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Posts Tagged ‘Andalucía’

Si febrero fuera una moneda, por un lado tendría acuñado “amor” y, por el otro, Andalucía. La onomástica de San Valentín y el día de la región comparten algo más que hoja de calendario y para mí son cara y cruz, cruz y cara de una misma realidad.

Hay diferentes maneras de amar, pero resulta complicado hablar de amor sin que lleve aparejados la generosidad y el desprendimiento. La cara del amor es el gozo de vivirlo. La cruz, aceptar sus cláusulas, algunas difíciles de asumir, como esta de dar sin esperar nada a cambio o esa otra de practicarlo desterrando miedos siempre dispuestos a convertirlo en lo que no es.

También uno tiene distintos modos de sentirse unido al lugar donde vino al mundo (desde quien hace ostentación del desafecto, pasando por aquel para quien es un hecho irrelevante, hasta el que considera el vínculo como parte de su esencia), pero solo uno de hablar de amor a la tierra y es que lleve aparejadas las condiciones que hacen del amor el sentimiento que es, como quererla con generosidad y desprendimiento.

Llevo un par de décadas sin residir de continuo en Guadix, donde me crie. Hoy día más de 3.000 kilómetros me separan de aquel rincón hermoso de Andalucía donde tengo amigos, hermanos, padres. Sin embargo, hay cosicas en mi forma de mirar, de escuchar, en mi idea de la luz, de las sombras, del color, del calor, en cómo hablo y me muevo al hacerlo, que reconozco en otros que habitan bajo aquel sol, mismas que me permiten no sentirme bicho raro cuando voy de visita. Son cara, algunas; otras, cruz, pero todas, mi presente y ¡bien a gusto que convivo con ellas!, tanto que defiendo esta unión mía a la tierra y correspondo al vínculo escribiendo con frecuencia sobre su paisaje y paisanaje, a veces sobre su cara, otras sobre su cruz, pero procurando siempre poner en valor sus costumbres genuinas, sus personajes pintorescos, sus modismos y expresiones peculiares. Estas singularidades se suman a las otras muchas que hacen de Andalucía una apabullante obra polifónica que se ha ido componiendo a lo largo de sus muchos siglos de historia. Normal que toque la fibra sensible de quien sea llegado de donde quiera; en algo de lo mucho que engloba tiene que verse ¡irremediablemente! Esta Andalucía inmensa, inabarcable en un tuit, un mitin, un programa de televisión es la que siento en mí y a la que aporto desde mi condición de accitana practicante y desde la convicción de que, cuanto más la amo, menos me pertenece. Andalucía y amor, amor y Andalucía, esa moneda que me da febrero.

En la misma medida en la que me pierde seguir el rastro de lo auténtico, declino tomarlo como factor que sirva para excluir y rechazar. Abundan estos días, suele ocurrir, lecciones sobre el “buen andaluz”, como si el sentir fuera homogéneo o como si entusiasmarse con cualquiera de sus diversas facetas, dimensiones, manifestaciones fuera una facultad exclusiva de y para los allí nacidos. Se creen quienes las pregonan que están haciendo un gran favor a “su” tierra, pero más bien la empequeñecen.

Me dijo en cierta ocasión uno de mis alumnos que la erre española suena como cuando rasga las cuerdas de su guitarra. Concentró en su boca toda la fuerza que pudo reunir para pronunciar con la contundencia necesaria la doble erre de “guitarra”, queriendo emular el rasguido con su voz. Ducho en el violín y con conocimientos de italiano, ha cambiado de instrumento y de idioma de aprendizaje tras su paso por Málaga, provincia que ha visitado varias veces. Málaga, es evidente, ha pasado a través de él. Nunca antes nadie de allí bajos me había hecho un comentario tan finamente hilado como este, venido de un alemán recién iniciado en la técnica flamenca, al que le ha bastado oír bien para poner palabras a sus sensaciones. Nada nos pertenece, mucho menos el terruño en el que nos parieron. Cualquiera de donde sea con los sentidos afilados y el corazón abierto a lo que la tierra ofrezca, puede encontrar en ella ese puerto en el que echar el ancla. Claro que cuando se ama la tierra en la que se nace, la gracia es completa y las gracias, nunca totalmente dadas ni la relación suficientemente correspondida.

