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Posts Tagged ‘Berlín’

Berlín no sabe sudar. Incluso en una actividad tan fisiológica como esta, la herencia cultural y el poso antropológico marca el resultado de la acción. Sudar es la gota que cae por la frente y las gotas que empapan el pelo y arroalan camisas, pero también, por supuesto, la actitud que comporta el hecho de la sudoración, algo que en España -en particular, en los lugares donde el personal tiene las glándulas sudoríparas echando continuamente horas extra- se conoce, se asume y se sabe apaciguar, aguantándose, pues, con una resignación muy llevadera. Claro que con el calor los nervios se pierden con más facilidad. Eso es así en Écija, Manila y Sebastopol. No obstante, no es menos cierto que el umbral de tolerancia cambia de unos sitios a otros y si, de por sí, el mal pronto typisch Berliner sale a relucir en las situaciones más cotidianas e intrascendentes, si se le añaden unos cuantos grados de más y estos llegan, además, de repente, de un día para otro, entonces se forma la tormenta perfecta. Y es que para los berlineses, a los que les queda un buen ramalazo prusiano -por mucho que renieguen de ello-, todo eso de la improvisación, de lo que viene de sopetón, no tiene encaje sencillo y, ante lo espontáneo, no reaccionan con la naturalidad que baña las regiones mediterráneas, de ahí que en estos días de avanzadilla del verano su humor de perros se vea acentuado por la incomodidad de sentir la camiseta sudada o de tener que soportar el tufo de los pies del colega o del vecino de asiento del metro, por ejemplo. En que Berlín no sepa sudar cuando el calor aprieta influyen, sin duda, las dificultades que encuentra para vestirse cuando el sol hace lo que debe, o sea, cuando calienta en condiciones. El aspecto es algo que en absoluto quita el sueño por estas latitudes, pero digamos que, en invierno, con todo lo que hay que echarse por lo alto, el cascamorreo pasa más desapercibido. Sin embargo, en estos días a los que me refiero, queridos paisanos, esto es un colorín que solo tiene parangón estético con la fiesta accitana más internacional. Las estrambóticas combinaciones de prendas de invierno y verano que prodigan con este tiempo en parte provocan ese sudor que no sabe ser sudado.

Y es que Berlín es una ciudad de frío y esto cala en el ánimo y determina los hábitos incluso durante los meses de deshielo. Tanto que no puede faltar en el vagón de tren el nostálgico de turno que, pese al calorazo, va con su gabardina y sus botas. Tanto que Berlín no sabe caminar erguido. Acostumbrado uno a ir encorvado, embebiíco ante las bajas temperaturas y el recurrente airazo del este, a la hora del destape cuesta ponerse tieso, de manera que la chepa permanece ahí. “Los jorobados invaden la ciudad”, podría rotularse el pie de foto de una instantánea cualquiera de una vista general de cualquier calle en jornadas de mercurios animados. Berlín, pues, no se reconoce, no se halla en este brete, se siente incómoda. Le pilla con el pie cambiado este sol bravucón y sobrevenido y el festival de pies calzados de cualquier manera es apabullantemente pintoresco. Esto sí es pintoresquismo, y no el romance del torero y la folclórica. Bueno, hasta los hay que van a lo rey de la selva sin zapato que les cubra los pinreles.

Por no saber, ni siquiera Berlín tose y estornuda con garbo en los días posteriores a la irrupción del calor “calor”, propicios para enfriamientos, insolaciones y demás familia.

En definitiva. Que sí, que con la calor las terrazas estarán llenas, las áreas verdes con overbooking de picnics y los carriles-bici atascados, pero la ciudad sigue latiendo con el mismo tono y el personal continúa con sus usos y costumbres, esto es, con el careto largo y lánguido habitual y el bramido por casi todo. Berlín, de frondosos bosques, hermosos parques, surcado por ríos y canales que, en los días soleados, proyectan una claridad deslumbradora, perfecta para kilométricos maratones de fotos, no es ciudad para el calor. No sabe disfrutarlo. Ni calzarlo ni vestirlo ni sudarlo. Berlín y el calor. Cómica pareja. Sublime paradoja. Matrimonio imposible.

