Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Historias de verano’ Category

¡Qué dura es la vida del veraneante de sol y playa! Que si levantarse, echarse un agüilla por lo alto, desayunar lo que sea, ponerse el bañador, las chancletas y la toalla a modo de fular, cargar con los bártulos, descargarlos en segunda, tercera, quinta fila -si quieres primera, ya sabes, a luchar por ella al rayar el alba- y ¡hala!, a tumbarse a la bartola que si panza arriba, que si panza abajo, que si chapuzón en el mar, que si sentarse y hojear el periódico, que si ponerse las gafas de sol para mirar de reojo a la que hace toples, al que presume de pectorales mientras se embadurna de bronceador, que si otro chapuzón, que si de nuevo panza arriba y de nuevo panza abajo, que si cuidar de que no deje marca el traje de baño, que si coger de nuevo los trastos ahora rumbo a casa, que si tomarse el café con hielo para llevar mejor la caló de la sobremesa, que si levantarse de la siesta empapao en sudor y tener que empinarse la botella de horchata o el cartón de leche del frigo para refrescarse, que si otra vez ponerse el bañador y las chancletas y echarse la toalla y, ¡venga!, a la playa a pasar otro rato a remojo, para después volver a la casa, ducharse, darse cuenta de que los roales coloraíllos escuecen de lo lindo y auguran momentazos con el roce de las sábanas, ponerse un hato arreglao pero informal y recorrerse el paseo marítimo lo suficiente como para hacer hambre, tener que decidir entre un helado o una caña, cenar lo que sea en el balcón del apartamento, ver lo que echen en la tele -oír la del vecino- y hasta mañana. Y así una semanita, quince días, ¡un mes!

¡Fo! Para eso si, por la noche, no hay sesión de cine sobre la arena, que entre la humedad que viene del mar -cala ¡y de qué manera! – y la incómoda postura a la que obligan las circunstancias, sale uno con tamaño dolor de huesos de una función que, para más inri, suele estar interrumpida además continuamente por lloreras de caprichosos niños enrabietados, risotás de mocicones chistosos y chascarrillos de abueletes que comentan hasta los títulos de crédito.

¡Fo! Para eso si, por la noche también, no se cuela en el dormitorio un mosquito de los que vuelan junto a tu oreja y saltas del colchón como una exhalación, te tiras un buen rato zapatilla en mano y con la ventana abierta de par en par y, después de mirar por todos lados y aguzar el oído, te rindes y regresas a la cama habiendo, eso sí, bajado la persiana y echado las cortinas, para que no vuelva, para que no entren más. Y recociíco de calor sudando a mares te levantas, además de lleno de picotazos, pues al parecer el mosquito se quedó y se dio el festín padre con tu sangre. Sangría ésta y no la que sirven a precio de un Vega Sicilia en el bar de la esquina.

¿Que esto es vida? ¿Con atascos de salida y entrada, baños de gasolinera atascados de asquerosidades varias, colas en el super, en el chiringuito, hasta para quitarse la arena en la ducha de pies? ¿Que esto es vidorra? ¿Con las lumbares hechas trizas por pasar horas 1) sentados en hamacas bajas, 2) en cuclillas buscando piedras de colorines que acabarán en la basura, 3) ayudando al crío a levantar el castillo de rigor, 4) en las partidillas de petanca, minigolf, fútbol-playa, 5) …?

Aunque lo que más cuesta arriba resulta en el veraneo es la pereza que sobreviene, la lentitud con la que avanza el reloj cuando en verdad no se tiene nada significativo que hacer, cuando todos los días son ese día de la marmota, calco uno de otro. La primera y la segunda jornada son la concreción del relajo soñado en el frenético ritmo diario. Pero, a partir de la tercera, la inercia hace el resto y hasta las peleas con la pareja, que aumentan exponencialmente al tiempo de estrecha convivencia, pasan sin pena ni gloria. Está uno vago hasta para discutir. Dura, sin duda, la vida del veraneante de sol, mar, etc. Sin embargo, algo tendrá de bueno, digo yo, cuando es tan seguida, querida y repetida. Qué será, qué será.

vacation-149960_960_720

 

Read Full Post »

Publicado en Wadi As en su edición del 22 de agosto de 2015

 “¿Te acuerdas de…? ¿Y de…? ¿Y de…?”. Preguntas que se cuelan en muchas de esas conversaciones que mantenemos al calor del verano, al frescor de la convidá nocturna, con amigos y parientes a los que vemos de Pascuas a Ramos. La tertulia se anima cuando empiezan a enumerarse ocasiones en las que Guadix y comarca fueron noticia y cuyo recuerdo sigue presente en la memoria colectiva.