 

Amor y Andalucía, Andalucía y amor

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No puedo dejar de pensar en él. He probado a no mirarle, a no cruzarme en su camino, a no nombrarle. También lo contrario. A perseguirle y hacerme la encontradiza, a buscar la amistad de sus colegas, a entusiasmarme con sus aficiones. Nada funciona.

No es guapo ni simpático ni de buenas notas. Sin embargo, no me lo quito de la cabeza. No llegan a quince los minutos sumados de todas nuestras conversaciones -y somos compañeros desde hace años-, pero cada frase, cada silencio, cada gesto suyo durante esos quince minutos cara a cara se me reproducen a cada instante una y otra vez.

Este par de párrafos me vienen susurrados de la escena de la que he sido testigo hace poco. Lo bueno de cuando el urbano se retrasa es que, en ocasiones, en especial cuando se acumula en la parada de autobús un número considerable de viajeros, se tiene el privilegio de tomar parte en dramas dignos del escenario más exigente. El tono y complejidad de la trama varían en función de la materia prima congregada y de los factores que tensen la intriga.

Pues bien. Además de abueletes con andadores, mamás con carricoches, señoras con cestitas, unos cuantos fumadores separados entre sí y del resto y otros tantos que podrían clasificarnos como “otros tantos”, sin más aquel, había entonces adolescentes enmochilados. Algunos se arremolinaban en torno a uno que destacaba por ser el más alto y tener una voz grave que contrastaba con su cara de crío, herencia de una infancia aún cercana. Los que con él estaban eran claramente coro y reían y hablaban sin pisar los compases del solista. A poca distancia un grupo de chicas y chicos tenían la parabólica apuntando al satélite anterior: sus comentarios, escasos y espaciados, se referían a los otros. Fuera de órbita, sentada en el banco bajo la marquesina, había una niña. Bueno, tenía cuerpo de niña. La expresión del rostro, sus movimientos eran, sin embargo, propios de alguien con mucho vivido. Miraba hacia acá, hacia allá sin ningún afán. De los de la parabólica recibía alguna pregunta. Quedaba sin responder. Como mucho, movía la cabeza de abajo a arriba -y de arriba a abajo- o de derecha a izquierda -e izquierda a derecha-. Miraba el reloj. Dudo que se acordase después de la hora, de ahí que lo tuviera que consultar varias veces. Miraba a los de los andadores, pero no creo que más tarde lograse recordar detalle alguno, ni siquiera el más sobresaliente, de quienes los empujaban. Miraba, pero quién sabe qué veía. Miraba en dirección al larguirucho, pero no a él. Tampoco de continuo. Cuando lo hacía, apretaba las manos, que tenía agarrando los bordes del asiento, con más y más fuerza. No era por odio ni envidia ni rabia ni furia ni miedo ni celos. Reunía esa pena, esa decepción, esa impotencia, esa soledad, ese desarraigo de quienes sufren mal de amores. “Fünfzehn” (quince), soltó cuando pasó cerca de mí al llegar el bus. ¿Por qué diría lo que dijo? Una del grupo mixto sonrió pazguata. Un chaval que iba con ellas saludó a uno del clan del desgarbado. Subieron todos al piso de arriba y me dejaron a mí en el de abajo con un corazón roto y, como he comprobado cuando me he sentado a escribir, con la posibilidad de recomponerlo y devolvérselo arreglado hablando sobre ello -compartiré el relato completo en breve-. ¡Y yo que pensaba tratar hoy cosas importantes, esas cosicas que a políticos y votantes nos mantienen entretenidos ahora que estamos a nada de las andaluzas! De esto tenía un borrador del que he salvado el título, “Quince”, por venir muy a cuento del teatrillo de la parada de autobús. En mi idea original me atrevía a darle al olvido un plazo de quince días después de las elecciones para que disolviera las promesas que están aireando unos y otros para nuestra comarca y que, noblotes nosotros, tomamos por sinceras. Ya se encargará ya la vida, que es muy suya, de hacer añicos nuestras esperanzas y lamentaremos entonces haber vuelto a caer en la trampa de siempre. ¡Si va a ser que este otro escrito también iba de penas del alma, de decepción, de impotencia, de soledad, de desarraigo!

