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Archive for the ‘Road story (en el camino)’ Category

 

“¡Qué ilusión!”. Sólo podía sentir y decir eso semanas, días, horas antes de acudir al que, sin duda, sería uno de los momentos personales más importantes de este 2010 al que poco  le queda. Mi mejor amiga daría el “sí quiero” en Guadix, mi tierra, y sólo pensando en que tendría ocasión de reunirme con mi familia, con mis amigos, podía sentir y decir cosas buenas. Pensar en la boda de Ana y José Antonio, pensar en que viajaría a Guadix, era una especie de necesario asidero al que me agarraba estos días atrás para afrontar con mayor entereza la rotunda entrada del Frío con mayúsculas berlinés, ése mismo que mantiene nuestro pequeño y viejo Volkswagen Polo sepultado bajo nieves que se auguran perpetuas. También pensando en esa boda y en el reencuentro con seres queridos podía superar esa ligera nostalgia que ronda, inevitablemente, cuando uno pasa “x” tiempo fuera del entorno en el que se ha movido siempre.

 

Aspecto de una calle berlinesa tras la última gran nevada

 

Ante el nevazo que cayó la pasada semana sobre Berlín y el cierre de muchos aeropuertos alemanes por el temporal, temí que no pudiera acudir a tan importante cita. Sólo de pensar que algo que inspira tan bucólicas imágenes como es la nieve pudiera separarme de aquello que tanto deseaba, me provocaba escalofríos mayores que los que me causaban los -10º de media que estábamos padeciendo. Igor me animaba y me remitía a lo bien preparados que están los aeropuertos del centro y norte de Europa ante este tipo de adversidades meteorológicas. Mi profesora de la escuela donde estudio alemán y también mis compañeros me insistían también en que no debía preocuparme, en que no tendría problema alguno. Pero, aún en el supuesto de que mi vuelo saliera sin problema de Berlín, y puesto que no era directo a Málaga, sino que tenía escala en Palma de Mallorca, temía que lo hiciera con retraso y perdiera la conexión a Andalucía, con el consiguiente trastorno que eso provocaría en mi agenda. Así que todas mis plegarias en los días anteriores a mi viaje estaban centradas en que el blanco elemento diera una pequeña tregua y pudiera, por tanto, completar mi trayecto sin dificultad.

 

Cuando llegué al aeropuerto y comprobé en las pantallas que mi vuelo partiría a la hora prevista, la tensión que me había tenido agarrotá se evaporó como por arte de magia. Sabía por los diarios digitales que el temporal también podría afectar al centro de España, pero me tranquilizaba el hecho de volar vía Baleares. Por tanto, en aquellos momentos mi preocupación pasó a reducirse a pensar en cómo combinar mi ropa y calzado con un peinado adecuado para la boda, y en si a los novios les gustaría el regalo que los amigos le íbamos a hacer en recuerdo de tal día, y en la de fotos que tomaríamos en el antes, durante y después de la celebración. Y también pensaba en la de planes pendientes con mi familia (por ejemplo, en que asistiría a una misa en memoria de mis abuelos y a un concierto del grupo en el que mi hermana toca la batería, en que ayudaría a mi madre con las compras de Navidad, en que vería al pequeño Martín, hijo de unos muy buenos amigos, en que me reuniría con amigas para ponernos al día de nuestros respectivos asuntos…) y con la autoridad (no penséis mal; me refería a la renovación del DNI), además de gestiones varias.

 

Empezamos a embarcar con una media hora de retraso, lo que volvió a llenarme de preocupación. “¡Como pierda la conexión de Palma, me va a dar un chungo!”, pensaba, pero por otro lado intentaba consolarme con la idea de que el enlace lo hacía con un avión de la misma compañía, por lo que me darían una solución en caso de perderlo. Cuando nos montamos en el avión, el comandante se extendió más de lo normal en el speech que suelta en el arranque del vuelo. Entre que lo soltó en alemán a toda mecha y que la incertidumbre de no poder coger el vuelo por culpa de la nieve me había noqueado, no entendí del todo lo que dijo. Sí que medio me enteré de que había algunos problemas con vuelos en Mallorca y cierto que, tras este mensaje, muchos pasajeros empezaron a murmurar ligeramente malhumorados, pero como la cosa no pasó de ahí y el avión despegó como una seda, no le dí mayor importancia y en seguida me quedé dormida, y así adormilada me pasé prácticamente todo el viaje.

 

Tomamos tierra dentro del margen de tiempo que tenía para embarcar en el avión que me llevaría hasta Málaga. ¡La boda estaba más cerca! ¡Qué emoción! Llamé a mis padres para avisarles de que en muy poquito nos veríamos y que salieran ya hacia la capital malagueña para recogerme. Cuando llegué a mi puerta de embarque, en la pantalla advertían de que el vuelo, cuya salida estaba prevista para las 18:15 horas, saldría a las 18:35 horas. No vi nada extraño en esto. Suele pasar. Había gente ya puesta en la cola, otros apuraban su descanso en los cómodos asientos de la sala de espera. Como a menos cuarto advirtieron por megafonía que los vuelos iban a sufrir retraso debido a una huelga de controladores. Entonces se me activó el pilotillo y recordé las noticias que había leído días atrás referentes al aumento progresivo de la tensión que, de un tiempo a esta parte, rige la relación entre el Gobierno español y los controladores aéreos. Avisé de nuevo a mis padres, que ya se habían puesto en carretera rumbo a Málaga, para advertirles de que pararan en un área de servicio a la espera de que les indicase en qué se iban a concretar esos retrasos. Las azafatas de tierra que había tras el mostrador de embarque nos invitaban a tomar asiento en las butacas de la sala, ya que eso sería cuestión de poco tiempo. No se veían nerviosas, por lo que ni yo ni el resto de pasajeros tampoco lo estábamos. “Estarán cuadrando vuelos y salidas y es normal que haya demoras”, pensaba. Me alentó ver cómo autorizaron el embarque de un señor en silla de ruedas y de su familia. Nos pidieron que hiciésemos de nuevo la cola, que iban a empezar a embarcarnos. Justo cuando estaban quitando la cinta para iniciar el proceso, avisaron por megafonía de que todos los vuelos quedaban parados por huelga de los controladores. Yo, al igual que la mayoría de pasajeros, nos arremolinamos en torno al mostrador de nuestra puerta de embarque con una única inquietud: y ahora, ¿qué?

