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Archive for the ‘Historias de Berlín’ Category

¿Cómo distinguir a un maleducado de un malafollá? Pues, en ocasiones, resulta tan difícil como definir el carácter que se considera propio de la capital alemana y que denominan Berliner Schnauze, cuya traducción literal es “morro berlinés” y cuyo significado quisiera afinar en este escrito. No es tarea fácil separar a sus más insignes practicantes, de seres que son sencillamente intratables, vamos, no hechos para vivir en sociedad. En estas estrecheces semánticas me hallo y, por las circunstancias que a continuación aclararé, me veo obligada a avanzar por una delgada línea, débil, difusa frontera entre una y otra cosa que son parecidas, pero en esencia diferentes.

Y es que no estoy segura de haber interactuado con un representante del Berliner Schnauze o con un individuo falto de modales, sin más. A ver si, durante este rato que comparto con ustedes, se hace la luz y logro llamar al pan, pan, y al vino, vino, en lo que respecta al carácter de mis convecinos. Entiéndanme; tengo una sensación en el cuerpo un tanto rara, pues no sé si celebrar haberme topado con tan peculiar espécimen o, por el contrario, ponerle a caer de un burro. Seguro que en Granada usted se ha visto también involucrado en escenas en las que no ha sabido si felicitarse por el hallazgo del malafollá o lamentarse por la existencia de siesos de semejante calibre. ¿A quién llamar qué?

Resulta que fui a hacer un trámite a un organismo y nada más llegar a la amplia sala en la que debería guardar turno siguiendo el orden marcado por los tiques numerados que proporcionaba una maquinita, salió a mi encuentro un conserje. Todo serio, todo tieso, venía hacia mí con paso firme y aguantándome la mirada en todo momento. Entonces dijo algo así como que yo tenía que desconfiar de la máquina, argumento en el que se escudó para darle al botón y mandar estampar mi número. Yo, que estaba un poco desconcertada por si no había comprendido bien su mensaje -dicho, por cierto, en un alemán muy alejado del aprendido en la escuela de idiomas- y la desconfianza a la que él aludía no era relativa a la maquinita, sino a otra cosa, y también por si su actuación iría sucedida de una explicación sobre un procedimiento nada obvio, me encogí de hombros y me quedé quieta cual pasmarote esperando más indicaciones… que no vinieron. El figura me señaló la ranura por la que ya asomaba el papel con mi número y, ante mi falta de decisión, espetó que si acaso quería “también” que él me lo diera. La ausencia de sonrisa alguna en su rostro y el silencio sepulcral imperante en una estancia en la que había otras tres personas me hicieron pensar que estaba ante el rey de los bordes y que yo era la reina de los lelos, pero ahora, a posteriori, creo que ese hombre ladró con el genuino morro berlinés. Me ha ayudado a decantarme por esta opción lo que me acaba de comentar una amiga alemana sobre un típico caso de Berliner Schnauze: tren recién llegado a una estación de metro, viajeros que quieren subir al convoy segundos antes de su marcha y que se apelotonan en la puerta más próxima a las escaleras por las que han bajado al andén, conductor de metro que coge el micrófono y suelta un “¡Que hay más puertas!” [“Et jibt nich’ nur eene Tüa!” -transcripción de una frase, por cierto, repleta de atropellos gramaticales].

Esto poco tiene que ver con lo directos y sin tacto que son los berlineses para decir las cosas, algo que ellos definen como una honestidad de la que sacar pecho -en fin… se puede ser honestos y educados- ni tampoco con el mal pronto que gastan ni con la impaciencia natural con la que salen de casa y que les hace bufar ante el más mínimo elemento que altere su hoja de ruta. Cierto es que todos estos comportamientos, notablemente llamativos para esta que les habla, nacida bajo otro sol, pueden darse también en quien esboza el Berliner Schnauze, pero esa seca ironía que desarma al, más que interlocutor, contrincante, y que se expresa, además, en una concreta variedad dialectal, me recuerda a la del malafollá granaíno. Demasiado…

 

Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su edición de junio de 2017

 

