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Posts Tagged ‘cementerios’

Publicado en Wadi As en su edición del 2 de noviembre de 2012

 

Que no, que no me convencerán de que somos iguales por mucha UE que nos (des-)ampare. Y sí, aquí en Berlín siento en mis carnes eso del “choque cultural” y no sólo en cuanto a manduque y sentido del humor se refiere, sino también ante cuestiones como la muerte. Me resultó muy extraño saber de una especie de “jornadas de puertas abiertas” que “celebran” los cementerios, durante las que las partes implicadas/beneficiadas en/por el asunto informan sobre sus servicios. Perpleja me quedé asimismo al ver los adornos florales con los que aquí homenajean a sus finados, que en nada se asemejan a nuestras coronas de claveles con bandas serigrafiadas ni a nuestros ramillicos de plástico: aquí cambian la decoración de las tumbas según la época del año. Así, en Navidad hay centros fúnebres con boticas de Papa Noel y pascueros; en Semana Santa éstos incluyen huevecicos de Pascua y conejos de porcelana, y por Halloween hasta calabacillas y murcielaguicos.

 

Los cementerios también distan sobremanera de nuestros camposantos de tapias blanqueadas e hileras de nichos empotrados, pues estos, los alemanes, parecen más bien lugares por los que pasear, llenos de frondosos árboles, algunos incluso con estanques. Vamos, que si en España, cuando uno afirma vivir junto a un cementerio, el otro con quien esté hablando casi le da el pésame por ello, aquí por el contrario uno respira de alivio si la ventana del dormitorio da al césped de lápidas, pues eso garantiza vistas a la naturaleza y descarta el desvelo por el bullicio habitual en los espacios verdes berlineses, en especial en verano. Sin embargo, no es oro todo lo que reluce. Estos alemanes nos ganarán quizás en puesta en escena con tan bucólicos parajes reservados al descanso de los cuerpos, pero hay historias menudas que empañan tanto boato. Me cuenta un amigo, también español y residente en Berlín, que preguntó a una vecina por el funeral y entierro de una tercera con la que había trabado amistad. Cuál fue su sorpresa cuando le dijo que llevaba 20 días en el depósito a la espera de que se organizasen las honras. “¡Jesús! ¿Tanto tiempo se necesita aquí para esto?”, exclamó para sí mi amigo. Pero lo más raro es que ha pasado ya un año de aquello y todavía nadie le ha dicho nada del entierro y, mucho peor, del paradero de la urna/caja/o-donde-quiera-que-estén-sus-restos.

 

Junto al Berlín multiculti y molongui habita ese otro Berlín con barrios por los que transitan muchos viejos solos, solísimos. Claro que el aislamiento de los mayores es un cáncer propio de las metrópolis, pero aquí se aprecia con total rotundidad. El individualismo que rige los destinos de estas gentes lo hace hasta sus últimos días –y hasta el extremo en muchos casos-. Ya no es sólo que la familia se despreocupe en vida, sino también cuando han fallecido. Recibir la muerte en soledad debe ser la más triste de las vivencias. Pero ser un expediente abierto en un depósito de cadáveres es, sin duda, el más gélido final.

 

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