 

 

 

Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su edición de noviembre de 2018

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En sus meses de frío, que son unos cuantos, Berlín suele teñir su cielo y, por extensión, lo que hay bajo él, de un gris perla, gris plomo, gris que levanta y acuesta al día, obra y gracia de unas nieblas y demás nubes dispuestas a diferentes alturas. Tono de gris que, por lo muy común que es en estas latitudes, merece apellidarse como la capital alemana, “gris-Berlín”, igual que Madrid podría patentar el negro anaranjado/el naranja negruzco de sus cielos nocturnos (“negro-Madrid”) o Guadix el celeste intenso que señorea sus cielos diurnos durante casi todo el año (“azul-Guadix”). Va a resultar, a la vista de lo visto, que de los lugares que han formado parte de mi vida archivo sus colores, o sea, su luz, como recurrente souvenir. Bueno, no solo…

Gris-Berlín

Gris-Berlín

Creo haber pasado ya las etapas más turbulentas de la migración y superado el duelo de la partida. Tras la euforia inicial, la confrontación posterior, la inconsolable nostalgia subsiguiente y la tentación de la huida, vivo ahora un momento de calma emocional, en el que escuece bien poco que en España me llamen “la berlinesa” y en Berlín “la española”, en el que la identidad deja de ser un conflicto permanente para pasar a convertirse en el mural donde todo cabe y nada desentona. Por eso, no esperen encontrar en este escrito que pretendo dedicar a Andalucía un discurso de exaltación regionalista. Cuando una madre ha llamado a su hija al grito de “¡Anda, Lucía, ven!” en un castellano dulzonamente caribeño, justo a unos metros de mí en una calle de esta ciudad hoy pintada de ese gris-Berlín antes referido, las primeras sensaciones, las primeras imágenes que me han llegado aparejadas a la combinación sonora “anda-lucía” no han sido ni la de carretas rocieras, playas hasta la bandera o faldas de volantes sacudidas al son del rasgueo aflamencado de una guitarra, ni la de un cortador de jamón, un espeto de sardinas o una dolorosa entre velas, sino que han venido de donde guardo el olor a aceite de las almazaras, y el de los pinos calentados por el sol, también generoso con las aromáticas a las que les basta una chispa de lluvia para subsistir, y el de los cerros de arcilla que se van secando tras la tormenta, y el que sale de las casas viejas a una humedad que condensa agua e historias pa’aburrir, y el aroma a limpio de los trapos colgados en las cuerdas en balcones y terrazas, y el de las alacenas, fragancia mezcla de especias, bollos de horno y embutido oreado o echado en aceite, y el de los palos recién removidos en lumbres que calientan y en las que incluso se guisan comidas de recetas antiquísimas sin prisa alguna. Es en impresiones como la que dejan esos olores recolectados un día cualquiera en un lugar cualquiera del sur de España, es en ese poso que queda a partir de esto, eso y aquello de unos y otros, donde mi corazón ha anclado mi idea de Andalucía, quizás, interpreto yo, porque hay escasas posibilidades de que las realidades que evocan cambien a cada poco y, por tanto, evitar así la ocasión para el desencanto y el desapego y el desarraigo que sobrevienen cuando se vuelve y se comprueba que no existe nada de lo que uno allí conoció. “¡Lucía, anda, ven!”, le repite la madre a la hija, que me mira extrañada tal vez por la atención que les presto. Les estoy tan agradecida por haberme hecho sentir Andalucía, sin ellas quererlo ni yo buscarlo, que les doy lo mejor que ahora les puedo ofrecer: un “adiós” con acento accitano.

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“Quince años son muchos años”, me decía el pasado 9 de septiembre mientras marchaba rumbo a la estación. Pensaba en esto con cierto pesar. Temía tener demasiado idealizado mi último Cascamorras vivido en carne y hueso, del que hacía tres lustros, y que mis ganas de pasármelo en grande hubiesen alimentado unas expectativas condenadas a estrellarse contra una realidad muy diferente, incapaz de corresponderse con lo imaginado. Pero no fue así. Todo lo contrario.