Torre de la Televisión. Berlín 2017

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Berlín no sabe sudar. Incluso en una actividad tan fisiológica como esta, la herencia cultural y el poso antropológico marca el resultado de la acción. Sudar es la gota que cae por la frente y las gotas que empapan el pelo y arroalan camisas, pero también, por supuesto, la actitud que comporta el hecho de la sudoración, algo que en España -en particular, en los lugares donde el personal tiene las glándulas sudoríparas echando continuamente horas extra- se conoce, se asume y se sabe apaciguar, aguantándose, pues, con una resignación muy llevadera. Claro que con el calor los nervios se pierden con más facilidad. Eso es así en Écija, Manila y Sebastopol. No obstante, no es menos cierto que el umbral de tolerancia cambia de unos sitios a otros y si, de por sí, el mal pronto typisch Berliner sale a relucir en las situaciones más cotidianas e intrascendentes, si se le añaden unos cuantos grados de más y estos llegan, además, de repente, de un día para otro, entonces se forma la tormenta perfecta. Y es que para los berlineses, a los que les queda un buen ramalazo prusiano -por mucho que renieguen de ello-, todo eso de la improvisación, de lo que viene de sopetón, no tiene encaje sencillo y, ante lo espontáneo, no reaccionan con la naturalidad que baña las regiones mediterráneas, de ahí que en estos días de avanzadilla del verano su humor de perros se vea acentuado por la incomodidad de sentir la camiseta sudada o de tener que soportar el tufo de los pies del colega o del vecino de asiento del metro, por ejemplo. En que Berlín no sepa sudar cuando el calor aprieta influyen, sin duda, las dificultades que encuentra para vestirse cuando el sol hace lo que debe, o sea, cuando calienta en condiciones. El aspecto es algo que en absoluto quita el sueño por estas latitudes, pero digamos que, en invierno, con todo lo que hay que echarse por lo alto, el cascamorreo pasa más desapercibido. Sin embargo, en estos días a los que me refiero, queridos paisanos, esto es un colorín que solo tiene parangón estético con la fiesta accitana más internacional. Las estrambóticas combinaciones de prendas de invierno y verano que prodigan con este tiempo en parte provocan ese sudor que no sabe ser sudado.

Y es que Berlín es una ciudad de frío y esto cala en el ánimo y determina los hábitos incluso durante los meses de deshielo. Tanto que no puede faltar en el vagón de tren el nostálgico de turno que, pese al calorazo, va con su gabardina y sus botas. Tanto que Berlín no sabe caminar erguido. Acostumbrado uno a ir encorvado, embebiíco ante las bajas temperaturas y el recurrente airazo del este, a la hora del destape cuesta ponerse tieso, de manera que la chepa permanece ahí. “Los jorobados invaden la ciudad”, podría rotularse el pie de foto de una instantánea cualquiera de una vista general de cualquier calle en jornadas de mercurios animados. Berlín, pues, no se reconoce, no se halla en este brete, se siente incómoda. Le pilla con el pie cambiado este sol bravucón y sobrevenido y el festival de pies calzados de cualquier manera es apabullantemente pintoresco. Esto sí es pintoresquismo, y no el romance del torero y la folclórica. Bueno, hasta los hay que van a lo rey de la selva sin zapato que les cubra los pinreles.

Por no saber, ni siquiera Berlín tose y estornuda con garbo en los días posteriores a la irrupción del calor “calor”, propicios para enfriamientos, insolaciones y demás familia.

En definitiva. Que sí, que con la calor las terrazas estarán llenas, las áreas verdes con overbooking de picnics y los carriles-bici atascados, pero la ciudad sigue latiendo con el mismo tono y el personal continúa con sus usos y costumbres, esto es, con el careto largo y lánguido habitual y el bramido por casi todo. Berlín, de frondosos bosques, hermosos parques, surcado por ríos y canales que, en los días soleados, proyectan una claridad deslumbradora, perfecta para kilométricos maratones de fotos, no es ciudad para el calor. No sabe disfrutarlo. Ni calzarlo ni vestirlo ni sudarlo. Berlín y el calor. Cómica pareja. Sublime paradoja. Matrimonio imposible.