Es el caso del rescate de los ocupantes de un avión norteamericano siniestrado en el Picón en 1960 y que llevaron a cabo vecinos de Jérez del Marquesado, de la riada tremenda de los 70, del rodaje de Indiana Jones en los 80, de la visita de los Reyes Don Juan Carlos y Doña Sofía en los 90, de la lluvia de millones en la lotería de Navidad apenas inaugurado el nuevo milenio. De la apertura del hospital hace ya casi una década, unos veinte años del cierre de las minas de Alquife, treinta años del de la línea ferroviaria Guadix-Baza-Almendricos.

Llama la atención lo poco que, a quienes fueron testigos de aquellos hechos, les cuesta dar detalles al respecto. Y es que el paso del tiempo, lejos de mandar esta colección de recuerdos al olvido, los ha puesto en valor frente a otros sucesos que también fueron noticia. Por ejemplo, resulta muy significativo que muchos accitanos tengan grabada la fecha del 19 de octubre de 1973. Que se recuerde día, mes y año ya dice mucho de la magnitud de la riada que entonces tuvo lugar, de lo muchísimo que le impactó a la gente. Cuentan que fue de tal calibre que hasta en el parque se veían cerdos y gallinas que el agua había arrastrado desde las granjas y que a punto estuvieron de dinamitar el puente del río Verde porque los ojos estaban tapados con todo lo que había arramblado la corriente. Por descontado que se inundaron todos los negocios del arco San Torcuato.

No hubo accitano que no saliera a manifestarse, no quedó pueblo de los alrededores del que no viniera alguien para sumarse a las movilizaciones que exigían un hospital comarcal para Guadix. A mediados de los 80 se planteó hacer un hospital en Baza. El argumento que se daba era que a la gente de toda aquella zona le pillaba muy a desmano ir hasta Granada para recibir asistencia hospitalaria. Los accitanos, sin embargo, no entendían por qué construir el hospital bastetano tenía que impedir levantar otro en Guadix. De ahí que, durante meses, hubiera manifestaciones diarias, que un nutrido grupo de mujeres que pedían poder parir en Guadix permanecieran encerradas en el centro del ambulatorio, que hasta las procesiones de Semana Santa alteraran sus itinerarios aquel año para pasar por el ambulatorio y allí mismo junto a las mujeres se ponían el Minuto y el hijo de la Alfonsa a cantarle las correspondientes saetas a los pasos, que ríos de gente subieran hasta la estación a cortar el tránsito ferroviario, que los comercios cerraran por las tardes –a veces, todo el día- para facilitarle a los empleados participar en todo esto. Fue Guadix entero el que se movilizó durante meses, hasta que el ánimo comenzó a desinflarse al ver que nada se podía conseguir.

También sucedió que el Guadix CF le ganó al Valencia en la eliminatoria de la Copa del Rey. El 3 de enero de 2001 el equipo accitano, colista de aquel momento del Grupo IV de Segunda B, se hizo con la victoria ante el conjunto ché de primerísima división.

En las Navidades de 2003 fueron muchas las familias guadijeñas que brindaron con especial alegría. Las 40 series del 13.911 que compró la Hermandad de San Juan Evangelista se agotaron en pocos días porque un vidente dijo que llevaría premio y, adivinación o casualidad, el caso es que tocó.

Lo sobrenatural también ha sido tema recurrente de comidilla popular. Comentadas han sido las supuestas apariciones de fantasmas en la Magdalena, en Villalegre, en la Casa de Don Adriano, etc. Aunque, como siga estancado el plan de recuperación del casco histórico, hasta los espíritus van a tener que emigrar por falta de casa a la que amarrarse y de vivos a los que asustar. ¿Sucederá en Guadix?

