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Posts Tagged ‘casco histórico’

No hay tanto friolero junto como en España ni tanto friolero exagerao juntito como en Andalucía ni tanto friolero exagerao juntico al que le guste más quejarse como en Graná ni tanto friolero exagerao juntico al que le guste más quejarse y hacerlo, además, a sabiendas de que ante ello no moverá ni medio deo, como en la muy noble y leal ciudad de Guadix. Lo de que “hay que ver qué maretilla corre”, “si eso échate la rebeca por lo alto” y similares a poco que se baje de los veinte grados, es una cantinela que cansa una barbaridad, por mucho cariño que mis orejos expatriados quieran poner en la descodificación del mensaje plañidero recibido. En esta historia del frío, trending topic en el día a día del accitano raso, además de una flagrante falta de perspectiva por parte del denunciante, identifico, por un lado, un tanto de ombliguismo. “¡Jesús bendito, chiquilla! ¿Qué tendrá que ver la velocidad con el tocino?”, exclamará usted. Pues mucho, querida paisana, querido paisano. En vez de ser humilde y avenirse a lo que toque y, si hace frío, naturalmente abrigarse como Dios manda y, por qué no, descargar esa indignación en los constructores y exigirles dotar las casas de aislantes en condiciones, el guadijeño se agarra a la queja, porque, ¡claro!, es la meteorología la que debe ser grata con él y adaptarse a su conveniencia y no a la inversa, ¡qué disparate! Hasta nos vemos en posición de poner en un brete constante a medio santoral a santo del mal/buen tiempo. ¿Que mi sobrino se casa? ¿Que mi nieto hace la Comunión? ¿Que sale tal procesión? Pues a rezarle a tal o cual para que no llueva. ¿Que los acuíferos no dan más de sí? ¿Que peligran las cosechas? ¿Que se anuncian restricciones de agua? Pues a rezarle a tal o cual para que llueva.

Esta forma de proceder choca con la que gastan mis vecinos berlineses. Aquí no dejan de salir caigan chuzos de punta, sin punta o de cualquier manera. Se visten con más o menos capas de ropa, se echan un impermeable más o menos forrado, y listo Calixto. No por el hecho de que haga frío, airazo o nieve abortan lo de ir en bici o salir a correr, si eso era lo que estaba planeado. No digo yo que esta fijación por seguir el plan previsto, aun en tales circunstancias, sea lo sensato. Ni tanto ni tan calvo, pero lamentarse sistemáticamente del frío y no poner remedio inmediato y eficaz a ello desde luego que no tiene sentido alguno. O ¿sí lo tiene? Estoy empezando a pensar que quizás sí tenga “un” sentido.

Decía antes que en esta actitud mu de Guadix hay mucho de orgullo y prosigo ahora que, por otro lado, deja asomar algo que arrastra esa parte que menos nos gusta de nuestro pueblo: la pereza. Venga, que sí, que hay días del año en los que hace un frío del carajo y que, al menos en esas ocasiones, la queja tendría licencia. Pero acerquemos la lupa: la queja no escala. Fijémonos bien y comprobaremos cómo, pese a poner el grito en el cielo, seguimos con los tiritones y no buscamos una pelliza más abrigosa. Continuamos pajizos y helaícos vivos hasta que sale el sol, que incluso en invierno calienta, y ya se nos olvida que algo tendríamos que hacer para remediar el asunto. Se está tan agustico al sol, ¿verdad?, que… ¿de qué estábamos hablando? Pues eso.

Con el frío pasa como con otros tantos temas recurrentes de chachareo: el plan comarcal, la apertura de las minas o la puesta en valor del casco histórico de Guadix. Se habla, y mucho, se vierten quejas por arrobas y, después de una temporaílla en el candelero, adiós y mu buenas… hasta dentro de un tiempo, en que volverá a servir de muletilla en los discursos de unos y de objeto de crítica por parte de otros, hasta que unos y otros, cansados de rumiar y rumiar, acaben por dejarlo pa’ otro ratico. Y vuelta a empezar.

