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Archive for the ‘Historias de verano’ Category

Hace unos días fue la fiesta de verano de la guardería de mis niños. Cada familia tenía que aportar un postre casero. Como el asunto “tartas” es un imposible para mí, dije de hacer unas magdalenas, creyendo que esto era empresa menor… ¡maldita la hora! Hice una prueba tres días antes de la fecha marcada en rojo en el calendario y me salieron 2D, osease, espachurradas. “Crisis” es término flojo para describir aquella cocina patas arriba y aquella cabeza mía más chamuscada que la base ennegrecida de aquellos conatos de magdalenas. Me eché la rabia por montera, prometiéndome que unas montañitas de masa no podrían conmigo. Decidí entonces aplicar algo que aprendí del oficio periodístico: la receta tradicional de investigar y contrastar antes de pasar a la acción, algo no muy del gusto de los nuevos chefs de las principales redacciones, donde dar gato por liebre -o un rumor por noticia- está a la orden del día.

“Operación Magdalenas” en marcha

Resulta que las magdalenas son muy suyas y conseguir un producto decente implica muchos pequeños objetivos que hay que ir alcanzando, hasta el punto de que, si fallas en alguno, adiós muy buenas. Leí blogs de mamás hacendosas, husmeé en foros de “cocinillas” y recopilé trucos para que quedasen esponjosas, para que no se bajasen tras ser sacadas… Que si hay que batir la masa con batidora de varillas para que coja aire y dejarla reposar en frío para que tome hechura, que si no andar abriendo y cerrando el horno una vez dentro las unidades, que si…

Consulté técnicas de bañado para que este no derivase en inundación y de añadido de virutitas y lacasitos para que estos no destiñeran al incorporarse a la cobertura. Me agencié también un hornito con huecos para mini-magdalenas, así como moldes de silicona tamaño estándar en los que colocar los papelitos y las masas y evitar así la bidimensionalidad. Incluso me hice con un preparado de masa por si no había ligado bien los ingredientes. Siempre quedaba el último recurso: comprarle al panadero del barrio unos muffins -aquí son al estilo americano-, aun a riesgo, primero, de que no le quedaran suficientes y, dado el caso de que tuviera, aun a riesgo de ser sorprendida por el sanedrín de buenas madres de la guardería ¡llevando productos comprados!, algo inconcebible en un contexto en el que la competición y la competitividad se traslada a todos los campos, incluida esta patética exhibición de músculo repostero. Que sí, que estoy muy concienciada con los logros conseguidos en la causa por la emancipación de la mujer y comprometida con la lucha contra las mamás-multitarea-lo pueden todo, pero la vida te hace pisar arenas movedizas que te atrapan y de las que tienes que escapar de la mejor manera posible, como fue este episodio que cuento, reflejo de una sociedad que, lejos de lo que se cree, es profundamente conservadora.

“¿Que en qué quedó la crisis de las magdalenas?”, me preguntas. Pues cuando probé la primera y comprobé que la textura y el sabor eran adecuados, me sentí como debe sucederle al investigador cuando da con su eureka, aunque lo mío, más que satisfacción era alivio y no más de un aprobado raspadillo: en comparación con aquellas tartas de trazado perfecto, esos muffins de dos plantas con cascadita, aquellos majestuosos pasteles de queso, bizcochos a colores y otras fantasías a la altura de profesionales del rodillo, mis magdalenas eran poquita cosa. Sin embargo, me gustaba mirarlas entre aquellos dulces por lo mucho que significaba que estuvieran allí.

Apariencia final del experimento

Fui feliz hasta que vi a un niño coger una y comerse de ella solo los lacasitos. “¡Si supiera lo que cuesta dar con la masa y la de nervios que he quemado durante estos días de infarto intentando cuadrar el círculo, es decir, salir airosa de semejante brete dados mis escasos dotes para la cocina…!”, me lamentaba, sufriéndolo en silencio. Me calmó que otros críos estaban arrancando las perlitas simétricamente colocadas en una tarta que parecía de boda, lo que me hizo ver que, después de todo, era una mera fiesta infantil donde a los principales comensales lo único que les importaba era jugar por jugar. Pues eso, que pa´ qué tanto postureo. Pues eso, pa’ na.

