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Posts Tagged ‘cascamorras’

Ahmet acude todas las semanas al fisioterapeuta, sesiones de las que, según cuenta, no solo saca un manifiesto bienestar, sino también, con frecuencia, reflexiones interesantes. “No es que el movimiento sea algo necesario, es que “movimiento” es “vida”, ¡la vida es movimiento!”, le explicó en una de sus últimas visitas, idea con la que él, por su parte, concluyó el texto que tenía como tarea. Al igual que sus compañeros, debía proponer pautas para una rutina saludable.

Como suele suceder, es más lo que aprendo de mis alumnos que lo que les llego a aportar. Impartir clases de español, actividad que compagino con la de periodista, me parece una experiencia muy enriquecedora también porque me ayuda a tomar conciencia del peso de las palabras y el respeto, en consecuencia, que merecen, así como del alcance del idioma, mucho más que una herramienta para el intercambio y el entendimiento, siendo imprescindible su consideración como manifestación de un modo particular de ser y de pensar. Nunca antes había caído en cuestiones de este tipo. Hasta ahora la lengua castellana me había servido como mero instrumento de trabajo. Con el cometido que incorporo a mis quehaceres, me permito el lujo de degustar jugosos aspectos del castellano, aquí etiquetado como “español”, cuya riqueza, dicho sea de paso, resulta inagotable.

Decía que mis alumnos me dan más de lo que les doy, no ya porque me ponen sobre la pista de curiosidades sobre Berlín y sus costumbres, lo cual adoro, sino, sobre todo, porque en sus comentarios vierten lo que la vida ha tenido a bien enseñarles. Peinan canas todos ellos, aunque muestran ese interés por aprender que se espera -y no siempre se halla- en niños de Primaria y reservo algunas de sus intervenciones para cocinarlas a fuego lento, como esta del movimiento y la vida.

“Movimiento” y “vida” son palabras que tengo asociadas al Cascamorras y, por eso, estando pensando la frase del fisioterapeuta de Ahmet, me vino la imagen de la multitud manchada liderada por el personaje igualmente tintado que da nombre a la fiesta. El Cascamorras es correr y pararse, calor en marcha y frío en reposo. Es sentimiento puro, desbocado, espontáneo, si bien dentro de un orden, siguiendo una liturgia. Es rito, tradición; y ruptura, en cuanto a vivencia. Es lo viejo y lo nuevo que arrastra lo viejo hacia delante. ¿Qué es la vida, sino un torrente de emociones únicas, imprevisibles que avanzan, eso sí, por un cauce?

Lo que tiene de ritual la fiesta cascamorrera no le impide funcionar como símbolo de persistencia y esperanza. Como he comentado en varias ocasiones, el Cascamorras no fracasa porque nunca se da por vencido. Si no consigue alcanzar la iglesia de la Merced sin ser pintado, no hay problema; lo intenta el año siguiente. Las expectativas se mantienen intactas.

Me crie en los pliegues arcillosos de la hoya accitana. Desde mu chica me manché las manos con su tierra, esa tierra que Guadix, buena parte de su comarca, de la bastetana, la altiplanera y la de los Montes quieren prestigiar buscando que la Unesco la catalogue como geoparque de interés internacional. Los evaluadores que hace unos meses conocieron in situ enclaves del proyecto le han dado una puntuación sobresaliente, como cabía esperar. Imposible no rendirse a la belleza rotunda del paisaje. Imposible no reconocer la valía que esconde. Pero no está todo hecho ni dicha la última palabra. Por ello, a los actores implicados en esta prometedora iniciativa les pediría impregnarse del espíritu cascamorrero, tomarlo como impulso y perseverar en tan loable propósito, para que la distinción como geoparque de esta tierra nuestra sea pronto una realidad, comienzo de esa puesta en valor imprescindible.

El Cascamorras lleva la marca de la tierra como seña identitaria. Fíjate en cómo luce la carrera accitana, vestida de almagra y ocre… como los cerros; de amarillo, como el del sol que los señorea; de azul, como el del cielo que los cubre casi a diario, y de verde, como el de la vega que brota allá donde el suelo guarda agua. Por tanto, qué mejor que tomar prestado de esta tradición tan ligada a esta tierra y sus gentes, ese ímpetu que gastan los que, septiembre tras septiembre, se enfundan en el traje de colorines, para rematar lo que, porque no puede ser de otra manera, debe llegar a buen término.

 

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Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su edición de octubre de 2018

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¿Que qué es el Cascamorras? Es color -¡sin duda!-: ocres, almagre, azul, verde. Mientras observo a unas muchachas pintarrajeadas de colorines a apenas dos metros de mí, me salta, inevitablemente, la imagen de la marabunta multicolor cascamorrera. ¡No tengo remedio! y, pese a los miles de kilómetros que me separan de mi tierra, viven esperando la oportunidad de ser sacados a colación escenas, sonidos, texturas, sabores y olores que guardo de Guadix y aprovechan para ello casi cualquier excusa. Bueno, en este caso la evocación viene bastante a cuento, porque las chavalas van vestidas de guisa parecida a como uno queda tras la carrera del 9 de septiembre; y preciso del día 9 porque la indumentaria de mis compañeras de vagón es más como esa con la que se desfila por las calles accitanas, que a como se hace en Baza el día 6, cuando el negro cobra un protagonismo indiscutible sobre cualquier matiz colorista.