Nuestra Alcazaba está al borde de la ruina. No soy experta en la materia, pero es evidente que, para darla por restaurada, no basta con repellar por aquí, pintar ese roal de allá ni con quitar los yerbajos de la explanada interior. Lo bueno -por ver algo bueno en todo esto- del mal estado en el que está es que ha movido a muchos accitanos a salir de ese bucle de lamentaciones e iniciar diferentes acciones de concienciación y, por consiguiente, de presión a las autoridades. Que la Alcazaba quedase reducida a escombros en un futuro no muy lejano sería una clara metáfora de esa pereza que camina por las sombras de la Accitania para garantizar que no acaba pasando nada. Y por eso de que las fuerzas deben equilibrarse y a la tétrica pereza debe contrarrestarle una constructiva resistencia al olvido es por lo que sienta como agua de mayo cualquier iniciativa, como esas que se dejan oír, que reivindique tan perentoria intervención y cualquier noticia, como esas que se dejan leer, que hable de posibles vías de financiación para la rehabilitación.

Una ciudad que dice apostar por el turismo no puede permitirse no ya que uno de sus monumentos más significativos esté como está, sino tampoco que el entorno mismo en el que se halla luzca como luce, tónica decadente extensible a los demás barrios de un casco más que viejo, decrépito. Algo se podrá hacer para frenar el progresivo deterioro de su patrimonio.

Confío en que lo que agita las conciencias de tantos paisanos nuestros sea síntoma de que poco a poco se está cambiando. Lo deseo con todo mi corazón. Quiero creer que esto no tendrá el final de muchos relatos similares y que la imagen que me viene de un triste monolito arrumbado en un corralazo lleno de cascotes con la leyenda “Aquí estuvo la Alcazaba”, no es más que el retazo de un mal sueño, nunca el último estadio de un destino inevitable.

 

Vista de Guadix desde el barrio de las cuevas

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Artículo publicado en Wadi As en su edición del 25 de julio de 2015

Basta con echarle un vistazo a las fotos que suben paisanos nuestros a los grupos que sobre Guadix hay en Facebook, para comprobar lo mucho que ha cambiado la ciudad en las últimas décadas: el asfaltado de las calles, el alumbrado, la urbanización de la barriada de las Cuevas, servicios educativos y sanitarios, infraestructuras y dotaciones municipales, etc. En muchos aspectos, para bien. Claro que todo tiene su contraparte y no siempre es buena. Así, estar conectados con Granada por autovía, una incuestionable mejora, le ha hecho sin embargo flaco favor al comercio accitano tradicional, incapaz de competir en precio con las grandes superficies de la capital. Otro ejemplo lo encontramos en las nuevas tecnologías que, por un lado, nos acercan al hijo que está de Erasmus en Helsinki, pero por otro hacen que no nos veamos obligados a relacionarnos con el vecino con la intensidad de antaño. La identificación con el barrio, sentirse de un barrio en particular, no es algo que nos importe demasiado ni nos defina. Da igual donde físicamente viva uno, que uno puede sentirse parte de una comunidad virtual o sita en cualquier lugar del mundo. Hacer vida de barrio casi, casi viene a reducirse a bajar al bar de la esquina a tomarse una cervecilla de higos a brevas. Por descontado que en el caso concreto del casco histórico y los barrios señeros de Guadix, la puntilla se la han puesto las sucesivas planificaciones urbanas, que han propiciado el crecimiento en/hacia la periferia en detrimento de la conservación del centro de la ciudad. Algunas zonas de San Miguel y Santa Ana están que da pena.

Como digo, basta con dedicar unos pocos minutos a repasar las imágenes que van nutriendo esos ciber-foros, mezcla de nostalgia y reivindicación –también hay hueco para la foto-denuncia-, para obtener una rápida, pero nítida radiografía del tiempo en que se vive, de la difícil papeleta que tiene Guadix, esto es, sus gentes, esto es, sus políticos y sus ciudadanos.

