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Archive for the ‘Historias de Navidad’ Category

Calor y nieve

Hoy he salido con el firme propósito de encontrar esa mirada, ese gesto, esa escena que me diera pie a contaros la historia con la que iniciar el serial que, cuando llegan estas fechas, vengo dedicando, desde hace ya unos años, a las fiestas navideñas. Qué mejor –pensé durante el desayuno- que tomarle el pulso al Berlín que se prepara para el Adviento –que aquí se celebra bastante- y comprobar cuánto de ese espíritu navideño se deja sentir ya. Es que es muchísimo mejor –seguí pensando- pillar a la gente con las pilas cargadas, con el bolsillo relajao, con las ganas de Pascuas intactas antes de la quemazón por el bombardeo consumista, de los ardores de estómago por tanto ágape, de la hartura por tanta película de sobremesa con papanueles y duendecillos.

Sin embargo y, aunque antes de cerrar la puerta de casa, juro haberme afilado los sentidos, me vuelvo apenas habiendo hilvanado un par de ideas. Vale que la Schloßstraße no es la Ku’damm ni la Friedrichstraße, arterias comerciales por antonomasia de la capital alemana. Pero esta calle a la que me refiero y por la que he estado paseando toda la mañana en busca de “la” anécdota que armase este escrito, está llena de tiendas, cafeterías y consultorios médicos, vamos, que está una miaja animá. Pero no, na’ de na’.

Lejos de la idílica imagen que esperaba hallar de comerciantes vistiendo de gala sus escaparates, de transeúntes engrasando la maquinaria de la sonrisa, de operarios afrontando con otro ánimo la instalación del decorado público por ser ésta una tarea un tanto diferente a lo de todos los días, me encuentro con la misma ciudad de siempre bajo su habitual cielo plomizo, eso sí, con más atascos de lo normal por las muchas camionetas de reparto que hay en doble fila.

No merece mención alguna el alumbrado urbano ni el de los centros comerciales, pues está a medio poner o, si está, aún no lo han encendido. Tampoco nada me ha llamado la atención en el comportamiento de los consumidores potenciales con los que me he cruzado. Mostraban poco o nulo interés por los abetos de plástico de gordas bolas –ciertamente llamativos- de los pasillos de una de estas galerías y mucho menos por las grandes publicidades de las tiendas.

Ni siquiera los músicos callejeros que suelen congregar mayor público han estado hoy especialmente inspirados, a juzgar por la poca gente dispuesta a escucharles.

Total, que aquí estoy, compuesta y sin historia, esperando el autobús que me llevará a casa.

Será tal vez que todo está amuermao por este bajón que han pegao las temperaturas hasta situarse las máximas en el puñado de graditos habitual de los meses de frío. Hablando de frío, ¡qué fría está la nieve, caramba, que está empezando a caer! Y al bus le quedan aún cinco minutos, según leo en la pantalla de la parada. Le echo los plásticos por encima al carricoche del niño. Me echo la capucha y me encojo para evitar cualquier fuga térmica. Miro hacia abajo, hacia el suelo y eso me permite ver cómo se va formando una fina capa blanca sobre la acera gris. Me entretengo con eso. Me sirve para olvidar lo heladas que se me han quedado las manos. Siento bullicio a mi alrededor. Debe venir el autobús. En efecto, acaba de parar delante. Como suele ocurrir, todo quisque entra antes que yo, aunque yo llegué antes que todo quisque. Aún así, consigo sitio dentro y, pese a ir cual sardina en lata, pese a las gafas empañadas, se me escapa un “ahhhh” de alivio, de esos que uno suelta cuando está a gustico, sensación visceral y primaria, la del bienestar que aporta el calor de sentirse acogido, protegido frente al frío de fuera. Y me traslada a las vivencias surgidas al calor del cariño, de la voluntad de encontrarse, de buscarse para quererse, de reunirse en torno al portalico de belén para cantarle villancicos al Niño Jesús, de recibir en casa a quien anda bien lejos de ella, de abrazar para agradecer un regalo, de convidar a una copica a quien precise calentarse una chispa, secuencias extraíbles de las Navidades de nuestras vidas. Sí, el calor del arropamiento es la postal sensorial que elijo para inaugurar sección. Y todo gracias a la nieve. ¡Qué cosas!