 

Los viajeros que tenían móviles con navegación por Internet iban dando en alto los titulares de los diarios digitales. “Huelga salvaje de controladores… Los controladores dejan su puesto de trabajo o no se llegan ni a presentar aduciendo enfermedad… Para la actividad en los aeropuertos” son algunas de las frases que se pescaban del ambiente. “¡Pero qué cara más dura tienen estos tíos! ¿Acaso no están contentos con lo que ganan? ¡Con lo que está cayendo en España!”, comentaba un joven tras compartir la lectura de las noticias en su iPhone con una chica que parecía su novia, la cual asentía por completo. Sin quererlo, inició una tertulia en la que participó muy activamente un chico que cargaba una mochilona -de ésas que lleva uno cuando va de acampada- y que intentaba entender las razones que habían llevado a los controladores a esta huelga y veía que en este pulso con el Gobierno debe haber una letra pequeña que nadie nos explica. “Pero por mucho que podamos defender su derecho a manifestarse y yo soy la primera en respetar el derecho a la huelga, macho lo que es una faena injustificable es esto que nos han hecho, ¡zas!, sin avisar ni nada”, añadía una madre que acunaba a su hija en sus brazos. Recibí la llamada de los padres de Igor. Estaban preocupados por lo que escuchaban en la radio sobre todo esto. Por lo que me contaban, sabían mucho más que yo misma que estaba en el foco de la noticia, por lo que decidí conectar la radio de mi móvil. En concreto sintonicé con RNE (mis felicitaciones por su magnífica cobertura informativa de todo este carajal) y alertaba de que esta situación estaba afectando -normal y lógico en un mundo globalizado- también a los aeropuertos europeos. Los corresponsales en distintas capitales daban el parte sobre el estado de la cuestión en sus respectivos destinos y todos en sus crónicas incidían y coincidían en cómo incidentes de este calado contribuyen al deterioro de la imagen de España en el exterior. Un matrimonio que pasó junto a mí y que me vieron absolutamente concentrada en lo que la radio decía, llamaron mi atención y me dijeron, por si no lo había escuchado -que así había ocurrido-, que acababan de decir que los viajeros se acercaran a los mostradores de sus respectivas compañías aéreas, pues ahí facilitarían información. Hice la primera cola de las muchas que le seguirían. Claro que entonces pensaba que no iba a haber otras muchas colas y mi cara aún no tenía ni las ojeras ni la palidez de horas después ni mi cuerpo estaba exhausto ni mi ánimo abatido como tendría/estaría al día siguiente. Pero, como digo, eso viene después. No conviene adelantar acontecimientos…

 

“No sabemos nada; lo que sepamos se lo comunicaremos en su puerta de embarque, váyase por favor a su puerta de embarque” me indicaba una y otra vez la señora que me atendió después de media hora intentando acceder al mostrador de Air Berlin, para lo que tuve que esquivar pisotones, soportar empujones y aprovechar mi privilegiada condición de no tener que andar de acá para allá con una maleta, para hacerme un hueco. Empecé a recibir las primeras llamadas y SMS de mis amigos. También mis tías. Sabían casi más de lo que yo podía contarles. Les avisaría si averiguaba algo en firme. Llamé a mis padres para que regresaran a Guadix. Era absurdo que esperaran sin saber cuándo saldría mi vuelo. Hablé con Igor. “Tranquila, pues vuelas con una compañía seria y seguro que te darán una solución”, insistía.

 

De camino a mi puerta de embarque, ví que muchos viajeros estaban agrupados en torno a las pantallas de información. Todos los vuelos volvían a retrasarse. En la radio informaban de que el Gobierno había formado un gabinete de crisis para afrontar la situación y que en Barajas la gente estaba empezando a enfadarse. Allí en Palma los ánimos aún no estaban especialmente caldeados. Íbamos, eso sí, como patos mareaos de acá para allá. Los más jóvenes hicieron corrillos en el suelo. Las familias con hijos se dirigieron a los restaurantes para cenar con calma. Yo, por mi parte, me metí en una tienda y compré una ensaimada que tenía muy buena pinta. “Seguro que a mis padres les gustará”, pensaba. Fue salir de la tienda y el mostrador de mi compañía estaba aún más lleno de gente. Algo había pasado. Le pregunté a una chica: “Es que Iberia dice que suspende todos sus vuelos hasta mañana a las 11:00 horas; a ver qué dicen estos”. Vuelvo a hacer cola (mejor dicho, a abrirme camino hasta el mostrador entre los altos y grandes alemanes y los viajeros armados con equipajes). Tras veinte largos minutos, la chica que me atendió me recomendó que me quedase cerca de allí, pues tan pronto fueran sabiendo novedades las irían facilitando. “¡Pues a mí me han dicho que vaya a mi puerta de embarque! ¡A ver si se aclaran!”, espetó una señora mayor, muy indignada. Yo decidí quedarme apoyada junto a una columna próxima al stand de Air Berlin. Empezaron los rostros de preocupación.

 

 

“¡Los del vuelo destino Málaga que vayan a las cintas inmediatamente y retiren sus equipajes!”, advirtió una de las azafatas, y gran parte de esas gentes que se agolpaban frente al mostrador salieron corriendo como alma que lleva el diablo. Ví que algunos de los viajeros cuyas caras me sonaban de haber estado en mi puerta de embarque iban hacia allá. Una azafata informó entonces que sólo los que tuvieran equipaje facturado fuesen a las cintas y que el resto nos quedásemos junto al mostrador de la compañía. De vuelta a este último lugar me crucé con una señora, de unos 50 años, que lloraba sin cesar. Estaba abrazada por otros viajeros, no sé si eran o no familia suya. Cerca comentaban la escena unos chicos de mi edad. Me acerqué y les pregunté qué ocurría y me dijeron que resulta que justo viajaba porque su padre había muerto y tenía que ir al entierro.

