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Posts Tagged ‘crisis’

Artículo publicado en Wadi As en su edición del 11 de abril de 2015

Si bien en España se oye lo de “febrero loco”, el mes del calendario berlinés que merece tal apelativo es abril. Y tanto. Llevamos apenas un puñao de días y ya han dado buena muestra de ello.  No me refiero ya a que la primavera –que, ilusa yo, como buena mediterránea que soy, asocio con el calorcito y el terraceo- sea fresca –tanto que no sé si, acaso, más que de “primavera” deberíamos hablar de “invierno cálido”-. Es que en una misma tarde bien puede salir el sol, que después caer una granizada y seguirle unos cuantos copos de nieve. Así las cosas, lo que no me explico es cómo las plantas no se plantan, cómo las centrales sindicales del mundo natural no llaman a la huelga y se rebelan ante el sindiós que nos gobierna. Y estando yo padeciendo esta locura meteorológica que me tiene el cuerpo dislocao, me ha dado por pensar en otro desgobierno, y es el que rige hoy día las relaciones sociales y laborales. Será tal vez por imitación de los patrones locos, loquísimos que a veces sigue la Pacha Mama –como bien está mostrando en su arranque de temporada, al menos en la capital alemana-, el caso es que en la forma que tenemos de funcionar en el trabajo, en el reparto de tareas en una asociación o en la misma familia, encontramos ejemplos que distan de la perfección y sabiduría que solemos atribuirle al procedimiento natural en el que se inspiran –y que, a veces, a los hechos me remito, no es tal ni tan así-.

No hay más que reparar en lo habituados que estamos a actuar a golpe de ocurrencia, a merced de la improvisación. Que sí, que no es nada raro que el que nominalmente aparece como jefe en el organigrama, pero que para nada actúa como tal, deje de tomar decisiones a  tiempo, de dotar de contenido las reuniones y de calendarizar las ejecuciones de objetivos –por citar tres problemas recurrentes en el trabajo en grupo-, para dejarlo todo en manos de la eventualidad, del subidón de adrenalina –y exceso de cafeína- de sus subordinados ante la –lógica y normal, ante tal panorama- pillada de toro, y de unas imprevistas dificultades sobrevenidas que ni él ni cualquier otro mortal habría sido capaz de ver venir –al menos así se justifica-. Lo gracioso del asunto es que esta manera imposible pero desgraciadamente común de trabajar trasciende fronteras –no, señores, no es un mal exclusivo español; en todos sitios cuecen habas-, sectores económicos –empresa pública y privada- y  ámbitos –institucional, universitario, asociativo-. Vamos, que está por todas partes. No sé, por tanto, si acaso esto no sea signo de los tiempos que vivimos, en los que nada absolutamente nada nace con visos de permanecer.

Quizás esto explique la rapidez con la que varían las prioridades –lo que ayer era de máxima urgencia, hoy no merece ni medio comentario- y con la que cambian los criterios –lo que ayer era válido, hoy ocupa un lugar secundario, si es que lo hace- y, en el mismo orden –más bien desorden- de cosas, sitúo también el poco valor que damos a la palabra dada, lo frecuente que es el “donde dije digo”. Y me pregunto cómo demonios puede sostenerse una gestión de gobierno, un ideario político, una idea de negocio, un proyecto de familia, una relación sentimental o afectiva, sobre pilares tan poco pilares, tan volátiles, sobre arenas tan movedizas. Sí, claro, siempre que todo eso lo hagamos depender de la espontaneidad, de la arbitrariedad, de la variabilidad, de una chispa de ingenio… así nos va.

Cierto, ciertísimo que la crisis nos ha hecho sacar de la bolchaca recursos para la supervivencia y que, entre ellos, el más socorrido es el de estar abiertos a todo, ser flexibles, receptivos y adaptarnos a lo que vaya surgiendo, que nos ha obligado a salir del camastroneo de la época de bonanza. Pero sin principios claros mantenidos en el tiempo, sin metas fundamentadas en un recorrido estructurado y sin los pies en la tierra, la genialidad -o no- que podamos tener  puede devenir en locura… como este abril berlinés loco, que, de durar todo el año, no habría Pacha Mama ni cuerpo serrano que lo aguantase.