 

copos

 

Publicado en Wadi As Información en su edición del 28 de noviembre de 2015

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Publicado en Wadi As en su edición del 27 de diciembre de 2014

No hay quien nos entienda. Con cierto desprecio, mucha rabia e infinita resignación, cuando el sorteo de Navidad de las Loterías acaba y nosotros sin haber rascao ni la pedrea, entonamos un “otro año más, el día de la salud”, como si la salud fuese una suerte de premio de consolación que irrita más que calma. Suerte. A la suerte invocamos, sin embargo, cuando tenemos a algún familiar en el hospital o cuando somos nosotros mismos los que allí estamos y, añorando la salud perdida, probamos suerte con la suerte. “A ver si hubiese suerte y”… total, que nunca tenemos lo que deseamos, y este vivir en un continuo desencuentro es un sinvivir que poquitas alegrías y muchas amarguras nos trae.

Y es que es bastante fácil confundir la realidad con el anhelo, máxime en estas fechas en las que la publicidad, que nos ataca desde todos los frentes, nos incita a algo tan mundano y material como el consumo, pero apelando siempre a algo tan etéreo e indefinido como los sueños en su sentido más abstracto, donde en el mismo saco caben fantasías, caprichos, apetencias, bajo muchas de las cuales se esconden deseos no correspondidos y, por tanto, un hondo pozo de frustración… y, de nuevo, nos hallamos ante el sinsentido que nos desgobierna, que nos hace tomar por verídicas meras suposiciones, como, por ejemplo, que por “ahí fueras” van mejor las cosas porque la gente en las empresas es muy organizada y los órdenes del día de las reuniones se cumplen a rajatabla, igual que el horario de trabajo y demás condiciones laborales previamente pactadas. Que por “ahí fueras” sus megafantásticos sistemas educativos convierten a los niños de hoy en supereficientes trabajadores e instruidísimos ciudadanos del mañana. Que por “ahí fueras” no hay corruptos ni economía sumergida ni chanchullos varios. Creemos creer, damos por sentadas una serie de cuestiones que, sólo cuando uno se va y emigra, comprueba cómo muchas de estas “creencias” son infundadas y que no, que en España no estamos hechos de una pasta de ínfima calidad que nos hace irremediablemente inferiores respecto a los de “ahí fueras”. Que no, que por “aquí fueras” no es oro todo lo que brilla y que, a poco que uno rasque, sale a relucir una realidad que en nada se asemeja a lo que se tenía por cierto. No seamos tan malos con nosotros mismos, queridos compatriotas. No nos castiguemos tanto. Los españoles no somos lo peor. También tenemos cosas muy buenas.

Reconocer los errores, saber de nuestros defectos no impide poner en valor nuestros puntos fuertes: la flexibilidad para adaptarse a circunstancias adversas, la facilidad para trabajar en grupo, la creatividad y la improvisación como recursos para afrontar cambios sobrevenidos, la capacidad para empatizar con el prójimo y sus necesidades y la alta consideración que tenemos por la familia –lo cual está amortiguando los efectos de la crisis-, son algunos de ellos. Démonos una palmadita en la espalda, ¡caramba! Que son Pascuas y nos merecemos un respirito.

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Publicado en Wadi As en su edición del 20 de diciembre de 2014

 

Los que vivís en Guadix en cuerpo y alma tenéis una oportunidad de oro pa’empaparos de la Navidad accitana, pues buena parte de ella se deja sentir en las calles en ese trasiego especialmente acelerado –e, incluso, bullicioso- motivado por las citas sociales ante las que hay que aprovisionarse. Durante estos días, esta animación extra saca a Guadix de su natural melancolía, y ofrece, pese al frío, una más que estampa, imagen de y en movimiento. Conservando el recogimiento que le es propio, Guadix en Pascuas, no obstante, se deja hacer y sigue un ritmo distinto.

En esto tiene “mucha culpa” –bendita culpa- el comercio tradicional y sus maneras -heredadas de generación en generación- de atender al público, poniendo en esto, en la atención y en su calidad, su valor añadido más significativo. Y los bares y restaurantes, las pastelerías y confiterías, que animan las fiestas alegrando el estómago. Y las asociaciones musicales, las entidades que asisten -con particular intensidad en estas semanas- a los que peor están, los colegios y sus funciones escolares navideñas. Y…

Y este cambio en la rutina resulta palpable si, por ejemplo, reparamos en nuestros sentidos y en cómo entra la Navidad por cada uno de ellos. Así, claro está que las Pascuas en Guadix saben al roscón que hornean en cada panadería siguiendo un estilo. Y al cordero ternico de las sierras vecinas que llena los platos de muchas mesas los días señeros. Y a las tapas de siempre que entran como nunca -pese a lo bien servido que va uno con tanto cenorro, tanta comilona-.