 

Read Full Post »

Publicado en Wadi As en su edición del 15 de agosto de 2015

Somos prisioneros del anhelo y no lograr todo lo que se nos antoja, que suele ser mucho, nos convierte en seres rematadamente insatisfechos, nos hace sentirnos permanentemente frustrados. Y no creo que esto pueda explicarse sólo por la actual sociedad de consumismo-sin-fronteras, que nos pone la miel en los labios y nos la quita cuando estamos a punto de empezar a saborearla a menos que paguemos por ello y, como gastar en apetencias es un lujo fuera de nuestro alcance, toca resignarse y estar de continuo de mal humor. Lo del “culo veo, culo quiero” es más viejo que la tos. Esta manera que tenemos los humanos de funcionar la traemos de fábrica.

Y todo esto viene a santo de que, hace un par de semanas, y así os lo comentaba aquí en este espacio, andaba yo con unas ganas locas de verano “verano”. Echaba en falta sudar la gota gorda, sentirme tan pegajosa que ni una sucesión de duchas pudiera aliviarme. Añoraba entrar al edificio en el que vivo e imaginarme durmiendo la siesta sobre la tumbona playera en el hueco de la escalera, romper abanicos y quemar ventiladores de tanto usarlos, pasar el rato paseando pasillo arriba, pasillo abajo en la sección de congelados del súper, no encontrar postura para pillar el sueño ni bebida que calmase ese reseco que no se va.

“Ésta no sabe lo que está diciendo”, os dijisteis, seguro, más de uno de vosotros mientras me leíais cuando describía los estragos del calorín como auténticas virtudes. Podía llegar a comprender perfectamente vuestra perplejidad, ya que, con las olas ininterrumpidas de calor –más bien tsunami- que habéis padecido –y seguís padeciendo-, normal que estuvieseis deseando inaugurar la temporada de mesa camilla. Ahora que llevamos en Berlín unos cuantos días por encima de los 30 grados, me sumo a los pro-invierno y añoro como el que más el tacto de las sábanas de franela y los jerséis de cuello vuelto.

¡Ay! No hay quien nos entienda. Nunca tenemos lo que queremos. Por eso hablaba al comienzo de que la nuestra es la historia de una eterna insatisfacción… y también de una flagrante tendencia a olvidar con facilidad. Cuando dentro de unos meses las plantas de los pies las tengamos más frías que las placas de hielo que estemos pisando, se nos acartone la ropa tendida por la helá caída y se nos congele el moquillo conforme vaya asomando por la nariz, entonces, pa’ entrar una miaja en calor, evocaremos gustosos estas tardes de verano en bañador y con paños mojados en la nuca.

¡Anhelos, anhelos!

Ya esté uno o no de vacaciones, estas semanas de bajón generalizado de la actividad cotidiana son una ocasión inmejorable para volver la vista hacia uno y hacer balance de lo que va de año. En este repaso se cuelan aquellos propósitos de Año Nuevo que nos hicimos mientras nos metíamos a presión en la boca una uva tras otra y resulta que descubrimos que todo aquello, más que una colección de metas realistas, no era más que puro anhelo. Ahora con treinta, cuarenta, cincuenta, taitantos años añoramos el superávit de que gozaba nuestra hucha con tanta propina como recibíamos a los cinco años, la energía que gastábamos con diez años, el cuerpo que teníamos a los quince, la vida social de los veinte años y así, en vez de objetivos alcanzables, mientras brindamos tras las Campanadas nos proponemos, año tras año, hacer dietas matadoras, controlar cada céntimo que sale del monedero y seguir un calendario de entrenamientos tan extenuante como el planillo de citas con amigos y parientes con los que pretendemos ampliar el trato, sin contar con que ya no tenemos ni cinco, diez, quince ni veinte años. Es decir, anhelo sobre anhelo. Y me pregunto que pa’ qué nos sirve tanto anhelo, pues en verdad no hay ni mijita de gana de volver a los complejos de la infancia, la edad del pavo, el acné juvenil, los atracones de apuntes en interminables noches de estudio: bien nos podríamos repetir esto en Año Nuevo y ahora mismo que nos hallamos en plena evaluación semestral. Porque la nostalgia adorna y deforma tanto todo de tal manera que el presente en comparación se presenta como la más dura de las condenas. Y no, que no, tampoco es eso, para nada.