Guadix ha perdido peso en el mapa: de contar con más de 30.000 habitantes en 1950 pasa a estar por debajo de los 19.000 según los últimos datos. De la gestión de los grandes asuntos sí podemos responsabilizar a quienes han tenido el bastón de mando, pero la vida de un pueblo trasciende la política, va más allá del salón de plenos. Algo tendremos que decir los ciudadanos rasos al respecto de la discreta afluencia a las verbenas y demás actividades de las fiestas de barrio que, con mucho esfuerzo, tanto las asociaciones vecinales y hermandades como el ayuntamiento, intentan que no se pierdan, o sobre el creciente desinterés de las nuevas generaciones por las tradiciones locales. Tiempo… los jóvenes aducen/aducimos falta de tiempo para justificar, por ejemplo, que en vez de comprarle directamente a los campesinos la fruta o la verdura de temporada o de optar por la plaza de abastos para mercar género fresco –como se venía haciendo-, vayamos al super, donde de una atacada lo compramos todo, o que encarguemos por Internet lo que sea que luego recibimos a domicilio. Ahora bien, pensemos en cuánto tiempo de oro no se nos va en los telefonicos dichosos o en planes de ocio que se reducen a consumir por consumir y, entonces, tal vez podríamos rascar minutejos para ir a por pimentillos de la vega o a por un pollo de corral. Lo más exquisito no tiene por qué ser más caro. Vete a cualquier horno de Guadix y cómprate un simple bollo de aceite. Eso sí que es sabor.

Cuando sale el tema “pasado y porvenir en Guadix” en los corrillos de vecinos que toman el fresco en las noches de verano, la charla siempre se remata con un incómodo silencio que viene a invitar a los presentes a disolver la reunión. Y es que no es sencilla la respuesta. Para recuperar la vidilla de barrio no basta con quitarle a los críos las tablets, ponerles tizas en las manos y obligarles a pintar rayuelas en el suelo. No es fácil reconstruir eso que llaman “tejido social” cuando no conocemos a quien vive dos puertas más arriba. Pero, bueno, algo habrá que hacer. Al menos, por nuestra parte, que no quede.

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Artículo publicado en Wadi As en sus ediciones del 24 y el 31 de enero de 2015

Les propongo hacer un viaje en el tiempo al Guadix de los años 50 y 60, aquel cuya población superaba los 30.000 vecinos, y seguir con ustedes un recorrido por calles que concentraban buena parte de las tiendas del pueblo y de las viviendas habitadas.

Si les invito a acompañarme en esta ruta es porque, al oír nombres tenidos ya por olvidados, pero que durante un tiempo formaron parte del escenario habitual, tal vez cada cual, comerciante o cliente, pueda sacar sus conclusiones respecto a este sector que no atraviesa actualmente su mejor racha. Viajando, por tanto, a uno de sus momentos de mayor fuerza, quizás resultará más sencillo identificar qué había que ahora no, qué no había que ahora sí.

Por de pronto, había más gente. En la época a la que me refiero, Guadix alcanzó sus mejores cifras demográficas. Entonces no era preciso reivindicar ni la condición de Guadix como municipio de entidad intermedia ni el comercio como sector estratégico, pues ambas cuestiones eran claras y manifiestas: bastaba con pasear por el centro para percatarse de la importancia del gremio de comerciantes en un Guadix vivo, en el que, además, cada barrio tenía sus vaquerías, sus hueverías, sus hornos, sus carpinterías, sus barberías, sus sastres y modistas… y su propia identidad.

Apenas han pasado unas décadas y, sin embargo, parecieran siglos los que nos separan de aquel Guadix. Los pocos comerciantes de entonces que siguen hoy día en el sector miran con nostalgia hacia atrás y, de sus comentarios, junto a la alegría del recuerdo, emana también una triste resignación, la de ver cómo estos nuevos tiempos, con nuevas gentes con nuevos hábitos, han dado de lado al comercio tradicional. Los cambios de costumbres y los nuevos horarios que marcan nuestras vidas, la revisión del precio del arrendamiento de locales comerciales tras el fin de los contratos de renta antigua para estas superficies (a partir de este año puede hasta triplicarse), el no tener a quién (familiar o empleado) pasarle el testigo del negocio y la imposibilidad de competir en precio con el gigante asiático, se encuentran entre los factores que han llevado a la bajada de persiana de muchísimas tiendas, no ya en Guadix, sino en muchos otros lugares. Parece, por tanto, muy difícil evitar lo que se plantea como inevitable, y que vemos que ya está sucediendo: centros urbanos plagados de franquicias, calles impersonales con tiendas de baratillo y polígonos industriales con mamotretos de hormigón ocupados por salas multicines y grandes superficies.

