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Posts Tagged ‘consumismo’

Artículo publicado en Wadi As en la edición del 8 de noviembre de 2014

 

Demostrado: no sirvo para dar pronósticos. ¡Y yo que pensaba que la intuición era una de mis virtudes! Pues no. La reciente experiencia que hoy comparto me ha hecho ver que peco de tirar a la baja. Me pasa por subestimar el enorme poder de la masa, porque se me olvida, una y otra vez, colocar en el lugar que merece el factor instintivo que acaba desequilibrando la balanza hacia un extremo u otro, es decir, que me cuesta sintonizar con el elemento último que nos lleva a prescindir de raciocinio y empatía, convirtiéndonos, en este nivel tan primario, en blanco fácil de aduladores y demagogos, en pasto de campañas agresivas, de “pan y circo” mediático, de “vótame y flípalo” político.

Esto no lo cuento desde la tribuna teórica, sino, como avanzaba al inicio, tras haberlo vivido en carne propia, al reconocerme y declararme víctima de la histeria colectiva, en este caso, a cuenta de las increíbles ofertas en moda textil y de hogar que hace unos días puso en circulación una conocida cadena alemana de supermercados. ¿Cómo, ilusa de mí, pude creer que bastaba con ir tempranico, que estando allí a las ocho y cuarto, esto es, un cuartito de hora después de abrir, iba a poder comprar con tranquilidad sin la bulla que se monta por las tardes? Tremendo fallo de cálculo, absoluta minusvaloración del potencial del competidor directo, osease, de otros compradores ávidos de chollos.

Caí, sí, en las promesas de calidad al mejor precio que llenaban el folleto promocional de amarillos fosforitos y costes resaltados. Y sí, me agobié cuando vi a lo lejos que ya antes de que abrieran había una veintena de personas -¿o eran más?- esperando para entrar. Y esto hizo que intercambiara no más que un parco saludo con una vecina con la que suelo conversar; la fiera bruta de mis mazmorras que andaba suelta aquella mañana me hacía verla como posible contrincante, así que “¡nada de cháchara, esto es la guerra!”. Agobio que aumentaba conforme me iba encontrando por el camino con quienes, a las ocho y pocos minutos, ya salían con el “botín”: como si de un bebé se tratara, una mujer apretaba gozosa contra su pecho la “bata-manta” que acababa de agenciarse; el abuelo que se me quedó mirando como diciendo “Chata, ya sólo hay restos” llevaba con cuidado exquisito tres paquetitos que dejaban ver la franela de unos pijamas; ya dentro, una nutrida fila de carros hacían cola ante la caja, todos cargados con productos del catálogo. El ansia por alcanzar la meta me hizo esquivar con gran habilidad estantes, empleados y clientes, tener sitio en primera línea ante los montones de las gangas, detectar en tiempo récord los objetivos fijados y rápidamente echarlos a la cesta.

Pasado el subidón de adrenalina que me provocó el episodio, fui volviendo poco a poco a mis cabales y entonces vinieron las preguntas: “¿cómo ha ocurrido el qué y por qué?”. Y la respuesta, sencilla e inquietante: “es lo que hay”.

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Preparando

Publicado en Wadi As en su edición del 7 de diciembre de 2012

 

Las Navidades se han convertido, las hemos convertido en algo aburridísimo y extremadamente costosísimo para bolsillo y espíritu. Gran hartazgo causan estas fiestas que  tanto “estrés social” conllevan por tanta comida y cena de empresa  -esto es, de compromiso-, tanta comida y cena con amigos –en muchos casos, más bien conocidos, de ahí que algunas de ellas acaben siendo de compromiso-, tanto evento celebrado al calor del hogar familiar –en ocasiones, también de compromiso-. Tan mal nos hemos montado el chiringuito que, na más escuchar los primeros acordes de los villancicos y canciones navideñas que se reproducen en bucle infinito en el hilo musical de los grandes almacenes donde encargamos los regalos, empiezan a entrarnos los sudores de la muerte, preludio del fuego en el que arden nuestros nervios en la cuesta de enero. ¡Rom-pom-pom-pón, rom-pom-pom-pón!