Ropas, las de las chicas, empercudías de pinturas y, además, empapadas, a lo que ha contribuido el chaparrón monumental que está cayendo desde hace un buen rato. Imposible no mojarse, por mucho paraguas, mucha katiuska, mucho transporte que coja uno. ¡Ay! Complicada pareja la que forman verano y Berlín. Pese a que tienen días buenos, es una relación tormentosa, y de tormentas vamos bien servidos este año…

Heme, pues, compartiendo trayecto de tren con estas dos… no, ¡espera!, me acabo de dar cuenta de que lo hago con una decena de personas manchadas de pigmentos diversos. Y sí, el golpe de vista me lleva a donde me lleva, al Cascamorras, pero las sensaciones no escalan posiciones hasta alcanzar los sentimientos que hacen latir el corazón cascamorrero. En apariencia, lo que veo aquí puede ser similar a lo de allí, sin embargo, en esencia obedecen a realidades distintas. Esto me reafirma en la idea de que el Cascamorras es color, pero no solo, y si en un futuro se redujera al caparazón visual, su identidad se diluiría y pasaría a ser otra manifestación cultural colorida más, sí, otra más sin más, en un nicho de mercado ya muy saturado, por lo que tendría complicado hacerse hueco. Entraría a competir, por ejemplo, con la Tomatina de Buñol o la traducción desacralizada que Occidente ha hecho de la fiesta religiosa hindú Holi. Precisamente, y según leo cuando llego a casa, esos con quienes he coincidido en el tren venían de un festival de música electrónica que ha incorporado el baño cromático de los rituales de Holi como una actividad más, por supuesto desposeído de su sentido religioso. Pero, insisto, el Cascamorras no juega en esa liga. Queridas cascamorreras, queridos cascamorreros. Para nuestra tranquilidad, el Cascamorras es mucho más que color.

La fiesta sigue una traza singular y genuina y lleva la marca indeleble de la tierra que la alumbró. Por cada aspecto que la define derrama idiosincrasia, lo cual imposibilita cualquier equiparación más allá de la anécdota estética. Este sabor propio es el que despierta interés y por el que continuará habiendo adhesiones.

Como bien sabéis, es algo autóctono de Guadix y de Baza. Sin este contexto, la fiesta será lo que se quiera, pero no el Cascamorras. Fue un albañil accitano el que, según se viene contando, encontró en la Baza recién recristianizada la imagen de una Virgen y, ante el celo de pertenencia que despertó la talla mariana en ambas poblaciones, se resolvió que Guadix mandara un emisario a Baza y, si este lograba llegar al templo de la Merced sin mancha, podría llevársela, lo cual no ha ocurrido en el más de medio milenio que ha transcurrido desde entonces.

José Antonio Escudero, durante su presentación como Cascamorras 2015

El Cascamorras necesita a Guadix y a Baza no ya por cómo comenzó todo, sino por el significado que adquiere en la actualidad, de ser la fiesta en la que se refrenda la buena vecindad de ambas ciudades: no hay ganadores ni perdedores ni espacio para la violencia o la rivalidad. Que, año tras año, Guadix mande su mensajero de colorines y que lo haga con ilusión y ganas, muestra una voluntad por perpetuar el ritual: gentes de todas las edades acompañan al Cascamorras en Baza para mancharlo y que no consiga así su propósito, y en Guadix se le pinta como “reproche” por no haberlo logrado y como aviso para que lo intente la siguiente vez, pero todo desde el cariño a un personaje que es símbolo de hermanamiento entre ambos pueblos. Que la fiesta haya evolucionado en la sana dirección en la que lo ha hecho le otorga un valor añadido muy importante y una fuerza grandísima, la que le viene por los siglos que acumula y por haberse agarrado al noble principio de sustituir la gresca del litigio originario por una ocasión para el encuentro y el disfrute. Planteamiento que bien podríamos extrapolar a casi cualquier situación y dimensión de nuestro día a día.

Desfile del Cascamorras infantil. Guadix, 2015

Para Guadix, que podría considerarse como el bando que sale perdiendo, no conseguir el objetivo no se interpreta como una derrota: el Cascamorras nunca fracasa, pues nunca se da por vencido -lección tampoco menor- y en el intento se persiste.