No obstante, no considero tan imposible que Guadix pueda llegar a recuperar alguna vez parte de la vitalidad de entonces. Aun dando por ciertas las causas que han cavado la tumba de muchos negocios, existen dos asideros importantes: la reinvención, por un lado, y la adaptación a las nuevas maneras de funcionar de la sociedad, por otro. Ante las muchas adversidades, a los comerciantes de viejo cuño no les queda otra que aguzar el ingenio y buscar la forma de adaptarse a las nuevas costumbres de la gente sin perder por ello un ápice de calidad en el género ofertado, de exquisitez en el trato y de solera aprendida durante tantos años de ejercicio. Y, por supuesto, contar, como aliadas, con las nuevas tecnologías y “hablar” el mismo idioma “digital” de hoy día. Este grandísimo esfuerzo reconversor que se le exige al comerciante de toda la vida debería verse acompañado por el apoyo de las instituciones, no sólo ya porque el comercio suponga un sustento económico de primer orden para muchas ciudades, como le ocurre a Guadix, sino porque ligado a la supervivencia de estas tiendas a las que me refiero, está la del mismo casco histórico. Se echan en falta, asimismo, líneas especiales de financiación para pymes del sector por parte de la banca, y del legislador se esperaría cierta regulación de los precios de alquileres para evitar abusos de los propietarios arrendadores de locales comerciales. Y nosotros, los clientes, tenemos muchísimo que decir y que hacer y, en la medida de nuestras posibilidades, deberíamos seguir entrando y comprando en estos establecimientos emblemáticos, historia viva de la ciudad y de nuestras propias familias, y cooperar así en su mantenimiento. El cliente, al fin, tiene la última palabra.

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Para trazar la ruta del paseo por el Guadix de los años 50 y 60 del siglo pasado, me han sido imprescindibles los testimonios recabados de comerciantes de entonces que siguen hoy día al pie del cañón, así como de fieles clientes de estos locales tradicionales. Comestibles, bazares, tercenas, ultramarinos donde comprar el testamento con que aviar los embutidos de las matanzas, plaza-abastos, alpargaterías, talabarterías… palabras todas frecuentes de oír en aquellos tiempos. Tiempos en los que el 20 de enero, festividad de San Sebastián, patrón de los comerciantes, era fecha señalada tanto en la agenda del gremio en particular como de la ciudad en general. Se hacía triduo y el día del santo se cerraba por la mañana, pues se sacaba la imagen en procesión; luego había una fiesta en el Casino. Años después se seguía con el triduo, se abrían las tiendas por la mañana, se hacía comida al mediodía, se cerraba por la tarde y después se iba al campo de fútbol, donde jugaban los comerciantes entre ellos.

Pepe Lorente y sus hijos Carmen y Pepe en la procesión de San Sebastián. Avenida Medina Olmos. Finales de los años 60. Por aquel entonces, Lorente estaba empleado en ultramarinos Antonio Sierra

Pepe Lorente y sus hijos Carmen y Pepe en la procesión de San Sebastián. Avenida Medina Olmos. Finales de los años 60. Por aquel entonces, Lorente estaba empleado en ultramarinos Antonio Sierra

Como ya apunté la semana pasada, ofrezco estas líneas como homenaje a un sector que ha sido muy importante en nuestra ciudad y que actualmente tiene ante sí retos y desafíos, ninguno de ellos sencillo de afrontar. No es cuestión de idealizar el pasado; más bien de tomarlo como referencia. Tampoco de negar la realidad de cómo se hacen las cosas y cómo funciona el mundo hoy día, pero sí al menos de reivindicar la dedicación, el esfuerzo y el cariño de los que tienen un proyecto personal y apoyan en esos tres pilares el valor añadido de sus productos y servicios. Sin embargo, más allá de mis motivaciones para con este artículo, están las reflexiones que lleven ustedes a cabo durante y después de este viaje al Guadix del comercio. Y les aseguro que, sin éstas, este escrito no estará en absoluto completo.