(c)www.pixabay.com

 

 

Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su edición de mayo de 2017

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Esta es la historia de una cazadora vaquera. Más bien, de la no cazadora vaquera porque, después de probarme una, otra, otra más y hasta una cuarta, nada, que me he ido de vacío. Tampoco es que la dependienta me haya ayudado mucho. Es que no se estila demasiao por aquí en general y en las tiendas de ropa y complementos, en particular, que los empleados te den su opinión sobre cómo te queda lo que sea que te estés probando. Date con un canto en los dientes si se encogen de brazos y asienten tibiamente. Esto será lo más que consigas rascar. No se sienten para nada cómodos en este papel. No ya por la apatía que abunda por estos lares. Quizás no les esté permitido entrar en tan subjetivos pormenores. Sea por lo que sea, el caso es que la mujer de la tienda de la que acabo de salir no ha sabido qué decirme y yo, que no me terminaba de ver dentro de ninguna de esas chaquetas, no he recibido de ella ese empujoncito que me ayudara a aclararme. Tal vez he estado mareando tanto la perdiz porque ya se me ha pasado el calentón que me puso en modo “quiero una chupilla vaquera a toda costa” y, sin la euforia como combustible, me ha costado animarme a hacer un gasto considerable en un antojo con el que me encapriché a partir de una canción y  que no supe/pude frenar, como tampoco entonces supe/pude decir que no.

©www.pixabay.com

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“Si me lo pasan un rato, quizás logre dar una cabezá”, debí pensar. Era difícil encontrar postura tras casi un día entero viajando en autobús. Hacía ya que habíamos pasado la frontera. Aún quedaba para llegar a Burdeos, donde pernoctaríamos, meta volante hasta París, el destino de nuestro viaje de estudios. Claro que íbamos parando cada cierto tiempo para estirar las piernas, pero el asiento de un bus normalucho de los años 90 era lo que era y daba para lo que daba. Tampoco ayudaba a conciliar el sueño el olorcillo a batido, cocacola, chucherías, vomiteras, aliñado con las secreciones sudorosas de unos sesenta adolescentes en efervescencia hormonal. Por eso, cuando me pasaron un discman para que comprobara que eso sonaba divinamente en comparación con mi walkman -del que me negaba a desprenderme aun sabiendo que el fin de sus días estaba cerca-, no supe ni pude decir que no. Escuchar del tirón ocho, doce, quince o incluso más temas de un mismo álbum sin tener que darle la vuelta a la cinta y con calidad supreme se presentaba como el somnífero perfecto. Enchufé mis auriculares de esponja al discman, le di al “play” y sonaba “Enjoy the silence” de Depeche Mode. Ya la había oído antes muchas veces y, sin embargo, sonó muy distinta. Tanto, que aún me acuerdo de este episodio. Y mira que ha llovido. Pues bien, al igual que entonces no sonaba de nuevas pero, sin embargo, lo hacía de manera muy diferente, lo mismo sucedió ayer cuando la escuché en una de esas cadenas de radio que sirven también de hilo musical en sucursales bancarias, salas de espera de consultas médicas y negocios varios de atención al cliente. La novedad del soporte reproductor seguro que entonces tuvo algo que ver en que la percibiera de otra forma. Lo de ayer, porque sonó casi casi a la vez que estaba recibiendo unas fotos en las que aparezco junto a amigas tomando algo en un bar del pueblo mes arriba, mes abajo de cuando hice el viaje de estudios. ¡Qué pelos! ¡Qué ropas! ¡Qué pintas! Pero ¡qué caras de ilusión, de entusiasmo, de ganas de comerse el mundo! Al ver estas fotos, al oír esta canción, sentí por primera vez el vértigo del tiempo que pasa lento, rápido, pero sin remedio y cómo ante esta realidad incontestable, se apodera de uno ese impulso inevitable de agarrarse a un clavo ardiendo por tal de conservar el vigor, la vitalidad de la juventud. Hay quienes se sienten rejuvenecer exhibiendo en redes sociales sus simpatías por opciones políticas de moda y corrientes de opinión en boga, fumando tabaco de liar como en años mozos, sacando del fondo del armario la cazadora de antaño o, en su defecto, saliendo a comprar una que parezca de entonces, como ha sido mi caso. Calentón puro y duro. Bueno ¿y qué más da? Si son cosas de la edad.