(c)www.pixabay.com

 

 

Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su edición de mayo de 2017

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En sus meses de frío, que son unos cuantos, Berlín suele teñir su cielo y, por extensión, lo que hay bajo él, de un gris perla, gris plomo, gris que levanta y acuesta al día, obra y gracia de unas nieblas y demás nubes dispuestas a diferentes alturas. Tono de gris que, por lo muy común que es en estas latitudes, merece apellidarse como la capital alemana, “gris-Berlín”, igual que Madrid podría patentar el negro anaranjado/el naranja negruzco de sus cielos nocturnos (“negro-Madrid”) o Guadix el celeste intenso que señorea sus cielos diurnos durante casi todo el año (“azul-Guadix”). Va a resultar, a la vista de lo visto, que de los lugares que han formado parte de mi vida archivo sus colores, o sea, su luz, como recurrente souvenir. Bueno, no solo…

Gris-Berlín

Gris-Berlín

Creo haber pasado ya las etapas más turbulentas de la migración y superado el duelo de la partida. Tras la euforia inicial, la confrontación posterior, la inconsolable nostalgia subsiguiente y la tentación de la huida, vivo ahora un momento de calma emocional, en el que escuece bien poco que en España me llamen “la berlinesa” y en Berlín “la española”, en el que la identidad deja de ser un conflicto permanente para pasar a convertirse en el mural donde todo cabe y nada desentona. Por eso, no esperen encontrar en este escrito que pretendo dedicar a Andalucía un discurso de exaltación regionalista. Cuando una madre ha llamado a su hija al grito de “¡Anda, Lucía, ven!” en un castellano dulzonamente caribeño, justo a unos metros de mí en una calle de esta ciudad hoy pintada de ese gris-Berlín antes referido, las primeras sensaciones, las primeras imágenes que me han llegado aparejadas a la combinación sonora “anda-lucía” no han sido ni la de carretas rocieras, playas hasta la bandera o faldas de volantes sacudidas al son del rasgueo aflamencado de una guitarra, ni la de un cortador de jamón, un espeto de sardinas o una dolorosa entre velas, sino que han venido de donde guardo el olor a aceite de las almazaras, y el de los pinos calentados por el sol, también generoso con las aromáticas a las que les basta una chispa de lluvia para subsistir, y el de los cerros de arcilla que se van secando tras la tormenta, y el que sale de las casas viejas a una humedad que condensa agua e historias pa’aburrir, y el aroma a limpio de los trapos colgados en las cuerdas en balcones y terrazas, y el de las alacenas, fragancia mezcla de especias, bollos de horno y embutido oreado o echado en aceite, y el de los palos recién removidos en lumbres que calientan y en las que incluso se guisan comidas de recetas antiquísimas sin prisa alguna. Es en impresiones como la que dejan esos olores recolectados un día cualquiera en un lugar cualquiera del sur de España, es en ese poso que queda a partir de esto, eso y aquello de unos y otros, donde mi corazón ha anclado mi idea de Andalucía, quizás, interpreto yo, porque hay escasas posibilidades de que las realidades que evocan cambien a cada poco y, por tanto, evitar así la ocasión para el desencanto y el desapego y el desarraigo que sobrevienen cuando se vuelve y se comprueba que no existe nada de lo que uno allí conoció. “¡Lucía, anda, ven!”, le repite la madre a la hija, que me mira extrañada tal vez por la atención que les presto. Les estoy tan agradecida por haberme hecho sentir Andalucía, sin ellas quererlo ni yo buscarlo, que les doy lo mejor que ahora les puedo ofrecer: un “adiós” con acento accitano.

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Calor y nieve

Hoy he salido con el firme propósito de encontrar esa mirada, ese gesto, esa escena que me diera pie a contaros la historia con la que iniciar el serial que, cuando llegan estas fechas, vengo dedicando, desde hace ya unos años, a las fiestas navideñas. Qué mejor –pensé durante el desayuno- que tomarle el pulso al Berlín que se prepara para el Adviento –que aquí se celebra bastante- y comprobar cuánto de ese espíritu navideño se deja sentir ya. Es que es muchísimo mejor –seguí pensando- pillar a la gente con las pilas cargadas, con el bolsillo relajao, con las ganas de Pascuas intactas antes de la quemazón por el bombardeo consumista, de los ardores de estómago por tanto ágape, de la hartura por tanta película de sobremesa con papanueles y duendecillos.