 

 

Aumentó de nuevo el número de viajeros agolpados en torno al mostrador de la compañía. Volví a hacer cola para preguntar qué debía hacer. Pero antes de que llegara mi turno advirtieron por megafonía que se daría nueva información a la una de la mañana. Entonces se despertó un especial nerviosismo en todos nosotros. Los que cenaban con relativa tranquilidad en los restaurantes del aeropuerto abandonaron sus mesas y empezó un trasiego de gentes de acá para allá ciertamente desconcertante. No sabías a dónde ir. Los propios trabajadores del aeropuerto se sentían impotentes porque en verdad nos iban dando la información conforme se la iban pasando. Yo seguía esperando mi turno en el mostrador. Un chaval que había a mi lado estaba twiteando en el perfil de un medio de comunicación: “Tío, piden que contemos lo que estamos viviendo”, le comentaba a su compañero de viaje, y ahí que se puso a escribir sus mensajes. “¿Si pongo “putos controladores” borrarán lo que escribo?”, decía mientras se reía junto a su colega. Una chica que estaba relativamente cerca de mí y que también tenía un móvil de esos modernos ponía mensajes en Facebook. Estaba acompañada por otras dos chicas y les comentaba que la gente echaba chispas en esta red social, que estaba supercabreada con el hecho de que unos pocos tuvieran tantísima capacidad de bloqueo. “Sí, pondré que somos como una especie de prisioneros en manos de unos pocos”. Sonó el teléfono del stand de la compañía, tras lo que una de las azafatas empezó a dar en alemán una nueva consigna. Los viajeros españoles la interrumpieron nada más comenzar: “¡Por favor, en español, que estamos en España!”, pero ella siguió con su charla en alemán. Había mucha gente. Me sentía como una auténtica sardina en lata. La voz de la chica no era demasiado potente. Aún así, me pareció entender “viajeros”, “no volar”, “hotel”, tras lo que se abrió un turno de preguntas, evidentemente, en alemán. Los españoles seguían pidiendo por favor que lo repitiera en español, lo que motivó que otra de las azafatas diera el mensaje en nuestra lengua. Aquello sí que fue un auténtico lío, pues en paralelo al turno de preguntas en alemán se hizo la notificación en español, por lo que ésta última la tuvieron que repetir varias veces para que resultase entendible: esa noche no se volaría y la gente sería acomodada en hoteles a cuenta de la compañía. Volví a llamar a Igor y a mis padres para avanzarles las novedades. Dentro de todo, se quedaron aliviados, pues sabíamos de muchas compañías -por ejemplo, las de bajo coste- que iban a dejar literalmente tirados en el aeropuerto a sus viajeros. Tras esto, fui a la caza y captura de cualquier personal del aeropuerto que me diera más información sobre cómo proceder. Todos me remitían a mi aerolínea, pero las gentes ante el mostrador se multiplicaron por diez. Le pregunté a una pareja: “Nosotros nos salimos fuera, que dicen que han llegado autobuses”. Le pregunté después a un chico: “Me dicen que nos quedemos aquí, pues nos van a ubicar en los hoteles por número de vuelo”. ¿Qué hacer?

 

Me encontré, junto a la tienda en la que había comprado la ensaimada, a un chico que me sonaba del vuelo, y me recomendó que saliera del aeropuerto, pues estaban metiendo ya en autobuses a gente de nuestro vuelo, y que él estaba esperando a su novia que estaba en el baño pero que unos amigos le habían llamado y le habían dicho que ya estaban subiendo al bus y que se diera prisa. Total, que me dije eso de “pies pa qué te quiero” y me puse a correr como una loca. Al pasar por la zona de recogida de equipajes, me encontré a tres chicas un poco mayores que yo que estaban justo delante de mí en la cola de facturación, y me recomendaron que aún no saliera, pues les habían dicho que esperasen junto a sus maletas en su cinta correspondiente. ¿Qué hacer?

 

Al final, decidí salir y, ¿qué me encuentro? Pues no sé cómo calificar a una muchedumbre cargada de equipajes que imposibilitaba cualquier movimiento en cualquier dirección.

 

Gentes agolpadas a la salida del aeropuerto de Palma en la noche del 3 de diciembre

 

Mi cámara de fotos estaba sin pilas, así que tomé algunas con el móvil. Ésta que aparece justo sobre estas líneas es la primera que hice aquella noche, pero no refleja, ni de lejos, lo que allí pasaba. Niños pequeños que no paraban de llorar, niños más creciditos que jugaban al pilla-pilla incluso en tal situación, señores mayores sentados sobre las maletas tumbadas sobre el suelo, innumerables corrillos en torno a personal de Air Berlín, que recibían continuamente órdenes y no del todo coherentes, lo que provocaba un continuo ir y venir de personas que, dada la aglomeración existente, causaban un angustioso efecto dominó en el resto de presentes. Lo peor fue cuando aparecieron los primeros autobuses. ¡Menuda estampida! ¡Fue un sálvese quien pueda! Hubo codos y empujones e insultos y “¡no te cueles, cabrón!” y chillidos y carreras…

 

Pasajeros esperando a los autobuses que les conducirían a los hoteles

 

Dicen que la adversidad une y yo misma lo pude comprobar. Tras la primera estampida en busca de plaza en el autobús y tras comprobar la habilidad -y jeta- de algunas personas para colarse, empecé a charlar con mis compis de cola, un matrimonio sevillano y un grupo de jóvenes malagueños. Iban rumbo a Berlín. Y no sé cómo ni por qué pero se inició una camaradería que te invitaba a contar tu historia personal sin el temor a aburrir. Interrumpimos el relato de nuestras vidas cuando, tras la llegada de dos nuevos autobuses, asistimos atónitos a cómo volvía a repetirse la jugarreta anterior y nosotros, que en teoría éramos los primeros de la fila y que, por tanto, teníamos derecho a subir primero al bus, volvíamos a quedarnos los últimos (esta sensación, por desgracia, no me iba a ser ajena en lo que restaba de odisea). Así las cosas, vimos cómo una familia preguntó a la señora de Air Berlin que estaba junto a nosotros si debían esperar al bus o podían tomar un taxi e ir al hotel de reunión que les indicase, y como les dijo que sí pues nosotros hicimos lo mismo.  Sí que nos comentó que Air Berlin pasaría información a los distintos hoteles en los que estaba alojando a sus viajeros, sobre las horas de recogida de pasajeros en función de las horas de despegue de los vuelos. “Bueno, si el conflicto éste se soluciona ahora durante la noche, aún mi avión puede salir mañana por la mañana a primera hora y, si no llego a la boda, al menos llegaré al convite”. Ésa era mi esperanza y a eso me agarraba con todas mis fuerzas. Me resultaba imposible plantearme no poder asistir. No, esto no era computable. Ni en las peores de mis pesadillas. No. ¡Imposible!

