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Archive for the ‘Notas al margen’ Category

Publicado en Wadi As en su edición del 30 de mayo de 2015

 

Calcadita a la cara que puse el otro día cuando, con el carricoche cargado después de una compra generosa, me disponía a coger el ascensor hasta el andén del tren que me llevaría a casa y, ¡sorpresa!, estaba fuera de servicio por avería –y lo estaría durante todo el mes siguiente-, ha sido la de un chico que, en silla de ruedas, ha querido acceder a la sucursal de su banco y no ha podido por serle imposible salvar el escalón de la puerta de entrada. Llámenlo rabia, indignación, impotencia, que, al final, la mueca que queda impresa en el rostro viene a ser la misma cuando uno ve interrumpida su rutina y, lo que es peor, se siente en desventaja respecto a los demás: el entorno se transforma de repente en territorio hostil para personas con movilidad reducida. Y entre los afectados por los obstáculos que le dificultan o le impiden a uno desenvolverse con naturalidad no están solo quienes van en silla de ruedas o con cochecitos de bebé, sino también mayores con bastón o andador, aquellos que necesiten muletas, quienes lleven maletas o un simple carrito de la compra. Estas barreras arquitectónicas entorpecen asimismo tareas tales como, por ejemplo, el vaciado de los contenedores para los operarios de limpieza, la evacuación de enfermos en camilla para los efectivos sanitarios o la carga y descarga de mercancías para los transportistas, además de suponer una notoria incomodidad para todo hijo de vecino.

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Ciertamente esta es una dimensión desconocida hasta que ves mermadas tus posibilidades de movimiento por diversas circunstancias y entonces te das cuenta de lo mucho que estorban papeleras y farolas, que hacen que las ya de por sí estrechas aceras lo sean aún más; en lo altos que son los bordillos y en la mucha distancia que hay hasta el firme; en lo poco que está en verde el semáforo; en lo resbaladizas que son las losetas fashion del flamante nuevo paseo de turno a poco que llueva, hiele, nieve.

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Bien podría darme con un canto en los dientes porque en esta materia Berlín tiene mucho avanzado, como acreditan sus autobuses urbanos, con sitio suficiente para que quepan carritos de bebé, sillas de ruedas y usuarios con andadores; los ascensores espaciosos que suele haber en la mayoría de las estaciones de su red de metro y tren; los nuevos vagones de tranvía a los que se accede sin dificultad alguna; las anchas escalinatas de escalones planos y bajos en edificios públicos que permiten margen del maniobra, o la instalación de marquesinas en muchas paradas de autobús.

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Y no sólo en lo que respecta al espacio público: hasta hay edificios particulares de construcción antigua que, para salvar las barreras, han sido provistos de un sistema de apertura automática de puertas que se activa cuando un sensor detecta la llegada de alguien. Es bastante frecuente que los bares tengan tablas-cambiador y tronas -de gran ayuda para las familias con niños pequeños- e incluso rampas portátiles para salvar el escalón de acceso.

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Pero no está todo el trabajo hecho. Aún hay importantes nudos de comunicaciones en los que ascensores y rampas brillan por su ausencia, en muchos casos trascurren semanas hasta que reparan los ascensores estropeados, muchos cafés y restaurantes ofrecen pocas o nulas opciones cuando hay que buscar acomodo a clientes en sillas de ruedas o con carricoches, para entrar en muchos centros comerciales hay que pasar por puertas giratorias, lo cual se convierte en misión imposible para carritos y sillas de ruedas, y cuando hay puerta normal como alternativa, pesa un quintal, por lo que deja de ser una alternativa.

Por eso, aun reconociendo lo cómoda que es la vida en muchos aspectos en la capital alemana, no me conformo con las facilidades existentes. Vosotros, en vuestros lugares de residencia, tampoco debéis cejar en vuestro empeño de llamar a la concienciación colectiva al respecto en tanto siga habiendo situaciones que generan ciudadanos de segunda. Al reivindicar la supresión o atenuación de barreras arquitectónicas no estamos pidiendo un capricho, sino reclamando el cumplimiento del principio democrático de igualdad de oportunidades: que sean cuales sean nuestras circunstancias personales, todos, sin excepción, podamos usar y disfrutar del espacio en el que nos movemos: que las ciudades, en definitiva, se adapten a nosotros y a nuestras exigencias, y no al revés, esto es, que la existencia de estos obstáculos condicione nuestro día a día.

