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Posts Tagged ‘autobús’

No puedo dejar de pensar en él. He probado a no mirarle, a no cruzarme en su camino, a no nombrarle. También lo contrario. A perseguirle y hacerme la encontradiza, a buscar la amistad de sus colegas, a entusiasmarme con sus aficiones. Nada funciona.

No es guapo ni simpático ni de buenas notas. Sin embargo, no me lo quito de la cabeza. No llegan a quince los minutos sumados de todas nuestras conversaciones -y somos compañeros desde hace años-, pero cada frase, cada silencio, cada gesto suyo durante esos quince minutos cara a cara se me reproducen a cada instante una y otra vez.

Este par de párrafos me vienen susurrados de la escena de la que he sido testigo hace poco. Lo bueno de cuando el urbano se retrasa es que, en ocasiones, en especial cuando se acumula en la parada de autobús un número considerable de viajeros, se tiene el privilegio de tomar parte en dramas dignos del escenario más exigente. El tono y complejidad de la trama varían en función de la materia prima congregada y de los factores que tensen la intriga.

Pues bien. Además de abueletes con andadores, mamás con carricoches, señoras con cestitas, unos cuantos fumadores separados entre sí y del resto y otros tantos que podrían clasificarnos como “otros tantos”, sin más aquel, había entonces adolescentes enmochilados. Algunos se arremolinaban en torno a uno que destacaba por ser el más alto y tener una voz grave que contrastaba con su cara de crío, herencia de una infancia aún cercana. Los que con él estaban eran claramente coro y reían y hablaban sin pisar los compases del solista. A poca distancia un grupo de chicas y chicos tenían la parabólica apuntando al satélite anterior: sus comentarios, escasos y espaciados, se referían a los otros. Fuera de órbita, sentada en el banco bajo la marquesina, había una niña. Bueno, tenía cuerpo de niña. La expresión del rostro, sus movimientos eran, sin embargo, propios de alguien con mucho vivido. Miraba hacia acá, hacia allá sin ningún afán. De los de la parabólica recibía alguna pregunta. Quedaba sin responder. Como mucho, movía la cabeza de abajo a arriba -y de arriba a abajo- o de derecha a izquierda -e izquierda a derecha-. Miraba el reloj. Dudo que se acordase después de la hora, de ahí que lo tuviera que consultar varias veces. Miraba a los de los andadores, pero no creo que más tarde lograse recordar detalle alguno, ni siquiera el más sobresaliente, de quienes los empujaban. Miraba, pero quién sabe qué veía. Miraba en dirección al larguirucho, pero no a él. Tampoco de continuo. Cuando lo hacía, apretaba las manos, que tenía agarrando los bordes del asiento, con más y más fuerza. No era por odio ni envidia ni rabia ni furia ni miedo ni celos. Reunía esa pena, esa decepción, esa impotencia, esa soledad, ese desarraigo de quienes sufren mal de amores. “Fünfzehn” (quince), soltó cuando pasó cerca de mí al llegar el bus. ¿Por qué diría lo que dijo? Una del grupo mixto sonrió pazguata. Un chaval que iba con ellas saludó a uno del clan del desgarbado. Subieron todos al piso de arriba y me dejaron a mí en el de abajo con un corazón roto y, como he comprobado cuando me he sentado a escribir, con la posibilidad de recomponerlo y devolvérselo arreglado hablando sobre ello -compartiré el relato completo en breve-. ¡Y yo que pensaba tratar hoy cosas importantes, esas cosicas que a políticos y votantes nos mantienen entretenidos ahora que estamos a nada de las andaluzas! De esto tenía un borrador del que he salvado el título, “Quince”, por venir muy a cuento del teatrillo de la parada de autobús. En mi idea original me atrevía a darle al olvido un plazo de quince días después de las elecciones para que disolviera las promesas que están aireando unos y otros para nuestra comarca y que, noblotes nosotros, tomamos por sinceras. Ya se encargará ya la vida, que es muy suya, de hacer añicos nuestras esperanzas y lamentaremos entonces haber vuelto a caer en la trampa de siempre. ¡Si va a ser que este otro escrito también iba de penas del alma, de decepción, de impotencia, de soledad, de desarraigo!

 

 

 

Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su edición de noviembre de 2018

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Publicado en Wadi As en su edición del 8 de noviembre de 2013

 

Les bastó mirarse un instante para dar una gran lección de amor. Qué suerte la mía de tener la vista puesta en ellos justo cuando esto ocurrió. En unos pocos segundos lograron reunir pasión, ternura, complicidad, elementos todos esenciales en la cosa ésta del querer; y ahí estaba yo, colándome por pura potra en la escena de más intensidad amorosa que jamás haya podido ver en escenario con menos encanto como es el autobús urbano de una metrópoli.

Ya en el vistazo que se echa a la fauna que sube y baja parada tras parada, me llamaron la atención por su manera singular de comportarse: no es frecuente -como él hizo- que alguien pida tan educadamente permiso para pasar a través de los que estábamos de pie en la zona reservada para los carricoches y las sillas de ruedas ni que se excuse –como hizo él-, mientras iba abriéndose camino, por la lentitud con la que avanzaba junto a su acompañante, que le seguía poquito a poco con la ayuda de una muleta; no es para nada frecuente -como le hizo ella a él- que alguien responda con una caricia a quien, pese a su cuerpo enjuto y castigado por los años, le ha estado sosteniendo mientras ella intentaba sentarse sin el apoyo de su muleta, que se le había escurrido y estaba en el suelo; en absoluto es frecuente que a una mirada breve, pero tan llena de sentimiento, como la que ambos se intercambiaron, le sigan otros tantos sencillos, pero tremendamente emotivos gestos: que si me sonríes, que si echo mi cabeza sobre tu hombro, que si me fijo en algo que hay ahí fuera y tú me susurras algo al oído y me haces cosquillas y te sonrío y echas tu cabeza sobre mi hombro y… no había sillas forradas de raso ni cortinones arremangados ni música de violines ni ellos vestían de postín, pero irradiaban esa felicidad que se presupone en un salón nupcial por parte de los protagonistas del enlace o que se espera, por poner otro ejemplo, en una pareja con muchas menos primaveras en lo alto, como era la que tenía justo a mi lado durante este trayecto en autobús al que tanta pringue folletinesca le estoy sacando. Guapísimos, rubísimos, altísimos, jovencísimos, de catálogo: él, cargando con un bebé en una mochila-cangurito; ella, con una silla plegable bajo el brazo; cada cual enganchado a su teléfono móvil, tan absortos en sus respectivos asuntos que apenas reaccionaron ante los empujones de los que se iban montando y querían ir pasando hacia los asientos. Tan concentrados estaban que tardaron en darse cuenta de que el niño se había despertado y estaba armando la marimorena. “Hunger” (“hambre”, en alemán), dijo ella, y sacó de su bolso un biberón que le pasó al chico, que empezó a dárselo al pequeño, y entonces ella volvió a sus mensajes y emoticonos. Tan jóvenes, tan viejos. Los otros, tan viejos, tan jóvenes. Ciertamente vivir el amor no entiende de edad.

 

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