 

Pero hacía bien al inicio al apuntar cierta corresponsabilidad nuestra en esta desmesura consumista en la que han devenido las Navidades, pues si nos paramos un ratico a pensar en ellas, podemos constatar cómo éstas no contienen tanta cosa insoportable de por sí y sí que, en parte, nosotros contribuimos a cebar el despropósito existente. Lo primero es que sin sentido religioso, poco sentido tienen. Quien quiera seguir festejándolas quedándose en ese maremágnum de palabras biensonantes y símbolos anodinos, tales como copos de nieve de diseño, estrellas minimalistas y ángeles trompeteros desangelados –naturalmente de-construidos, obligatoriamente carentes de cualquier relación con el nacimiento de Jesucristo-, pues tiene muchas papeletas de caer en la desgana, de igual forma que le ocurre al que vive –en su caso, mejor decir “sobrevive”- las Navidades encorsetado en un guión sota-caballo-rey heredado de su familia, típico en su entorno: cada año la misma frasecita tras saberse perdedor en el “Sorteo del Gordo”, cada año el mismo calendario de visitas en los días festivos, cada año el mismo menú en los ágapes principales, cada año el mismo protocolo de intercambio de regalos. ¡Y ande-ande-ande-la-Marimorena! Es decir, que un excesivo peso de la tradición en absoluto libra del tedio for-Christmas, más al contrario, conduce injustamente al aborrecimiento de cada una de las partes por ese todo saturante/saturador.

 

Os propongo prolongar este momentico de tregua en medio del bombardeo comercial y alumbrados cegadores y reparar en que tal vez nos ayudaría a reconciliarnos con la Navidad el hecho de exprimir tan sólo aquello que le es propio y que, además, verdaderamente nos hace estar a gustico. Cada uno tendrá sus preferencias en función de las vivencias cosechadas a lo largo de los años. Pues bien, disfrutar con la preparación de esas actividades navideñas especiales para cada uno de nosotros, residir en el proceso dotará de un significado el fin por el que las ponemos en marcha. La ilusión de llevarlas a cabo nos animará a buscar la manera de reservar tiempo al día para dedicarlo a ello y también afilará nuestro ingenio para sacarle el mayor partido al menor gasto posible. ¡Y alegría-alegría-alegría/ alegría-alegría-y-placer! Pues puede que estas Navidades nos sean afortunadamente distintas.

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 9 de diciembre de 2011

 

¿Qué cuento contar de estos días, cuando tan poco encanto habita en los atascos ante los centros comerciales, ante los probadores de las tiendas, incluso a la hora de pagar? Porque este cuento del nunca acabar de comprar no casa nada con esos otros que, en teoría, deberían estar leyéndose ahora y que tendrían que apartarnos por un momento al borde del camino y ayudarnos a recargar las pilas. Entre tanta factura tras la resaca consumista, tras tanto bicarbonato después de tanto atracón, no quedan ganas de ponerse nostálgico ni el corazón tiene fuerza como para latir con entusiasmo ni nuestro espíritu ánimo alguno de ejercitar sentimiento que no sea el de meterse rápido en la cama y descansar. ¿Qué nos está pasando que nos resulta dificilísimo encontrar una emoción sincera en este montón de actividades que agrupamos en estas pocas semanas? A nosotros, que tanto nos gusta ponerle titulillo a todo, nos queda grande, sin embargo, esta encomienda. Será que no seremos tan superwoman ni tan machomanes como pensamos. Será que no tenemos tan controlada nuestra vida como para ser capaces de calentarnos un poquito la cabeza y crear algo distinto a lo que el mercado ofrece prefabricado. A poco que hurguemos hallamos seguro motivos para sacar ese empuje preciso y escribir nuestros particulares cuentos de Navidad. Un beso improvisado, una convidá un día cualquiera, una comida alrededor de un perol de guiso caldoso, una sobremesa de mesa camilla y repaso de álbumes familiares, una serenata no ensayada… sobran las razones y los momentos para preparar algo con sabor propio y con suficiente intensidad como para despertar a ése que duerme dentro de nuestra carcasa de compra frenética.

