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Posts Tagged ‘Alemania’

Veraneo es agua en movimiento y el viento dándote en la cara, revolviéndote el pelo, y sol, al menos algo, lo suficiente como para que los pájaros que sea que surquen el cielo sobre tí hagan algo de sombra a tu lado. Veraneo es espacio libre, campo despejado, horizonte abierto ahí, delante.

Veraneo, para mí, es un sitio distinto al que frecuento para pasar unos días, un día, un rato, pero no solo. Debe incluir disfrute, matiz que los académicos de la lengua no han contemplado en la definición que aparece en el diccionario, pero que, pienso, resulta fundamental para colmar el propósito con el que te embarcas en dicho proyecto. Si no, ¿ibas a aguantar kilómetros de atascos, agobios en los aeropuertos, colas en los chiringuitos, ampollas en los pies, quemaduras en la piel, picotazos traicioneros…? Si no hay, además, eso que te hace pesar menos, respirar mejor, dormir a pierna suelta, ¿deberíamos llamarlo “veraneo”? No, de ningún modo. Veraneo solo puede ir aparejado a cositas buenas y que, además, se recuerden después incluso con nostalgia. Porque, por ejemplo, en mi caso, puede haber agua, viento y sol y estar yo a otras cosas. Pero cuando hay agua y viento y sol y estoy, da igual si un rato, un día o varios, el cuerpo y el alma se entregan al veraneo y claro que tengo los sentidos echando horas extras al llegarles tanto estímulo desde el exterior cuando hay deleite de por medio, pero sarna, con gusto, no pica, y currar a destajo hasta el punto de que las experiencias dejen huella en forma de recuerdo inolvidable es tarea que les merece la pena… y se lo agradezco.

Veraneo de playa o montaña, en cueva o iglú, con compañía o en soledad, en medio del bullicio o en un silencio absoluto… eso es algo secundario. Pero ¿el disfrute? Sin esto, sencillamente, sería cualquier otra realidad, pero ¿veraneo?, desde luego que no.

Waren (Müritz See)

 

 

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Hace unas semanas mi familia y yo pasamos unos días de vacaciones en el Harz, en el centro-norte de Alemania. Hemos alternado el disfrute del parque natural en donde se enclava el Brocken (1.142 m.), la cima más alta de la mitad septentrional del país, y los paseos por ciudades aledañas, con siglos de historia a sus espaldas, llenas de rincones hermosos y sembradas de leyendas.

Una vez reposada la experiencia del viaje, me doy cuenta de que ha habido una serie de cuestiones que han contribuido al buen recuerdo que me queda de lo vivido y he pensado que tal vez algunas de ellas puedan ponerse en marcha -si no lo están ya- en Guadix y en su comarca, pues creo que redundan en esa idea de turismo singular y de calidad en el que se confía el porvenir económico y la supervivencia identitaria de la zona.

Establecimientos (restaurantes, apartamentos…)

Entre las iniciativas que vi en restaurantes y que me parecieron muy acertadas, se encuentran detalles muy apreciados en particular por familias, como la mía, con niños pequeños, como es el caso de la existencia en la carta de platos de menú infantil (pasta, escalope, crema de verduras…).

Me pareció muy buena idea la de un restaurante en el que la propia oferta de comidas para peques está impresa en un folio en cuyo reverso hay un “pinta-pinta” con el objeto de que los críos se entretengan pintándolo con unos lápices que prestan mientras llegan sus platos.

Es muy de agradecer que estos establecimientos dispongan de tronas y de muebles-cambiador/colchoncitos-cambiador. Incluso en algunos baños encontré orinales para peques o adaptadores a la taza del váter, ideal para la fase de transición del pañal al retrete.

Cerraré el capítulo “restaurantes” refiriéndome a que no había local en cuya carta no hubiese una sección de platos típicos con una generosa muestra de la gastronomía tradicional local.

Por cierto, los hoteles y apartamentos funcionan como pequeñas oficinas de información turística. Por ejemplo, en el apartamento que arrendamos había un archivador con recomendaciones sobre dónde ir muy pormenorizadas (con direcciones, teléfonos, indicaciones sobre cómo llegar…), así como propuestas de excursiones clasificadas incluso por tipo de dificultad de la ruta.

 

Dotaciones públicas

Aparcamientos. El casco viejo de las ciudades monumentales es en su mayoría peatonal o accesible sólo para residentes. Para descongestionar de tráfico el centro, estos pueblos tienen en su mayoría una serie de aparcamientos habilitados en las inmediaciones del casco viejo (hablo en plural, sí, “aparcamientos”, porque Wernigerode, por poner un ejemplo, urbe de 33.000 habitantes, tiene diez zonas de aparcamiento).