 

Me subí en el taxi con el matrimonio sevillano, Pepe y Carmen, que se convertirían en unos de mis mejores amigos durante este periplo. Ellos iban a pasar el puente de la Inmaculada hacia Berlín, justo de donde yo venía. Hablamos sobre lo mal que habían organizado la ubicación de los viajeros en los hoteles y de lo poco claro que nos había quedado la manera de proceder al día siguiente. Cuando llegamos al hotel, tuvimos que hacer una nueva cola, pues estaban distribuyendo al pasaje en las habitaciones y no era tarea sencilla, pues había personas que, como yo, viajaban solas y ubicar a desconocidos en habitaciones dobles, como comprenderéis, no era fácil. Así que tuve que esperar un ratico más (¡cuánto he ejercitado la paciencia durante estos días!). En los sillones del hall esperaban un señor alemán de unos 60 años, un hombre de unos cuarenta y pocos años y un chico y una chica que yo pensaba que eran pareja porque hablaban mucho entre ellos. El recepcionista manifestó que era consciente de que lo que nos pedía era un tanto embarazoso, pero que sólo podían ofrecernos habitaciones dobles, “con camas separadas, por supuesto”, enfatizaba, así que teníamos que escoger compañero/a de habitación. Y sí, era un poco violenta la cosa. El chico del hotel le preguntó a la supuesta pareja si ellos iban a querer compartir habitación, a lo que el chico respondió que no, que no eran pareja, que se habían conocido porque debían coger el mismo avión hacia Colonia. Así que al final me tocó compartir habitación con esa chica, que se llama Anke y es alemana profesora de alemán (hasta ahí, igual que mi profe de la Volkhochschule, ¡qué coincidencia!) pero que reside en Sevilla con su marido e hijos, y que después de esta experiencia compartida sería una buena amiga, lo mismo que Javier, el chico con el que Anke conversaba en el hall del hotel. “Espero que no ronques…”, me comentó la alemana-sevillana entre risas y con la intención de romper un poco el hielo mientras íbamos hacia nuestra habitación.

 

Cuando bajamos al restaurante, no había mesas libres. Pero en una de ellas estaban cenando Carmen y Pepe y nos invitaron a sentarnos con ellos. Al poco se unió Javier y tras esa cena nos convertimos casi en una cuadrilla inseparable. Cada cual viajábamos con nuestra historia a cuestas: yo, con mi boda y con todo lo que ya os he contado; Carmen y Pepe tenían una ilusión enorme en viajar a Berlín y conocerla nevadita, estampa tan ajena y lejana a la de su Sevilla de su alma; Anke viajaba hacia Colonia donde se reuniría con amigas en plan “quedada de chicas”; y Javier iba rumbo a esa misma ciudad alemana desde donde tomaría después un tren a Essen, donde vive su novia. La velada fue muy agradable y quedamos en avisarnos si nos enterábamos de algo. Anke se adelantó a la habitación. Yo me quedé en recepción, pues me permitieron consultar en Internet los horarios y precios de los barcos que salían al día siguiente hacia la península. Podría ser una opción para poder llegar a tiempo a la boda… pero pronto mi gozo cayó a un pozo: tardaban una barbaridad y el billete valía a precio de oro. La opción ferry: eliminada.

 

Anke y yo nos mantuvimos despiertas hasta las dos de la mañana, hora en la que La Moncloa daría una rueda de prensa. Javi también se vino a verla. Fue entonces cuando Rubalcaba anunció la inminente declaración de “estado de alarma”. ¿Estado de alarma? ¿Que el ejército toma el control significa que ellos mismos trabajarían como controladores aéreos? ¿Acaso el Estado pondría barcos militares para trasladarnos a la península? ¿Acaso echarían directamente al paro a los controladores causantes de tamaño despropósito? Eran muchas las preguntas que nos hacíamos; ninguna con respuesta.

 

Aquella noche apenas dormimos tres horas. De madrugada los del hotel habían pasado por debajo de la puerta una hoja con horarios provisionales de partida de nuestros vuelos. El mío en teoría salía a las 10:19 horas. Teníamos que irnos rápidamente al aeropuerto. ¡Podría llegar a la boda! Pero cuando bajamos a recepción el conserje nos dijo que no tuviéramos tanta prisa, que los controladores del turno de mañana no se habían presentado, por lo que la cosa iba para largo. Con ese nuevo jarro de agua fría nos bajamos a desayunar. Había un silencio casi absoluto en el comedor. Casi preferíamos no tener ocasión para la esperanza, porque luego la decepción era demoledora. Tomamos el desayuno en un plisplás y en seguida nos plantamos en el aeropuerto.

 

Vestíbulo del aeropuerto de Palma de Mallorca en el segundo día de huelga de controladores

 

Cuando llegamos ya había mucha gente. A los que pasaron la noche allí se les habían unido los que tenían vuelo tempranero previsto para ese día. Los de los hoteles fuimos llegando poco a poco. En el mostrador de Air Berlin no nos sabían decir nada. En principio se mantendrían los horarios de salida del papelito. Pero, no sé, no sabía qué pensar. A las nueve de la mañana el Consejo de Ministros se iba a reunir con el único punto de estudiar la declaración del estado de alarma, tal y como unas horas antes había advertido Rubalcaba. La cosa pintaba mal. No había habido acercamiento de posturas. En tanto se aclaraba el asunto, nosotros fuimos a buscar unos asientos en los que esperar. Tuvimos suerte. ¡Qué extraño resultaba todo en el aeropuerto, lugar marcado por una tremenda actividad y que, sin embargo, tenía parados todos los mostradores de facturación!

 

Mostradores de facturación el 4-D

 

En vez de maletas, sobre las cintas dormían viajeros.

 

Chico durmiendo sobre la cinta del mostrador de facturación

 

Cualquier rincón era bueno para echarse a dormir e intentar, así, que esas horas de horrible espera pasaran lo antes posible.

 

Cualquier lugar era bueno para echarse a dormir...y olvidar

 

Pasaban los minutos y la gente cuyo vuelo aparecía en las pantallas se acumulaba en torno a los mostradores. Yo me acerqué al mío. Sonó un mensaje por megafonía que anunciaba que todos los vuelos quedaban retrasados hasta la una de la tarde.