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Publicado en Wadi As en su edición del 24 de enero de 2014 

 

Hoy me aplico a pie juntillas lo de ir con pies de plomo. Más me vale hacerlo y, además, en el sentido literal de la cosa. Entre quesos anda el juego, amigos míos y, apoyada en tan patrias expresiones que tienen al pie como referente preferente, me las repito cual mantras dado lo vital que me resulta aquí y ahora estar concentrada en dar un paso tras otro sin resbalarme en el intento. Pies, pies. Al menos hasta el portal de casa serán los pies y su función como atril del cuerpo lo que centre la atención de mis sentidos. No está el suelo pa bromas, obra y gracia de la niebla cristalizada en una película de hielo que cubre las calles de Berlín, convirtiéndolas en auténticas pistas de patinaje. Un paso en falso y, ¡zas!, costalazo que viene, vestugones que van. Y que esto se quede en un susto y unos cuantos cardenales y no se acabe en la camilla de un hospital. Más que ir caminando, pareciera marchar ahora mismo como vemos en la tele que hacen los astronautas sobre la Luna, como pisando huevos, aunque, a diferencia de ellos, no llevo ese traje que podría ayudarme a amortiguar cualquier posible caída. Una, dos y hasta tres personas he visto besar el suelo en apenas diez minutos; os aseguro que contra su voluntad. Lo bueno es que queda poco trecho pa alcanzar la meta. ¡Ay! ¡Qué agustico voy a estar en nada, en un ratejo, apegaíca al radiador, mientras me tomo un té bien caliente! Pronto llegará el premio al calor del hogar. Pero no toca ahora y aquí pensar en ello. No puedo permitirme el lujo de despistarme y olvidarme de mis pies de plomo a pie juntillas. La tentación de ir de ésta a aquella idea vuelve a rondarme. Es demasiado fuerte. Es aburrido ir todo el rato con la vista clavada ahí delante. Es molesto tener el cuerpo tanto tiempo con tanta tensión, por el miedo a pisar en falso. Es inevitable perderse en pensamientos que se cruzan, como éste que ahora viene, sobre el significado figurado del dicho que me ocupa, sobre el aplomo tan grande que debe guiar nuestras actuaciones, nuestras decisiones cuando hablamos de andarnos con pies de plomo, cuán extremada la cautela, cuán medidas las consecuencias de nuestras acciones, si lo que queremos es mantenernos enteros, sin indeseados imprevistos. Aquí y ahora, embebiíca que voy, con las rodillas ligeramente flexionadas, con los brazos abiertos pa guardar mejor el equilibrio, siento en carne propia los extremos del correlato real del chascarrillo metafórico y, sin duda, conviene el paso firme y seguro, frente al ligero y rápido, la respuesta meditada frente al impulso rebelde, la calma frente a la agitación. Lección de vida, cortesía del gélido invierno berlinés, sobre los días complicados en que nos movemos y existimos. No será que la Madre Naturaleza no nos advierte sobre el peligro de descuidar la precaución. ¡Hala! ¡Ay! Al final, porrascazo. Si lo digo antes…

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Publicado en Wadi As en su edición del viernes 1 de febrero de 2013

 

Mono mandado al espacio por Irán

 