¡Recuerden! Guadix, casco antiguo,  años 50 y 60. ¡Preparados! ¡Listos!…

Pues, ¡aquí estamos! Partimos de la calle Imagen y lo hacemos al olor que sale del horno de la Matilde -amasa como nadie unos roscos famosos en todo el pueblo-, misma calle donde está el bar de los Pajarillos (Bar Gallina), célebre por sus tapas de pajarillos fritos y morcilla caliente. Avanzamos hacia la iglesia del barrio y nos dejamos caer por la calle Santa Ana hasta pararnos ante la puerta de la Corsetera, cuyo nombre le viene porque hace sostenes y corsés a medida. Además, forra botones y vende garbanzos tostaos molíos que da en papel de estraza hecho un cartucho, habas fritas, cañamones, mixtos de crujío, petardos pa’San Antón y chucherías en general.

Girando a la derecha por la calle San Francisco, nos detiene la música de guitarra, bandurria y laúd que sale del bajo de uno de los edificios, donde tienen la academia los hermanos Cándido y Frasquito Ortiz -como nosotros acabamos de hacer, solían hacer muchos de entonces, que pasaban por el callejón sólo por oírlos tocar-. Enfrente, el estudio de fotografía de Lola Valverde. Más adelante, las gaseosas y sifones La Accitana y, frente a estos, la sastrería Muro. Entremedias del sonido de cuerda de los Cándidos y el de las máquinas que embotellan gaseosa, se escapa el de los martillazos del Potaje desde su taller de carpintería.

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Sastrería Muro. C/San Francisco. Año 1955

Volviendo a la calle San José nos encontramos con la imprenta 1º Abril, frente a la que cual, en la placeta Castillo (actual plaza de Oñate), hay un bar con el mismo nombre, a espaldas del café España.

Salimos a la calle Mira de Amézcua, pero subimos de un salto –licencia que nos permite tomar este viaje imaginario en espacio y tiempo- hasta el cruce de la calle Santiago con la Bovedilla, y hacemos el repaso durante la bajada. Según bajamos, a la derecha, están: la farmacia de don Juan Medialdea, la carpintería La Torre, el horno del Chinas (San Antoñico), la barbería del Gaucho, persianas Fali, el bar La Torre, ultramarinos y tallados Bermúdez, la funeraria de Guerra y Rodríguez (años después se traslada a un local de la Mira de Amézcua), una droguería y la sastrería Morales. También en la calle Santiago, pero en la acera de la izquierda, de arriba hacia abajo: la papelería de la Dora, la barbería del Puntas, la zapatería María Angustias Pérez, la tintorería la Rosa de Oro (años después pasa a un local de la calle Ancha, donde sigue actualmente), cerámicas Miguel Cabrerizo (cuñao de la Gardeña), la taberna del Mañas, reparaciones de radio y televisores Triviño, el Palero que vende picón, reparaciones de radio y televisores Ariza, la exposición de muebles de almacenes Julián, los Plataneros (tienda con la que después se queda la Pilar la Compadrita) y el taller de reparaciones de máquinas de coser Alfa que llevan Miguel y su socio, el marido de Lola Encinas.

En la calle Mira de Amézcua, en la acera de la derecha según se baja hacia la avenida Medina Olmos, después de la centralita de Telefónica está la tienda de las máquinas de coser Singer, el café España, el hotel Comercio (actual hotel Palacio de Oñate) y los almacenes Julián (menaje de hogar, discos, zapatería… unos grandes, grandísimos almacenes). En la acera de la izquierda: la sastrería Antonio Lechuga, zapatillas el Chicharico, la ferretería de Claudio Navarrete, la tercena de la Piedad, mercería, corsetería y géneros de punto El Paraíso, tejidos y novedades Lechuga, tejidos Bautista Martínez y confecciones Pepe Beas, haciendo esquina con la calle Tárrago y Mateos. En parte de los locales que acabo de indicar, se ubican posteriormente tejidos Troncho, la droguería de Chavarino y la panadería Antonio López.