Sin embargo y, aunque antes de cerrar la puerta de casa, juro haberme afilado los sentidos, me vuelvo apenas habiendo hilvanado un par de ideas. Vale que la Schloßstraße no es la Ku’damm ni la Friedrichstraße, arterias comerciales por antonomasia de la capital alemana. Pero esta calle a la que me refiero y por la que he estado paseando toda la mañana en busca de “la” anécdota que armase este escrito, está llena de tiendas, cafeterías y consultorios médicos, vamos, que está una miaja animá. Pero no, na’ de na’.

Lejos de la idílica imagen que esperaba hallar de comerciantes vistiendo de gala sus escaparates, de transeúntes engrasando la maquinaria de la sonrisa, de operarios afrontando con otro ánimo la instalación del decorado público por ser ésta una tarea un tanto diferente a lo de todos los días, me encuentro con la misma ciudad de siempre bajo su habitual cielo plomizo, eso sí, con más atascos de lo normal por las muchas camionetas de reparto que hay en doble fila.

No merece mención alguna el alumbrado urbano ni el de los centros comerciales, pues está a medio poner o, si está, aún no lo han encendido. Tampoco nada me ha llamado la atención en el comportamiento de los consumidores potenciales con los que me he cruzado. Mostraban poco o nulo interés por los abetos de plástico de gordas bolas –ciertamente llamativos- de los pasillos de una de estas galerías y mucho menos por las grandes publicidades de las tiendas.

Ni siquiera los músicos callejeros que suelen congregar mayor público han estado hoy especialmente inspirados, a juzgar por la poca gente dispuesta a escucharles.

Total, que aquí estoy, compuesta y sin historia, esperando el autobús que me llevará a casa.

Será tal vez que todo está amuermao por este bajón que han pegao las temperaturas hasta situarse las máximas en el puñado de graditos habitual de los meses de frío. Hablando de frío, ¡qué fría está la nieve, caramba, que está empezando a caer! Y al bus le quedan aún cinco minutos, según leo en la pantalla de la parada. Le echo los plásticos por encima al carricoche del niño. Me echo la capucha y me encojo para evitar cualquier fuga térmica. Miro hacia abajo, hacia el suelo y eso me permite ver cómo se va formando una fina capa blanca sobre la acera gris. Me entretengo con eso. Me sirve para olvidar lo heladas que se me han quedado las manos. Siento bullicio a mi alrededor. Debe venir el autobús. En efecto, acaba de parar delante. Como suele ocurrir, todo quisque entra antes que yo, aunque yo llegué antes que todo quisque. Aún así, consigo sitio dentro y, pese a ir cual sardina en lata, pese a las gafas empañadas, se me escapa un “ahhhh” de alivio, de esos que uno suelta cuando está a gustico, sensación visceral y primaria, la del bienestar que aporta el calor de sentirse acogido, protegido frente al frío de fuera. Y me traslada a las vivencias surgidas al calor del cariño, de la voluntad de encontrarse, de buscarse para quererse, de reunirse en torno al portalico de belén para cantarle villancicos al Niño Jesús, de recibir en casa a quien anda bien lejos de ella, de abrazar para agradecer un regalo, de convidar a una copica a quien precise calentarse una chispa, secuencias extraíbles de las Navidades de nuestras vidas. Sí, el calor del arropamiento es la postal sensorial que elijo para inaugurar sección. Y todo gracias a la nieve. ¡Qué cosas!

 

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Publicado en Wadi As Información en su edición del 28 de noviembre de 2015

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El próximo jueves 5 de noviembre, a las 19 horas, en la librería La Escalera (Kopenhagenerstr. 73 2.Hof) de Berlín-Prenzlauer Berg, tendrá lugar la presentación de ‘Sombras en la luz”, primera novela de María J. Ortiz. A la autora la acompañará el también escritor José Luis Pizzi.