Read Full Post »

Publicado en Wadi As en su edición del 8 de agosto de 2015

 

Cómo y cuándo se come lo que se come en un sitio determina una parte importante de los hábitos de esa comunidad. Por eso, ahora que en Guadix se habla mucho de la gastronomía local como atractivo turístico imprescindible y que, como consecuencia, se están poniendo en marcha actuaciones para recuperar, mantener y promocionar la cultura culinaria accitana –recopilaciones de recetas tradicionales, cursillos de cocina autóctona, seminarios para profesionales del sector…-, debería repararse también en esas reuniones sociales y costumbres populares que han estado en el calendario de muchas familias guadijeñas durante muchos años y que tienen el comer/la comida como eje central.

Decir Guadix en festivos y fines de semana ha sido durante mucho tiempo sinónimo de irse de merienda o de domingueros. En los meses de calor, las meriendas se han hecho por lo general cerca de una poza, acequia, riachuelo, manantial, etc. y en lugares con buenas sombras, mientras que se han elegido espacios más abiertos en otoño o en los días invernales de sol.

No pocas se han hecho en el Tesorillo, la huerta de Juan Varón, la alamea del Guirrete, Fuente Alta (Huélago), la Fuente la Reja (pasado el puente de la bomba) o en las faldas de los cerros del Diente y la Muela, así como en la Rosandrá de Aldeire, la Tizná y el barranco de Jérez, la Fuente la Gitana de La Peza o el pantano de Cogollos. Ya fuera en familia o junto a vecinos o amigos, se iba, eso sí, con la idea de echar todo el día, es decir, de hacer comida, merienda y cena, y de no parar de picar. Y es que a las meriendas se iba fundamentalmente a comer y si, de camino, uno se quitaba  calores  o fríos, mejor que mejor. No podía faltar la siesta reglamentaria sobre mantas de lana de pastor.

La comida se transportaba en canastas de mimbre. Se buscaba un sitio fresquito –la orilla del arroyo, la “tejea” (atarjea) del agua…- para poner las bebidas, sandías y melones. A veces se cocinaba in situ un buen arroz, se asaban sardinillas o chuletillas de cordero a la parrilla, aunque también de casa solía llevarse la tortilla de patatas, la pipirrana, el conejo o el pollo frito con ajos o en fritá, los filetes empanaos, la ensalá de verano –con patatas cocidas, atún, huevo duro, aceitunas…-, entre otros, además de pan comprado por la mañana tempranico.

Menú similar tenían –tienen- los que optaban –optan; haberlos, aún haylos- por ir en verano de domingueros. Solemos entender por “domingueros” los que hacen la merienda en la playa. Y por todos es sabido que la playa preferida por el dominguero accitano ha sido la del Zapillo, en Almería.

Una muy buena ocasión para encontrarse con familiares y vecinos tras una jornada de mucho calor han sido las “sangriadas” que se organizaban en las tardes –más bien noches- estivales, algo que se está perdiendo: se preparaba sangría casera bien fresquita y para comer se servían papas que se asaban en el horno del barrio y que se tomaban aviadas con sal y pimienta.

En el puente de la Purísima arranca la temporada de las matanzas. Antes se hacían mucho más que ahora, aunque con la crisis ha habido un repunte. Cuando los hogares no disponían de frigoríficos ni de arcones congeladores, la mayor parte del marrano –las panzas, el espinazo, los jamones, las paletillas, las patas y la careta- se salaba para que durara todo el año. Los lomos, las costillas y el embutido se echaban antiguamente en aceite para que no se ranciaran. De la manteca se sacaban los chicharrones con los que luego se amasaban tortas. Para las matanzas se juntaban las familias y durante las mismas se comían las chicharrillas en la lumbre, masa de chorizos y las morcillas a las que, en la caldera, se les rompía la tripa. Era típico acompañar la comida con tragos de vino del país. Además, se preparaba –y comía- la asadura con cebolla y los riñones con ajo y vino. Junto al aroma a horno de leña, siempre ha sido muy característico que las calles de Guadix olieran en invierno a cebolla cocida, muy usada en las matanzas.