La cosa no ha cambiado tanto como pensamos. Por mucho muro de Berlín que haya caído, los fantasmas de la Guerra Fría se manifiestan sin reparos y ahí está Irán enviando al espacio exterior a un enclenque mono, recordándole así pues a la concurrencia que es uno de esos países que cortan el bacalao. Esto no deja de ser más de lo mismo de ese “y yo más”  entre EE.UU y la URSS que hace unas décadas a punto estuvo de mandarlo todo al garete. Este “mono on the moon” –convencida estoy de que la Luna será el próximo destino del simio viajero-  muestra lo que sostengo, que no somos mucho más diferentes hoy respecto a ayer. No es que todo vuelva, impresión que nos queda cuando, al echar un vistazo ahí fuera, comprobamos cómo en la arena política se ha optado por seguir viejas pautas que ya en su día quedaron invalidadas como vías para la prevención y resolución de problemas; es que, en realidad, no nos hemos movido demasiado. Por mucho teléfono chachi, mucha tableta, mucha tele 3D que atesoremos en nuestras supermodernas casas, el mundo no es tan distinto a como era tiempo atrás: quizás sí en carcasa, pero no en cuanto a expectativas de progreso. No se ha superado el pasado, de manera que éste sigue dejándose ver, como esa mancha rebelde que no se acaba de ir, como ese espíritu incapaz de abandonar la dimensión terrenal. Qué ilusos somos si nos refugiamos en la volatilidad del cambio continuo que marca nuestro día a día, haciendo nuestro el lema “lo que ahora vale, en un rato no”, creyendo así habernos desprendido de lo que ayer resultó incómodo. Pero por mucho que los minutos pasen, que vayan cayendo hojas del calendario, existe otro tiempo que no hay reloj que lo mida y éste está parado desde hace ya. Avanza conforme se le vaya dando respuesta a problemas planteados. Hoy hay tal atasco de temas no resueltos que ya no se puede ir ni pa’lante ni pa’trás. Y la crisis, esa maldita palabra hecha carne, es el síntoma de este parón general, de esta parálisis del sistema. Por tanto, hallar una solución para los mayúsculos retos actuales pasa por remontarse hasta ese momento en el que se registraron adversidades de características similares. Ya que hemos vuelto a caer en la misma piedra, dispongámonos a ir a la piedra y no contentarnos con sortearla, sino con hacerla desaparecer.

 

Maletas de madera

 

Por poner un ejemplo, que los españoles se estén viendo de nuevo forzados a emigrar nos obliga a rememorar aquellos trenes de maletas de madera y fiambre de pueblo de la Postguerra, e incluso a mirar más atrás en la historia. Entonces, igual que hoy, tropezaron con esa misma incapacidad de España de crecer sobre pilares sólidos. No estamos, pues, ante un nuevo desafío parido por el presente. Es un problema que se pasea como alma en pena a través de los siglos esperando a que se le libere de su tormento. Flamantes espectros antiguos.

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 25 de enero de 2013

 

basura

basura

 

Difícilmente una película logre plasmar mejor la esencia cainita de la Guerra Civil del 36 que “La Vaquilla”, de Luis García Berlanga. Esos últimos fotogramas centrados en el cadáver del animal mientras es comido por buitres en tierra de nadie, representan ese “ni pa ti ni pa mi y al final todos jodíos” en el que se sustanció la contienda entre hermanos, entre amigos, entre vecinos que desangró España.

 

Será también bastante complicado que pueda resumirse con una mayor claridad la miseria económica y moral que cunde hoy día como la peste en todos los estratos de nuestra sociedad, que como lo han hecho las recientemente difundidas imágenes de nuestra capital de provincia, la de hermosura repleta luna y sol de Andalucía que, a lo largo de dos semanas, ha acaparado portadas más bien por sus contenedores rebosantes de desperdicios. ¡Granada, Granada mía! Cuán diferente a la de los folletos turísticos es ésta otra que se ha dejado ver durante los días –trece, fueron trece; hasta en esto tiene cenizo la cosa- en los que han tenido lugar los paros secundados por los trabajadores de la limpieza viaria y recogida de basuras de la ciudad, enfrentados con su empresa por las nuevas condiciones laborales. ¿El resultado? Bolsas apiladas por doquier y de cualquier manera, o lo que es lo mismo, pestazo y porquería a tutiplén.

 