‘Sombras en la luz‘ es una historia de misterio, pero no una colección de historietas de terror. Es una historia de superación personal, pero no un libro de autoayuda. Es una historia donde Guadix, la ciudad en la que se desarrolla la trama, adquiere un papel relevante, pero no es una guía turística de este pueblo andaluz. Es una historia que encierra historias que caminan entre la luz y las sombras, senda por donde a veces estamos obligados a avanzar.

Sombras en la luz_invitación Berlín (1)

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Portazo

¿Cuánto portazo no te habrán dao en tu vida como para que hayas dejao caer la puerta con semejante desdén? Porque denota experiencia en la materia, porque cualquier hijo de vecino no tiene el rostro que tú has tenido de empujar como una bestia las grandes y pesadas hojas de una de las puertas de acceso a la estación de tren, para, una vez en el vestíbulo, soltarlas sin reparar en quien pueda venir detrás.

Porque, seamos francas, no ha sido un despiste. Has pasado, te has desentendido por completo. No estaba en agenda, ¿cierto?, tener un poquito de delicadeza y comprobar si te seguía alguien ni mucho menos preguntarte si ese alguien igual necesitaba que le aguantases la puerta porque quizás fuese con las manos ocupadas. No se te ha visto la más mínima intención de impedir que la puerta se le viniera encima a quien iba detrás de ti. Sí, porque resulta que alguien iba detrás de ti. Sí, mi bebé, en el carrito, y yo, que lo llevaba, íbamos unos metros por detrás. Venga, reconócelo. Nos has visto, es más, estando tú en el vestíbulo y yo luchando contra los elementos, me has mirado, has visto que iba con el carricoche y además con una bolsa y no te has vuelto para ayudar ni tan siquiera para disculparte por no haberlo hecho. Y no pongas como excusa que venía el tren e ibas con prisa, porque hasta hemos tenido tiempo para cruzarnos en el andén y dirigirnos una mirada más, cargada ésta de muchas cosas malas que mejor dejaremos entre tú y yo. Pero eso a ti te ha dado igual. No era asunto tuyo andar pendiente de las consecuencias de tus actos más rutinarios e insignificantes, ¿verdad que te dices eso para escurrir cualquier cargo de conciencia?

¡Qué feo, feísimo ha estado lo que me has hecho! Planteaba al comienzo que tal vez el alto grado de insolencia en tu portazo se debiera a una acumulación de portazos de aúpa padecidos en carne propia. El portazo lo tienes bien metido en la sesera dada la desfachatez, la indolencia con la que te me has quedado mirando mientras yo, que no cabía en mí de asombro, hacía por evitar el golpetazo de la puerta en el carrito. ¿Acaso te daban/han dado con la puerta en las narices los niños en la escuela, tus padres en casa, los vecinos en el portal? ¿En alguna entrevista de trabajo, en alguna relación afectiva? En caso de que me equivoque y que en verdad seas un encanto de persona, quiero que sepas que no me arrepiento de la queja que te he hecho llegar en el lenguaje universal de “mírame y verás lo que opino”, el que se plasma en la cara –que es el espejo del alma y la mía ha sufrido un disgusto muy grande por el poco civismo que practica más gente de la esperada, gente como tú- y la mirada que te he devuelto cuando nos hemos vuelto a encontrar contenía cada letra y cada punto de este escrito que, más que por la indignación, está movido por la pena sin paliativos que despertáis tú y los de tu calaña.

Para que veas que no te guardo rencor –pese a que tu bajuno gesto me haya obligado a sacar fuerzas de mis reservas al límite para impedir que la puerta chocara contra el carricoche y lastimara a mi hijo-, voy a poner en práctica eso que llaman empatía –cualidad  que en ti brilla por su ausencia-, me transformaré en la supercomprensiva del año, respiraré profundamente una, dos, tres veces, haré un poder por ponerme en tu situación y te diré que no, que no eres la única que ha dado ni a la que le han dado un portazo en su vida. De hecho, continuamente nos dan y damos portazos. No te creas exclusiva –se acabó la tregua empática-, bonita –léase con retintín-, pero el que no hayas sido la primera, ni por desgracia seas la última en hacer gala de malos modales recurriendo al viejo hábito de “la puerta en las narices”, no te exime de culpa. Te has lucío, hija, te has lucío, y no hay más vuelta de hoja.