Read Full Post »

Artículo publicado en Wadi As en su edición del 25 de julio de 2015

Basta con echarle un vistazo a las fotos que suben paisanos nuestros a los grupos que sobre Guadix hay en Facebook, para comprobar lo mucho que ha cambiado la ciudad en las últimas décadas: el asfaltado de las calles, el alumbrado, la urbanización de la barriada de las Cuevas, servicios educativos y sanitarios, infraestructuras y dotaciones municipales, etc. En muchos aspectos, para bien. Claro que todo tiene su contraparte y no siempre es buena. Así, estar conectados con Granada por autovía, una incuestionable mejora, le ha hecho sin embargo flaco favor al comercio accitano tradicional, incapaz de competir en precio con las grandes superficies de la capital. Otro ejemplo lo encontramos en las nuevas tecnologías que, por un lado, nos acercan al hijo que está de Erasmus en Helsinki, pero por otro hacen que no nos veamos obligados a relacionarnos con el vecino con la intensidad de antaño. La identificación con el barrio, sentirse de un barrio en particular, no es algo que nos importe demasiado ni nos defina. Da igual donde físicamente viva uno, que uno puede sentirse parte de una comunidad virtual o sita en cualquier lugar del mundo. Hacer vida de barrio casi, casi viene a reducirse a bajar al bar de la esquina a tomarse una cervecilla de higos a brevas. Por descontado que en el caso concreto del casco histórico y los barrios señeros de Guadix, la puntilla se la han puesto las sucesivas planificaciones urbanas, que han propiciado el crecimiento en/hacia la periferia en detrimento de la conservación del centro de la ciudad. Algunas zonas de San Miguel y Santa Ana están que da pena.

Como digo, basta con dedicar unos pocos minutos a repasar las imágenes que van nutriendo esos ciber-foros, mezcla de nostalgia y reivindicación –también hay hueco para la foto-denuncia-, para obtener una rápida, pero nítida radiografía del tiempo en que se vive, de la difícil papeleta que tiene Guadix, esto es, sus gentes, esto es, sus políticos y sus ciudadanos.

Guadix ha perdido peso en el mapa: de contar con más de 30.000 habitantes en 1950 pasa a estar por debajo de los 19.000 según los últimos datos. De la gestión de los grandes asuntos sí podemos responsabilizar a quienes han tenido el bastón de mando, pero la vida de un pueblo trasciende la política, va más allá del salón de plenos. Algo tendremos que decir los ciudadanos rasos al respecto de la discreta afluencia a las verbenas y demás actividades de las fiestas de barrio que, con mucho esfuerzo, tanto las asociaciones vecinales y hermandades como el ayuntamiento, intentan que no se pierdan, o sobre el creciente desinterés de las nuevas generaciones por las tradiciones locales. Tiempo… los jóvenes aducen/aducimos falta de tiempo para justificar, por ejemplo, que en vez de comprarle directamente a los campesinos la fruta o la verdura de temporada o de optar por la plaza de abastos para mercar género fresco –como se venía haciendo-, vayamos al super, donde de una atacada lo compramos todo, o que encarguemos por Internet lo que sea que luego recibimos a domicilio. Ahora bien, pensemos en cuánto tiempo de oro no se nos va en los telefonicos dichosos o en planes de ocio que se reducen a consumir por consumir y, entonces, tal vez podríamos rascar minutejos para ir a por pimentillos de la vega o a por un pollo de corral. Lo más exquisito no tiene por qué ser más caro. Vete a cualquier horno de Guadix y cómprate un simple bollo de aceite. Eso sí que es sabor.

Cuando sale el tema “pasado y porvenir en Guadix” en los corrillos de vecinos que toman el fresco en las noches de verano, la charla siempre se remata con un incómodo silencio que viene a invitar a los presentes a disolver la reunión. Y es que no es sencilla la respuesta. Para recuperar la vidilla de barrio no basta con quitarle a los críos las tablets, ponerles tizas en las manos y obligarles a pintar rayuelas en el suelo. No es fácil reconstruir eso que llaman “tejido social” cuando no conocemos a quien vive dos puertas más arriba. Pero, bueno, algo habrá que hacer. Al menos, por nuestra parte, que no quede.

Read Full Post »

Publicado en Wadi As en su edición del 18 de julio de 2015

 

Ha sido costumbre en Guadix salirse a la puerta a tomar el fresco en las noches de verano. Precisamente lo que fue y sigue siendo costumbre en nuestro pueblo centró hace unos días –noches, quiero decir- la tertulia de uno de estos cónclaves vecinales. Considérese el inventario recogido en este escrito, más que una invitación a la nostalgia, una excusa para interesarse por lo que hemos sido y por lo que somos, algo fundamental para saber pa’ónde tirar, máxime cuando tantas esperanzas hay puestas en el turismo como motor de desarrollo: no se puede vender lo que se desconoce o no se conoce en profundidad.