 

Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su edición de julio de 2018

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Veraneo es agua en movimiento y el viento dándote en la cara, revolviéndote el pelo, y sol, al menos algo, lo suficiente como para que los pájaros que sea que surquen el cielo sobre tí hagan algo de sombra a tu lado. Veraneo es espacio libre, campo despejado, horizonte abierto ahí, delante.

Veraneo, para mí, es un sitio distinto al que frecuento para pasar unos días, un día, un rato, pero no solo. Debe incluir disfrute, matiz que los académicos de la lengua no han contemplado en la definición que aparece en el diccionario, pero que, pienso, resulta fundamental para colmar el propósito con el que te embarcas en dicho proyecto. Si no, ¿ibas a aguantar kilómetros de atascos, agobios en los aeropuertos, colas en los chiringuitos, ampollas en los pies, quemaduras en la piel, picotazos traicioneros…? Si no hay, además, eso que te hace pesar menos, respirar mejor, dormir a pierna suelta, ¿deberíamos llamarlo “veraneo”? No, de ningún modo. Veraneo solo puede ir aparejado a cositas buenas y que, además, se recuerden después incluso con nostalgia. Porque, por ejemplo, en mi caso, puede haber agua, viento y sol y estar yo a otras cosas. Pero cuando hay agua y viento y sol y estoy, da igual si un rato, un día o varios, el cuerpo y el alma se entregan al veraneo y claro que tengo los sentidos echando horas extras al llegarles tanto estímulo desde el exterior cuando hay deleite de por medio, pero sarna, con gusto, no pica, y currar a destajo hasta el punto de que las experiencias dejen huella en forma de recuerdo inolvidable es tarea que les merece la pena… y se lo agradezco.

Veraneo de playa o montaña, en cueva o iglú, con compañía o en soledad, en medio del bullicio o en un silencio absoluto… eso es algo secundario. Pero ¿el disfrute? Sin esto, sencillamente, sería cualquier otra realidad, pero ¿veraneo?, desde luego que no.

Waren (Müritz See)

 

 

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¡Cuán agradecidos deberíamos estarles a los aeropuertos! Bueno, más bien a quienes los proyectan con ese plus de incomodidad, a quienes los diseñan teóricamente prácticos y en la práctica, impracticables, a quienes los conciben ajenos a lo que un ser de carne y hueso puede llegar a necesitar en especial cuando, por circunstancias sobrevenidas, llámense temporales más fuertes de lo previsto, volcanes con nubes de ceniza de alcance impredecible, huelgas por esto o por aquello -adversidades, por cierto, más frecuentes de lo deseado-, esos meros lugares de paso se convierten en espacios donde quemas, más mal que bien, horas y horas irreemplazables de tu corta existencia.

Recién he descubierto su verdadera vocación, el enorme servicio que prestan a la humanidad los aeródromos, pues eliminan todo resto de nostalgia que podamos tener tras las vacaciones.

En tal fastidio se torna el hecho de coger un avión que, cuando debemos tomar el que nos lleve de vuelta a casa, durante este proceso no dejamos un momento de evocar realidades agradables del retorno, como pueden ser la ducha que nos vamos a dar cuando lleguemos o el tacto de las sábanas de nuestra cama, e incluso las que no nos causan tanto alborozo y sí nos alborotan una hartá, como las músicas hasta las tantas del vecino macarra o el ambiente recalentao de las habitaciones al haber estado cerradas y sin ventilación alguna en nuestra ausencia. Todo es una Arcadia feliz, frente a la infelicidad por arrobas que trae consigo todo este latazo de andar de aeropuertos pa’rriba/ pa’bajo.

