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Posts Tagged ‘campanadas’

Publicado en Wadi As en su edición del 15 de agosto de 2015

Somos prisioneros del anhelo y no lograr todo lo que se nos antoja, que suele ser mucho, nos convierte en seres rematadamente insatisfechos, nos hace sentirnos permanentemente frustrados. Y no creo que esto pueda explicarse sólo por la actual sociedad de consumismo-sin-fronteras, que nos pone la miel en los labios y nos la quita cuando estamos a punto de empezar a saborearla a menos que paguemos por ello y, como gastar en apetencias es un lujo fuera de nuestro alcance, toca resignarse y estar de continuo de mal humor. Lo del “culo veo, culo quiero” es más viejo que la tos. Esta manera que tenemos los humanos de funcionar la traemos de fábrica.

Y todo esto viene a santo de que, hace un par de semanas, y así os lo comentaba aquí en este espacio, andaba yo con unas ganas locas de verano “verano”. Echaba en falta sudar la gota gorda, sentirme tan pegajosa que ni una sucesión de duchas pudiera aliviarme. Añoraba entrar al edificio en el que vivo e imaginarme durmiendo la siesta sobre la tumbona playera en el hueco de la escalera, romper abanicos y quemar ventiladores de tanto usarlos, pasar el rato paseando pasillo arriba, pasillo abajo en la sección de congelados del súper, no encontrar postura para pillar el sueño ni bebida que calmase ese reseco que no se va.

“Ésta no sabe lo que está diciendo”, os dijisteis, seguro, más de uno de vosotros mientras me leíais cuando describía los estragos del calorín como auténticas virtudes. Podía llegar a comprender perfectamente vuestra perplejidad, ya que, con las olas ininterrumpidas de calor –más bien tsunami- que habéis padecido –y seguís padeciendo-, normal que estuvieseis deseando inaugurar la temporada de mesa camilla. Ahora que llevamos en Berlín unos cuantos días por encima de los 30 grados, me sumo a los pro-invierno y añoro como el que más el tacto de las sábanas de franela y los jerséis de cuello vuelto.

¡Ay! No hay quien nos entienda. Nunca tenemos lo que queremos. Por eso hablaba al comienzo de que la nuestra es la historia de una eterna insatisfacción… y también de una flagrante tendencia a olvidar con facilidad. Cuando dentro de unos meses las plantas de los pies las tengamos más frías que las placas de hielo que estemos pisando, se nos acartone la ropa tendida por la helá caída y se nos congele el moquillo conforme vaya asomando por la nariz, entonces, pa’ entrar una miaja en calor, evocaremos gustosos estas tardes de verano en bañador y con paños mojados en la nuca.

¡Anhelos, anhelos!

Ya esté uno o no de vacaciones, estas semanas de bajón generalizado de la actividad cotidiana son una ocasión inmejorable para volver la vista hacia uno y hacer balance de lo que va de año. En este repaso se cuelan aquellos propósitos de Año Nuevo que nos hicimos mientras nos metíamos a presión en la boca una uva tras otra y resulta que descubrimos que todo aquello, más que una colección de metas realistas, no era más que puro anhelo. Ahora con treinta, cuarenta, cincuenta, taitantos años añoramos el superávit de que gozaba nuestra hucha con tanta propina como recibíamos a los cinco años, la energía que gastábamos con diez años, el cuerpo que teníamos a los quince, la vida social de los veinte años y así, en vez de objetivos alcanzables, mientras brindamos tras las Campanadas nos proponemos, año tras año, hacer dietas matadoras, controlar cada céntimo que sale del monedero y seguir un calendario de entrenamientos tan extenuante como el planillo de citas con amigos y parientes con los que pretendemos ampliar el trato, sin contar con que ya no tenemos ni cinco, diez, quince ni veinte años. Es decir, anhelo sobre anhelo. Y me pregunto que pa’ qué nos sirve tanto anhelo, pues en verdad no hay ni mijita de gana de volver a los complejos de la infancia, la edad del pavo, el acné juvenil, los atracones de apuntes en interminables noches de estudio: bien nos podríamos repetir esto en Año Nuevo y ahora mismo que nos hallamos en plena evaluación semestral. Porque la nostalgia adorna y deforma tanto todo de tal manera que el presente en comparación se presenta como la más dura de las condenas. Y no, que no, tampoco es eso, para nada.

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Publicado en Wadi As en su edición del 28 de diciembre de 2012

 

Inocente soy si creo factibles los planes que, a las puertas de 2013, tengo pensado llevar a cabo en los próximos doce meses. En verdad siempre me planteo si esta lista bienintencionada de propósitos sirve para algo o tan sólo para calmar mi conciencia. Me da a mí que no soy la única que intuye esto. Por eso, sugiero por esta vez dejar a un lado este ambicioso, a la par que inútil, ejercicio de enumeración de nuevas tareas -que, sabemos de antemano, no vamos a emprender-, y sustituirlo por una revisión de aquello que no ha cuajado durante el año que se acaba, con la intención de sacar algo en claro del porqué de nuestro fracaso en su puesta en marcha -sin que, por supuesto, esto desemboque en la autocompasión, el plañiderío, la fustigación y demás atolladeros recurrentes-.

 

Repasemos, así pues, igual que hacen en estos días las teles con las noticias más relevantes  desde la última Nochevieja, qué ha quedado pendiente de envío en nuestras bandejas de salida. Si hacéis la prueba, descubriréis que al principio aflorarán las faltas leves –que si no voy al gimnasio lo suficiente, que si no consigo dedicar más tiempo libre a la pareja…-, que darán paso a los grandes proyectos truncados –por tratarse de algo más complejo y profundo, mejor que cada cual lo medite para sí-.

