado perfecto, esos muffins de dos plantas con cascadita, aquellos majestuosos pasteles de queso, bizcochos a colores y otras fantasías a la altura de profesionales del rodillo, mis magdalenas eran poquita cosa. Sin embargo, me gustaba mirarlas entre aquellos dulces por lo mucho que significaba que estuvieran allí.

Apariencia final del experimento

Fui feliz hasta que vi a un niño coger una y comerse de ella solo los lacasitos. “¡Si supiera lo que cuesta dar con la masa y la de nervios que he quemado durante estos días de infarto intentando cuadrar el círculo, es decir, salir airosa de semejante brete dados mis escasos dotes para la cocina…!”, me lamentaba, sufriéndolo en silencio. Me calmó que otros críos estaban arrancando las perlitas simétricamente colocadas en una tarta que parecía de boda, lo que me hizo ver que, después de todo, era una mera fiesta infantil donde a los principales comensales lo único que les importaba era jugar por jugar. Pues eso, que pa´ qué tanto postureo. Pues eso, pa’ na.

 

Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su edición de julio de 2018

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El último temporal ha dejado tras de sí una tupida alfombra de hojas, unas ramas, en consecuencia, tan tiritonas como quienes bajo ellas, más que pasear, pasan a paso marcial, y la inequívoca impresión de que estamos a nada del fundido a negro del solsticio de invierno. En Berlín noviembre es un mes vestido de viento y humedad y frío de los pies a la cabeza. Vacía las calles de gente y llena de enfermos las consultas médicas, hervideros de virus que uno va encadenando hasta bien avanzado marzo. Noviembre gasta hato largo y oscuro. Algún día suelto se arremanga y nos premia con luz solar directa que dura lo que un caramelo en la puerta de un colegio.

Anocheciendo| Berlín, otoño, 2017

Del colegio y de las guarderías salen por san Martín niños en procesión armados con farolillos de papeles de colores y ofrecen cierta resistencia a las tardes envueltas en noche, batalla que se continúa en las casas prendiendo velas casi con cualquier excusa.

Las noticias que me llegan de España son las de un otoño bañado de verano y lejano de aquel otro que nuestros abuelos recibían comiendo castañas y boniatos asados, echando las sayas gordas en las mesas camilla y poniendo a punto las pellizas. Aquellas circunstancias, como estas con las que el tiempo “bendice” a Berlín, invitan a replegarse, a atrincherarse bajo techo, ya sea en la casa de uno, en un café, en sus propios pensamientos. Esta hibernación, parcial o completa, según las necesidades sociales de cada cual, que arranca con la oscuridad otoñal de noviembre, nos facilita ocasiones para pisar el freno y pensar en aquello y en aquellos en los que, cuando tenemos que resolver tanto y tan rápido, no reparamos. La fiesta de Todos los Santos, que en España se celebra el primer día del mes y la de los fieles difuntos, el segundo, que en Alemania tiene lugar el domingo anterior al primero de Adviento, sirven como antídoto frente al olvido, auténtica muerte de los finados. El recuerdo de sus hábitos, de sus frases y sus silencios, sus habilidades y sus desatinos, sus malos o buenos prontos, sus manías y sus genialidades, sus buenos o malos gestos, traerlos a nuestro hoy y ahora con palabras, entre lágrimas y sonrisas, es ejercicio suficiente como para conjugarlos en un digno y merecido presente continuo.

La vida y la muerte… hechos tan indiscutibles y, sin embargo, interpretados y experimentados de manera tan diferente según el rincón del globo en el que se pazca. Así, aunque noviembre sea para alemanes y españoles el mes de referencia para honrar en comunidad la memoria de los difuntos, la forma de efectuarlo varía sensiblemente de una a otra latitud. No soy amiga de generalizaciones, por lo que me limitaré a comentar lo que veo que pasa en Berlín y a lo que alcanzo como accitana practicante. Por aquí, queridos paisanos, la muerte no es un tabú a nuestro estilo. Los cementerios están integrados en las ciudades. Cuesta distinguirlos de parques. Si no fuera por las lápidas parcamente ornamentadas que brotan del césped, se diría que son zonas arboladas de esparcimiento. Supongo que si en estos camposantos predominaran las paredes de nichos y hubiese ese horror vacui determinado por lo mucho que cuesta el metro cuadrado de tierra, como ocurre allí, otro gallo cantaría, otra campana doblaría. Sea como fuere, el hecho es que por aquí para el personal no es problema alguno que la ventana del dormitorio dé al patio de un cementerio o que la guardería de los críos esté pared con pared con un negocio de lápidas, como tampoco ir en vida a elegir el modelo de ataúd o la modalidad de exequias deseadas. Por “allí bajos” estas cosicas se llevan de otra manera. Si no para todos, para parte de los nuestros la muerte, mejor no mentarla mucho, porque trae mal fario, y que el cementerio esté a las afueras, aunque pille a desmano, no es cosa que provoque queja alguna, y que todo lo que tenga que ver con lo fúnebre, algo que objetivamente no tiene mayor importancia, subjetivamente sí y mucho. En lo dicho veréis reconocido a ese primo, a aquella vecina e incluso, aunque os/nos cueste afirmarlo, detectamos la presencia de lo supersticioso, de trazo ancestral, en nosotros mismos, por mucho siglo XXI que pisemos.