Ahí estaba yo, de nuevo, ante la cueva de la que, en una chispa, saldría el Cascamorras rodeado de sus más cercanos, iniciando así el recorrido que le llevaría por las calles de un Guadix, su Guadix, que le recibiría como un héroe, pese a regresar de Baza de vacío, pese a volver sin la Virgen de la Piedad otro año más… y van más de quinientos.

No sólo discurrió todo como recordaba -salvo variaciones menores-, como si esos quince años no hubiesen pasado, como si el tiempo se hubiera detenido: la verja que se abre; el corazón latiendo a ritmo de tambor, a disparo de cohete; el tacto de la pintura en los dedos; pompas de agua y pintura entre calcetín y zapatilla; chorreones de agua tintada, de pintura aguada bajando por la espalda, convirtiendo la camiseta en una segunda piel; la vista que se tiene de “los Cruces” y la Catedral en el descenso por la Carretera de Murcia; la rigidez de la cara cuando se seca la mezcla; cubazos de agua, manguerones de espuma; el murmullo de la multitud multicolor; sed, calor, caños, frío; sonrisas blancas en caras oscuras; cámaras pese al riesgo de mancha -la mancha hoy es alegría-; avenidas y callejuelas; en solitario, en pareja, en pandilla, en familia -de abuelo a nieto-; juras; palmas, gritos; portalón que se cierra; vivas; “¡Viva!”; silencio.

Es que lo que tuve la oportunidad de vivir superó con creces cualquier vaga idea, toda expectativa por muy alta que fuera. ¡Qué gentío! Gente en los balcones, en las aceras, pero sobre todo corredores, muchos, de todo tipo y edad. ¡Qué carrera más limpia, pese a ir todos guapos de churretes! ¡Qué tarde más espléndida, de temperatura ideal! Fue, por tanto, una ocasión de lujo para renovar los votos cascamorreros y, en consecuencia, y desde la convicción reforzada, hacer por convencer y seguir animando a cuantos más, mejor, a que participen en la carrera y demás actividades.

Queridos paisanos, queridas paisanas, permitidme que redunde en la idea que desarrollé durante el pregón que tuve el enorme honor de dar el año pasado, relativa a que la grandeza de la fiesta le viene por alzarse como símbolo de hermandad entre las ciudades implicadas, por haber sabido transformar en ocasión para el encuentro, lo que en su origen fue motivo de litigio. Litigio sin el cual, por otra parte, no habría habido fiesta, piques, por otro lado, naturales entre poblaciones próximas. El Cascamorras del siglo XXI no ejerce de mero recaero, sino más bien como representante de la buena disposición con la que Guadix y Baza se avienen a perpetuar esta antiquísima tradición, desde el respeto y el cariño recíprocos.

Así pues, la manera en la que se vive el Cascamorras actualmente, la importancia que cobra lo que nos une a accitanos y bastetanos, singulariza y diferencia éste de otros festejos populares con los que pueden existir semejanzas.

Así, el Cascamorras es puro color, como color hay en la Tomatina de Buñol, pero no sólo. Cascamorras viste un hato de colorines, como algunas Botargas, y lleva una cachiporra, como los Cascaborras, por ejemplo, pero no son estos los únicos atributos del personaje, similar, asimismo, a los bufones.

De la fiesta del Cascamorras rezuma también esa capacidad para regenerar entusiasmo y no cejar en el empeño como la que pueda haber en las cuadrillas de moros que año tras año hacen frente a las de cristianos, a sabiendas de su derrota, en las famosas representaciones que se celebran en cientos de pueblos de España.

El Cascamorras tiene vocación de ser disfrutada por quien sea de donde sea, eso sí, que quiera divertirse sin excesos ni desmadres.

Aun siendo cierto todo lo anterior, aun reuniendo todas estas características, lo que hace singular al Cascamorras es cómo ha llegado a nosotros, es qué significa la fiesta hoy día, cuyo objetivo no es otro que la repetición misma de un ritual querido, aceptado, compartido por dos ciudades, Guadix y Baza, que manifiestan así una rivalidad sana, que entierran una vieja pugna y sellan, en su lugar, un acuerdo de buena vecindad.