 

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¡Qué grande es Joe Cocker! Y lo es por la sencilla razón de ser el único que ha logrado convertir las versiones que ha hecho de otras canciones, en “sus” canciones, diluyendo casi la autoría de quienes las compusieron. Pena que no viva taitantos años más para seguir versionando y deleitándonos con su gran maestría y mejor voz. Como prueba de ello, comparto a continuación estos tres vídeos.

First we take Manhattan” (de Leonard Cohen). De esta versión no alabo tanto la personalidad que le aporta a una pieza que lleva el sello de otro fenómeno musical como es el gran Cohen, como el mero hecho de haberse atrevido con una canción del artista canadiense. ¡Olé tus tripas, Cocker! Aparte que el producto resultante es bastante bueno.

 

Sorry seems to be the hardest word” (de Elton John). Personalmente prefiero escuchar esta canción en boca de Cocker, sin el toque nasal de John. Prefiero el movimiento de Joe con el que quisiera sacar toda la energía para hacer su voz aún más desgarradora, que las pintas estrafalarias de Elton sentado al piano. Pero es cuestión de gustos, claro está.

With a little help from my friends” (de Los Beatles). ¿Cómo, que esta canción es de los escarabajos ingleses? ¿Acaso no era de Cocker? Sí, exacto, este caso tira por tierra el dicho ese según el cual cualquier versión que se haga es incapaz de superar o mejorar la original. Pues va a ser que no.

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Publicado en Wadi As en su edición del 18 de abril de 2015

El primer libro de cuya lectura tengo un recuerdo más o menos nítido era uno finito y con ilustraciones que recopilaba una veintena de poemas de Gloria Fuertes bajo el título de “Piopio Lope, el pollito miope”. La portada era azul y se veía en el centro al susodicho pollito subido en un cascarón de huevo, navegando por un mar embravecido. Lo que, por más bromas que humoristas patrios hayan hecho de la autora, nadie le puede quitar es ni un ápice de mérito, pues recurrió a la poesía, género literario que tanta maestría precisa, como lenguaje con el que compartir su mundo de fantasía ni más ni menos que con los niños, público exigentísimo al que no le vale cualquier cosa. No sé hasta qué punto la señora Fuertes fue “culpable” de mi afición a la lectura, pero desde luego que algo tuvo que ver cuando uno de sus libros es el primero de otros muchos, muchísimos que le han seguido. Ahora que a mis espaldas cargo con treintaytantas primaveras, me doy cuenta de la enorme valía de esta poeta que, con palabras fáciles de pronunciar y comprender, con rimas pegadizas y musicales, era capaz de plantear situaciones, imposibles y absurdas para los adultos, sorprendentes y divertidas para los críos.

Tras Piopio Lope vinieron más libros de Gloria Fuertes, otros tantos de Barco de Vapor, cuentos de los hermanos Grimm y Andersen, clásicos de la literatura adaptados para pequeños lectores, los primeros “poemas poemas” de Neruda, Quevedo, Darío, etc. analizados en el colegio con la seño Lourdes… y en primero de BUP con Justo descubrí con “El perfume” cómo alguien puede ser a la vez despiadado y sensible, y en tercero con Mari Carmen Padilla nos empapamos tanto de Cervantes que hasta llegamos a escenificar uno de sus entremeses, y en COU Maruja nos ayudó a descifrar “Poeta en Nueva York”, poemario lorquiano complejo y profundo. Y en la facultad tuve unas pocas asignaturas que brillaban con luz propia frente a la mayoría –tostoneras totales-, y que incluían en el temario lecturas interesantísimas, algunas de las cuales recuerdo con cariño y agradecimiento, como las propuestas por Pedro Sorela en Redacción Periodística de segundo: la redención perseguida en “Los miserables”, de Víctor Hugo, la aproximación al horror nazi en “Si esto es un hombre”, de Primo Levi, y las reflexiones sobre la vida y la escritura de Rainer María Rilke en “Cartas a un joven poeta” son algunas de ellas. Y, en paralelo/sucediendo a la literatura disfrutada en las aulas, estuvo/está la que llega porque sí, la que encuentra uno en tomos antiguos en casa de los abuelos, con la que se reencuentra uno años después de la primera leída, la que te regalan, la que te recomienda el bibliotecario, la que te presta una amiga, la que inspira el guión de una peli fascinante, la que se compra por fascículos, la que se consume en archivos de audio, la que se escucha en un recital poético…