 

Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su edición de junio de 2016

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Portazo

¿Cuánto portazo no te habrán dao en tu vida como para que hayas dejao caer la puerta con semejante desdén? Porque denota experiencia en la materia, porque cualquier hijo de vecino no tiene el rostro que tú has tenido de empujar como una bestia las grandes y pesadas hojas de una de las puertas de acceso a la estación de tren, para, una vez en el vestíbulo, soltarlas sin reparar en quien pueda venir detrás.

Porque, seamos francas, no ha sido un despiste. Has pasado, te has desentendido por completo. No estaba en agenda, ¿cierto?, tener un poquito de delicadeza y comprobar si te seguía alguien ni mucho menos preguntarte si ese alguien igual necesitaba que le aguantases la puerta porque quizás fuese con las manos ocupadas. No se te ha visto la más mínima intención de impedir que la puerta se le viniera encima a quien iba detrás de ti. Sí, porque resulta que alguien iba detrás de ti. Sí, mi bebé, en el carrito, y yo, que lo llevaba, íbamos unos metros por detrás. Venga, reconócelo. Nos has visto, es más, estando tú en el vestíbulo y yo luchando contra los elementos, me has mirado, has visto que iba con el carricoche y además con una bolsa y no te has vuelto para ayudar ni tan siquiera para disculparte por no haberlo hecho. Y no pongas como excusa que venía el tren e ibas con prisa, porque hasta hemos tenido tiempo para cruzarnos en el andén y dirigirnos una mirada más, cargada ésta de muchas cosas malas que mejor dejaremos entre tú y yo. Pero eso a ti te ha dado igual. No era asunto tuyo andar pendiente de las consecuencias de tus actos más rutinarios e insignificantes, ¿verdad que te dices eso para escurrir cualquier cargo de conciencia?

¡Qué feo, feísimo ha estado lo que me has hecho! Planteaba al comienzo que tal vez el alto grado de insolencia en tu portazo se debiera a una acumulación de portazos de aúpa padecidos en carne propia. El portazo lo tienes bien metido en la sesera dada la desfachatez, la indolencia con la que te me has quedado mirando mientras yo, que no cabía en mí de asombro, hacía por evitar el golpetazo de la puerta en el carrito. ¿Acaso te daban/han dado con la puerta en las narices los niños en la escuela, tus padres en casa, los vecinos en el portal? ¿En alguna entrevista de trabajo, en alguna relación afectiva? En caso de que me equivoque y que en verdad seas un encanto de persona, quiero que sepas que no me arrepiento de la queja que te he hecho llegar en el lenguaje universal de “mírame y verás lo que opino”, el que se plasma en la cara –que es el espejo del alma y la mía ha sufrido un disgusto muy grande por el poco civismo que practica más gente de la esperada, gente como tú- y la mirada que te he devuelto cuando nos hemos vuelto a encontrar contenía cada letra y cada punto de este escrito que, más que por la indignación, está movido por la pena sin paliativos que despertáis tú y los de tu calaña.

Para que veas que no te guardo rencor –pese a que tu bajuno gesto me haya obligado a sacar fuerzas de mis reservas al límite para impedir que la puerta chocara contra el carricoche y lastimara a mi hijo-, voy a poner en práctica eso que llaman empatía –cualidad  que en ti brilla por su ausencia-, me transformaré en la supercomprensiva del año, respiraré profundamente una, dos, tres veces, haré un poder por ponerme en tu situación y te diré que no, que no eres la única que ha dado ni a la que le han dado un portazo en su vida. De hecho, continuamente nos dan y damos portazos. No te creas exclusiva –se acabó la tregua empática-, bonita –léase con retintín-, pero el que no hayas sido la primera, ni por desgracia seas la última en hacer gala de malos modales recurriendo al viejo hábito de “la puerta en las narices”, no te exime de culpa. Te has lucío, hija, te has lucío, y no hay más vuelta de hoja.