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Publicado en Wadi As Información en su edición del 17 de octubre de 2015

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Pasa que a veces uno mira y no ve. Como a él le ocurre. No sabe qué, hacia dónde mirar. Sus pensamientos sí que están mirando en una determinada dirección, llámese preocupación, amargura, miedo. Camina a paso muy, muy lento por la acera próxima a la entrada de un hospital. Avanza llevando consigo un chambao con ruedas del que cuelga una bolsa con un líquido claro a la que está unido por un tubito que se pierde debajo de esparadrapos puestos sobre la piel arrugada que deja ver la manga ancha de su chaquetón, bajo el que asoma un camisón finucho.

Pasa que a veces uno, sin querer, mira y ve, como me acaba de pasar cuando al pasar junto a él le he visto mirando sin ver, deambulando por esa sala de espera informal, punto de reunión de familiares y pacientes que hallan en la bocanada de aire fresco, en la calada a un pitillo, el punto de fuga en tamaño cuadro. En su espera, en la de este hombre hay poca esperanza. No lo digo yo. Lo van gritando sus ojos, llenos de niebla. ¡Ay, la niebla!

Ya avisaba yo que al otoño de rebeca y tardes de sol le quedaba un suspiro. Y tanto. Y ni eso. Ya empezamos a tener mañanitas de niebla, que aquí en Berlín no se traducen en tardes de paseo, como termina el dicho que se deja oír por allí bajos. Aquí el día que amanece con niebla, con niebla anochece. Hay días que la niebla baja a pie de obra, otra en los que se queda a la altura de las copas de los árboles más altos, otros un poquito más arriba. En todos los casos, más que apantallar el sol, es como si la niebla lo amordazara con sus tupidas capas espumosas y éste, al final, pues acaba rindiéndose y renunciando a su cometido de iluminar y calentar.

Tanto en días de niebla, como en los de lluvia calabobos o en los de encapotado berlinés clásico, siendo estos últimos los más frecuentes de los tres, en los que el cielo se muestra gris parejo y punto, las cosas se pintan con tonos apagados, mustios, sin brillo, sin brío, sin gracia alguna… como los que nos movemos por este lienzo urbano a punto de convertirse en naturaleza muerta.

Hay tanta humedad en el ambiente, el ambiente está tan cargado que se convierte en una carga poner el pie en la calle y levantar la vista del suelo y poner oído a lo que sucede de orejas pa’fuera y abrir la boca si no es para lo imprescindible. La humedad cala hondo, llega al tuétano. Yendo arrugadicos quisiéramos tal vez achicar agua y frío, sacar lo que se ha filtrado tan rápido, tan por todos lados. No sé qué sería de nosotros si no fuera por la inercia que nos aparca en la parada del bus, que nos conduce hasta la puerta del curro, del colegio de los niños, que nos guía por el circuito rutinario. ¡Estaríamos perdidos!

Cuando uno hace un poder, decide erguirse un poco y se atreve a mirar a los ojos de la gente, como acabo de hacer hace un momento, cuesta hasta concretar de qué color son. El gris blanquecino de la atmósfera difumina los matices y a lo más que llega uno a decir es “¡ah!, pues ése es de ojos claros; ¡ah!, pues ésa es de ojos oscuros”. Eso sí, uno y otra, todos tenemos esos nublos en la mirada, ojos nubosos que miran por mirar, pero que no ven más allá de lo que las nubes permiten, o sea, un carajo.

Ya me gustaría, ya, verles a ustedes aquí un día y otro y otro, y no con el hato de turista, sino con el mono de trabajo de residente en la Straße tal o cual. Una cosa es leer sobre ello y otra vivirlo en riguroso directo. Entonces se entiende y se explica mucho de lo que aquí pasa, como que brillen por su ausencia –o carencia- las sonrisas luminosas, las voces vibrantes, los colores coloreados. Son los nublos que nublan el cielo y lo que bajo él se mueve –o, al menos, lo intenta-.