 

¿Por qué no hemos alcanzado nuestros objetivos? ¿Hasta qué punto es culpa de los jefes, de los dirigentes, de los otros? ¿Hasta dónde llega nuestra responsabilidad? El clima de incertidumbre, lejos de facilitar las cosas, las enreda más. Pero nosotros tenemos mucho que decir y decidir.

 

Cierto es que, con lo que nos viene de fuera y con la cruz que cada cual carga, es difícil ver la luz al final del túnel. Cierto es que, mientras se guarda turno en la oficina de empleo, cuesta muchísimo pensar en qué más puede hacer uno para cambiar su situación. Cierto es que afrontar pagos in crescendo cuando en el banco tenemos cada vez menos dinero es algo para lo que las matemáticas no funcionan. Cierto es que esa derrota en lo laboral y lo económico se extiende también a la familia y ni siquiera en casa halla uno la paz anhelada, siendo más las ocasiones para la discusión y el desencuentro, que para el consuelo y el apoyo. Pero no todo en nosotros es una ruina.

 

Cada cual tiene un potencial que, ahora más que nunca, debe poner en valor. Preguntémonos, asimismo, qué hemos hecho mal en la gestión de nuestras cuentas, para no volver a cometer errores similares. Vayamos a esos momentos inolvidables en nuestra vida familiar para coger de ahí parte de esa energía que precisamos pa’ batirnos el cobre. Dejemos de esperar el maná del Cielo –llámese “Gobierno”, “Europa”, “loterías”-. En nosotros mismos están las soluciones a nuestros problemas. Deseémonos, pues, mucha fuerza y valentía y arrojo para poder vencer esa crisis concreta de perfiles propios contra la que cada cual debe luchar.

 

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Aquellas Nocheviejas de no hace muchos años fueron míticas porque míticos eran quienes llenaban de risas los hogares de toda España con parodias que han marcado un antes y un después en el humor patrio de la tele en color. Me refiero a Martes y Trece y a sus “empanadillas de Móstoles”, “Maricón de España”, “Papas con chorizo no-lo-comía” y cientos y cientos de sketch más que recordamos, en especial, cuando llega el último día del año.

 

Precisamente como homenaje a estos grandes humoristas, quisiera compartir este vídeo correspondiente a la retransmisión que hicieron de las campanadas que alumbraron a 1991 (¡no ha llovido ná desde entonces!). De paso, recordamos un poco el asunto de los cuartos y las campanadas, conceptos que uno debe tener bien claro de cara a esta noche.

 

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¡Qué poquito le queda al año! ¡Y cuántas veces no hemos acuñado esta frase, año tras año, por estas fechas! Aparcamos el “¡Feliz Navidad!” hasta próxima ocasión, y cogemos por banda este otro eslogan con el que daremos la brasa a la concurrencia, desde hoy hasta dentro de dos o tres días, vía verbal, postal, feisburiana, tuiteriana, emiliana y demás inventos de hoy día. No es una novedad, claro está. Nadie se va a sorprender si le deseas un feliz año nuevo. Pero si no lo haces, el rito no está completo. No puedes no hacerlo. Queda raro. Así pues, nueva oleada de mensajes, de llamadas, de movidas para dejar claro que tú también, como cualquier hijo de vecino, perpetúas el ceremonial de las doce campanadas, el brindis con cava o sidra y el ¡Feliz Año Nuevo! tras haber logrado, con heroicidad supina, tragarte las doce uvas del tirón. Es lo que hay. Pero el hecho de que los españolitos hagamos a la vez lo mismo tiene un encanto especial, dado el jaleo que nos envuelve y que nos impide llegar a un acuerdo hasta en los asuntos más nimios. La medianoche del 31 de diciembre consigue lo que nada ni nadie logra. Fascina la cosa, ¿verdad que sí? Mi deseo quizás vaya por ahí, por que nos dejemos llevar por la voluntad de encuentro que suscitan las campanadas. Otro gallo cantaría, sin duda, si fuésemos todos a una, todos al compás. Todo pasa por unirse. No hay otra. Podemos estar ideando maneras de afrontar las “vacas flacas” que nos vienen encima, pero sin la base de la unión, será perder el tiempo. Tic-tac, Tic-tac. Y tiempo es lo que no tenemos.

 

No queda naíca ná pa que 2010 sea historia. Han pasado muchas cosas. Cada cual tenemos nuestro balance personal de lo bueno y lo no tan bueno. También estos días se prestan a ello. Pero también a los mil y un planes que tenemos en la cabeza: apuntarnos a un gimnasio, hacer dieta, retomar el inglés, cuidar más y mejor de nuestra espalda, no irritarse al volante, darle caña a las asignaturas pendientes para acabar la carrera, probar nuevas formas de ahorro doméstico,… recetas, ¡mil!

 

Es inevitable todo esto. Sucede, aunque no queramos que pase. El fin de año trae esto y mucho más. A mí también me trae el recuerdo de Madrid, porque en Madrid está el reloj de la Puerta del Sol, cuyas campanadas me han servido siempre de preludio del nuevo año. Y pensar en Madrid y en este reloj y en estas fechas, es recordar la canción de Mecano, “Un año más”, que, al menos para mí, me sirve de perfecta banda sonora a estas horas que nos separan del año entrante.

 

Lo dicho. ¡¡Feliz Año Nuevo!!

 

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