En la placeta de los Cuchilleros está la tienda de ropa de bebé de Joaquín Ochoa, la droguería de Felipe Salas, electrodomésticos Ventura y, en el centro de la plaza, el quiosco de Salique. Dan a la placeta también tejidos Chindo y la tienda de ultramarinos de Pepe.

Seguimos por Tena Sicilia dirección avenida Medina Olmos. En la acera de la derecha, está la ferretería de Buenaventura Fernández (después conocida con el nombre de su hijo Hipólito), ropa de bebés y niños Paco Cambil, almacenes La Confianza, la droguería de José Chamorro, géneros de punto y corsetería Los Madrileños Jesús Herreros, papelería Pérez, perfumería Madrid, el acceso a la plaza de abastos, y ropa de bebés y niños Las Amapolas. Ante estos locales, el quiosco de flores de Anita la Gardeña. En la acera de la izquierda, en sentido descendente: sombrerería Pérez, Ernesto Valverde el afilaor, moda de señora y caballero Guillermo Cambil, ferretería Amézcua, tejidos y confecciones Par, sombrerería Julio, calzados Vázquez, menaje Pleximar (local ocupado después por Eléctrica Madrid) y heladería Los Valencianos, haciendo esquina con la avenida.

Volvemos sobre nuestros pasos hasta la Placeta de los Cuchilleros y tomamos la calle Tárrago y Mateos. De un lado: la ferretería de Buenaventura Fernández (después trasladada a la calle Tena Sicilia), tejidos Gázquez, calzados Lucena “La guapa”, la barbería del maestro Juan y confecciones Juan de Dios Beas (haciendo esquina con la calle Ancha). Enfrente: ultramarinos Antonio Sierra (el tío Calistro), que sigue hoy día en el mismo sitio con el nombre de “Hija de Antonio Sierra”, seguido de dos comercios que continúan en activo, si bien en otros emplazamientos, y que son Fenoy y almacenes San Juan.

Almacenes San Juan. C/ Tárrago y Mateos. Finales de los años 50. En la imagen, de derecha a izquierda, Manuel García, José García, Enrique Sánchez, Luis Matías, Jacinto Carvajal y Ramón Sánchez

Almacenes San Juan. C/ Tárrago y Mateos. Finales de los años 50. En la imagen, de derecha a izquierda, Manuel García, José García, Enrique Sánchez, Luis Matías, Jacinto Carvajal y Ramón Sánchez

Llegamos a la calle Ancha. El repaso a los comercios lo empezamos desde prácticamente el caño de Santiago. Bajando por la acera de la derecha: muebles Julián, tintorería la Rosa de Oro, eléctrica Miguel, Banco Hispano-Americano, confitería La Oriental, billares Patri, bar Dólar, ferretería La Llave (Ramón Sierra y Antonio Zurita), farmacia Abellán, géneros de punto y corsetería Los Madrileños (Manuel), administración de lotería Leonardo Rivas y confecciones Juan de Dios Beas (haciendo esquina con la calle Tárrago y Mateos). Bajando por la acera de la izquierda: la tienda de las máquinas de coser Alfa, gestoría Carvajal, bar Ramírez (ahora, estanco Ramírez), la exposición de los almacenes San Juan, electrodomésticos Espinar, confitería La Oriental, la droguería de Luis Balboa, papelería 1ºAbril, papelería Bocanegra, el zapatero remendón Chato el Doce, ferretería Fernando Cañas, Manolo Ruiz Tejidos (Borlas), tejidos Los Gómez, calzados Cruz –que sigue- y juguetería y mercería Julio Calabazas. Un poco más abajo, enfrente, ultramarinos Pepe (después se traslada a Tena Sicilia a la altura de la Placeta de los Cuchilleros; a los años, el local lo ocupa Susan, tienda de ropas de bebé), calzados Cándido –también vende levadura-, tejidos los Calpena y la farmacia de Pulido.