El Cascamorras tiene demasiado que ver con Baza y Guadix, Guadix y Baza, como para obviar este pequeño gran detalle. En lo que se siente durante las carreras del 6 y el 9 de septiembre el paisaje y el clima tienen, asimismo, mucho que decir. Por los cerros de las Arrodeas emprende el descenso a Baza la comitiva cascamorrera y desde una cueva de la Estación arranca el desfile en Guadix. Ambas localidades están cercadas por montañas, recorridas por ramblas y salpicadas de cerros que la lluvia, el viento y el tiempo modelan a su antojo y que, no obstante, dan permiso a alameas y huertas que crecen bajo un sol que señorea un cielo azul casi a diario. La fiesta hunde sus raíces en una tierra muy concreta, que en Guadix hasta determina los colores de las pinturas: amarillo -sol-, ocres y almagre -cerro de arcilla-, azul -cielo-, verde -vega-. La misma historia cascamorrera empieza en el subsuelo bastetano, donde se hallaba oculta la imagen de la Piedad cuando el accitano Juan Pedernal dio con ella. Solo, por tanto, el Cascamorras puede ser celebrado y vivido en ambos sitios y, por ende, es difícilmente “franquiciable”, si bien, por otro lado, es muy fácilmente vendible, si se hace promocionando la fiesta desde su esencia, considerando todos sus aspectos: el color, ¡claro!, de las atípicas “mejores galas” del “traje de faena”, pero también la misma liturgia que se sigue durante las carreras -no se pringa uno de cualquier manera ni hace lo que quiera cuando le venga en gana-. Qué decir del poso legendario, el valor antropológico, el sentimiento religioso en torno a la Virgen de la Piedad, la impronta local en su puesta en escena, el atractivo magnetismo del entorno natural, el ambiente festivo y distendido que invita a la participación de gentes de todo tipo y procedencia.

Multitud cascamorrera llegando a la iglesia de San Miguel, Guadix (2009)

 

La fiesta del Cascamorras no necesita prescindir de nada de lo que es para pescar nuevas voluntades. Es más. Cautiva por lo que es en su totalidad, por todo lo que significa dentro de unas coordenadas concretas. Hemos de persuadir desde las peculiaridades que la singularizan. Es tan auténtica que, en cuanto los nuevos corredores la vivan in situ, se convertirán, irremediablemente, en cascamorreros convencidos.

 

Desfile del Cascamorras infantil. Guadix. 2015

 

Artículo publicado en el cuadernillo anual que edita la Hermandad accitana de la Virgen de la Piedad

(agosto 2017)

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“Quince años son muchos años”, me decía el pasado 9 de septiembre mientras marchaba rumbo a la estación. Pensaba en esto con cierto pesar. Temía tener demasiado idealizado mi último Cascamorras vivido en carne y hueso, del que hacía tres lustros, y que mis ganas de pasármelo en grande hubiesen alimentado unas expectativas condenadas a estrellarse contra una realidad muy diferente, incapaz de corresponderse con lo imaginado. Pero no fue así. Todo lo contrario.

Ahí estaba yo, de nuevo, ante la cueva de la que, en una chispa, saldría el Cascamorras rodeado de sus más cercanos, iniciando así el recorrido que le llevaría por las calles de un Guadix, su Guadix, que le recibiría como un héroe, pese a regresar de Baza de vacío, pese a volver sin la Virgen de la Piedad otro año más… y van más de quinientos.

No sólo discurrió todo como recordaba -salvo variaciones menores-, como si esos quince años no hubiesen pasado, como si el tiempo se hubiera detenido: la verja que se abre; el corazón latiendo a ritmo de tambor, a disparo de cohete; el tacto de la pintura en los dedos; pompas de agua y pintura entre calcetín y zapatilla; chorreones de agua tintada, de pintura aguada bajando por la espalda, convirtiendo la camiseta en una segunda piel; la vista que se tiene de “los Cruces” y la Catedral en el descenso por la Carretera de Murcia; la rigidez de la cara cuando se seca la mezcla; cubazos de agua, manguerones de espuma; el murmullo de la multitud multicolor; sed, calor, caños, frío; sonrisas blancas en caras oscuras; cámaras pese al riesgo de mancha -la mancha hoy es alegría-; avenidas y callejuelas; en solitario, en pareja, en pandilla, en familia -de abuelo a nieto-; juras; palmas, gritos; portalón que se cierra; vivas; “¡Viva!”; silencio.

Es que lo que tuve la oportunidad de vivir superó con creces cualquier vaga idea, toda expectativa por muy alta que fuera. ¡Qué gentío! Gente en los balcones, en las aceras, pero sobre todo corredores, muchos, de todo tipo y edad. ¡Qué carrera más limpia, pese a ir todos guapos de churretes! ¡Qué tarde más espléndida, de temperatura ideal! Fue, por tanto, una ocasión de lujo para renovar los votos cascamorreros y, en consecuencia, y desde la convicción reforzada, hacer por convencer y seguir animando a cuantos más, mejor, a que participen en la carrera y demás actividades.