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Publicado en Wadi As Información en su edición del 17 de octubre de 2015

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Pasa que a veces uno mira y no ve. Como a él le ocurre. No sabe qué, hacia dónde mirar. Sus pensamientos sí que están mirando en una determinada dirección, llámese preocupación, amargura, miedo. Camina a paso muy, muy lento por la acera próxima a la entrada de un hospital. Avanza llevando consigo un chambao con ruedas del que cuelga una bolsa con un líquido claro a la que está unido por un tubito que se pierde debajo de esparadrapos puestos sobre la piel arrugada que deja ver la manga ancha de su chaquetón, bajo el que asoma un camisón finucho.

Pasa que a veces uno, sin querer, mira y ve, como me acaba de pasar cuando al pasar junto a él le he visto mirando sin ver, deambulando por esa sala de espera informal, punto de reunión de familiares y pacientes que hallan en la bocanada de aire fresco, en la calada a un pitillo, el punto de fuga en tamaño cuadro. En su espera, en la de este hombre hay poca esperanza. No lo digo yo. Lo van gritando sus ojos, llenos de niebla. ¡Ay, la niebla!

Ya avisaba yo que al otoño de rebeca y tardes de sol le quedaba un suspiro. Y tanto. Y ni eso. Ya empezamos a tener mañanitas de niebla, que aquí en Berlín no se traducen en tardes de paseo, como termina el dicho que se deja oír por allí bajos. Aquí el día que amanece con niebla, con niebla anochece. Hay días que la niebla baja a pie de obra, otra en los que se queda a la altura de las copas de los árboles más altos, otros un poquito más arriba. En todos los casos, más que apantallar el sol, es como si la niebla lo amordazara con sus tupidas capas espumosas y éste, al final, pues acaba rindiéndose y renunciando a su cometido de iluminar y calentar.

Tanto en días de niebla, como en los de lluvia calabobos o en los de encapotado berlinés clásico, siendo estos últimos los más frecuentes de los tres, en los que el cielo se muestra gris parejo y punto, las cosas se pintan con tonos apagados, mustios, sin brillo, sin brío, sin gracia alguna… como los que nos movemos por este lienzo urbano a punto de convertirse en naturaleza muerta.

Hay tanta humedad en el ambiente, el ambiente está tan cargado que se convierte en una carga poner el pie en la calle y levantar la vista del suelo y poner oído a lo que sucede de orejas pa’fuera y abrir la boca si no es para lo imprescindible. La humedad cala hondo, llega al tuétano. Yendo arrugadicos quisiéramos tal vez achicar agua y frío, sacar lo que se ha filtrado tan rápido, tan por todos lados. No sé qué sería de nosotros si no fuera por la inercia que nos aparca en la parada del bus, que nos conduce hasta la puerta del curro, del colegio de los niños, que nos guía por el circuito rutinario. ¡Estaríamos perdidos!

Cuando uno hace un poder, decide erguirse un poco y se atreve a mirar a los ojos de la gente, como acabo de hacer hace un momento, cuesta hasta concretar de qué color son. El gris blanquecino de la atmósfera difumina los matices y a lo más que llega uno a decir es “¡ah!, pues ése es de ojos claros; ¡ah!, pues ésa es de ojos oscuros”. Eso sí, uno y otra, todos tenemos esos nublos en la mirada, ojos nubosos que miran por mirar, pero que no ven más allá de lo que las nubes permiten, o sea, un carajo.

Ya me gustaría, ya, verles a ustedes aquí un día y otro y otro, y no con el hato de turista, sino con el mono de trabajo de residente en la Straße tal o cual. Una cosa es leer sobre ello y otra vivirlo en riguroso directo. Entonces se entiende y se explica mucho de lo que aquí pasa, como que brillen por su ausencia –o carencia- las sonrisas luminosas, las voces vibrantes, los colores coloreados. Son los nublos que nublan el cielo y lo que bajo él se mueve –o, al menos, lo intenta-.