A la Plaza de las Palomas subimos por la pequeña calle peatonal Requena Espinar, transversal a la calle Ancha. En esa calle, están tejidos y confecciones Manolo Lomeña, tejidos Gázquez, la droguería de Abelardo Fuentes, tejidos Antonio Martínez, sastrería Monedero, géneros de confección Manolo Goben, droguería Encarna y tejidos de Los Peinado.

En la plaza, en estos tiempos de los que hablamos, hay una sucursal de La General, la pastelería Roquer, el Casino, la droguería de Juan Balboa, el estudio fotográfico de Jesús Valverde (hijo), Correos, la papelería de Andrés Jurado, relojería Garzón, la farmacia de Castro, pastelería La Oriental, la farmacia de doña Adela Fajardo, artículos de fumadores y prensa El Estebilla, el cine Acci, la perfumería Sara y la sastrería Merino (local ocupado después por Los Valencianos).

Hasta la calle Ancha accedemos esta vez por Magistral Domínguez, donde están tejidos Gregorio Ruiz y comestibles José María. Enfrente, electrodomésticos Paco Espinar (hijo de Paco Polos).

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 9 de septiembre de 2o11

 

Ahora sí que sí. Es pasar la feria y uno da por finiquitao el verano. Atrás quedaron los pequeños excesos: que si la cañita en día de diario, las barbacoas en el jardincito, los trasnoches en fin de semana. Es oír el cohete gordo y echar el cierre de la distensión veraniega. Idos los familiares emigrantes, mermada la intensidad del tráfico en las autovías cercanas, Guadix regresa a su rutina envuelto ya en noches frescas, preludio de las que secarán jamones en invierno, y con algún que otro día nublado, medio lluvioso, que acentúa la melancolía propia de las ciudades con mucha historia –y muchas penas-. Cuesta ver en la rutina del septiembre accitano un punto de interés, pero, sin embargo, ciertamente lo tiene. Ha sido a fuerza de estar un año y otro y otro (…y) lejos de Guadix en estas fechas, cuando me he dado cuenta de cómo echo en falta esa vuelta “cada uno a lo suyo” con lo que el pueblo recibe al otoño. Mis visitas, cada vez más espaciadas, suelen coincidir con alguna festividad, y claro está que la ciudad cambia en esos días, se pone bonita cuando se siente de fiesta, dejando oculto bajo el jolgorio y el arreglo esa otra ciudad, la auténtica, silenciosa, solitaria, seca, esa ciudad que se deja ver una vez encerrado el Cascamorras en Santo Domingo. Sin duda, si tuviera que aconsejarle a alguien cuándo visitar la vieja Acci, apuntaría a estos días que ya no son de sandalia ni tampoco de abrigo de paño.

 

Atardecer en Guadix (desde el Mirador de la Magdalena)

 

La luz, aún cálida, de los días que, sin embargo, van escondiendo cada vez más antes el sol, es un buen reclamo para quien busca apresar con su objetivo ese monumento, ese rincón, ese detalle… luz que se escapa de ese candil donde los rojizos que da la arcilla de los cerros y los pardos de las hojas que empiezan a marchitarse le aporta un matiz muy especial. Pero las condiciones lumínicas son sólo un aliado del verdadero motivo, de esta tranquilidad que desprende el retorno del mochuelo a su olivo. Puede que el viajero que aparque en Guadix en este tiempo no encuentre demasiados bares abiertos ni especial animación en la calle ni muchas cosas que hacer o ver y, sin embargo, al abandonar la ciudad se marche con la extraña sensación de haberla conocido. ¿Que qué se lleva de Guadix? Esa atmósfera que empapa a quien la pasea en los días en los que Guadix vuelve a ser Guadix. Y lo mejor de todo es que si uno decide perderse por las calles de los barrios de toda la vida, también recibe la invitación a perderle la pista –por un rato- a los berrinches. Porque en ese Guadix callado, ensimismado, mustio, a uno no le queda más remedio que caminar de la mano de uno mismo, sin caretas, sin disfraces. Y, ¡ojo!, que esto no ocurre en todos los sitios. Otra razón más para mantener Guadix en la retina. Suerte de pueblo.

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