Yéndonos a lo general, ciertamente esta estampa de Granada -manola, cantada en coplas preciosas- nos sirve como metáfora para los tiempos que vivimos –a los que sobrevivimos, también podría añadirse-. La suciedad nos cerca. Del estallido de la burbuja inmobiliaria, del desmoronamiento de ese castillo de naipes que tomamos antaño como auténtico, vinieron estos lodos, esta mugre entre la que, cuando no nos abrimos paso, es que estamos buscando en ella algo para calmar el hambre. ¡Ay de nosotros, que hasta hace na nadábamos en la abundancia, y hoy caminamos entre desechos amontonados a las puertas de casa! Trece días de asquerosidades varias acumuladas sintetizan sobradamente el cansino cuento del juego turbio en política –la de los peces gordos y la del pezqueñín de charca- y en la economía –la de gomina y maletín, y la de chancleta y calderilla-. Estos trece días también ilustran a la perfección ese otro relato que narra la marranería y desfachatez de emitir telebasura en horario infantil, y nos valen asimismo para ese otro que trata sobre el nauseabundo tufo de las precarias contrataciones en época de crisis. Al final resulta que todo, o mucho de ese todo, es un enorme montón de inmundicias. Basura, lo nuestro es pura basura, presente también si, sin movernos de este tema de la huelga de limpieza, descendemos del plano simbólico-genérico al real-particular. Y es que es bastante significativo reparar en cómo han procedido la Junta de Andalucía y el Ayuntamiento de Granada una vez resuelto el conflicto, y ha sido ensuciando aún más el ambiente, al culpabilizarse mutuamente de la incapacidad de poner orden en tan pestilente brete. Lo dicho, pura basura.

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Solos

Publicado en Wadi As en su edición del 11 de enero de 2013

 

Pues sí. Continuamos aquí. Vivitos y coleando. No ha habido más apocalipsis que sobrevivir a comidas y cenas copiosas ni más suplicio que soportar atascos para acceder a centros comerciales abarrotados ni más hecatombe milenarista que seguir la rutina “for Christmas”. Fallaron los pronósticos de los iluminados que situaban en cierto día de 2012 el fin del mundo, en vez de en la puñeta exponencial hacia el desastre absoluto que llevamos padeciendo a cuenta de la crisis. Tras el espejismo de colorines de las Pascuas, la reanudación del peregrinaje por este valle de lágrimas confirma, por su dureza, que la cosa sigue igual de chunga y que esta cuesta de enero cuesta mucho subirla, o mucho ralentizar la bajada, según se mire, porque tan agotador es arrastrar pesares rampa arriba como evitar que los mismos se nos vengan encima cuando se enfila el descenso. Pues fíjense que la desesperación que nos ataca a estas alturas de la crisis la percibo más en esta tesitura de ir cuesta abajo y sin frenos, dado el ritmo vertiginoso en el que las malas nuevas se suceden. Con este nervio veloz que nos mantiene en la más horrorosa incertidumbre es difícil atisbar si hemos alcanzado el tope de nuestras posibilidades o si lo peor está por venir. Vaya usted a saber qué nuevo regalito nos llegará de Bruselas, con qué nuevo impuesto patrio nos premiarán, con qué nueva sinvergonzonería del fresco de turno nos despertaremos mañana.

 

Supongo que, para no chocarnos contra quienes han tocado ya fondo al final de esta cuesta –la más pronunciada desde hace muchos eneros-, tendremos que pensar en cómo amortiguar nuestra caída y, por desgracia, no veo asideros a los que agarrarse más que unas cuantas grietas en las que hincaremos pies y manos. Tiempos complicados como estos curten la piel y el espíritu, al ponernos a prueba a diario y en la más completa soledad. La fuerza del conjunto, del trabajo compartido, acudirá a nuestro rescate sólo cuando cada cual haya pasado su particular calvario.

 

Ante la adversidad sólo quedamos nosotros, y no como grupo, sino cada uno de nosotros solo ante el peligro. La situación pide más de la materia prima 100% de cada cual. No esperemos tapar agujeros apostando tan sólo por los juegos de azar ni esperemos encontrar por pura casualidad ese empleo por el que suspiramos y cuyo hallazgo tantos desvelos nos causa. No miremos a los dirigentes; no creo que podamos obtener de ellos algo creativo, innovador y alejado de la crispación. No miremos a nuestros antiguos jefes. No miremos a nuestros vecinos y familiares. Mirémonos a nosotros mismos y preguntémonos qué podemos hacer para no tirar la esperanza por la ventana –ni tirarnos de paso con ella-. Y ésa es la cuestión. Y es tan rotunda, tan llena de verdad, que nos queda grande, que nos desborda, que nos vence. Como esta crisis que siempre ponemos en tercera persona, como si fuera una injusta maldición totalmente ajena al “nosotros-cada uno de nosotros”.

 

 

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