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Archive for the ‘Historias de Navidad’ Category

Se cierra un ciclo, se inicia otro. Se supera una etapa, se emprende otra nueva. El camino que trazan mis pasos sigue haciéndose. Atrás queda lo avanzado -desvíos, interrupciones, callejones sin salida incluidos. De todo se encuentra uno cuando se pone en ruta.

Aguardan ahora nuevos proyectos, distintos a los anteriores y, sin embargo, íntimamente emparentados, pues todo no deja de ser un continuo.

Esta será la última entrada a este blog. En breve lo desactivaré. De ahora en adelante seguiré compartiendo historias, impresiones de aquí y de allá en este otro https://mariajesusortizmoreiro.wordpress.com/

Gracias, muchas, infinitas a quienes de aquí y de allá me habéis acompañado.

No es esto, por tanto, una despedida. Es un hasta dentro de un rato.

 

Detalle de escultura | Museo George Kolbe, Berlín ©MOrtiz

 

 

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Calor y nieve

Hoy he salido con el firme propósito de encontrar esa mirada, ese gesto, esa escena que me diera pie a contaros la historia con la que iniciar el serial que, cuando llegan estas fechas, vengo dedicando, desde hace ya unos años, a las fiestas navideñas. Qué mejor –pensé durante el desayuno- que tomarle el pulso al Berlín que se prepara para el Adviento –que aquí se celebra bastante- y comprobar cuánto de ese espíritu navideño se deja sentir ya. Es que es muchísimo mejor –seguí pensando- pillar a la gente con las pilas cargadas, con el bolsillo relajao, con las ganas de Pascuas intactas antes de la quemazón por el bombardeo consumista, de los ardores de estómago por tanto ágape, de la hartura por tanta película de sobremesa con papanueles y duendecillos.

Sin embargo y, aunque antes de cerrar la puerta de casa, juro haberme afilado los sentidos, me vuelvo apenas habiendo hilvanado un par de ideas. Vale que la Schloßstraße no es la Ku’damm ni la Friedrichstraße, arterias comerciales por antonomasia de la capital alemana. Pero esta calle a la que me refiero y por la que he estado paseando toda la mañana en busca de “la” anécdota que armase este escrito, está llena de tiendas, cafeterías y consultorios médicos, vamos, que está una miaja animá. Pero no, na’ de na’.

Lejos de la idílica imagen que esperaba hallar de comerciantes vistiendo de gala sus escaparates, de transeúntes engrasando la maquinaria de la sonrisa, de operarios afrontando con otro ánimo la instalación del decorado público por ser ésta una tarea un tanto diferente a lo de todos los días, me encuentro con la misma ciudad de siempre bajo su habitual cielo plomizo, eso sí, con más atascos de lo normal por las muchas camionetas de reparto que hay en doble fila.

No merece mención alguna el alumbrado urbano ni el de los centros comerciales, pues está a medio poner o, si está, aún no lo han encendido. Tampoco nada me ha llamado la atención en el comportamiento de los consumidores potenciales con los que me he cruzado. Mostraban poco o nulo interés por los abetos de plástico de gordas bolas –ciertamente llamativos- de los pasillos de una de estas galerías y mucho menos por las grandes publicidades de las tiendas.

Ni siquiera los músicos callejeros que suelen congregar mayor público han estado hoy especialmente inspirados, a juzgar por la poca gente dispuesta a escucharles.

Total, que aquí estoy, compuesta y sin historia, esperando el autobús que me llevará a casa.

Será tal vez que todo está amuermao por este bajón que han pegao las temperaturas hasta situarse las máximas en el puñado de graditos habitual de los meses de frío. Hablando de frío, ¡qué fría está la nieve, caramba, que está empezando a caer! Y al bus le quedan aún cinco minutos, según leo en la pantalla de la parada. Le echo los plásticos por encima al carricoche del niño. Me echo la capucha y me encojo para evitar cualquier fuga térmica. Miro hacia abajo, hacia el suelo y eso me permite ver cómo se va formando una fina capa blanca sobre la acera gris. Me entretengo con eso. Me sirve para olvidar lo heladas que se me han quedado las manos. Siento bullicio a mi alrededor. Debe venir el autobús. En efecto, acaba de parar delante. Como suele ocurrir, todo quisque entra antes que yo, aunque yo llegué antes que todo quisque. Aún así, consigo sitio dentro y, pese a ir cual sardina en lata, pese a las gafas empañadas, se me escapa un “ahhhh” de alivio, de esos que uno suelta cuando está a gustico, sensación visceral y primaria, la del bienestar que aporta el calor de sentirse acogido, protegido frente al frío de fuera. Y me traslada a las vivencias surgidas al calor del cariño, de la voluntad de encontrarse, de buscarse para quererse, de reunirse en torno al portalico de belén para cantarle villancicos al Niño Jesús, de recibir en casa a quien anda bien lejos de ella, de abrazar para agradecer un regalo, de convidar a una copica a quien precise calentarse una chispa, secuencias extraíbles de las Navidades de nuestras vidas. Sí, el calor del arropamiento es la postal sensorial que elijo para inaugurar sección. Y todo gracias a la nieve. ¡Qué cosas!