Aquí, por el 1 de noviembre, lo único que hay son disfraces de plasticucho por doquier, ya sea en supermercados, tiendas de juguetes, como en gasolineras, las radios queman “Thriller” de Maicol Yekson y las fiestas de cumpleaños celebradas en torno a la fecha lo son también de “Halloween”. Poca repercusión en el uso y costumbres locales tiene la conmemoración de la Reforma luterana, que comenzó hace 500 años el último día de octubre a unos pocos kilómetros de la capital germana, más allá de que este año, por ser el aniversario redondo, es festivo en toda Alemania. Todo lo inundan las calabazas de sonrisa siniestra, escobas, colmillos protuberantes y demás decoración jalogüiniana. Una de las pocas estampas discordantes con la estética que nos viene envasada al vacío desde Estados Unidos la aportan los mexicanos expatriados con sus altares de muertos. A Dios gracias.

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A riesgo de que me digáis “¡Que esto ya no es así!” o “¡Que esto no es así en to’s laos!”, me atrevo a incluir la verbena entre lo typical spanish. Que sí, que saraos bailongueros se registran en distintos puntos del planeta, distantes entre sí en kilómetros y en cuanto a hábitos y creencias, pero lo que encierra tal término obedece a usos y costumbres, formas de ser y maneras de vivir fácilmente identificables en quienes habitan eso que se viene llamando España. Me da un vértigo terrible asomarme a la ventana y no reconocer lo que se abre ahí, delante, pues soy consciente de que en estos siete años siete que llevo viviendo más allá de la marca pirenaica el reloj no se ha parado allí, como tampoco lo ha hecho en este Berlín que hoy piso, muy diferente del que me recibió, pese a que sigue rebosando de gruñones y malhumorados, algo que le es tan idiosincrásico como el “currywurst” (salchicha aliñada con kétchup y curry) o los trocitos de muro “de pega” de las tiendas de souvenir.

Que sí, que hemos cambiado. Que semos distintos queda claro apenas meta uno el hocico en las redes sociales y le eche un vistazo a los mensajes escritos en la lengua de Cervantes y que atañen a lo que se guisa en el caldero patrio. Además de por las inmisericordes faltas de ortografía y de lógica del discurso, se caracterizan por ir a la yugular del otro, enemigo por el mero hecho de discrepar. El muro de Facebook ha devenido en paredón y los gorjeos del pajarito tuitero, en fuego cruzado que acaba incluso con los que tan solo pasaban por ahí y salen mal parados a poco que trinen. Este panorama donde solo buenos y malos tienen cabida, aun siendo engendro añejo, sí que se ha impuesto en el debate público últimamente. Modernidad acuñada en viejos moldes.

Pues eso, “distintísimos” en tiempo y también en espacio. Pero, aun con todo y, a pesar de los esfuerzos de algunos por remarcar las diferencias entre regiones, provincias, comarcas y arrinconar lo que nos une, existen expresiones populares que continúan dándose en distintos lugares de nuestra geografía y que se refieren a eso mismo que corre por nuestras venas, hechas de una pasta que nada tiene que ver, por ejemplo, con la que usan aquí, a la ribera del Spree. Y, a este respecto, hay cosas que no varían sustancialmente de una ciudad española a otra. Que niños y ancianos, bailongos y patosos, cantarines y desafinados natos bailoteen y canturreen por igual “La zarzamora”, “Corazón salvaje” o “Black is black” ante familiares, vecinos y amigos, habla sobre esa polivalencia tan nuestra. Aunque no ejecutemos con precisión los pasos de una coreografía, salimos airosos del brete. Servimos pa’ un roto y un descosío, en este y otros contextos, versatilidad que nos parece natural, pero no lo es: no la traen de fábrica en otras latitudes. En Berlín es normal que quien tiene inclinación por el baile, no dude en gastarse un dinerito en academias para impresionar a la concurrencia cuando pone un pie en la pista. No dejan nada en manos de la improvisación. Pero nosotros, cada cual con el talento que Dios nos ha dado, sin pudor alguno nos lanzamos a coger de la cintura a quien sea que esté dispuesto a formar la conga de Jalisco, las hileras del “sirtaki” de Zorba el Griego o seguir el cha-ca-chá del tren, cuando suenan estas canciones en la verbena. ¿Que no nos sabemos la letra? Pues movemos la boca y con desparpajo la adaptamos a algo que suene similar. Esto que, en mentalidades cocidas bajo otros soles, es inconcebible, nosotros lo hacemos sin más. Lo importante es echar un ratico bueno, que el conjunto musical interprete un repertorio variadito -adorable concepto el del “popurrí”, tan delicioso como el de la “pachanga”- y que los presentes se muestren contentos y relajados como para que nos sintamos animados a participar.