Y todo este historial lector me lleva a concluir que, más que placer y entretenimiento, la lectura lo que da es la oportunidad de transitar por tantos caminos como tramas contienen los libros y como veces vuelva uno a revivir las tramas de tales libros. Porque los libros te ofrecen la posibilidad de meterte en otra piel, de sentir de otra manera distinta a la tuya y, además, cuando a ti te apetezca. De su mano tienes la magnífica ocasión no ya de viajar a otros mundos, sino de ver el mismo mundo desde múltiples puntos de vista diferentes, de alcanzar una misma meta por muy diversas rutas; por eso un libro nunca se agota y de él aprenderás tantas cosas como veces lo leas. La lectura no es tanto el pasaporte a mil millones de universos, como la invitación a construir mil millones de caminos que están ahí esperando a ser trazados conforme vayas avanzando en las historias que plantean. Hagamos consciente este hacer camino al leer que emprendemos cada vez que dejamos de habitar nuestras vidas para enfundarnos en las que nos brinda la lectura.

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Publicado en Wadi As en su edición del 5 de octubre de 2012

 

Se dicen muchas cosas, tantas que al final uno acaba oyendo demasiado, pero no enterándose de na. Justo ahora, cuando más medios tenemos a nuestro alcance para estar más al tanto que nunca de lo que ocurre, más embrollado se vuelve todo cuando lo que queremos es saber toda la verdad, y nada más que la verdad, o, al menos, aspiramos a ello. Internet facilita el acceso a la información, y su intercambio, pero también es vía perfecta para la difusión de medias verdades, que son las más peligrosas, porque adquieren grado de incuestionables/incontestables sentencias a poco que logren calar en el momento adecuado, en el sitio preciso y bajo un nivel de crispación determinado. Con la apariencia de papeles clasificados que ven la luz obra y gracia de abnegadas ánimas que trabajan en pro del esclarecimiento de la Verdad absoluta, se están poniendo en circulación bulos camuflados como objetivas informaciones que, lejos de desvelar el complot universal del Mal contra el Bien que denuncian, lo que hacen es aumentar la confusión reinante. Así, mezclan lugares comunes, eslóganes de pancarta, cifras aportadas por organismos oficiales y rumores, a cientos, en una trama propia de novela negra, creando así historias verosímiles, fácilmente digeribles, pero que no remiten a una realidad concreta. Por nombrar uno de los últimos de estos virales está la traducción española de un artículo recogido por varios periódicos económicos alemanes de la corresponsal de uno de ellos en España, lo que se nos vendía como algo que nadie se había atrevido a publicar en nuestro país por la dureza de su análisis. Nos bastó leer los típicos reproches sobre las causas de la crisis hispánica, para agotar nuestra paciencia socavada por tanto ataque inmisericorde como los que recibimos a diario en lengua extranjera, y muchos de nosotros pasamos tan incendiario texto a casi toda nuestra agenda de contactos como parte de un documento clandestinamente conseguido que todo hijo de vecino debía conocer. Pero ni se trata de una información que no se haya publicado, que sí lo ha sido, ni es la más exhaustiva representante de la opinión que en el exterior se tiene de nuestra economía.

 

Ahora que los ánimos están como están, ahora más que nunca debemos vigilar lo que vemos y leemos y poner en duda cada puesta en duda, cada supuesta conspiración destapada, cada mesías dispuesto a inmolarse en pro del derecho del ciudadano a saber. Porque tal y como está el patio es muy sencillo que nos cuelen patrañas varias y que seamos una pieza más en este juego de desinformar por sobreinformación que, más que obedecer a un ejercicio de transparencia y responsabilidad civil, recuerda a ese pasatiempo infantil del “teléfono roto”, en el que los participantes se divierten al escuchar cómo un mensaje se va distorsionando conforme va pasando de persona en persona. Afilando nuestros sentidos y nuestro juicio crítico deberemos hacer frente a esta amenaza que desestabiliza más si cabe el complicado escenario sobre el que estamos obligados a actuar.