 

copos

 

Publicado en Wadi As Información en su edición del 28 de noviembre de 2015

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Publicado en Wadi As en su edición del 27 de diciembre de 2014

No hay quien nos entienda. Con cierto desprecio, mucha rabia e infinita resignación, cuando el sorteo de Navidad de las Loterías acaba y nosotros sin haber rascao ni la pedrea, entonamos un “otro año más, el día de la salud”, como si la salud fuese una suerte de premio de consolación que irrita más que calma. Suerte. A la suerte invocamos, sin embargo, cuando tenemos a algún familiar en el hospital o cuando somos nosotros mismos los que allí estamos y, añorando la salud perdida, probamos suerte con la suerte. “A ver si hubiese suerte y”… total, que nunca tenemos lo que deseamos, y este vivir en un continuo desencuentro es un sinvivir que poquitas alegrías y muchas amarguras nos trae.

Y es que es bastante fácil confundir la realidad con el anhelo, máxime en estas fechas en las que la publicidad, que nos ataca desde todos los frentes, nos incita a algo tan mundano y material como el consumo, pero apelando siempre a algo tan etéreo e indefinido como los sueños en su sentido más abstracto, donde en el mismo saco caben fantasías, caprichos, apetencias, bajo muchas de las cuales se esconden deseos no correspondidos y, por tanto, un hondo pozo de frustración… y, de nuevo, nos hallamos ante el sinsentido que nos desgobierna, que nos hace tomar por verídicas meras suposiciones, como, por ejemplo, que por “ahí fueras” van mejor las cosas porque la gente en las empresas es muy organizada y los órdenes del día de las reuniones se cumplen a rajatabla, igual que el horario de trabajo y demás condiciones laborales previamente pactadas. Que por “ahí fueras” sus megafantásticos sistemas educativos convierten a los niños de hoy en supereficientes trabajadores e instruidísimos ciudadanos del mañana. Que por “ahí fueras” no hay corruptos ni economía sumergida ni chanchullos varios. Creemos creer, damos por sentadas una serie de cuestiones que, sólo cuando uno se va y emigra, comprueba cómo muchas de estas “creencias” son infundadas y que no, que en España no estamos hechos de una pasta de ínfima calidad que nos hace irremediablemente inferiores respecto a los de “ahí fueras”. Que no, que por “aquí fueras” no es oro todo lo que brilla y que, a poco que uno rasque, sale a relucir una realidad que en nada se asemeja a lo que se tenía por cierto. No seamos tan malos con nosotros mismos, queridos compatriotas. No nos castiguemos tanto. Los españoles no somos lo peor. También tenemos cosas muy buenas.

Reconocer los errores, saber de nuestros defectos no impide poner en valor nuestros puntos fuertes: la flexibilidad para adaptarse a circunstancias adversas, la facilidad para trabajar en grupo, la creatividad y la improvisación como recursos para afrontar cambios sobrevenidos, la capacidad para empatizar con el prójimo y sus necesidades y la alta consideración que tenemos por la familia –lo cual está amortiguando los efectos de la crisis-, son algunos de ellos. Démonos una palmadita en la espalda, ¡caramba! Que son Pascuas y nos merecemos un respirito.

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Publicado en Wadi As en su edición del 20 de diciembre de 2014

 

Los que vivís en Guadix en cuerpo y alma tenéis una oportunidad de oro pa’empaparos de la Navidad accitana, pues buena parte de ella se deja sentir en las calles en ese trasiego especialmente acelerado –e, incluso, bullicioso- motivado por las citas sociales ante las que hay que aprovisionarse. Durante estos días, esta animación extra saca a Guadix de su natural melancolía, y ofrece, pese al frío, una más que estampa, imagen de y en movimiento. Conservando el recogimiento que le es propio, Guadix en Pascuas, no obstante, se deja hacer y sigue un ritmo distinto.