 

Mi vuelo no saldría hasta la una: adiós a la boda

 

Creo que ese fue el peor momento de todos los que viví en todo este tiempo. Ya no había a qué agarrarse. Tocaba asumir que me sería materialmente imposible asistir a la boda de mis amigos. Hablé con mis padres y ya les avancé que igual intentaba regresar a Berlín en vez de seguir con mi viaje adelante. Por ellos, ningún problema. Hablé también con Igor y el pobre no sabía qué más decir para que me sintiera mejor. “No está en tus manos, así que tranquila y a ver qué te dicen”, me repetía. Él sabía de la tremendísima ilusión que me hacía esa boda. “Esto es un poco como Perdidos -comentaba Javier-, pues también estamos atrapados en una isla de la que no podemos salir”. “Es lo que comentábamos ayer -añadió Pepe-, que casi mejor que nos digan ‘tienes vuelo tal día a tal hora’, que no decirnos que sí, para que luego sea que no”. “¡Qué manera de chafarnos los planes!”, se repetía Anke, con lágrimas en los ojos. Nos pusimos en una nueva cola ante el stand de nuestra compañía. Estando esperando, recibí una llamada de mi amiga Conchi. “Tengo a alguien que quiere saludarte: es el novio”. Y me pasó con José Antonio, y luché, durante toda la conversación, por evitar el llanto, que se hizo continuo durante los siguientes minutos después de colgar la llamada. Me fue imposible seguir reteniendo esas lágrimas que había estado evitando hasta entonces. Carmen ofreció su hombro y lloré abrazada a ella como una magdalena. Pero los míos no eran los únicos llantos que se escuchaban. A mi alrededor se multiplicaban escenas como la mía. Como bien me había repetido Igor una y otra vez, era algo que no estaba en mis manos. Nosotros, los viajeros, sólo estábamos pagando, de manera injusta e inmoral, por un conflicto laboral entre el Gobierno y los controladores.

 

“Acabo de escuchar por la radio que un señor no ha podido volar a Lausana donde tenía el juicio de adopción de su hijo”, apuntó una señora que había en la cola cerca de nosotros, con la clara intención de tranquilizarme y consolarme, cosa que le agradecí. Me acordé entonces de aquella mujer del día de antes a la que vi absolutamente destrozada ante la imposibilidad de asistir al entierro de su padre. Y sí, seguro que hay historias mucho más tremendas que la mía, pero, no sé, me costó mucho asimilar que no podría disfrutar de algo que había estado esperando con tantas ganas durante tanto tiempo.

 

Tardamos muchísimo en ser atendidos. La cola, muy nutrida, estaba llena de gentes con muchas dudas. ¿Tendríamos prioridad sobre los vuelos del día?, era la pregunta más repetida. La chica  que nos atendió no sabía qué decirnos. “Regresen al hotel y allí se les informará”, se limitaba a decirnos. Empezó a cundirse entre la gente el rumor de que Canarias iba a abrir el espacio aéreo y de que en Barajas había compañías que estaban empezando a facturar, lo que llevó a muchos a formar colas ante los mostradores de facturación de sus compañías.

 

Hubo quienes se apostaron ante los mostradores de facturación de sus compañías

 

Pero era un nuevo espejismo. Allí no se movía nada. La gente poco a poco volvió a dispersarse. Mi hermana Inma me llamó y me dijo que también le habían suspendido el vuelo que debía tomar desde Alicante hacia un aeropuerto cuyo nombre no recuerdo al sur de Alemania. Ella y su novio iban a pasar el puente esquiando… otro plan truncado.

 

Puestos de facturación

 

En la rueda de prensa, el Gobierno informó que en una hora entraría en vigor el estado de alarma. Al poco, personal de Air Berlin nos congregó para decirnos que el espacio aéreo se reabriría a las siete de la tarde y que los vuelos se organizarían a partir de esa hora. “Yo ya no sé qué creerme”, decía una chica que había a mi lado. Pero lo que contaban en esta ocasión se corroboraba con lo que yo estaba escuchando en la radio. Nos fuimos al hotel a comer. Estábamos tomando el postre cuando informaron en la radio de que los controladores se estaban incorporando progresivamente a sus puestos de trabajo y de que ya se habían autorizado los primeros vuelos desde Europa. Salimos rápidamente al aeropuerto.

 

Ya no era cola lo que había ante el mostrador de Air Berlin: era una masa de gente pidiendo una solución definitiva. Tuve que esperar bastante, igual una hora, hasta que llegó mi turno. El señor que me atendió miró mi billete y ya me adelantó que para esa tarde no habría vuelos hacia la península y que para el día siguiente Málaga ya estaba lleno. Le aclaré que no, que quería volverme a Berlín, y entonces me mandó a una cola que se estaba formando en un pasillo paralelo a los mostradores de facturación de la compañía. Allí había ya muchísima gente. ¿Habría algún huequecillo para mí? Anke y Javi tuvieron suerte y apenas unos veinte minutillos después de ponernos en cola llamaron a los viajeros para Colonia. Pepe decidió al final anular el viaje a Berlín y regresar a Sevilla, por lo que sacó billetes de vuelta para el día siguiente por la tarde. Se me hacía raro estar sin mis compañeros de fatigas. Entonces por primera vez me sentí sola en medio de ese follón. Pero era tal el cansancio y las ganas de salir de allí que estos sentimientos pudieron sobre, por ejemplo, la soledad. De hecho, sé que después estuve hablando con mucha gente que me llamó, pero no logro recordar qué les conté. Sí que me acuerdo de que me pasaron al teléfono a mi amiga Ana y también que en cuanto le colgué, volví a echarme a llorar.

 

Y sin esperarlo una chica que estaba en la cola justo detrás de mí me ofreció un “marron glacé” (una especie de castaña glaseada). “Está muy bueno, ya verás”, me decía, y me lo tomé. Empezamos a hablar. Ella y su marido también se habían quedado tirados el día de antes. Tenían vuelo para Stuttgart y, como a mí, les habían indicado esperar en esa cola. Estuvimos parados como hora y media. La cola cada vez crecía más. “Llega casi hasta el mostrador de Air Berlin”, apuntaba su marido.  No sé muy bien cómo de repente la gente que estaba delante de mí tiró pa’lante. Yo también corrí. Al parecer, un empleado de la compañía iba a dar alguna novedad. Empezó a dar las indicaciones en alemán, lo que volvió a cabrear a muchos de los españoles que estábamos allí. No obstante, yo ya no tenía cuerpo para protestar ni para hacer nada. Informó de que esa tarde sólo saldrían vuelos para algunas ciudades alemanas. El resto tendrían que esperar al día siguiente. Berlín-Tegel estaba en el listado. También Hamburgo, destino que también me interesaba en caso de fallarme Berlín, pues está relativamente cerca en tren rápido. Tras dar el parte, se formaron delante de los mostradores de facturación para esos destinos unas colas tremendas en las que se coló muchísima gente. No sé cómo pero yo, que había llegado ya a la cabeza de la fila, ahora estaba de las últimas. La pareja del “marron glacé” también estaban indignadísimos con esta mala organización. ¡Dios mío! Me veía atrapada en ese aeropuerto y en esa ciudad y en esa isla un día más. ¿O cuántos días más serían?