Hablan con desacierto quienes definen los aviones -sean o no de compañías de bajo coste, aunque los de estas en particular- como “autobuses con alas”. Dadas las estrecheces de espacio y la de bártulos con los que embarcan los pasajeros, estas máquinas aéreas se asemejan más a las diligencias destartaladas que iban por los áridos caminos de tierra en las pelis de indios y vaqueros, que a un medio de transporte del siglo XXI. De igual modo se equivocan quienes creen que, por haber salido de estudios de arquitectura megafashion, los aeropuertos actuales van a perder su consideración de apeaderos, como aquellos otros montados con cuatro tablones y que usaban los sufridos viajeros que, en tiempos de la conquista del Oeste, osaban ponerse en ruta aun sabiendo de las andanzas de saqueadores y del peligro de atravesar praderas cuya propiedad reivindicaban indios al galope con hacha en mano. Hoy día los viajeros siguen con el miedo en el cuerpo antes, durante y después del trayecto en avión. “Antes”, porque, cuando inicias la compra del billete, es difícil estimar su coste completo, pues la cantidad de extras es considerable y, ante el sablazo que sirve de epílogo, no hay VISA que no tiemble. “Durante”, por el desgaste que provoca todo cuanto ocurre desde que sales del lugar donde te has alojado hasta que aterrizas. Y, “después” del vuelo, porque queda la incertidumbre de si habrán perdido la maleta y la siempre certeza de descubrirle nuevas magulladuras.

En tal suplicio se convierte todo el asunto este de que si colas para facturar, agobios con los kilos de más del equipaje, que si sacar los líquidos, las cremas, los aparatos electrónicos para el control, que si esperas en asientos en los que es imposible adoptar una postura buena para la espalda, que si demoras, que si nervios por perder el vuelo de enlace, que si te tienen formando más y más colas -¡ay, por todo!- ante la puerta de embarque, en el finger o para subir al autobús que te lleva al avión, en el propio avión, etcétera, etcétera, que, lo dicho, las ganas de regresar a lo de siempre, siendo esto estimulante en mayor o menor grado, crecen de manera exponencial al tiempo que malgastas en este tedioso periplo.

Tanto que, cuando sales por la puerta del recinto, te encantaría echarte en los brazos de quienes aguardan sosteniendo cartelitos con los nombres de a quienes deben recoger o irte cuerpo a tierra y besar el suelo como hacía Juan Pablo II cuando aterrizaba en cualquier sitio o, al menos, ponerte a dar saltos de alegría por volver a aquello de lo que en su día huiste: los agobios rutinarios, los marrones habituales, los sinsabores diarios. Cualquier cosa se antoja mejor que el tostón presente.

¿Vacaciones? ¿Qué fue eso? ¿Morriña? ¿Añoranza? ¿Por qué razón?

Pon un aeropuerto en tu viaje de vuelta y di adiós al síndrome posvacacional. Mano de santo.

 

Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su edición de julio de 2017

 

 

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¡Qué dura es la vida del veraneante de sol y playa! Que si levantarse, echarse un agüilla por lo alto, desayunar lo que sea, ponerse el bañador, las chancletas y la toalla a modo de fular, cargar con los bártulos, descargarlos en segunda, tercera, quinta fila -si quieres primera, ya sabes, a luchar por ella al rayar el alba- y ¡hala!, a tumbarse a la bartola que si panza arriba, que si panza abajo, que si chapuzón en el mar, que si sentarse y hojear el periódico, que si ponerse las gafas de sol para mirar de reojo a la que hace toples, al que presume de pectorales mientras se embadurna de bronceador, que si otro chapuzón, que si de nuevo panza arriba y de nuevo panza abajo, que si cuidar de que no deje marca el traje de baño, que si coger de nuevo los trastos ahora rumbo a casa, que si tomarse el café con hielo para llevar mejor la caló de la sobremesa, que si levantarse de la siesta empapao en sudor y tener que empinarse la botella de horchata o el cartón de leche del frigo para refrescarse, que si otra vez ponerse el bañador y las chancletas y echarse la toalla y, ¡venga!, a la playa a pasar otro rato a remojo, para después volver a la casa, ducharse, darse cuenta de que los roales coloraíllos escuecen de lo lindo y auguran momentazos con el roce de las sábanas, ponerse un hato arreglao pero informal y recorrerse el paseo marítimo lo suficiente como para hacer hambre, tener que decidir entre un helado o una caña, cenar lo que sea en el balcón del apartamento, ver lo que echen en la tele -oír la del vecino- y hasta mañana. Y así una semanita, quince días, ¡un mes!