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Y yo que llegué hace un rato de casualidad al vídeoclip de “Sweet Dreams”, el tema de los Eurythmics que versionó a su manera siniestra -como no podía ser de otra forma viniendo de quien viene- Marilyn Manson, resulta que acabo de caer en la tremenda similitud entre este ser a mitad camino entre monstruo, disfraz y hombre/mujer, y la “Niña Medeiros”, encargada de sembrar el terror en la saga de “REC”.

 

Bueno, aquí os dejo el vídeo musical y la foto de la niña dichosica pa que ustedes vosotros podáis comprobar el apabullante parecido entre no precisamente dos bellezas de la Naturaleza. ¡Cómo se me había podido escapar!

 

Vídeo de Marilyn Manson

 
“La Niña Medeiros” en la película REC

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Será que la calor tan grande que está haciendo en Berlín me ha tostao la sesera más de la cuenta y estoy recuperando del pasado algunos fantasmas que creía absolutamente borrados de mi memoria. Hoy he amanecido con la imagen del Coyote Dax y el dichoso bailecito que acompañaba a su canción “No rompas más mi pobre corazón”. ¡Dios santo! Si entonces ya provocaba sonrojo, al reproducir en mi cabeza las muchas veces que la he oído en la radio y que la he visto ejecutar sobre la pista de baile en discotecas y en verbenas, ni os cuento. Algo que ya nació caduco al amparo de ese concepto de por sí caduco de “tecno-country-baladoso”, ha envejecido tremendamente mal.

 

 

Otros ejemplos sonrojantes de esto que hoy os cuento son la “Macarena” de Los del Río -merece post aparte- y el “Aserejé”. De título impronunciable y que incluso fue interpretado por unos pobres chalaos como un canto “satánico”, lo que seguro que muchos no sabéis es que existe una versión, cantada por las mismísimas Ketchup -el nombre del grupo es otra perlaca- en spanglish, y que es precisamente la que comparto con vosotros.

 

 

Que sí, que vale, que puedo aceptar que el hecho de que te den listo el bailecito ayuda a responder a la pregunta bastante recurrente de “¿Y cómo se baila esto?”, además de animar a los y las más vergonzosillos/as a saltar sin pudor al ruedo, pues todo el mundo está ahí dándolo todo, sin fijarse en ésta o aquél. ¿Os acordáis de “Saturday Night”, de Whigfield? Sonaba por los tempranos 90. Yo, en plena adolescencia, me volvía  loca cuando sonaba en alguna fiesta de cumpleaños. Bueno, yo, y todos los que me rodeaban.

 

 

Pero puestos a los bailes gregarios, yo me quedo con mi “Paquito el Chocolatero”, que sigue siendo la estrella indiscutible de todo evento social en España. No he encontrado ningún vídeo de buena calidad que capte esas filas de gentes yendo pa’lante y pa’trás, y arriba y abajo. Os dejo sólo la música. Pero no creo que os cueste mucho meteros en el papel. ¿Quién no lo ha bailado, manque sea una vez en su vida?

 

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En pocos días se nos han ido dos míticos de la música. Primero fue Donna Summer. Ayer, Robin Gibb, de los Bee Gees. Los Bee Gees son de esos grupos que escuché por primera vez en los vinilos que mis padres ponían en el tocadiscos de casa. Primero, por tanto, me llegaron sus melodías pastelosas y el sonido suavón de aquellas palabras dichas en un idioma raro que por entonces no conocía y esas voces agudas que, no obstante, lograron entronarlos como los reyes de un “falsete” bastante resultón.  Al tiempo ya asocié a su música sus melenas al viento, sus sonrisas escayoladas -increíble cómo eran capaces de cantar y sonreír a la vez- y sus trajes ceñidísimos de pantalón de campana.

 

Con la muerte de Robin Gibb me ha venido a la mente el ritual que se seguía con los vinilos, que normalmente eran puestos porque había una voluntad expresa de sentarse a escucharlos. Ahora, con los diferentes dispositivos portátiles, ese mágico inmovilismo queda fuera de lugar, al igual que esa atención especial que se prestaba en torno al tocadiscos.  Sí, Robin me ha hecho rescatar, por unos momentos, del olvido aquel tiempo, a ojos de hoy día remotísimo, en el que eso de la música en el teléfono móvil, el home cinema y las tabletas eran pura ciencia ficción. Otros tiempos, claro, pero para mí preciosos, perfectos, preciados.

 

 

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