 

Se habilitó un nuevo mostrador sólo para los viajeros a Stuttgart, por lo que mis nuevos amigos se despidieron de mí. Yo, rodeada de viajeros alemanes, no sabía de qué manera rebajar mi ataque de nervios. ¡Necesitaba hablar con alguien sobre cualquier cosa o me comería las uñas y los dedos! Así que saqué mi repertorio de A1-Deutsch y ahí que me puse a dar conversación a mis compañeros de fila. Al ratillo vino donde mí el marido de la chica del “marron glacé” para advertirme de que acababan de decir que se ponía un nuevo avión para Berlín y que estaban registrando a los pasajeros en un mostrador en el que su mujer me estaba guardando el sitio. ¡Qué maja! Y allí que me fui a hacer mi enésima cola del día. “No me puedo creer que por fin vaya a poder coger el avión”, dije en voz alta, y una pareja joven que había delante mía se volvió y ella me dijo que no estuviera tan segura, que ella no se lo creería hasta que no estuviera despegando, pues a ellos lo que les pasó el viernes fatídico es que ya estaban y todo embarcados cuando les pidieron que se bajaran del avión porque los controladores estaban de huelga. Llegó mi turno. ¡Por fin! “Usted quiere volar a Berlín, ¿no?”, me preguntó la azafata, y yo sólo podía repetir “¡Sí, Berlín-Tegel, Berlín-Tegel!”, como si estuviera loca. La chica se reía. A mí me daba igual. ¡Quería salir ya de allí! Me empezó a tomar los datos. Pero algo iba mal. “Disculpe un momento, pero es que esto va hoy lento, usted ya sabe…”. Y aquellos minutos de espera me parecieron una eternidad. “¡Ya está! ¡Aquí tiene su billete! ¡Y no espere y vaya corriendo a embarcar!”, dijo, aunque esto último sobraba, pues fue coger la tarjeta de embarque y aquello no era correr, era volar. Subí los escalones de dos en dos. ¡Parecía una atleta! Tras el control de seguridad, pasé junto al mostrador de Aena. Quería hacer una reclamación contra los controladores, pero me era más importante coger aquel maldito vuelo. Ya la haré. Ya sentada en el avión empecé a mandar mensajes como una descosida. “¡Salgo ya para Berlín!”, les puse a todos los que se habían preocupado por mí durante mi secuestro mallorquín. Pero pasaba el tiempo y el avión no salía. La gente se impacientaba por momentos. ¿Acaso los controladores se habían arrepentido y habían vuelto a la huelga? Ante la inquietud generalizada, el comandante se vio obligado a comunicarnos que disculpásemos la demora de salida del vuelo, pero dado que tan sólo habían pasado un par de horas desde que se había reactivado el sistema, completar los aviones estaba siendo complicado. Al rato llegó personal de pista y se metieron en cabina. Yo ya empezaba a pensar en lo peor. Estaba cansada, sudada, sólo quería llegar a casa y poner punto y final a esta pesadilla, ¡pero no parecía tener fin! Aún no podíamos salir por últimos ajustes en el planning de vuelos. Tocaba esperar más. Subieron más pasajeros al avión, todos con una cara de felicidad similar a la que lucen los ganadores del Gordo de Navidad. No era pa menos. Pasó una hora desde que me senté en mi plaza hasta que finalmente despegamos. Todos aplaudimos. ¡Teníamos motivos de sobra para estar contentos! Fue despegar y quedarme fritísima. Ni siquiera recuerdo si al final elegí para tomar el sándwich de queso o el de salami ni qué pedí para beber. Aterrizamos en Berlín-Tegel como hacia la una menos cuarto de la madrugada y, porque iba como un zombie, que si no me tiro al suelo y lo beso como hacía el papa Juan Pablo II cuando llegaba a un nuevo país. A falta de este arrojo me eché a los brazos de Igor, que también puso su punto y final a esta historia que él vivió/padeció a través del teléfono.

 

Y hasta aquí mi pequeña odisea en las 24 horas más intensas de mi vida. Como la mía, cada uno de los viajeros afectados por la huelga de controladores del 3 y 4 de diciembre tiene su propia historia truncada y frustrada por este pulso ajeno totalmente a nuestras vidas. Mi amiga se casó felizmente, yo he vuelto a casa de una pieza y con mucha suerte en uno de los primeros vuelos que la torre de control del aeropuerto mallorquín autorizó tras el parón. Puedo considerarme una afortunada. Hoy he leído en los diarios digitales que hay gente que sigue atrapada esperando un vuelo que les lleve a su destino. Sin embargo, y aún agradeciendo que en relativamente poco tiempo logré escapar de aquella ratonera, no puedo evitar derrumbarme cuando pienso en todo lo que me he perdido. Por mucho que demande a los señores/as controladores/as, por mucha condena que pese sobre ellos, no me van a devolver esos bellos y buenos momentos que podía haber vivido.

 

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Hoy tengo poco tiempo para resumiros nuestra estancia en Jüterborg, un pueblo perdido al sur de Berlín, pues la conexión a Internet va bastante regu, si bien este contratiempo tampoco me va a suponer un grave perjuicio, dado lo poquito que debo reseñar de esta ciudad, donde básicamente el tiempo pasa porque tiene que hacerlo, y no porque tenga ganas. Si el muermo se parió en algún sitio, sin duda fue en Jüterborg. Incluso en la “hora punta” de un lunes (12:00 h. del mediodía), todo marcha a cámara lenta. Es difícil compararlo con algo en España, pero más o menos es como si el ritmo de un pueblecillo español de interior (de en torno al centenar de habitantes) se aplicara a una ciudad intermedia de provincias (de unos 15.000-20.000 habitantes) con monumentos dignos de ver. Es decir, algo muy raro. La pachorra que gasta este pueblo contagia de tal manera a sus gentes que éstas se revolucionan a ciento por uno cuando, como ha ocurrido esta mañana (ante nuestra mirada atónita), ha habido una pequeña colisión entre dos coches y no os podéis ni imaginar el dispositivo de policía, ambulancias y ¡bomberos! y los lloros que ha provocado en los testigos directos tal percance. Que mucha fama de plañideros tenemos los grecorromanos mediterráneos, pero estos germanos han desplegado un dramatismo excesivo a partir de un incidente menor, vamos, que han hecho una montaña de un minúsculo grano de arena: una reacción desmesuradísima y sólo explicable dada la muermez que pesa sobre esta ciudad.