El tacto de la Navidad accitana es el de las prendas que no pican, el de las suaves lanas de mercería, de los chaquetones de piel y de las buenas suelas de zapatos que nos protegen del suelo helao. El de una pulsera o un reloj nuevos sobre la muñeca, el de una gargantilla sobre el cuello. El del papel marrón que arrugamos pa’hacer los cerros del belén.

Pa’vista, la de las zambombas con cintas de colorines de los puestecillos de la avenida, la de las luces intermitentes típicas de los escaparates de las eléctricas y de las jugueterías. Huelen las Pascuas guadijeñas a bollería de horno, a leña de chimenea, a perfumes y cremas, a pescado fresco, a taco de carne recién cortada, a fruta y verdura que se come con los ojos. A especias y bacalao salao de los veteranos comercios de ultramarinos. A lacas y champús de las peluquerías. A cebolla cocida y masa de chorizos frita, señal inequívoca de que en esa casa se está de matanza de marrano. Y, si se pone oído, uno aprecia el énfasis especial con el que los vendedores del mercao pregonan su género y los loteros ambulantes, su material. Y los villancicos en tiendas –dentro y fuera-, en aguinaldos callejeros, en teatros e iglesias.

Y todo esto, amigos míos, es un privilegio sólo al alcance de los que, como decía, están en Guadix en cuerpo y alma.

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Publicado en Wadi As en su edición del 5 de diciembre de 2014

Decir “Navidad” y “Madrid” es hablar de colas ante las administraciones de lotería del centro y ante los establecimientos -cada vez menos- especializados en el amasado tradicional del roscón de reyes. Y de los mantecaos de confitería que uno empieza comprando por gramos y acaba las Pascuas acopiando por kilos. Y de los jóvenes que se toman las uvas al ritmo de las campanadas del reloj de Sol durante los últimos ensayos antes de la gran cita del 31. Y de la sobredosis de luz en las vías principales. Y del trajín en las oficinas de correos pues, si bien lo de escribir christmas es ya cosa de minorías y los paquetes de regalo son menos que en época de bonanza, siguen teniendo en estos días más actividad de lo normal. Y de la calle Preciados convertida en cauce por donde van ríos de gente, gente que entra y sale de tiendas, de cafeterías/chocolaterías, de bares, del metro. Y de la Plaza Mayor y aledaños con los puestos, primero, de belencicos y adornos navideños, y semanas después, de pelucas estrambóticas y artículos de broma. Y -por consiguiente- de chicos y grandes desfilando con orgullo y alegría el pelucón finalmente comprado. Y de la charleta con el portero del edificio sobre cuándo uno se va o regresa a la casa de tal o cual pariente para celebrar tal o cual festejo. Y de los belenes visitables. Y de los espray blancos echados deprisa y corriendo sobre moldes en las ventanas y de los arbolicos descalichaos y los espumillones despeluchaos del año el picor que se dejan entrever a través de éstas, pues en la gran ciudad no habrá tiempo para mucha cosa -y ahora mucho menos dinero que tiempo-, pero sí para recibir la Navidad de alguna manera.

Éstas y otras estampas más enumeramos en un momento una madrileña y ésta que esto escribe -que, aunque no nacida en Madrid, no hay día que no sienta su ausencia- mientras me acerca en coche al metro de Potsdamer Platz. En pleno corazón de Berlín -que, por cierto, se puso el traje navideño a mediados de noviembre, pero sigue luciendo igual de mustio-, ahí estamos nosotras, mano a mano, recuperando del recuerdo vivencias muy del Madrid de estas fechas, donde hay mucho calor y color que pueden con el frío y la apatía de la rutina.

Porque habrá quienes prefieran pompa, consumo y abuso. Porque habrá quienes encuentren en lo anterior motivos para despotricar contra las Navidades, descalificando el todo -y a todos los que las celebramos- por la parte que opta por el despiporre. Pero éste no es mi caso ni el de otros muchos y, si tengo que escoger una forma de inaugurar este serial de artículos (pre-)navideños, es de la mano de historias menudas como las que mi amiga y yo hemos recopilado en apenas diez minutos, de esos pequeños episodios, carentes de boato pero que, sin embargo, uno más otro, componen el escenario del tiempo que viene.