Queridos paisanos, queridas paisanas, permitidme que redunde en la idea que desarrollé durante el pregón que tuve el enorme honor de dar el año pasado, relativa a que la grandeza de la fiesta le viene por alzarse como símbolo de hermandad entre las ciudades implicadas, por haber sabido transformar en ocasión para el encuentro, lo que en su origen fue motivo de litigio. Litigio sin el cual, por otra parte, no habría habido fiesta, piques, por otro lado, naturales entre poblaciones próximas. El Cascamorras del siglo XXI no ejerce de mero recaero, sino más bien como representante de la buena disposición con la que Guadix y Baza se avienen a perpetuar esta antiquísima tradición, desde el respeto y el cariño recíprocos.

Así pues, la manera en la que se vive el Cascamorras actualmente, la importancia que cobra lo que nos une a accitanos y bastetanos, singulariza y diferencia éste de otros festejos populares con los que pueden existir semejanzas.

Así, el Cascamorras es puro color, como color hay en la Tomatina de Buñol, pero no sólo. Cascamorras viste un hato de colorines, como algunas Botargas, y lleva una cachiporra, como los Cascaborras, por ejemplo, pero no son estos los únicos atributos del personaje, similar, asimismo, a los bufones.

De la fiesta del Cascamorras rezuma también esa capacidad para regenerar entusiasmo y no cejar en el empeño como la que pueda haber en las cuadrillas de moros que año tras año hacen frente a las de cristianos, a sabiendas de su derrota, en las famosas representaciones que se celebran en cientos de pueblos de España.

El Cascamorras tiene vocación de ser disfrutada por quien sea de donde sea, eso sí, que quiera divertirse sin excesos ni desmadres.

Aun siendo cierto todo lo anterior, aun reuniendo todas estas características, lo que hace singular al Cascamorras es cómo ha llegado a nosotros, es qué significa la fiesta hoy día, cuyo objetivo no es otro que la repetición misma de un ritual querido, aceptado, compartido por dos ciudades, Guadix y Baza, que manifiestan así una rivalidad sana, que entierran una vieja pugna y sellan, en su lugar, un acuerdo de buena vecindad.

Peculiar es la leyenda de la que bebe -con milagro incluido-, particular es la indumentaria de los corredores -ataviados siempre con sus peores galas, usando pintura como maquillaje-, pintoresca en todo punto en su plano visual y plástico la fiesta del Cascamorras tiene un innegable mérito de pervivencia en una época instalada en lo efímero, de sobrevivir cuando tan poco valor se da a lo que viene heredado y tanto a lo que está de moda, y en este contexto posiciona la unión como un factor sin el cual no cabe ni puede ser entendida. Guadix y Baza, Baza y Guadix, bajo una misma tradición, una misma bandera, una misma devoción.

¡Viva la Virgen de la Piedad! ¡Viva Baza! ¡Viva Guadix! ¡Viva el Cascamorras!

El Cascamorras infantil a su paso por la plaza de la Catedral (2015)

El Cascamorras infantil a su paso por la plaza de la Catedral (2015)

 

Publicado en el cuaderno anual de la Hermandad accitana de la Virgen de la Piedad en su edición de 2016

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Entrevista realizada en la desconexión provincial para Granada de Hoy por Hoy, de la Cadena Ser, el 27 de agosto de 2015

 

Hay una cosa que tenemos los españoles que prodiga poco en el extranjero y es la capacidad que tenemos de darle la vuelta a las cosas y de convertir, por ejemplo, en este caso el Cascamorras, un litigio en origen, en una ocasión para la fiesta, para el encuentro, para convivir, para compartir

María Jesús Ortiz Moreiro

(Extracto de la entrevista que se puede escuchar a continuación)

 

http://www.ivoox.com/entrevista-sobre-cascamorras_md_7894065_wp_1.mp3″ Ir a descargar

 

 

El Cascamorras infantil a su paso por la plaza de la Catedral (2015)

El Cascamorras infantil a su paso por la plaza de la Catedral (2015)

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Publicado en Wadi As Información en su edición del 5 de septiembre de 2015

Vista la marabunta pintarrajeada pareciera que correr el Cascamorras no tiene más historia que salir a la calle y dejarse manchar. Nada más lejos de la realidad. Hay toda una liturgia que guía la fiesta y que sigue al dedillo todo cascamorrero que se precie.

Comienza con las negociaciones con las madres. Su venia es crucial. Y obtenerla no es empresa sencilla. No es cosa menuda convencerlas de que miren para otro lado cuando nos oigan llegar tras la carrera. Ayuda asegurarles que, después de quitarnos los churretes, dejaremos el cuarto de baño como los chorros del oro. Esta fase se la ahorran los turistas. Suertudos ellos.

Es fundamental elegir la ropa y el calzado, que deben ser suficientemente prescindibles, a la vez que cómodos y que no limiten el movimiento. No vale cualquier harapo.