Sin duda ha sido aquí donde más hemos sentido el choque cultural: se nos hace muy raro ver a viejas y viejos de cuerpos muy diferentes montar en bicicleta, y mucho más ver a ancianos solitarios yendo de acá para allá con sus andadores. También nos ha sorprendido la frialdad afectiva que manifiestan los novios hacia sus novias (y viceversa) y las madres y sus hijos entre sí. Otro detalle raro, raro, raro: hay un tufillo extraño por todas las calles, como a cementerio, y es por unas plantas que tienen en parques y parterres. No os podéis ni imaginar el pestazo que echan justo ahora que acaba de llover bastante. Y, si fueran bonitas, pues uno se aguantaba, pero es que no tienen lustre alguno. Si no, echadle un vistazo en la siguiente foto y juzgad por vosotros mismos. 

Por no hablar de lo que hace furor en estas tierras: les pierden las tonteriícas de decoración de esas que llenan las estanterías de los comercios chinos y sobre las que tú, alguna vez, te has preguntado que quién las compra y para qué. Bien, pues esa pregunta existencial la hemos respondido: al menos, aquí en Jüterborg, esto se lleva contidubidubidá. ¡Menudo infierno limpiar el polvo de la casa!

A favor de la ciudad debo decir que tiene algunos edificios bonitos: el ayuntamiento y las iglesias están construidos (y/o remendados) con ladrillo visto, lo que los hace muy distintos de lo que tenemos más visto. Os pongo una foto de la vista frontal del ayuntamiento.

También nos ha llamado mucho la atención un cementerio de lo que pensamos fueron soldados soviéticos víctimas del Nazismo.

Espero poder escribiros mi próximo post desde Berlín, la ciudad que acogerá nuestro hogar durante los próximos años. Tchus!

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Nuestra visita mañanera a Wolfsburgo ha ido de sorpresa en sorpresa. Era de esperar ver circulando por las calles coches, en su inmensa mayoría, de Volkswagen, pues, como ya os comenté ayer, la ciudad es una de las sedes más importantes de esta empresa automovilistica -como nota histórica, comentaros que la ciudad fue fundada en 1938 por Hitler con el nombre de Stadt des KdF-Wagens (“Ciudad del coche Kraft durch Freude” (fuerza a través de la alegría), actualmente Volkswagen)-. ¡Pero es que hay hasta bancos con ese nombre!

Ahí va otro ejemplo.

Por supuesto, una de las mayores atracciones de la ciudad es visitar un gran museo al aire libre sobre los orígenes y el desarrollo de la automoción (de Volkswagen, claro está).

Hasta aquí, lo más o menos esperable. Pero menuda sorpresa nos hemos llevado ante el ambientazo que se vivía en el centro, superanimado con un mercado de verduras y flores (también había chacinas, quesos e incluso encurtidos), y también un Biergarten, que consiste en que cada cual pilla su cerveza y su salchicha y se sienta en mesas correderas. La comida estaba amenizada por una orquestilla de jazz.

Además, la ciudad está llena de espectaculares edificios modernos, como éste que a continuación os pongo, que alberga una especie de Parque de las Ciencias. Ha sido diseñado por la arquitecta Zaha Hadid.

En los bajos de este edificio, hay un restaurante supuestamente de comida española. No nos hemos resistido a la tentación de hacer unas cuantas fotos del menú. Honestamente hay que decir que guarda cierta similitud con platos typical spanish, pero la carta de postres no tiene desperdicio (¿qué es la ‘tarta vasca’?)

Otro puntazo a favor de la ciudad: ¡tiene todo un barrio lleno de tiendas de outlet de grandes marcas! ¡Una pasada al alcance de cualquier bolsillo!

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No llevamos ni 12 horas en territorio alemán y ya hemos desmontado unos cuantos mitos sobre estos y aquellos, sobre los alemanes y los españoles. Es lo que tiene salir de casa y ver mundo: uno aprende a valorar con una mayor perspectiva. Así, pensábamos que si en Alemania las autovías no tenían límite de velocidad -salvo en ciertos tramos- era porque “se confiaba” en la sensatez de los conductores, esto es, que si se daba manga ancha era porque tan sólo alcanzarían la velocidad de crucero cuando no pusieran en peligro la seguridad del prójimo. Pero nada de nada. No eran coches, eran cohetes, y adelantaban por todos lados, ¡parecía un videojuego de esos de matar marcianitos, solo que aquí el tema consistía en evitar que las naves se estrellaran contra tí! Se incorporaban a la autopista de cualquier manera. No os creáis que tenían mucho miramiento. Los más atrevidos, sin duda, los camioneros polacos, que iban casi haciendo rally por los tres carriles como si estuvieran conduciendo un Ferrari en vez de una tartana prehistórica. Ha sido una locura. Seguro que Fernando Alonso anda más relajao en los circuitos que nosotros durante nuestras seis horas largas al volante de nuestro Polo. Primer mito caído.

Menos mal que, todo hay que decirlo (y ahí va un peaso de gallifante para Alemania), tienen unas autovías fabulosas. Cierto que soportan mucho, muchísimo tráfico (atravesar la zona del Rhur ha sido terrible), pero es que casi todo el tiempo tienen tres carriles y el firme sí que es firme. Además, el arcén es tanto o más ancho que un carril y nos ha dado la sensación de que los carriles incluso eran más anchos que en España.

Otro puntazo a favor de los alemanes: acabamos de meternos entre pecho y espalda una cena digna de selectos paladares y servida con un cuidadoso esmero. No nos esperábamos encontrar tanta excelencia en el restaurante de un hotel de una ciudad media alemana.