Peculiar es la leyenda de la que bebe -con milagro incluido-, particular es la indumentaria de los corredores -ataviados siempre con sus peores galas, usando pintura como maquillaje-, pintoresca en todo punto en su plano visual y plástico la fiesta del Cascamorras tiene un innegable mérito de pervivencia en una época instalada en lo efímero, de sobrevivir cuando tan poco valor se da a lo que viene heredado y tanto a lo que está de moda, y en este contexto posiciona la unión como un factor sin el cual no cabe ni puede ser entendida. Guadix y Baza, Baza y Guadix, bajo una misma tradición, una misma bandera, una misma devoción.

¡Viva la Virgen de la Piedad! ¡Viva Baza! ¡Viva Guadix! ¡Viva el Cascamorras!

El Cascamorras infantil a su paso por la plaza de la Catedral (2015)

El Cascamorras infantil a su paso por la plaza de la Catedral (2015)

 

Publicado en el cuaderno anual de la Hermandad accitana de la Virgen de la Piedad en su edición de 2016

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Publicado en Wadi As en su edición del viernes 8 de marzo de 2013

 

Hay a quienes les molesta que se nos atribuya a los andaluces -inmerecida e injustamente, en su opinión- el monopolio de la simpatía y el ingenio. “¡Como si un leonés, un catalán o un riojano no pudieran ser graciosos!”, diría uno de estos. Y claro que hay –y muchos- leones, catalanes y riojanos con un gracejo sin parangón. Pero de igual manera que no seré yo quien considere el humor como patrimonio exclusivo de Andalucía ni quien cebe el estereotipo de “cuentachistes-sin-oficio-ni-beneficio” que, inmerecida e injustamente, pesa sobre nosotros, tampoco voy a ser yo quien niegue que desde Ayamonte hasta San Juan de los Terreros, desde Tarifa hasta Despeñaperros, el humor está muy presente en el día a día de un andaluz, ya sea activa o pasivamente, y, afino más, creo que más que de un humor tipo, deberíamos hablar de formas muy dispares de vivir el humor y con humor, algunas de ellas tan genuinamente ligadas a una zona que constituyen toda una expresión cultural de sus gentes, por lo que es de recibo no meter en el mismo saco el “pisha” gaditano, el “miarma” sevillano y el “malafollá” granaíno; hacer esto sería faltar a la realidad de Andalucía, tierra de contrastes, atractiva por su diversidad, también en lo tocante al “jejeje”.

 

El ramalazo “malafollá” que to granaíno tiene, con mayor o menor intensidad, es tan idiosincrático como la tortilla del Sacromonte o el azulejo de Fajalauza. Eso sí; a un forastero que se encontrase con un “malafollá” de libro, le sería complicado de primeras tachar la de éste como una actitud humorístico-empática ante la vida. Y es que el “malafollaísmo” se adecua muy poco al estándar. Es poco agradecido el humor del “malafollá”. Demasiado ácido y poco vistoso, lo cual desmonta por completo la tesis simplista de esos que tan a la ligera arremeten contra el salero andaluz así en general, sin detenerse en lo muy diferente que se concretiza aquí, allá. Por eso, a estos que tan infundada opinión sostienen les echaría a la cara a un granaíno de pura cepa y a ver qué dirían entonces. Porque de todos los tipos de humor andaluz que conozco, es éste el más peculiar, aparentemente a medio camino entre la bronca y el chiste, aunque preñado en esencia de un hilarante sarcasmo, del que disfruta/disfrutamos los que lo reconocen/reconocemos, pero, a quien no, pues más que hacerle gracia, el granaíno “malafollá” le asusta, ¡y tanto! Es un humor muy directo. Es de pocas palabras, fiel a un sólo taco, el “polla”, eso sí, con múltiples acepciones y usos. Tampoco el “malafollá” es de gestos exagerados ni florituras verbales: lo que dice, lo dice a bocajarro; como mira, lo hace con descaro, sin paños calientes. En resumen, la “malafollá” vendría a contener varios kilos de ironía, unos gramos de pachorra/pereza, un chorreón de cenizo, una pizca de cabreo y unas gotitas de chulería; una fórmula de humor muy distinta a la que se tiene en otras partes de nuestra región.