Por supuesto, hay que comprar las pinturas de agua (almagra, amarillos, azulete) para el Día D. La fiesta no sólo consiste en pillar resfregones de la gente y en mostrarte receptivo a ello. Tú también tendrás que pintarte y que pintar a quienes te lo pidan. Hay que agenciarse botellas de plástico –de agua, de refrescos…- en las que mezclaremos las pinturas con agua.

Ya el día de la carrera, hay que embadurnarse el cuerpo entero de crema hidratante o vaselina para que luego la pintura salga más fácilmente. Es más que recomendable recogerse el pelo y protegerlo con gorras y pañuelos. Una vez vestidos para la ocasión con nuestras peores galas, salimos de la casa con las pinturas y las botellas con agua o bien con la mezcla ya hecha. Muchos preparan los potingues ya enfilando la carretera Murcia. Sea como fuere, el hecho es que se llega al inicio de la carrera un tanto manchaíllo –dejémoslo ahí-.

Con el primer cohete empieza a notarse el gusanillo en el estómago. Queda menos de media hora para que comience la función. Aumenta la gente concentrada en el paso a nivel. Pero a mí me gusta subir hasta la cueva de donde sale el Cascamorras rodeado de sus incondicionales. Con el segundo cohete, los chavales y las familias con niños que quieren evitar el motrollón van arrancando poquito a poco carretera abajo. Y con el tercer cohete y el redoble del tambor, ya sólo queda echarse a correr porque el Cascamorras está ya pisándote los talones. Y lo que sucede después sí que es vivir para contarlo.

No hay tarde fresca de otoño precoz ni tarde calurosa de verano remolón que afecten lo más mínimo al subidón de adrenalina que se experimenta haga el tiempo que haga. Tanto si chispea como si hace airazo o brilla un sol de justicia, es igual, uno ya lleva dentro el ritmo de la carrera y sólo piensa en seguir lo que se le mande. A ratos se va caminando. A ratos al trote y al galope. Tocará huir de los acelerones que da el Cascamorras porra en mano. Tocará arroparle y animarle para que siga dándolo todo. Tocará pedirles que echen agua a quienes nos ven desde los balcones. Tocará ponerse de rodillas cuando el Cascamorras tremole la bandera. Tocará santiguarse. El momento llega. Todo llega.

Prueba de lo estricta que es la liturgia cascamorrera es que hay encuadres de fotos que se repiten año tras año: la muchedumbre marrón-rojiza bajando la Carretera Murcia, el baile de bandera en el puente del Río Verde en recuerdo de la despedida del día 5, el baño por parte del camión-cuba de los bomberos en la entrada del parque municipal, el baño en Santiago, el baño en la plaza de las Palomas, la entrega de los merengues de la señá Frasquita, el saludo del obispo desde un balcón del palacio episcopal, el baño de espuma en San Miguel y el encierro en la iglesia.

El silencio que se hace una vez acabada la carrera y disuelta la concentración forma también parte de la liturgia. Mientras uno va de vuelta rumbo a casa, al hotel, empieza a sentir el bajón después de tanto vivido. Viene el cansancio y las ganas de ducharse y ponerse limpico.

Ahora sí que sí Guadix clausura el verano y no el veintitantos de septiembre como el resto. Tras el paso de la multitud parduzca del Cascamorras, Guadix recupera su cariz de ciudad silenciosa, solitaria, seca.

El cartel es obra de MariLuz Parra Sánchez

El cartel es obra de MariLuz Parra Sánchez

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Artículo publicado en el cuadernillo editado por la Hermandad accitana de la Virgen de la Piedad con motivo del Cascamorras en su 525 aniversario

¿Que qué podemos hacer cada uno de nosotros por la fiesta del Cascamorras? Lo primero y más importante, tenemos que apostar por ella con total convencimiento. En trámites para ser considerada como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, está ya reconocida como fiesta de interés turístico andaluz, nacional e internacional, pero que sea tan conocida a nivel mundial como otros festejos patrios –Sanfermines, Fallas…- corre por nuestra cuenta. Es cuestión de fe, de nuestra fe, y ésta no puede ser una fe pasiva, la de quien espera que sean siempre otros, ya sea la Hermandad de la Virgen de la Piedad, los ayuntamientos de Guadix y Baza, la Diputación, la Junta, etc., los que hagan algo por la fiesta. Cascamorras nos necesita, a mí, a ti, ¡eh, tú!, sí, también a ti. Cascamorras necesita que profesemos una fe viva, activa, proactiva, esa que alienta actuaciones no importa cuál sea su dificultad, no importa cuánto esfuerzo comporten, la fe en el sentido de creer en el potencial de la fiesta.