Bien, pues además de lo de hacer corrillo nocturno-estival, también ha sido costumbre en Guadix ir a los caños a por agua y a las huertas a por lechugas que se lavaban en esos caños y se comían apenas arrancadas, y poner en las puertas de las casas cortinas alpujarreñas, y hacerle las “flores de mayo” a la Virgen. En la época en la que todo esto era costumbre –anteayer, vamos-, era frecuente cruzarse con aguadoras, lavanderas, hojalateros, barquilleros, arrieros, silleros, cabreros, semaneros. El campo y el ganao han sido importantes en la economía accitana y no era raro que alguien en la familia fuera segaor, aperaor, herraor, carrero, talabartero, mulero, marchante. También había caleros, carboneros, picaores de cuevas, betuneros. Y sastres, modistas y zapateros, que aún haberlos haylos, pero no tantos como antaño, igual que sigue habiendo comerciantes, aunque el gremio no tiene el peso de hace décadas.

Hoy día sigue siendo costumbre subir a la Virgen –de las Angustias- a hacer la visita, y tirar unos cuetecicos por casi cualquier cosa, y tener en casa cerámica de alfareros locales, e irse a andar –antiguamente “salir a tomar el sol”-. Hay tradiciones, muchas de ellas de raigambre religiosa, que no se resignan a desaparecer, si bien cuentan con menor participación, caso de las fiestas de los barrios señeros (Santa Ana, San Miguel o la Estación), San Torcuato, que sigue festejándose aunque sin la fuerza de antes –ya sin aquellos certámenes de bailes regionales en la plaza de las Palomas, sin tanto chiquillerío vestido de aldeano por las calles y en la procesión-, o San Antón, en cuyo honor continúan prendiéndose lumbres, aunque el ritual de la cuña y el cañadú es menos seguido. ¿Resistirán el paso de los años? ¿Aguantarán las embestidas de los nuevos tiempos la peregrinación a Face Retama o la recuperación del baile de la rifa? ¿Y la feria, las Cruces de Mayo, la Semana Santa? ¿Seguirán siendo costumbre en un futuro? Quién sabe. La vida es tan imprevisible que lo que hoy gusta, mañana no, o sí. Y, oye, que tampoco es cuestión de negar lo inevitable: los tiempos cambian, cambian las necesidades de las personas, las modas reflejan las preferencias del presente y las tradiciones heredadas que buenamente se puedan acomodar a ellos serán las que sobrevivan, atenuadas, reinterpretadas, y otras se perderán y pasarán a ser historia.

Sin embargo, y aun teniendo en cuenta esto, si Guadix quiere posicionarse como referente turístico, tendrá que mirar por sus costumbres con un mayor celo, pues en parte estas conforman ese valor añadido, ese factor identitario que le definirá, le particularizará, le diferenciará del resto. Más que por razones sentimentales, lo que debe mover a las instituciones y a la iniciativa privada a velar por las tradiciones es esto de hacer singular el “producto Guadix”, de decirle al turista que venga porque hay esto, esto y esto que no encontrará en ningún otro sitio.

En muchos casos se tratará de darle una vuelta a lo que ha habido y rescatarlo al presente quizás de otra manera, pero respetando la esencia que lo motiva y sustenta. Un ejemplo claro es el auge del sector vitivinícola en la comarca: han sabido ver el interés que el mercado tiene por nuevos caldos y continuar por esa vía con la trayectoria agrícola de la zona. Otro ejemplo es el Cascamorras infantil, una forma acertadísima de aficionar a los accitanos a la fiesta desde pequeños. Hay que sembrar para después poder cosechar. Veamos, pues, las costumbres no como una rémora caduca, sino como la oportunidad de garantizar la pervivencia de la identidad en un mundo en el que lo genuino, por escaso, es un bien preciado.