En esto tiene “mucha culpa” –bendita culpa- el comercio tradicional y sus maneras -heredadas de generación en generación- de atender al público, poniendo en esto, en la atención y en su calidad, su valor añadido más significativo. Y los bares y restaurantes, las pastelerías y confiterías, que animan las fiestas alegrando el estómago. Y las asociaciones musicales, las entidades que asisten -con particular intensidad en estas semanas- a los que peor están, los colegios y sus funciones escolares navideñas. Y…

Y este cambio en la rutina resulta palpable si, por ejemplo, reparamos en nuestros sentidos y en cómo entra la Navidad por cada uno de ellos. Así, claro está que las Pascuas en Guadix saben al roscón que hornean en cada panadería siguiendo un estilo. Y al cordero ternico de las sierras vecinas que llena los platos de muchas mesas los días señeros. Y a las tapas de siempre que entran como nunca -pese a lo bien servido que va uno con tanto cenorro, tanta comilona-.

El tacto de la Navidad accitana es el de las prendas que no pican, el de las suaves lanas de mercería, de los chaquetones de piel y de las buenas suelas de zapatos que nos protegen del suelo helao. El de una pulsera o un reloj nuevos sobre la muñeca, el de una gargantilla sobre el cuello. El del papel marrón que arrugamos pa’hacer los cerros del belén.

Pa’vista, la de las zambombas con cintas de colorines de los puestecillos de la avenida, la de las luces intermitentes típicas de los escaparates de las eléctricas y de las jugueterías. Huelen las Pascuas guadijeñas a bollería de horno, a leña de chimenea, a perfumes y cremas, a pescado fresco, a taco de carne recién cortada, a fruta y verdura que se come con los ojos. A especias y bacalao salao de los veteranos comercios de ultramarinos. A lacas y champús de las peluquerías. A cebolla cocida y masa de chorizos frita, señal inequívoca de que en esa casa se está de matanza de marrano. Y, si se pone oído, uno aprecia el énfasis especial con el que los vendedores del mercao pregonan su género y los loteros ambulantes, su material. Y los villancicos en tiendas –dentro y fuera-, en aguinaldos callejeros, en teatros e iglesias.

Y todo esto, amigos míos, es un privilegio sólo al alcance de los que, como decía, están en Guadix en cuerpo y alma.

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Publicado en Wadi As en su edición del 5 de diciembre de 2014

Decir “Navidad” y “Madrid” es hablar de colas ante las administraciones de lotería del centro y ante los establecimientos -cada vez menos- especializados en el amasado tradicional del roscón de reyes. Y de los mantecaos de confitería que uno empieza comprando por gramos y acaba las Pascuas acopiando por kilos. Y de los jóvenes que se toman las uvas al ritmo de las campanadas del reloj de Sol durante los últimos ensayos antes de la gran cita del 31. Y de la sobredosis de luz en las vías principales. Y del trajín en las oficinas de correos pues, si bien lo de escribir christmas es ya cosa de minorías y los paquetes de regalo son menos que en época de bonanza, siguen teniendo en estos días más actividad de lo normal. Y de la calle Preciados convertida en cauce por donde van ríos de gente, gente que entra y sale de tiendas, de cafeterías/chocolaterías, de bares, del metro. Y de la Plaza Mayor y aledaños con los puestos, primero, de belencicos y adornos navideños, y semanas después, de pelucas estrambóticas y artículos de broma. Y -por consiguiente- de chicos y grandes desfilando con orgullo y alegría el pelucón finalmente comprado. Y de la charleta con el portero del edificio sobre cuándo uno se va o regresa a la casa de tal o cual pariente para celebrar tal o cual festejo. Y de los belenes visitables. Y de los espray blancos echados deprisa y corriendo sobre moldes en las ventanas y de los arbolicos descalichaos y los espumillones despeluchaos del año el picor que se dejan entrever a través de éstas, pues en la gran ciudad no habrá tiempo para mucha cosa -y ahora mucho menos dinero que tiempo-, pero sí para recibir la Navidad de alguna manera.

Éstas y otras estampas más enumeramos en un momento una madrileña y ésta que esto escribe -que, aunque no nacida en Madrid, no hay día que no sienta su ausencia- mientras me acerca en coche al metro de Potsdamer Platz. En pleno corazón de Berlín -que, por cierto, se puso el traje navideño a mediados de noviembre, pero sigue luciendo igual de mustio-, ahí estamos nosotras, mano a mano, recuperando del recuerdo vivencias muy del Madrid de estas fechas, donde hay mucho calor y color que pueden con el frío y la apatía de la rutina.

Porque habrá quienes prefieran pompa, consumo y abuso. Porque habrá quienes encuentren en lo anterior motivos para despotricar contra las Navidades, descalificando el todo -y a todos los que las celebramos- por la parte que opta por el despiporre. Pero éste no es mi caso ni el de otros muchos y, si tengo que escoger una forma de inaugurar este serial de artículos (pre-)navideños, es de la mano de historias menudas como las que mi amiga y yo hemos recopilado en apenas diez minutos, de esos pequeños episodios, carentes de boato pero que, sin embargo, uno más otro, componen el escenario del tiempo que viene.

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