Un bodorrio sin verbena que cierre no da las nupcias por oficiadas. No hay fiesta de barrio o pueblo sin su escenario para, al menos, un casio y un cantante todoterreno que lo mismo entona “Maldito duende” de Héroes del Silencio que “Yellow submarine” de los Beatles. A los que se empeñan en lo que distingue a un murciano de un gallego, les digo que siempre nos quedarán los edificios de los años 60 de ladrillo visto, la caña de cerveza fresquita y, ¡cómo no!, la verbena, para echar por tierra sus maximalismos.

Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su edición de septiembre de 2017

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¿Cómo distinguir a un maleducado de un malafollá? Pues, en ocasiones, resulta tan difícil como definir el carácter que se considera propio de la capital alemana y que denominan Berliner Schnauze, cuya traducción literal es “morro berlinés” y cuyo significado quisiera afinar en este escrito. No es tarea fácil separar a sus más insignes practicantes, de seres que son sencillamente intratables, vamos, no hechos para vivir en sociedad. En estas estrecheces semánticas me hallo y, por las circunstancias que a continuación aclararé, me veo obligada a avanzar por una delgada línea, débil, difusa frontera entre una y otra cosa que son parecidas, pero en esencia diferentes.

Y es que no estoy segura de haber interactuado con un representante del Berliner Schnauze o con un individuo falto de modales, sin más. A ver si, durante este rato que comparto con ustedes, se hace la luz y logro llamar al pan, pan, y al vino, vino, en lo que respecta al carácter de mis convecinos. Entiéndanme; tengo una sensación en el cuerpo un tanto rara, pues no sé si celebrar haberme topado con tan peculiar espécimen o, por el contrario, ponerle a caer de un burro. Seguro que en Granada usted se ha visto también involucrado en escenas en las que no ha sabido si felicitarse por el hallazgo del malafollá o lamentarse por la existencia de siesos de semejante calibre. ¿A quién llamar qué?

Resulta que fui a hacer un trámite a un organismo y nada más llegar a la amplia sala en la que debería guardar turno siguiendo el orden marcado por los tiques numerados que proporcionaba una maquinita, salió a mi encuentro un conserje. Todo serio, todo tieso, venía hacia mí con paso firme y aguantándome la mirada en todo momento. Entonces dijo algo así como que yo tenía que desconfiar de la máquina, argumento en el que se escudó para darle al botón y mandar estampar mi número. Yo, que estaba un poco desconcertada por si no había comprendido bien su mensaje -dicho, por cierto, en un alemán muy alejado del aprendido en la escuela de idiomas- y la desconfianza a la que él aludía no era relativa a la maquinita, sino a otra cosa, y también por si su actuación iría sucedida de una explicación sobre un procedimiento nada obvio, me encogí de hombros y me quedé quieta cual pasmarote esperando más indicaciones… que no vinieron. El figura me señaló la ranura por la que ya asomaba el papel con mi número y, ante mi falta de decisión, espetó que si acaso quería “también” que él me lo diera. La ausencia de sonrisa alguna en su rostro y el silencio sepulcral imperante en una estancia en la que había otras tres personas me hicieron pensar que estaba ante el rey de los bordes y que yo era la reina de los lelos, pero ahora, a posteriori, creo que ese hombre ladró con el genuino morro berlinés. Me ha ayudado a decantarme por esta opción lo que me acaba de comentar una amiga alemana sobre un típico caso de Berliner Schnauze: tren recién llegado a una estación de metro, viajeros que quieren subir al convoy segundos antes de su marcha y que se apelotonan en la puerta más próxima a las escaleras por las que han bajado al andén, conductor de metro que coge el micrófono y suelta un “¡Que hay más puertas!” [“Et jibt nich’ nur eene Tüa!” -transcripción de una frase, por cierto, repleta de atropellos gramaticales].

Esto poco tiene que ver con lo directos y sin tacto que son los berlineses para decir las cosas, algo que ellos definen como una honestidad de la que sacar pecho -en fin… se puede ser honestos y educados- ni tampoco con el mal pronto que gastan ni con la impaciencia natural con la que salen de casa y que les hace bufar ante el más mínimo elemento que altere su hoja de ruta. Cierto es que todos estos comportamientos, notablemente llamativos para esta que les habla, nacida bajo otro sol, pueden darse también en quien esboza el Berliner Schnauze, pero esa seca ironía que desarma al, más que interlocutor, contrincante, y que se expresa, además, en una concreta variedad dialectal, me recuerda a la del malafollá granaíno. Demasiado…

 

Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su edición de junio de 2017

 

Torre de la Televisión. Berlín 2017

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