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Publicado en Wadi As en su edición del 3 de enero de 2014

 

Pese a lo mucho que mucho nos pesa tras las Navidades, que si la tripa, que si la cabeza, que si tanto número rojo, cuando uno hace balance de las últimas semanas logra rescatar ciertas cosas, que si esto, que si aquello, que salvan de la quema las ganas de volver a festejar futuras Pascuas. Hay momentos especiales que brillan con luz propia e irradian energía suficiente como para reemplazar el aburrimiento y la apatía, por el entusiasmo y la ilusión, instantes en los que la rueda de lo previsible tropieza con ese abrazo “de gratis”, esa felicitación inesperada, esa sonrisa espontánea, ese algo que sorpresivamente sucede y que obliga a hacer un bienvenido alto en el camino “de lo de siempre”. Nos cuesta poner en valor como merecen tan preciados regalicos porque lo que llega de sopetón suele ser malo, remalo, requetemalo. Tan acostumbraos estamos a tener que encajar pérdidas repentinas, traiciones insospechadas, decepciones de ésta, de aquellos, que no nos queda ánimo pa estar receptivos ante lo bueno que ocurra de súbito a nuestro alrededor, de manera que nos echamos en brazos de la rutina como recurrente remedio ante lo impredecible doloroso que nos hace padecer tanto, sin pensar que vivir en ese fatalismo, en ese ir cabizbajos, embebíos, con la mirada siguiendo el dibujito de las losetas, lejos de evitarnos sufrimientos, amplifica sus efectos, al no dejar hueco a tantísimo bueno que viene/surge sin avisar ahí fuera, aquí dentro de nosotros. Igual que se nos dispara el automático plañidero y machacón cuando el infortunio llama a nuestra puerta, estemos también dispuestos a reaccionar, raudos y veloces, ante aquello que, sin esperarlo lo más mínimo, despierta en nosotros ese agradable cosquilleo en el estómago que precede a todo un huracán de sensaciones en el cuerpo entero. Entrenemos la capacidad de sorpresa, de sorpresa para lo bueno; re-aprendamos lo de quedarnos ojipláticos y boquiabiertos, pues pese a formar ya parte del mundo adulto, aún nos restan muchos recovecos fascinantes de la vida por descubrir, por disfrutar con la misma intensidad a como lo hacíamos de niños.

Puede haber sido un villancico de esos que suenan sin tregua en las tiendas, el discursito de alguno de los brindis que se suceden en la cena navideña con los del trabajo, el sabor de las castañas asás que compras en uno de esos puestecillos ambulantes, la inocentá del chistoso de turno, la uva que se resiste en las Campanadas, el caramelazo que te llueve en la Cabalgata de Reyes, lo que oyes decir mientras repostas gasolina en tu viaje de vuelta, estas y otras taitantas circunstancias típicas de estas fechas en las que puedes verte envuelto casualmente quizás causen esa tan impensada como profundamente deseada revolución que acabe con ese resignarse a lo malo que viene. Saquémosle pringue a lo mucho bueno que sale a nuestro encuentro cada minuto. Al fin y al cabo en esto consiste vivir, en estar pa lo malo, pero por supuestísimo también pa lo bueno. ¡Faltaría más!

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 27 de diciembre de 2013

 

Al final uno tiene que reírse, porque mejor reírse que avinagrarse y, pa lo que le queda al año, mejor rematarlo con una sonrisa en el careto que llenicos de malafollá, pues el mal carácter enferma el alma y en tiempos achuchaos, como estos, al menos que tengamos lustrosas nuestras emociones y limpica de malas ideas la cabeza y podamos así poner cordura entre tanto sinsentido que nos rodea. Y sí, digo “malafollá” porque es lo que gastan, y a carros, muchos de por estas tierras donde he ido a poner el huevo; con el agravante de que estos  carecen de ese regusto de humor negro que hace del malafollaísmo granaíno un delicioso modo tragicómico de entender la vida.