¡Fo! Para eso si, por la noche, no hay sesión de cine sobre la arena, que entre la humedad que viene del mar -cala ¡y de qué manera! – y la incómoda postura a la que obligan las circunstancias, sale uno con tamaño dolor de huesos de una función que, para más inri, suele estar interrumpida además continuamente por lloreras de caprichosos niños enrabietados, risotás de mocicones chistosos y chascarrillos de abueletes que comentan hasta los títulos de crédito.

¡Fo! Para eso si, por la noche también, no se cuela en el dormitorio un mosquito de los que vuelan junto a tu oreja y saltas del colchón como una exhalación, te tiras un buen rato zapatilla en mano y con la ventana abierta de par en par y, después de mirar por todos lados y aguzar el oído, te rindes y regresas a la cama habiendo, eso sí, bajado la persiana y echado las cortinas, para que no vuelva, para que no entren más. Y recociíco de calor sudando a mares te levantas, además de lleno de picotazos, pues al parecer el mosquito se quedó y se dio el festín padre con tu sangre. Sangría ésta y no la que sirven a precio de un Vega Sicilia en el bar de la esquina.

¿Que esto es vida? ¿Con atascos de salida y entrada, baños de gasolinera atascados de asquerosidades varias, colas en el super, en el chiringuito, hasta para quitarse la arena en la ducha de pies? ¿Que esto es vidorra? ¿Con las lumbares hechas trizas por pasar horas 1) sentados en hamacas bajas, 2) en cuclillas buscando piedras de colorines que acabarán en la basura, 3) ayudando al crío a levantar el castillo de rigor, 4) en las partidillas de petanca, minigolf, fútbol-playa, 5) …?

Aunque lo que más cuesta arriba resulta en el veraneo es la pereza que sobreviene, la lentitud con la que avanza el reloj cuando en verdad no se tiene nada significativo que hacer, cuando todos los días son ese día de la marmota, calco uno de otro. La primera y la segunda jornada son la concreción del relajo soñado en el frenético ritmo diario. Pero, a partir de la tercera, la inercia hace el resto y hasta las peleas con la pareja, que aumentan exponencialmente al tiempo de estrecha convivencia, pasan sin pena ni gloria. Está uno vago hasta para discutir. Dura, sin duda, la vida del veraneante de sol, mar, etc. Sin embargo, algo tendrá de bueno, digo yo, cuando es tan seguida, querida y repetida. Qué será, qué será.

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Publicado en Wadi As en su edición del 22 de agosto de 2015

 “¿Te acuerdas de…? ¿Y de…? ¿Y de…?”. Preguntas que se cuelan en muchas de esas conversaciones que mantenemos al calor del verano, al frescor de la convidá nocturna, con amigos y parientes a los que vemos de Pascuas a Ramos. La tertulia se anima cuando empiezan a enumerarse ocasiones en las que Guadix y comarca fueron noticia y cuyo recuerdo sigue presente en la memoria colectiva.

Es el caso del rescate de los ocupantes de un avión norteamericano siniestrado en el Picón en 1960 y que llevaron a cabo vecinos de Jérez del Marquesado, de la riada tremenda de los 70, del rodaje de Indiana Jones en los 80, de la visita de los Reyes Don Juan Carlos y Doña Sofía en los 90, de la lluvia de millones en la lotería de Navidad apenas inaugurado el nuevo milenio. De la apertura del hospital hace ya casi una década, unos veinte años del cierre de las minas de Alquife, treinta años del de la línea ferroviaria Guadix-Baza-Almendricos.