Berlín, a 13 de octubre de 2015

Berlín, a 13 de octubre de 2015

 

 

Publicado en Wadi As Información en su edición del 10 de octubre de 2015

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Publicado en Wadi As Información en su edición del 3 de octubre de 2015

Ha debido ser la colonia barata medio echada a perder que me he puesto en cuello y muñecas: en origen era de aroma a vainilla, pero su empalagoso dulzor pasó con los meses a parecerse bastante al del melocotón maduro y, con los años –que, por cierto, tan sólo han logrado evaporar medio tarrito- ha quedado una suerte de fragancia de tocador de abuela con dejes de manzana que en la presente temporada ha cambiado por un claro aire amembrillado. Que por qué la conservo es todo un misterio. Ni el bote tiene un diseño que dé pena tirarlo –es bastante normalucho- ni fue un regalo especial –lo compré yo misma en una droguería estando, además, de saldillo- ni,  por supuesto, y como les venía diciendo, desprende un olor que haga obligado aprovechar hasta la última gota. Éste es uno de esos trastos que, no se sabe muy bien por qué, sobreviven a una y mil limpiezas en profundidad, a una y mil mudanzas que hagamos. Lo que es una incógnita mayor es que no me baste con salvarlo de la quema, sino que encima me siga echando –de higos a brevas, eso es verdad- esta loción.

Decía que seguro ha tenido algo que ver en lo que ahora voy a contar esa fragancia de vainilla que se trasmudó en melocotón que se trasmudó en manzana que se trasmudó en membrillo con la que hoy me he perfumado. Ha marcado, sin duda, el cariz de la aparición que se ha manifestado ante mi hace apenas unos minutos. He de confesar que el estado de ensoñación en la que dicha aparición ha tenido lugar ha logrado cuajar por la suma de varios factores: la inusual marcha del tren –iba ligeramente más lento-, el sol del veranillo de San Miguel que entraba por las ventanas del vagón y que aún calienta lo suyo –compensación por adelantado por los daños y perjuicios que causará la oscuridad de los meses que vienen- y llevar la panza recién recargada me avocaban a una cabezada inevitable, tentación contra la que ha tenido que lidiar la resistencia de mantenerme alerta que activo en cuanto salgo por la puerta de la casa. Heme, por tanto, en semejante brete, más pa’llá que pa’cá, cuando la he visto ahí, a la aparición, en las imágenes invertidas que viven en los reflejos que en el cristal de las ventanas forma la luz que entra de fuera y la que sale de dentro. Era una figura diría yo que femenina. En lo que no cabía duda era en lo delgada que era, al menos, en comparación con la chica que había sentada a su lado y que iba por completo absorta por lo que estaba viendo en la pantalla de su teléfono móvil.

La mujer del cristal que centró mi atención me miraba con el mismo descaro a como yo la miraba a ella, pero, al hacerlo, no veía boca ni orejas ni ojos en su cara, sino habitaciones de pueblo en las que membrillos recién cogidos funcionan como ambientadores naturales, sino la luz dorada de la tarde que los accitanos recuperan para uso y disfrute después de un verano que obliga a sudarla en casa, sino también la alfombra multicolor que cubre las calles berlinesas a estas alturas del año. Sí, de ese color, colores tenía el pelo la pasajera que me miraba sin vergüenza alguna y me contaba todo esto sin decir ni pío, ¿o era un pasajero? Pues me quedaré con ganas de saberlo, pues cuando he ido a comprobarlo, resulta que ya se había ido. El tren ha retomado su velocidad habitual, se ha metido bajo tierra, he pasado la fase crítica de recaída de sueño durante la digestión y se conoce que se ha roto el sortilegio que mantenía mi mirada atrapada en ese mundo inverso e intuido habitado por reflejos, sombras y espectros. Me atrevo a afirmar que a quien he visto ha sido al mismísimo otoño cálido y amable. Sabe Dios si lo volveré a ver o se habrá retirado ya hasta el próximo año, porque sospecho que el  otro otoño, el gris y húmedo, está a punto de llegar a Berlín. Ojalá me equivoque y me encuentre de nuevo con tan enigmática y cautivadora viajera.

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