Y todo esto viene por cómo uno llega a desarrollar una coraza frente a tanto rancio esaborío como abunda por aquí y, lo más curioso, cómo ante la indiferencia y, aún más, ante la sonrisa que acaba uno esbozando como antídoto frente a las maneras toscas del personal, estos se enfadan aún más, se vuelven más sonoros sus refunfuños. Normal que sus cuadriculadas mentes cortocircuiten cuando les diriges unas sonrisicas en vez del exabrupto que esperan recibir proporcional al suyo. Un gesto amable no se corresponde con la mala educación con la que te han tratado no sabes muy bien por qué. Que les desbarates el croquis de cenizo que enturbia su ánimo es lo que más les puede molestar a los amargados con los que a veces me toca lidiar mientras guardo turno para pagar en algún comercio, cuando viajo en transporte público, en cualquier contexto que implique una mínima interacción. Y yo me pregunto qué ganan siendo así. Me dirás tú qué gana ése que lleva una caja de lucecitas de colorines, de esas que se cuelgan en el balcón pa adornarlo en Navidad, y que está el tío que se come no ya las uñas, sino las manos enteras, impaciente porque la viejecilla que va delante ha decidido pagar en monedicas, cuando luego él hace lo mismo y también suelta calderilla sobre el mostrador. Me dirás tú qué gana la viejecilla, cargada de galletas especiadas típicas de estas fechas, despreciando la ayuda que le ha ofrecido una muchacha para bajar el escalón que da a la calle, cuando claramente no puede hacerlo por ella sola, o con dificultades. Me dirás tú qué ganan esos jovenzuelos con gorros de papanueles empujando pa querer subir los primeros al autobús, cuando hay tantísimos asientos libres. Me dirás tú si no es una enorme contradicción participar de la parafernalia navideña con tan poco espíritu conciliador como el que es de esperar en especial en tan entrañables fiestas. Ni siquiera en Pascuas hacen una pausa de su mal genio habitual. No es sana tan agria actitud ante la vida. No me queda otra que seguir apostando por la risa/sonrisa para navegar en estas aguas turbulentas. Sí, este es mi deseo para 2014, que la sonrisa/risa salga en nuestro auxilio cuando más faltica haga.

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Publicado en Wadi As en su edición del 13 de diciembre de 2013

 

Erase una vez un autobús cargado de gente, tanta que apenas se podía distinguir de quién era ese brazo, de quién aquella pierna. Marco tan poco vistoso como éste sirvió, sin embargo, como magnífico escenario para nuestra historia. Sin el encanto de un palacio, sin varitas mágicas de por medio, fue la combinación casual de diversos factores lo que convirtió en cuento de Navidad lo que pasó una tarde de diciembre en un bus urbano.

El factor tiempo tuvo mucho que ver. Apenas unos minutos de retraso y cuatro gotas locas bastaron para que la cantidad de personas en torno a la marquesina se multiplicase en un instante. Éramos muchos los que esperábamos el autobús. Cuando asomó a lo lejos, el personal empezó a impacientarse. Nadie estaba dispuesto a quedarse en tierra. Fue parar y abrir las puertas y desatarse la histeria, con codazos que iban, pisotones que venían, entre quienes querían bajarse y los que habían pensado subir ellos primero. Pero entonces, se abrió paso entre el griterío una voz grave, pero jovial, que pedía educadamente calma. Venía de dentro. Era un señor mayor, corpulento, de poblada barba blanca, que había logrado hacerse hueco entre quienes taponaban la puerta principal de entrada/salida. Esto permitió que muchos que le seguían pudieran salir. Motu proprio, comenzó a organizar las bajadas y subidas. Estuvo ayudando a señoras con bolsas y viejitos con andadores. A mí también. No se pensó dos veces agarrar el carricoche para facilitarme la entrada. Con tanta entrega lo hizo, que casi se le cayeron al suelo sus gafas de cristales redondos. “¡Casi!”, dijo, entre risas que salían de lo más profundo de su cuerpo. Parecían venir de retumbar en su panza. Eran tan frescas, tan sinceras, que nos las contagió a los que nos quedamos en el descansillo central junto a él. En la siguiente parada, volvió a ordenar las subidas y bajadas. Era admirable cómo con buenas maneras y una sonrisa de oreja a oreja había acabado con los empujones y las caras largas.

Subieron entonces dos quinceañeras. Se pusieron a mi lado. El factor espacio, más bien la falta de él, hizo que me enterase de que estaban cuchicheando sobre el gallardo caballero. Se reían mucho. Risas pícaras, las suyas. Del alemán a la turca que hablaban creí entender que se preguntaban si acaso sería Santa Claus. Y, el hombre, que estaba en todo, de seguida se unió a la charla para dejar claro que no lo era, que eso era un invento de Cocacola, y ellas también se dieron prisa en explicar que no celebraban la Navidad.

Él no quería ser Papa Noel, pero lo fue. Al igual que las chavalillas terminaron teniendo ese hormigueo en la barriga que sienten quienes sí esperan con ilusión sus regalos en Nochebuena. Desde luego que yo no subí al autobús queriendo ejercer de narradora de este cuento por accidente, pero así ha sido. ¡Qué se le va a hacer! Así de bella y retorcidamente imprevisible es la vida.

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