Tenemos varios ejemplos de cómo con la puesta en práctica de esta virtud se consiguen las cosas. La Hermandad accitana de la Virgen de la Piedad no ha dejado de creer en el proyecto cascamorrero. No ha parado un momento de idear y buscar nuevas formas de promocionarla y de asegurar una transmisión sólida de tan antiquísima tradición a futuras generaciones, como que el Cascamorras visite colegios y escuelas municipales de verano, con el Cascamorras infantil o el mismo hecho de proponer la fiesta para las diferentes catalogaciones logradas y la que se espera de la Unesco. Nada les ha frenado. Esa fe a la que me refiero es la fuente de energía que les hace sobreponerse a las adversidades y cumplir objetivos que parecían inalcanzables en un inicio, convencimiento también presente en el ánimo de quienes, año tras año, han encarnado la figura del Cascamorras, dando lo mejor de sí para lucimiento de la fiesta no sólo los días de las carreras –el 6 de septiembre en Baza, el 9 en Guadix-, sino estando a disposición de la Hermandad siempre que ha necesitado algo de ellos.

Con los premios que la Hermandad entrega en las galas de presentación del Cascamorras, se reconoce la labor que las personas y organizaciones galardonadas han hecho/hacen en favor de la fiesta. Ellos, por tanto, representan a la perfección qué significa el sentir cascamorrero y nos pueden servir como referencia y acicate para poner nuestro granito de arena que, como digo e insisto, es fundamental para que la fiesta tome el impulso definitivo.

Pero, ¿por qué luchar con tanto ahínco por el Cascamorras?

Porque seríamos unos auténticos irresponsables si dejamos que se pierda una tradición que ha pervivido en el acervo popular accitano y bastetano durante 525 años. A quienes nos tira la tierra no nos queda otra que hacer lo imposible para que nuestros descendientes la continúen durante muchos siglos más. Velar por costumbres de tan profunda raigambre es salvaguardar la identidad del pueblo que las atesora en una época en la que lo genuino, por escaso, es un bien preciado.

Porque el propio personaje del Cascamorras, central en las fiestas, tan peculiar, es de un interesantísimo valor antropológico.

Porque, lejos de fomentar rivalidades, la fiesta une a dos pueblos vecinos, Guadix y Baza, en torno a la devoción por la Virgen de la Piedad y a una tradición en la que no hay vencedores ni vencidos, agraviados ni recompensados, sino gente con ganas de pasárselo bien. La grandeza del Cascamorras es que, a partir de un motivo originario de disputa, se ha fraguado una fiesta de encuentro y convivencia, en la que él, el Cascamorras, actúa como enlace entre accitanos y bastetanos. ¡Qué gran lección para los tiempos que corren! Para los bastetanos el Cascamorras representa a aquel gracias al cual hoy tienen a la Virgen de la Piedad, a la que veneran como patrona, y para los accitanos es el símbolo de que nunca hay que rendirse y con esa moral Guadix manda cada año a su comisionado de colorines.

Porque, lejos de la distorsionada imagen que desacertados reportajes dieron en su día, la fiesta no incita a ningún tipo de violencia. Por el contrario, invita a experimentar un cúmulo de sensaciones muy buenas y con tal intensidad que la fiesta, una vez vivida en primera persona, engancha para siempre. Entra con fuerza por los cinco sentidos. Si impacta ver moverse con una agilidad pasmosa a esa muchedumbre oscura casi negra en Baza, marrón-rojiza en Guadix, más lo hace ser parte de ella. Es una fiesta que se huele, que huele a pintura, pintura que se nos cuela por los orificios de la nariz, por las comisuras de nuestros labios y que acabamos sacándole sabor. Fiesta que cuenta con sonidos inconfundibles, como el del tambor que guía la comitiva, el de los cohetes que acompañan la carrera o el del gentío gritando “¡Agua! ¡Agua!” que piden a quienes les observan desde los balcones, para con ello aplacar el calor que uno lleva dentro por mucho fresco que pueda llegar a hacer. Y, ¡claro está!, la fiesta del Cascamorras entra por el tacto y además lo hace como por ningún otro sentido. Sentir la pintura sobre la piel y las ropas empapadas contra el cuerpo durante la carrera es algo que te  mete en situación, te aísla de lo que pasa fuera: tú sólo entiendes de seguir el ritmo que va marcando el Cascamorras.

Porque la  fiesta del Cascamorras es eso, una fiesta, una ocasión para expresar y compartir la alegría –desde el respeto, por supuesto, a quien no quiere ser manchado, aunque sí formar parte de ella como espectador-, y que está abierta a la participación de gentes de todas las edades.

Más razones para tener fe en la fiesta.

Pues la otra fe, la religiosa, sin la que el Cascamorras tampoco puede entenderse. La fiesta del Cascamorras irá evolucionando con los tiempos, como hasta ahora ha sucedido, pero sin prescindir de ciertos componentes esenciales, como es la devoción por la Virgen del Piedad, que está en el origen mismo de la fiesta: fue el hallazgo de una talla mariana por parte del accitano Juan Pedernal en Baza lo que desencadenó los hechos que narra la leyenda que se encuentra en la base de la tradición cascamorrera. Esto no se puede obviar.