Llama la atención lo poco que, a quienes fueron testigos de aquellos hechos, les cuesta dar detalles al respecto. Y es que el paso del tiempo, lejos de mandar esta colección de recuerdos al olvido, los ha puesto en valor frente a otros sucesos que también fueron noticia. Por ejemplo, resulta muy significativo que muchos accitanos tengan grabada la fecha del 19 de octubre de 1973. Que se recuerde día, mes y año ya dice mucho de la magnitud de la riada que entonces tuvo lugar, de lo muchísimo que le impactó a la gente. Cuentan que fue de tal calibre que hasta en el parque se veían cerdos y gallinas que el agua había arrastrado desde las granjas y que a punto estuvieron de dinamitar el puente del río Verde porque los ojos estaban tapados con todo lo que había arramblado la corriente. Por descontado que se inundaron todos los negocios del arco San Torcuato.

No hubo accitano que no saliera a manifestarse, no quedó pueblo de los alrededores del que no viniera alguien para sumarse a las movilizaciones que exigían un hospital comarcal para Guadix. A mediados de los 80 se planteó hacer un hospital en Baza. El argumento que se daba era que a la gente de toda aquella zona le pillaba muy a desmano ir hasta Granada para recibir asistencia hospitalaria. Los accitanos, sin embargo, no entendían por qué construir el hospital bastetano tenía que impedir levantar otro en Guadix. De ahí que, durante meses, hubiera manifestaciones diarias, que un nutrido grupo de mujeres que pedían poder parir en Guadix permanecieran encerradas en el centro del ambulatorio, que hasta las procesiones de Semana Santa alteraran sus itinerarios aquel año para pasar por el ambulatorio y allí mismo junto a las mujeres se ponían el Minuto y el hijo de la Alfonsa a cantarle las correspondientes saetas a los pasos, que ríos de gente subieran hasta la estación a cortar el tránsito ferroviario, que los comercios cerraran por las tardes –a veces, todo el día- para facilitarle a los empleados participar en todo esto. Fue Guadix entero el que se movilizó durante meses, hasta que el ánimo comenzó a desinflarse al ver que nada se podía conseguir.

También sucedió que el Guadix CF le ganó al Valencia en la eliminatoria de la Copa del Rey. El 3 de enero de 2001 el equipo accitano, colista de aquel momento del Grupo IV de Segunda B, se hizo con la victoria ante el conjunto ché de primerísima división.

En las Navidades de 2003 fueron muchas las familias guadijeñas que brindaron con especial alegría. Las 40 series del 13.911 que compró la Hermandad de San Juan Evangelista se agotaron en pocos días porque un vidente dijo que llevaría premio y, adivinación o casualidad, el caso es que tocó.

Lo sobrenatural también ha sido tema recurrente de comidilla popular. Comentadas han sido las supuestas apariciones de fantasmas en la Magdalena, en Villalegre, en la Casa de Don Adriano, etc. Aunque, como siga estancado el plan de recuperación del casco histórico, hasta los espíritus van a tener que emigrar por falta de casa a la que amarrarse y de vivos a los que asustar. ¿Sucederá en Guadix?

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 15 de agosto de 2015

Somos prisioneros del anhelo y no lograr todo lo que se nos antoja, que suele ser mucho, nos convierte en seres rematadamente insatisfechos, nos hace sentirnos permanentemente frustrados. Y no creo que esto pueda explicarse sólo por la actual sociedad de consumismo-sin-fronteras, que nos pone la miel en los labios y nos la quita cuando estamos a punto de empezar a saborearla a menos que paguemos por ello y, como gastar en apetencias es un lujo fuera de nuestro alcance, toca resignarse y estar de continuo de mal humor. Lo del “culo veo, culo quiero” es más viejo que la tos. Esta manera que tenemos los humanos de funcionar la traemos de fábrica.