Read Full Post »

Artículo publicado en Wadi As en su edición del 11 de julio de 2015

Recuerdo que aquella noche hacía mucho calor: ni abiertas todas la ventanas corría una pizca de aire ni por mucha agua que bebiese se me quitaba la sed ni abanicándome sin parar contrarrestaba el calorín recocío de mi cuarto. Flaco favor hacían el flexo, que más que un punto de luz parecía una estufilla a dos palmos de mi cara, y la pila de apuntes y libros sobre la mesa, dispuestos casi a modo de muralla, lo que creaba, además, un plus claustrofóbico. Porque como saben ustedes, queridos paisanos, la caló, a diferencia del calor, tiene un valor añadido respecto al segundo: la caló es el calor que ya caló, es la sensación de un calor que está bien metido dentro. Para combatir los efectos del calor basta, por ejemplo, con tener a mano un botijo cargado, con echarse en la tumbona bajo la luna y dejarse mecer por la nana del grillo, con poner los pies a remojo en una palangana. Pero la caló… ¡ay, la caló! La caló nos puede, nos desespera, nos saca de nuestras casillas. Ante la caló sólo cabe tomar las sábanas como bandera blanca y rendirse ante el insomnio por puro agotamiento. ¿Qué hacer ante tan implacable enemigo, que no da tregua ni siquiera a las tantas de la madrugada, cuando en teoría se podría alcanzar ese mínimo bienestar necesario para reponer fuerzas ante el envite del día siguiente? Pues poco más que asumirlo y sobrevivir a ello como buenamente se pueda.

Escribo estas líneas con la espalda pegada al respaldo de la silla, el pelo a la nuca y las yemas de mis dedos a las teclas del portátil. Obra y gracia de la caló estoy envuelta por una segunda piel formada por sudor y todo lo que se le pega. Damnificada también por la ola de calor que ustedes padecen con más rigor aún, Berlín inaugura verano de una manera que le es totalmente ajena. La ciudad no está hecha para el calor y mucho menos pa’ la caló. No se ve ni una mosca revolotear en las basuras, ¡con lo que les gusta! Es que son moscas del norte, ¡caramba! Bueno, a lo que iba. Que queriendo yo concentrarme para escribir mis cosicas, voy y me doy de bruces con esta mayúscula incomodidad de sentirme calaíca de caló y con ello recupero del archivo aquella noche de junio en la que, al igual que hoy, me era realmente complicado centrar mi atención. Entonces estaba de lleno sumergida en la preparación de las pruebas de Selectividad. Estaba la madrugada mu’ metía cuando decidí hacer una pausa. A los vecinos que habían salido a las puertas a tomar el fresco –poco fresco se pilló aquella noche- ya no se les oía. En mi casa también había silencio. Bajé al salón y puse la tele. Quizás zapear un poco me ayudaría a olvidar la caló por un rato, debí pensar, y me senté sobre el suelo de la sala. Más que sobre mármol parecía estar sobre el capó de un coche al sol, por cierto. Nada interesante en la televisión. Verano y a esas horas… era de esperar. Una frase me hizo echar el ancla en un canal y dejar el mando a un lado: “El calor te ha vuelto insoportable”, le decía una Liz Taylor espectacular a un atractivísimo Paul Newman, enfrascados en una discusión memorable de una de las muchas secuencias para el recuerdo que reúne ‘La gata sobre el tejado de zinc’, que así se llama la película que me puse a ver. Maggie, puro fuego; Brick, puro hielo. Entre ambos, rencor, frustración, reproches. Y mucho más. La tensión que existe en esta pareja en caída libre va in crescendo a lo largo de la película, en la que las mentiras, las apariencias, los intereses ocultos, los problemas no resueltos generan una atmósfera irrespirable. En comparación con la caló que impregnaba esta historia, lo mío era una chuminá. Y así, de la mano de este obrón de Tennessee Williams llevado a la gran pantalla magistralmente por Richard Brooks, fue cómo logré el refresco ansiado. La literatura –buena- y el cine –bueno también- de nuevo saliendo en auxilio. Remedios recomendables, sin duda, para esas noches que arden.

“El calor te ha vuelto insoportable”, le decía una Liz Taylor espectacular a un atractivísimo Paul Newman, enfrascados en una discusión memorable

“El calor te ha vuelto insoportable”, le decía una Liz Taylor espectacular a un atractivísimo Paul Newman, enfrascados en una discusión memorable

Read Full Post »

Older Posts »