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 25 de enero de 2013

 

basura

basura

 

Difícilmente una película logre plasmar mejor la esencia cainita de la Guerra Civil del 36 que “La Vaquilla”, de Luis García Berlanga. Esos últimos fotogramas centrados en el cadáver del animal mientras es comido por buitres en tierra de nadie, representan ese “ni pa ti ni pa mi y al final todos jodíos” en el que se sustanció la contienda entre hermanos, entre amigos, entre vecinos que desangró España.

 

Será también bastante complicado que pueda resumirse con una mayor claridad la miseria económica y moral que cunde hoy día como la peste en todos los estratos de nuestra sociedad, que como lo han hecho las recientemente difundidas imágenes de nuestra capital de provincia, la de hermosura repleta luna y sol de Andalucía que, a lo largo de dos semanas, ha acaparado portadas más bien por sus contenedores rebosantes de desperdicios. ¡Granada, Granada mía! Cuán diferente a la de los folletos turísticos es ésta otra que se ha dejado ver durante los días –trece, fueron trece; hasta en esto tiene cenizo la cosa- en los que han tenido lugar los paros secundados por los trabajadores de la limpieza viaria y recogida de basuras de la ciudad, enfrentados con su empresa por las nuevas condiciones laborales. ¿El resultado? Bolsas apiladas por doquier y de cualquier manera, o lo que es lo mismo, pestazo y porquería a tutiplén.

 

Yéndonos a lo general, ciertamente esta estampa de Granada -manola, cantada en coplas preciosas- nos sirve como metáfora para los tiempos que vivimos –a los que sobrevivimos, también podría añadirse-. La suciedad nos cerca. Del estallido de la burbuja inmobiliaria, del desmoronamiento de ese castillo de naipes que tomamos antaño como auténtico, vinieron estos lodos, esta mugre entre la que, cuando no nos abrimos paso, es que estamos buscando en ella algo para calmar el hambre. ¡Ay de nosotros, que hasta hace na nadábamos en la abundancia, y hoy caminamos entre desechos amontonados a las puertas de casa! Trece días de asquerosidades varias acumuladas sintetizan sobradamente el cansino cuento del juego turbio en política –la de los peces gordos y la del pezqueñín de charca- y en la economía –la de gomina y maletín, y la de chancleta y calderilla-. Estos trece días también ilustran a la perfección ese otro relato que narra la marranería y desfachatez de emitir telebasura en horario infantil, y nos valen asimismo para ese otro que trata sobre el nauseabundo tufo de las precarias contrataciones en época de crisis. Al final resulta que todo, o mucho de ese todo, es un enorme montón de inmundicias. Basura, lo nuestro es pura basura, presente también si, sin movernos de este tema de la huelga de limpieza, descendemos del plano simbólico-genérico al real-particular. Y es que es bastante significativo reparar en cómo han procedido la Junta de Andalucía y el Ayuntamiento de Granada una vez resuelto el conflicto, y ha sido ensuciando aún más el ambiente, al culpabilizarse mutuamente de la incapacidad de poner orden en tan pestilente brete. Lo dicho, pura basura.

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“En los pueblos de mi Andalucía, los campanilleros por la madrugá, me despiertan con sus campanillas y con la guitarra me hacen llorar…”, canta la Niña de la Puebla, con esa voz que parece que se va a partir, pero lo que hace es ponerse al servicio del corazón. Porque esta canción que en estos días escuchamos tanto, tiene sobre todo sentimiento, y eso ha hecho que se convierta casi en el himno navideño de nuestros mayores por autonomasia. Lo era, al menos, de mis abuelos. No ha habido Navidad sin que entonasen alguna estrofa. Y se vuelve mucho más emotiva cuando se escucha bajo cielos muy lejanos y distintos. Es casi causa-efecto: suena la canción y los ojos se llenan de lágrimas. No hay Navidad sin recordar a la Niña de la Puebla y a todos los que se han emocionado, Navidad tras Navidad, con sus Campanilleros.

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