Y todo esto viene a santo de que, hace un par de semanas, y así os lo comentaba aquí en este espacio, andaba yo con unas ganas locas de verano “verano”. Echaba en falta sudar la gota gorda, sentirme tan pegajosa que ni una sucesión de duchas pudiera aliviarme. Añoraba entrar al edificio en el que vivo e imaginarme durmiendo la siesta sobre la tumbona playera en el hueco de la escalera, romper abanicos y quemar ventiladores de tanto usarlos, pasar el rato paseando pasillo arriba, pasillo abajo en la sección de congelados del súper, no encontrar postura para pillar el sueño ni bebida que calmase ese reseco que no se va.

“Ésta no sabe lo que está diciendo”, os dijisteis, seguro, más de uno de vosotros mientras me leíais cuando describía los estragos del calorín como auténticas virtudes. Podía llegar a comprender perfectamente vuestra perplejidad, ya que, con las olas ininterrumpidas de calor –más bien tsunami- que habéis padecido –y seguís padeciendo-, normal que estuvieseis deseando inaugurar la temporada de mesa camilla. Ahora que llevamos en Berlín unos cuantos días por encima de los 30 grados, me sumo a los pro-invierno y añoro como el que más el tacto de las sábanas de franela y los jerséis de cuello vuelto.

¡Ay! No hay quien nos entienda. Nunca tenemos lo que queremos. Por eso hablaba al comienzo de que la nuestra es la historia de una eterna insatisfacción… y también de una flagrante tendencia a olvidar con facilidad. Cuando dentro de unos meses las plantas de los pies las tengamos más frías que las placas de hielo que estemos pisando, se nos acartone la ropa tendida por la helá caída y se nos congele el moquillo conforme vaya asomando por la nariz, entonces, pa’ entrar una miaja en calor, evocaremos gustosos estas tardes de verano en bañador y con paños mojados en la nuca.

¡Anhelos, anhelos!

Ya esté uno o no de vacaciones, estas semanas de bajón generalizado de la actividad cotidiana son una ocasión inmejorable para volver la vista hacia uno y hacer balance de lo que va de año. En este repaso se cuelan aquellos propósitos de Año Nuevo que nos hicimos mientras nos metíamos a presión en la boca una uva tras otra y resulta que descubrimos que todo aquello, más que una colección de metas realistas, no era más que puro anhelo. Ahora con treinta, cuarenta, cincuenta, taitantos años añoramos el superávit de que gozaba nuestra hucha con tanta propina como recibíamos a los cinco años, la energía que gastábamos con diez años, el cuerpo que teníamos a los quince, la vida social de los veinte años y así, en vez de objetivos alcanzables, mientras brindamos tras las Campanadas nos proponemos, año tras año, hacer dietas matadoras, controlar cada céntimo que sale del monedero y seguir un calendario de entrenamientos tan extenuante como el planillo de citas con amigos y parientes con los que pretendemos ampliar el trato, sin contar con que ya no tenemos ni cinco, diez, quince ni veinte años. Es decir, anhelo sobre anhelo. Y me pregunto que pa’ qué nos sirve tanto anhelo, pues en verdad no hay ni mijita de gana de volver a los complejos de la infancia, la edad del pavo, el acné juvenil, los atracones de apuntes en interminables noches de estudio: bien nos podríamos repetir esto en Año Nuevo y ahora mismo que nos hallamos en plena evaluación semestral. Porque la nostalgia adorna y deforma tanto todo de tal manera que el presente en comparación se presenta como la más dura de las condenas. Y no, que no, tampoco es eso, para nada.