 

Mi cuento de Navidad de este año va de sonrisas, de cómo una ciudad fría y lluviosa puede parecer la más cálida y entrañable cuando, a su habitual estampa, se le añaden rostros felices. Berlín, que carga a sus espaldas con un muy pesado pasado no muy lejano, tira además del lastre de la soledad del anonimato propia de las grandes capitales. Con el clima también en contra, reúne, en teoría, todos los requisitos para ser, si cabe, aún más triste en Navidades. Pero yo me agarro a las sonoras carcajadas que se dejan oír en los mercadillos de abalorios y productos típicos navideños que salpican la ciudad, para convertir en un aliciente pasear en estos días por Berlín. ¡Ay! Sonrisas que iluminan más que las bombillas de las calles. ¡Ay! Y  tan fuertes que apantallan las canciones de niños gritones que suenan por la megafonía. ¡Ay! Y tan potentes que queda en nada, como propio de una dimensión paralela, el estrés de las gentes que van de acá para allá cargadas de bolsas. Mi cuento no tiene forma de cuento ni moraleja al uso ni hay huerfanitos ni fantasmas ni hadas madrinas, pero consigue que me conmueva como lo hacía, de pequeña, cuando sujetaba con mis bracitos aquellas colecciones de relatos navideños de pasta dura que tanto me hacían soñar.

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Publicado en Wadi As en su edición del 2 de diciembre de 2011

 

En estos días se oyen ciertas palabras que están tan sobadas, tan explotadas que acaban por perder su significado. Me refiero, por ejemplo, a “magia” e “ilusión”, presentes en la mayoría de los anuncios publicitarios típicos de estas fechas, aunque ni a quien promociona los juguetes ni a quien los compra finalmente les importe lo más mínimo que, con sus respectivas acciones, se coseche magia e ilusión; uno quiere pasta y otros que sus niños no se sientan inferiores respecto al hijo del vecino. Y esto es así cuando palabras como éstas funcionan como parte de ese envoltorio de luces que nos hace darnos cuenta de que en verdad estamos en Navidad. Algo falla cuando las sensaciones tienen que ser dichas.

Pueden ser las prisas, que nos hacen echarnos en los brazos de la primera opción fácil de regalo que se nos presente; y sin duda que se coloca en una posición ventajosa ese mensaje que oímos cada mañana en la radio mientras desayunamos, o que vemos desde el autobús camino del trabajo o leemos en el faldón del periódico, y que, por supuesto, está repleto de esas bellas y rimbombantes palabras carentes de vida, pero que suenan remotamente a Navidad. No obstante, el ritmo vertiginoso de estos tiempos modernos no tiene toda la culpa de este despropósito. Es más cómodo situar el origen de los males lejos de nosotros, pero, al final, lo reconozcamos o no, tú y yo y el de más allá conformamos eso que llaman “sociedad” y cierta implicación debemos tener en esta cada vez mayor proliferación de palabras huecas incapaces de transmitir algo más, fuera de este contexto de consumismo voraz. Ahora bien. Nosotros somos parte del problema, pero también de la solución. ¿Por qué buscar fuera lo que ya llevamos dentro? Seguro que coleccionamos experiencias en nuestras vidas que nos conectan con esa fuente de energía inagotable que es la ilusión. ¿Por qué seguimos viendo en unos grandes almacenes o en unas comidas copiosas el remedio a ese vacío que nos dejan en el alma estas grandes y pesadas palabras, cuando nos sobran historias mágicas de hermosos reencuentros inesperados, de sorprendentes recuperaciones ante correosas enfermedades, de hormigueos en el estómago por una caricia o un abrazo recibidos justo cuando más lo precisábamos, de lo increíble hecho realidad? La magia, la ilusión, reducidas hoy a la compra de un móvil-todo-lo-hace o de una barbie, son mucho más y tú y yo lo sabemos porque conocemos los efectos de cambio de esas sensaciones que preñan de sentido estas palabras, emociones que corrieron por nuestras venas en su día y que con el mero recuerdo generan en nuestro cuerpo un notable bienestar. Estamos llenos de motivos como para estar devolviéndole continuamente a estas maltratadas palabras el significado que merecen. Cierto es que nos cuesta prolongar en el tiempo esa transformación que se desarrolla en nosotros. Éste es el reto que nos aguarda. ¿Pero no es mágico, acaso no ilusiona pensar que podemos hacerlo tantas veces lo queramos?

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