Mapas de la ciudad por todos lados. No hace falta realmente comprarse una guía.

Iglesias visitables. Las iglesias principales de las ciudades más turísticas cuentan con un amplio horario de visitas. Suele haber una taquilla a la entrada donde venden estampas y demás. Suelen ser gratuitas, aunque hay un cepillo para que el visitante colabore con el mantenimiento del templo. Desconozco si los taquilleros son parroquianos, voluntarios culturales o si les paga alguna fundación de defensa del patrimonio cultural (aquí en Alemania hay mucha conciencia al respecto y hay muchas asociaciones y fundaciones sobre el tema).

Parques, jardines, rincones muy cuidados.

Señalizaciones claras y reiterativas. Supongo que para los conductores locales esto será un tanto redundante, pero para quien va de visita es de gran ayuda.

Estrategia

“Estrategia” es, sin duda, lo que hay detrás de cada una de las iniciativas, públicas y privadas, puestas en marcha para el desarrollo turístico de la zona.

Hay una apuesta decidida por sacar el máximo rendimiento posible a la historia local, a la dedicación tradicional, a los recursos naturales.

Tanto ciudades como aldeas, tanto antiguos conventos reconvertidos en hoteles o recintos de esparcimiento como parques temáticos de nuevo cuño -caso de un parque para niños lleno de maquetas de metro, metro y medio, de los monumentos más representativos (castillos, palacios, iglesias…)-, todos se suben a un mismo carro, todos se suman a una única estrategia compartida de venta y promoción, con una oferta diversificada para distintos públicos. Por ejemplo, respecto al “turismo verde”, ya uno sea un senderista que no teme kilómetros ni desniveles o un amateur que se toma con calma el paseo por el monte, ya vaya uno con hijos, con perros, ya esté uno peinando canas como recién graduado, ya sea uno un urbanita o se haya criado en un entorno rural, encuentra una opción de ocio que cubre ampliamente sus expectativas. La oferta se adecua a diferentes perfiles, llega a distintos públicos.

En particular he detectado una gran deferencia hacia las familias con niños pequeños. Hay una clara apuesta por agradar y atraer este perfil de turistas. Hay muchos planes para niños: granjas escuela, zoos con zonas donde poder tocar los animales, teatros de marionetas, museos interactivos…

Muestra de esa estrategia basada en la suma de esfuerzos es la existencia de una tarjeta turística con descuentos en las entradas a monumentos y museos, en restaurantes y en medios de transporte.

Patrimonio histórico-cultural

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Patrimonio natural

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Publicado en Wadi As en su edición del 20 de septiembre de 2013

 

Es raro, rarísimo que un alemán, sobre todo en hora punta, se disculpe si te empuja al querer subir –o bajar- antes que tú al/del autobús, a/de un vagón de metro, si se te cuela para comprar un tique o un café para llevar. Algo que me quedó bien claro nada más pisar suelo berlinés es esto, que los modales, en ciertos contextos, no tienen razón de ser, estorban más que ayudan al normal desarrollo del día a día. Por eso, no me extrañó que un viejete enclenque me embistiera el otro día con su bici cuando, al verme con carrito de bebé, me consideró un rival a batir en su afán por montar el-que-primero en el ascensor que comunica los andenes con el vestíbulo de una estación de tren. Pero sí que me llamaron la atención los carteles que  con un mérito innegable había colocado sobre su herrumbroso velocípedo. Escritas a mano aparecían las palabras “Justicia”, “Globalización”, “Euro”, “Pobreza”, y signos de admiración e interrogación. Había incluso frases pintadas, que no pude leer porque este mitinero sobre ruedas ya estaba emprendiendo la subida cuando llegué al elevador. Sin embargo, este encuentro, mejor dicho choquetazo matutino, me dio pie a reflexionar sobre todo ese arsenal dialéctico que se emplea en especial en tiempos de campaña -como estos que se han vivido recientemente en Alemania, que hoy celebra elecciones-, sobre cómo creemos ser inmunes a tamaño bombardeo nominal alegando una activa conciencia crítica por nuestra parte y sobre cómo lamentablemente comprobamos al final que esta guerra de dimes y diretes sí que nos ha dejado tocaos, al constatar cómo oídas/leídas unas mismas palabras, cada cual oye/ve una realidad por completo distinta. Y esto nos sitúa ante un problema básico: no podemos entendernos si cada cual habla de un algo dispar, habla de “su” algo. No es tanto que tengamos puntos de vista discrepantes, como que al referirnos a una misma cosa pareciera que estuviésemos tratando asuntos totalmente diferentes. Es que yo ahí veo “x”, porque quiero/tengo que ver “x”, y tú ves “y”, porque quieres/tienes que ver “y”, y ese querer-desear que algo sea como uno quiere y desea que sea, desplaza y margina el ejercicio de ver lo que en verdad hay. Hoy en día hace más falta que nunca ver lo que hay. ¡Ay! Hay tantos intereses tanto por parte de los oficialistas como de los conspiranoicos, que resulta muy complicado llegar al quid de muchas cuestiones e infinitamente más sencillo deslegitimar al contrario espetando insultos o palabras que, de tanto usarlas, han perdido su sentido por el camino o bien por ello pueden tener tantos sentidos diferentes como se quiera/desee. En resumidas cuentas, que en tanto no nos avengamos a hablar en un mismo idioma sobre la realísima Realidad, ya podrán convocarse muchas elecciones, ya podrán organizarse muchas manifestaciones, que seguiremos en el mismo punto, en un eterno presente que juega a cambiar el pasado y acomodarlo a sus postulados con el futuro como excusa. Mal, mal.