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Publicado en Wadi As en su edición del 8 de agosto de 2015

 

Cómo y cuándo se come lo que se come en un sitio determina una parte importante de los hábitos de esa comunidad. Por eso, ahora que en Guadix se habla mucho de la gastronomía local como atractivo turístico imprescindible y que, como consecuencia, se están poniendo en marcha actuaciones para recuperar, mantener y promocionar la cultura culinaria accitana –recopilaciones de recetas tradicionales, cursillos de cocina autóctona, seminarios para profesionales del sector…-, debería repararse también en esas reuniones sociales y costumbres populares que han estado en el calendario de muchas familias guadijeñas durante muchos años y que tienen el comer/la comida como eje central.

Decir Guadix en festivos y fines de semana ha sido durante mucho tiempo sinónimo de irse de merienda o de domingueros. En los meses de calor, las meriendas se han hecho por lo general cerca de una poza, acequia, riachuelo, manantial, etc. y en lugares con buenas sombras, mientras que se han elegido espacios más abiertos en otoño o en los días invernales de sol.

No pocas se han hecho en el Tesorillo, la huerta de Juan Varón, la alamea del Guirrete, Fuente Alta (Huélago), la Fuente la Reja (pasado el puente de la bomba) o en las faldas de los cerros del Diente y la Muela, así como en la Rosandrá de Aldeire, la Tizná y el barranco de Jérez, la Fuente la Gitana de La Peza o el pantano de Cogollos. Ya fuera en familia o junto a vecinos o amigos, se iba, eso sí, con la idea de echar todo el día, es decir, de hacer comida, merienda y cena, y de no parar de picar. Y es que a las meriendas se iba fundamentalmente a comer y si, de camino, uno se quitaba  calores  o fríos, mejor que mejor. No podía faltar la siesta reglamentaria sobre mantas de lana de pastor.

La comida se transportaba en canastas de mimbre. Se buscaba un sitio fresquito –la orilla del arroyo, la “tejea” (atarjea) del agua…- para poner las bebidas, sandías y melones. A veces se cocinaba in situ un buen arroz, se asaban sardinillas o chuletillas de cordero a la parrilla, aunque también de casa solía llevarse la tortilla de patatas, la pipirrana, el conejo o el pollo frito con ajos o en fritá, los filetes empanaos, la ensalá de verano –con patatas cocidas, atún, huevo duro, aceitunas…-, entre otros, además de pan comprado por la mañana tempranico.

Menú similar tenían –tienen- los que optaban –optan; haberlos, aún haylos- por ir en verano de domingueros. Solemos entender por “domingueros” los que hacen la merienda en la playa. Y por todos es sabido que la playa preferida por el dominguero accitano ha sido la del Zapillo, en Almería.

Una muy buena ocasión para encontrarse con familiares y vecinos tras una jornada de mucho calor han sido las “sangriadas” que se organizaban en las tardes –más bien noches- estivales, algo que se está perdiendo: se preparaba sangría casera bien fresquita y para comer se servían papas que se asaban en el horno del barrio y que se tomaban aviadas con sal y pimienta.

En el puente de la Purísima arranca la temporada de las matanzas. Antes se hacían mucho más que ahora, aunque con la crisis ha habido un repunte. Cuando los hogares no disponían de frigoríficos ni de arcones congeladores, la mayor parte del marrano –las panzas, el espinazo, los jamones, las paletillas, las patas y la careta- se salaba para que durara todo el año. Los lomos, las costillas y el embutido se echaban antiguamente en aceite para que no se ranciaran. De la manteca se sacaban los chicharrones con los que luego se amasaban tortas. Para las matanzas se juntaban las familias y durante las mismas se comían las chicharrillas en la lumbre, masa de chorizos y las morcillas a las que, en la caldera, se les rompía la tripa. Era típico acompañar la comida con tragos de vino del país. Además, se preparaba –y comía- la asadura con cebolla y los riñones con ajo y vino. Junto al aroma a horno de leña, siempre ha sido muy característico que las calles de Guadix olieran en invierno a cebolla cocida, muy usada en las matanzas.

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