Dos detallillos diferentes entre España y Alemania: los ríos grandes alemanes son verdaderamente grandes (pensaba que Francia ponía el punto y aparte, pero lo del Rhin son palabras mayores) y los molinicos de viento son muy distintos a los que hay en España, como podéis ver en la foto.

Respecto a Wolfsburgo, la ciudad que hemos tomado como tercera parada de nuestro viaje a Berlín, comentaros que está en el norte de Alemania y es mundialmente conocida como la “capital del automóvil”, pues aquí tiene su sede Volkswagen, así que mi pequeño Polo está aquí como en casa. Mañana, más. Guten Tag!

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En Namur hemos perdido la sensación de estar en verano. Desde luego que aquí se aplica al dedillo la expresión de “en agosto, frío al rostro”. Iba con dos mangas y para nada me ha resultado excesivo. Vamos, que esos calores horribles de Madrid nos los hemos quitado de encima por completo. No obstante, ¡qué queréis que os diga!, pero lucir tirantes sí que se echa en falta. Además, ha llovido a ratos y eso ha enfriado el ambiente que, todo hay que decirlo, ya es frío de por sí. Es cerrar las tiendas (a las 18:30 horas, por cierto) y la gente, o bien se va a sus casas, o bien ocupan las terrazas del centro para cenar y dar carpetazo al día. Total, que pa las siete y media u ocho no hay nadie en la calle. Y esto es un poco triste… menos mal que unos titiriteros que promocionaban su espectáculo de danza y acrobacias han animado un poco el asunto.

Por la mañana, nos hemos dado una pechá de andar por la Ciudadela de Namur. Es, sin duda, lo más significativo de la ciudad. A lo largo de su Historia, ha tenido mucha importancia como sitio de resistencia frente al atacante, por la situación estratégica en la que está eregida.

Desde arriba se tienen unas vistas impresionantes de la ciudad, que no es para nada pequeña (como era nuestra impresión inicial). En los distintos itinerarios trazados como opción de visita para el turista, había unos paneles informativos (en cuatro idiomas, algo para tomar en consideración en la visita de muchos monumentos españoles de renombre, en los que ni siquiera existe el panel mismamente) que explicaban diferentes aspectos de la ciudadela y de la vista que se obtenía de la ciudad desde ese punto. Así, hemos podido diferenciar las torres de los templos más importantes de Namur, que son la catedral de St. Aubain (barroca pero comedida y muy reconstruida), y las iglesias de St. Loup (antigua iglesia jesuita) y St.Jean.

Estar cruzada por dos ríos (Sambre y Mosa) sin duda que le otorga una vistosidad muy notoria.

Cierro crónica del lugar con una foto de los perrillos desde una de las alturas de la ciudadela. Mañana entramos ya en tierras alemanas. Au revoir!

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Por mucho que, en vacaciones, uno quiera hacer borrón y cuenta nueva y desconectar de todo lo que le rodea durante el año, al final, si no es por una cosa es por otra, pero nunca uno logra evadirse de sus referentes inmediatos. Esta sensación la tuve mismamente ayer cuando, circulando por una autopista francesa, a unos ochenta y pocos kilómetros de París, voy y entro en una zona en obras. Al verse reducido el tráfico en un carril, tuve que aminorar la velocidad, lo que me invitó a fijarme mejor en el paisaje. ¡Y vaya si me fijé que casi nos estrellamos! Menudo soponcio me entró por el cuerpo cuando veo, en un cartel de esos que ponen los franceses en sus carreteras para promocionar las beldades que ofrecen, la palabra “Gallardon”. Fue leerla y, sin pensarlo un momento, empecé a reducir marchas como una loca, a la par que a buscar ese maldito radar que, camuflado entre la espesura, aguardaba mi descuido pa’ encalomarme una multa. Fue algo totalmente instintivo, me salió de natural. Y es que en Madrid, a la par que gatos, hay radares para dar y regalar y maquinitas de esas de zona azul a cascoporro, excusas todas para sangrar a la concurrencia y llenar la saca municipal.

Pero previamente ya nos habíamos acordado del señor alcalde de Madrid en Saumur, cuando tuvimos la ocasión de conocer la refinada técnica de los de aquella ciudad para recoger de la calle las cacas de sus perros: consiste en papeleras que, en vez de bolsas de plástico para tal fin, expenden saquitos de papel cartón, por lo que todo es biodegradable. Enseguida, tanto Igor como yo pensamos que si Gallardón no lo había puesto en marcha era porque no lo conocía, porque de saber de este dispositivo tan fashion seguro que lo coloca, ¡vamos, que a moderno no hay quien le gane! ¿Pues no acaba de renovar todas las papeleras de Madrid por otras que en vez de bolsas negras las da verdes, color más chic para echar las cagarrutas de las mascotas? Y casi casi, sin reparar en gastos, que pa’ eso ya están sus colegas los radares.

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Hoy hemos salido bien temprano de Saumur para hacer la segunda etapa de nuestro viaje a Berlín. Han sido más de 600 kilómetros los que hemos completado hasta llegar a Namur (Bélgica). Por el camino, Igor ha sacado muchas fotos de campos llenos de balas de heno.

También hemos pasado cerca de ciudades y enclaves conocidos, como Le Mans, donde se celebra anualmente la célebre carrera de 24 Horas; Chartres, famosa por su catedral gótica, y, por supuesto, por París, de la que hemos reconocido, aunque estaban bien lejos, los contornos de la Torre Eiffel, el Sacre Coeur y los rascacielos de la Defense.

Hemos dejado a un lado, asimismo, un cartel que nos indicaba la proximidad de la zona en la que se libró la batalla del Somme, una de las más largas y sangrientas de la Primera Guerra Mundial, en la que murieron más de un millón de personas entre ambos bandos. Más adelante, otra señal nos advertía de la cercanía de Waterloo, ya en Bélgica, donde tuvo lugar la famosa batalla entre el ejército de Napoleón y las tropas aliadas que iban al mando de Wellington.

Y así hasta llegar a Namur, capital de la región valona y según acabo de leer en la Wikipedia, ciudad universitaria de referencia para la zona. Será porque es agosto y los estudiantes están en sus ciudades de procedencia, pero el caso es que hay muy poco ambiente. A las siete de la tarde y con el comercio ya cerrao (los museos, ni que decirlo), la poca gente que había en las terrazas de los bares apuraba los cócteles y copas. Vamos, igualito que en España…

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