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Publicado en Wadi As en su edición del 10 de mayo de 2013

 

Siento cómo el agua fresca del mar relaja mis músculos, afanados en dar suficientes brazadas como para permitirme avanzar. Hacía tiempo que anhelaba nadar entre las olas, sola, libre. Pero no. No estoy en el mar. Ni sola. Ese espejo de ahí delante me devuelve una imagen muy distinta. No llevo bañador, sino unas mallas y una camiseta de lactancia. No estoy en el mar, sino en una sala pequeña. No estoy sola, sino en compañía de otras madres, quienes bracean junto a mí en ese océano imaginario que la monitora de la gimnasia postparto nos ha propuesto como lugar al que transportar nuestras mentes mientras nuestros acartonados cuerpos se esfuerzan en recuperar la agilidad mermada tras/con el nacimiento de nuestros hijos. ¡Ay-ay-ay! Traicioneros espejismos, ilusiones maliciosas que entorpecen, más que ayudan. ¿De qué ha servido acaso figurarse estar balanceándose al ritmo del mar, sino para enrabietarme aún más por el hecho de haber caído en la trampa alucinatoria? Enfadada y triste me hallo yo, eso y to que hoy había llegado al curso con mucha energía, con la intención de no achantarme ante los duros ejercicios tonificantes del suelo pélvico; yo, que acudía hoy con unas ganas tremendas de dejar bien alto el pabellón patrio y de demostrarle al personal que vagos haberlos haylos en España, pero no somos todos, y como en todas partes. Porque cómo me cabreó la encuesta ésa según la cual la buena estima que los alemanes sentían hacia los españoles se ha desplomado de un tiempo a esta parte y un amplio porcentaje de los germanos se enquistan en el tópico del nuestro como país de vividores dependientes de la “generosidad” de naciones como la suya. Leído esto he convertido en un deber más en mi lista de tareas diarias rebatir, siempre que encarte, este estereotipo cebado por la tristemente célebre colección de corruptelas en las esferas dirigentes de España. Cierta que es, pero no es menos cierto, como apuntaba antes, que en todos sitios cuecen habas, y la diligentísima Alemania no es tan eficiente como se vende. Así, por ejemplo, los continuos aplazamientos de la inauguración del nuevo aeropuerto Berlín-Brandemburgo, llamado a convertirse en aeródromo de referencia en Europa, por importantes fallos en el funcionamiento, ha dejado en evidencia flagrantes errores en la gestión del proyecto, convertido en un pozo sin fondo que precisa de continuas inyecciones de capital por día que pasa sin abrirse. Por no hablar de esa avidez especulativa urbanística, tan criticada a países como España, que también se cierne sobre la capital alemana, hasta el punto de que la East Side Gallery, el trozo más largo conservado del Muro de Berlín, corre peligro de derrumbamiento. Y los otrora estados de la RDA tampoco son los mejores representantes de ese “paro-cero” del que presume Frau Merkel. No hay nada como mirarse al espejo, enfrentarse a lo que hay para poner fin a espejismos y otras distorsiones de la realidad. Y a reflexionar al respecto invito a los deutsches cuando exhiben su arrogancia. “Que no sois angelitos, que no”.

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