Berlín, a 13 de octubre de 2015

Berlín, a 13 de octubre de 2015

 

 

Publicado en Wadi As Información en su edición del 10 de octubre de 2015

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Publicado en Wadi As en su edición del 30 de mayo de 2015

 

Calcadita a la cara que puse el otro día cuando, con el carricoche cargado después de una compra generosa, me disponía a coger el ascensor hasta el andén del tren que me llevaría a casa y, ¡sorpresa!, estaba fuera de servicio por avería –y lo estaría durante todo el mes siguiente-, ha sido la de un chico que, en silla de ruedas, ha querido acceder a la sucursal de su banco y no ha podido por serle imposible salvar el escalón de la puerta de entrada. Llámenlo rabia, indignación, impotencia, que, al final, la mueca que queda impresa en el rostro viene a ser la misma cuando uno ve interrumpida su rutina y, lo que es peor, se siente en desventaja respecto a los demás: el entorno se transforma de repente en territorio hostil para personas con movilidad reducida. Y entre los afectados por los obstáculos que le dificultan o le impiden a uno desenvolverse con naturalidad no están solo quienes van en silla de ruedas o con cochecitos de bebé, sino también mayores con bastón o andador, aquellos que necesiten muletas, quienes lleven maletas o un simple carrito de la compra. Estas barreras arquitectónicas entorpecen asimismo tareas tales como, por ejemplo, el vaciado de los contenedores para los operarios de limpieza, la evacuación de enfermos en camilla para los efectivos sanitarios o la carga y descarga de mercancías para los transportistas, además de suponer una notoria incomodidad para todo hijo de vecino.

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Ciertamente esta es una dimensión desconocida hasta que ves mermadas tus posibilidades de movimiento por diversas circunstancias y entonces te das cuenta de lo mucho que estorban papeleras y farolas, que hacen que las ya de por sí estrechas aceras lo sean aún más; en lo altos que son los bordillos y en la mucha distancia que hay hasta el firme; en lo poco que está en verde el semáforo; en lo resbaladizas que son las losetas fashion del flamante nuevo paseo de turno a poco que llueva, hiele, nieve.

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Bien podría darme con un canto en los dientes porque en esta materia Berlín tiene mucho avanzado, como acreditan sus autobuses urbanos, con sitio suficiente para que quepan carritos de bebé, sillas de ruedas y usuarios con andadores; los ascensores espaciosos que suele haber en la mayoría de las estaciones de su red de metro y tren; los nuevos vagones de tranvía a los que se accede sin dificultad alguna; las anchas escalinatas de escalones planos y bajos en edificios públicos que permiten margen del maniobra, o la instalación de marquesinas en muchas paradas de autobús.

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Y no sólo en lo que respecta al espacio público: hasta hay edificios particulares de construcción antigua que, para salvar las barreras, han sido provistos de un sistema de apertura automática de puertas que se activa cuando un sensor detecta la llegada de alguien. Es bastante frecuente que los bares tengan tablas-cambiador y tronas -de gran ayuda para las familias con niños pequeños- e incluso rampas portátiles para salvar el escalón de acceso.

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Pero no está todo el trabajo hecho. Aún hay importantes nudos de comunicaciones en los que ascensores y rampas brillan por su ausencia, en muchos casos trascurren semanas hasta que reparan los ascensores estropeados, muchos cafés y restaurantes ofrecen pocas o nulas opciones cuando hay que buscar acomodo a clientes en sillas de ruedas o con carricoches, para entrar en muchos centros comerciales hay que pasar por puertas giratorias, lo cual se convierte en misión imposible para carritos y sillas de ruedas, y cuando hay puerta normal como alternativa, pesa un quintal, por lo que deja de ser una alternativa.

Por eso, aun reconociendo lo cómoda que es la vida en muchos aspectos en la capital alemana, no me conformo con las facilidades existentes. Vosotros, en vuestros lugares de residencia, tampoco debéis cejar en vuestro empeño de llamar a la concienciación colectiva al respecto en tanto siga habiendo situaciones que generan ciudadanos de segunda. Al reivindicar la supresión o atenuación de barreras arquitectónicas no estamos pidiendo un capricho, sino reclamando el cumplimiento del principio democrático de igualdad de oportunidades: que sean cuales sean nuestras circunstancias personales, todos, sin excepción, podamos usar y disfrutar del espacio en el que nos movemos: que las ciudades, en definitiva, se adapten a nosotros y a nuestras exigencias, y no al revés, esto es, que la existencia de estos obstáculos condicione nuestro día a día.