¿Y cómo manifestar nuestro convencimiento? Pues precisamente saliendo en masa a la calle el día de la carrera. Una participación masiva de corredores, una asistencia multitudinaria de público, será un reclamo rotundo de cara a ediciones futuras. Una imagen vale más que mil palabras y que dé la vuelta al mundo la foto de una multitud pintada que avanza entre un gentío abarrotando calles en calidad de espectador, es la mejor campaña de publicidad. Tan claro mensaje serviría como primera llamada de atención y el que la viese al menos se detendría y muy probablemente mostraría interés por querer saber más.

En relación a esto, es vital nuestra implicación en la promoción de la fiesta, inundando, por ejemplo, nuestros perfiles en redes sociales de información sobre el Cascamorras, explicándole a nuestros hijos, a nuestros alumnos, a nuestros compañeros de la facultad, a nuestros colegas del curro, a nuestros amigos de fuera de qué va todo esto.

Y haciendo cada cual lo que mejor sepa y pueda y se le ocurra. Los organizadores estarán encantados de poner oído a nuestras propuestas. Todo suma. Lo importante es que, lo que hagamos, lo hagamos convencidos de lo que la fiesta es y significa. Para convencer a un coruñés, un milanés o un neoyorquino de que vengan y se animen a participar en el Cascamorras, primero tenemos que estar convencidos nosotros y demostrarlo actuando en consecuencia. Cuando las cosas se hacen de corazón y con absoluto convencimiento, esa fuerza se contagia y se transmite con rapidez. Sólo desde este sentimiento la fiesta cogerá la dimensión y el reconocimiento fáctico a la altura de las denominaciones obtenidas y de la que aspira tener.

No nos engañemos. No miremos para otro lado. Por muchos folletos, webs, anuncios publicitarios y material promocional que se distribuya, por mucho que la Unesco la incluya en un futuro en el catálogo, todo esto no será suficiente sin nosotros, accitanos y bastetanos practicantes, cascamorreros todos convencidos.

El año pasado fue ya una carrera en la que hubo un gran incremento de corredores en Guadix. ¡Este año podemos ser muchos más! El año pasado se notó un considerable aumento de visitantes. ¡Este año pueden venir muchos más!

En nuestras manos está que la fiesta ocupe el lugar que le corresponde.

El Cascamorras, el del traje multicolor, el que se abre paso entre el gentío con la cachiporra, el que ondea la bandera, sólo es uno. Pero Cascamorras, la fiesta, somos todos.

María Jesús Ortiz Moreiro

Pregonera 2015

José Antonio Escudero, durante su presentación como Cascamorras 2015

José Antonio Escudero, durante su presentación como Cascamorras 2015

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Artículo publicado por Wadi As Información en el número especial cultural de 2015

¡Alegría! Con esta palabra empieza Peret su “Canta y sé feliz”, canción cuyo título resume lo que sus estrofas desgranan, esto es, su idea de lo que debe ser vivir, y que bien podría contener también en sus rimas “pues vete a la feria”, ya que ésta es una ocasión inmejorable para soltarse un poquito y dejarse llevar por el ánimo festivo de estos días de asueto.

¡Alegría! Y alborozo en las casas donde hay niños pequeños, que acogen con ilusión cualquier plan que se salga de lo normal, ya sea ir a los talleres infantiles o a los inflables, o mercarse uno de esos globos grandes. Y lleno de orgullo confiesa sentirse el pregonero por haber sido elegido para inaugurar las fiestas, así como los galardonados con los Premios Tótem al ver reconocida su labor por y para Guadix. Histriónicos son los cabezudos; hilarantes, las carocas. ¡Qué distinto luce todo cuando encienden las bombillas del alumbrado especial, los farolillos de las casetas, la iluminación llamativa de las atracciones! ¡Alegría!

Que sí, mujer, que ya bastante hay que aguantar durante el año como pa’ no distraerse echando un ratico feria. Que no, hombre, que no, que por un trozo de morcilla, una zapatilla de jamón o un trago de vino no se te va a disparar ni el colesterol ni la tensión ni na’ de na’. Que estamos vivos, ¡caramba!, que no es poco, y que de vez en cuando hay que reparar en ello y festejarlo y darle una alegría al cuerpo y un descanso al alma.

No es cuestión de hacerse el gracioso ni de fingir euforia ni de cumplir con la obligación de tener que pasárselo bien. Oye, que si la feria no te gusta ni una miaja,  pues na’,  ya ‘ta. Pero, digo yo, que igual podríamos aparcar el cenizo por unos días y echarnos por lo alto, además del mantón bordao, unas gotitas de energía positiva. Lo suyo sería aprovechar el subidón festivo para prolongar en el tiempo esta inyección de optimismo y que tuviéramos ese ánimo de feria todo el año. Que los disgustos ya vienen solos como pa’ amargarse motu proprio. Nooooooo sirve de na’, como dice también Peret en la rumbilla a la que me refiero.