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 23 de mayo de 2015

Teníais que haber visto la cara de una y la de la otra. La de una tensa, la de la otra relajada. Una gastando morro apretado, ojos acusadores, gesto serio para donde fuese que dirigiera la vista. La otra mirando al frente, en realidad a ningún sitio, perdiendo sus pensamientos –lo más seguro- en eso o aquello, no importaba, y tan impasible ademán contagiaba su rostro de una llamativa quietud. Tanto llamaba esto la atención como los tatuajes que su camiseta ancha y desgastada dejaba ver en sus brazos, que conocieron tiempos mejores, cuando la lozanía propia de la juventud mantenía tersa una piel que con los años ha dado de sí, de manera que no sabría deciros si el motivo tatuado era una enredadera vegetal o si se trataba de alguna palabra o frase en árabe, o acaso de una silueta. Bien es cierto que no estaba lo suficientemente cerca de ella como para verlo al detalle, no tan cerca, desde luego, a como estaba la otra a la que me refiero, que la ha tenido en su punto de mira, al menos, durante el trayecto en bus que he compartido con ambas.

Serían las dos de la misma quinta y ¡madre mía qué distintas eran!, y no lo digo ya porque una llevara la melena teñida cortada a lo Merkel y la otra luciera su pelo canoso recogido en una trenza hasta la cintura ni por los mocasines beis de cuñilla de una y las botas negras de punta redonda y suela basta de la otra ni por los pantalones de corte recto color crema de una y los vaqueros apegadísimos de la otra ni por el conjunto de blusa y rebeca de lana de una y el chaleco de cuero de la otra. Vamos, no sólo. Lo digo también porque detrás de tan contrapuestos atuendos hay estilos de vida diferentes y muy diferentes formas de disfrutarla.

Por mucho que Berlín sea una ciudad donde uno puede salir a la calle como un mamarracho sin que nadie se escandalice por ello, el choque entre lo convencional y lo extemporáneo también existe y, por consiguiente, la murmuración a cuenta de las pintas y de la alegría con la que “el/la pintas” exhibe palmito.  Y, como en España, se puede uno topar con quien va a por el pan en pijama y con quien lo primero que hace al levantarse por la mañana es alicatarse el careto con ciento y mil potingues. Y, por supuesto, como en cualquier otro lugar del mundo, hay siesos criticones y hay pasotas despreocupados y esto, que es cuestión de carácter, no entiende de años ni de nacionalidad. Porque allí bajos, aunque más campechanos y dicharacheros, tenemos mucha tontería con esto de las apariencias, que parece que si no vamos de punta en blanco es que no somos nadie que merezca la pena. Y, de hecho, las miraditas que la vieja rancia le ha echado a la vieja rockera yo ya las tengo vistas y siempre que he presenciado un pisteo desaprobador como ese al que acabo de asistir me pregunto que tal vez lo que hay detrás de tan censora actitud no es sino mucha envidia. Envidia hacia el otro no ya por haberse atrevido a ir de tal guisa, sino por hacerlo sin complejos y con total naturalidad. Y es que esto de hacer de su capa un sayo, este vivir a la manera que cada cual estime oportuno, no es algo de lo que pueda presumir cualquier hijo de vecino, igual que cuesta horrores pronunciarse abiertamente sobre cuestiones morales, sobre la creencia religiosa que se profesa o sobre la opción política escogida, cuando éstas no son la elección de la mayoría. Y, en verdad, creo que nos haría mucho bien cambiar el chip al respecto y no ya dejar de juzgar el contenido por el continente –que también-, sino transformar la envidia o la codicia que nos lleva a descalificar al otro, en esa fuerza que nos ayude a conseguir el cambio envidiado o codiciado. Al menos no se nos agriaría el ánimo ni cebaríamos las frustraciones que invitan a poner verde a quien no se ajusta a lo estándar, como si en esto consistiera ser feliz.

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