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Agarrémonos, pues, a los momentos de felicidad de la vida. Ahora se nos presenta la feria, ¡exprimámosla! Hoy me ha dado por ver el vaso medio lleno y sólo se me ocurren cosas buenas cuando pienso en la feria. ¡Qué le voy a hacer!

La feria son los ratos con la pandilla, ya se lleve o no “uniforme”, a saber, camisetas, sombreros, pañuelos al cuello que la diferencien de otras. La feria es el júbilo con el que tu hijo celebra la propina que le da la abuela para los caballicos, el vigor con el que salta en las colchonetas, la satisfacción que refleja su cara cuando sostiene un algodón de azúcar más grande que él. La feria es el entusiasmo con el que los mayores relatan aquellos tiempos en los que pisar el ferial era todo un acontecimiento, pues era algo limitado a un par de noches a lo sumo y, por tanto, se vivían con tal intensidad que los recuerdos que de ellas tienen son tan nítidos, nos hablan de ello con tanto sentimiento que casi podemos tocar el caballo de cartón que ponían a la entrada del parque pa’ que los niños se subieran en él y se hicieran “la foto” de la feria, que casi creemos tener enfrente esos enseres de cobre colorao pillados en las sábanas de lienzo moreno con las que se montaban los chambaos de los antiguos bodegones.

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La feria es la tranquilidad de que sigue habiendo cosas que no cambian de una feria pa’ otra: sigue habiendo pública de las fiestas para recibirla y castillo de fuegos artificiales para despedirla, se siguen vendiendo turrones y frutas escarchadas en puestecillos de dulcería tradicional y programando certámenes de pintura, competiciones deportivas, funciones teatrales, conciertos.

La feria es el desenfado de las charangas. La feria son las sonrisas que nos dejan en el rostro las carocas y su tragicómico humor. La feria son las risas mientras ves cómo el chistoso del grupo vuelve a errar el tiro al palillo, mismo que ya ha intentado, con igual mal tino, impresionar a la concurrencia golpeando el guante de boxeo. La feria es la expectación ante las papeletas de la tómbola y la dicha del ganador de la cafetera, del peluche. La feria es el regocijo de ver en torno a la mesa de los churros reunida a la familia dispersa durante el resto del año por esos mundos de Dios. La feria es la salud que se desea para que el año que viene estemos los mismos –o más-. Carcajadas a granel. Volantes a discreción. Bromas a demanda. Todo esto es la feria. Bueno, esto y lo que tú quieras. Porque la feria no es sólo lo que programa el Ayuntamiento ni lo que proponen los caseteros o los feriantes. La feria la hace uno a su medida; la chispa que prende la fiesta va a cuenta nuestra. No nos engañemos. Por muy diversas actividades que haya, si no ponemos de nuestra parte, no hay tutía. Tampoco hay que devanarse mucho los sesos. Para algunos la feria se reducirá a correrse la juerga padre. A otros les valdrá con echarse un baile en la verbena o con darse un paseíco por el ferial saliendo cenados de casa. Para algunos la feria consistirá en alternar del primer al último día. Para otros la feria habrá merecido la pena por tan sólo una mirada, una canción, un instante. Pero para unos y otros la feria se ofrece como uno de esos respiros que necesitamos intercalar en la batalla diaria. Tenemos que sacarle lustre a la vida y darnos de vez en cuando estos homenajes para cuerpo y alma. Con buena disposición, la diversión está asegurada.

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Hay que contagiarse de la energía de los críos, para los que nunca son suficientes los viajes en los cacharros. Con humor y filosofía nos tenemos que tomar las esperas a la caza del camarero –sobre todo cuando las casetas están a tope- o del columpio libre en la atracción que sea que esté de moda. Con emoción nos arrodillaremos cuando el Cascamorras tremole la bandera en el puente del Río Verde durante el acto de despedida antes de partir rumbo a Baza. Con ganas cogeremos la feria, ¡di que sí!, aunque al final también haya ganas de que se pase y Guadix vuelva a su rutina.

¡Venga, hombre, que sí, que ya te tengo casi convencido! Venga, encerremos la malafollá bajo siete llaves y vayamos directos a la feria. Venga, estrujemos el presente y, si lo hacemos en compañía, mejor que mejor: disfrutemos del pinchito tomado junto al vecino, con el cartoncillo de bingo jugado a pachas con el colega, del pollo compartido con el primo, del cucurucho de papafritas a medias con el abuelo, del vino –con barquillo- bebido con el cuñao.

¡Venga, mujer, que sí, que ya te tengo casi convencida! Es inevitable acordarse de aquellas ferias vividas junto a quienes ya no están con nosotros. Pero la nostalgia no tiene por qué empañar el espíritu festivo. Los recuerdos no tienen por qué dejar un poso triste.

¡Venga, accitanas, accitanos! Colguemos por un rato el cartel de “cerrado por disfrute” y vámonos pa’ la feria. ¡Alegría!

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