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Posts Tagged ‘Cristo’

Mucho se ha escrito sobre la Semana Santa. Mucho se ha pregonado, cantado, contado ya sobre la semana del año más intensamente vivida, sentida por muchos, por aquellos que rezan bordando el manto de la Virgen, repasando las marchas que interpretarán las bandas que acompañarán a las cofradías durante sus estaciones de penitencia, tallando tronos, sacándole lustre a enseres, desalando lomos de bacalao, engalanando las calles por las que desfilarán las hermandades, ensayando la salida del templo bajo las trabajaderas, amasando pestiños, planchando túnicas, colocando ramos y palmas en balcones y ventanas, vistiendo imágenes, adornando pasos con flores y cirios, peinando a las camareras, cargando tronos, entonando saetas, llevando capirote, reuniendo en un mismo encuadre luna-vela-Cristo, incensando pasos. Se reza, por supuesto, en los cultos de hermandad, en la misa de Ramos, en los oficios, viacrucis y rosarios, vigilia pascual, pontifical de Resurrección. Pero el encuentro con Dios que se busca a través de la oración durante estos días no sólo tiene lugar en las iglesias, sino que también puede darse en contextos como los que he enumerado al comienzo. Yo, que he vivido la Semana Santa desde la acera y desde las filas, dentro y fuera del templo, antes, durante y después de la semana en sí, yo que la he visto con ojos de penitente, de niña con capa, de público incondicional, de telespectador fiel, he llegado a la conclusión de que son muy diversos y no excluyentes -más al contrario, de práctica conjunta deseable- los modos y maneras de participar en este catecismo en la calle que proponen las procesiones penitenciales. Para unos el rezo y la emoción llegan en esos momentos de retiro a los que invitan las cofradías de silencio o durante la visita a los monumentos que se instalan en los templos tras los oficios del Jueves Santo o en la oscuridad rota por el cirio pascual y las velas de los fieles en la vigilia del Sábado de Gloria; para otros, la emoción y el rezo acuden ante el balanceo del palio de la Virgen del barrio al son de la música. El padrenuestro perfectamente puede salir por la boca movido por el sonido solitario del paso arrastrao de los costaleros, por un solo de trompeta o por los aplausos del gentío tras una levantá. Ahora bien. No hay mecha prendida sin chispa que la encienda y sin la fe todo el folclore, la costumbre familiar, la tradición gastronómica, el componente estético, la visualidad se queda en una puesta en escena más o menos bella, pero cuya vivencia se convierte en algo totalmente opcional, en todo punto prescindible. Vivir la Semana Santa, usar el verbo “vivir” en el sentido de sentirla con sentimiento con toda la inmensidad de la palabra, implica un plus que sólo lo aporta si uno cree en la razón que la suscita, si uno se cree que Jesucristo padeció, murió y resucitó por nosotros. Desde esta fe es de donde uno reza donde quiera que sea y a partir de lo que sea que pasa -que es mucho- entre el Miércoles de Ceniza y Pascua Florida.

Si no se hace en los templos tanto como a los curas les gustaría, no es tema que a mí me competa tratar, como tampoco lo es lo referente a la creciente sevillanización de la Semana Santa accitana en detrimento de los rasgos idiosincrásicos granaínos y guadijeños y a la pérdida progresiva de costumbres locales. Al respecto de estos dos asuntos, vistos como problemas, como retos, como armas arrojadizas más de una vez, seguro que pueden disertar largo y tendido expertos en ambas materias, que haberlos, hay muchos y muy buenos. Yo les traigo impresiones, sensaciones que desbordan -ya lo siento- lo que estas setecientas palabras puedan llegar a transmitir. Sólo eso. Me presento hoy ante ustedes en calidad de semanasantera de a pie para hablarles de sentir, vivir la Semana Santa y en tanto a que experiencia íntima y personal nunca se agotarán las emociones que despierta en el corazón del cofrade, con el rezo a flor de piel, por lo que siempre habrá ocasión de escribir sobre ello, pregonar, cantar, contar, por mucho que ya se haya escrito, pregonado, cantado, contado.

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Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su número de 21 de marzo de 2016

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Guadix en Cuaresma. Ceniza en la frente. Acopio de bacalao en salazón. Ensayos de las cuadrillas de costaleros. Conciertos de agrupaciones musicales. Recibos de ésta, y de la otra, y de aquella otra hermandad. Reuniones en ésta, y en la otra, y en aquella otra casa de hermandad. Tardes más largas. Tapas de vigilia. Marchas procesionales en el radiocasete/ reproductor de cedés y similares (ahora también compartidas por Wassap). Viacrucis y rosarios. Invierno que agoniza, primavera que se intuye. Cultos cofrades. Carteles oficiales pegados con fixo en las puertas de comercios y farmacias. Movimiento en las iglesias. Capirotes de cartón o redecilla. Roscos fritos, pestiños, arroz con leche. Programas de mano con los itinerarios. Pregón, pregones. Tertulias semanasanteras en Twitter, en un bar. Planchado de túnicas. Potaje de garbanzos y espinacas. Talvinas/tarbinas, natillas, torrijas. Hato de estreno pal Viernes Santo. Tonos para móviles con solos de corneta. Últimos retoques de los trajes de camareras; puesta a punto de tejas y mantillas y pendientes. Pendientes del Cielo/cielo (con mayúsculas y con minúsculas). Y así Guadix recibe la Semana Santa. Así y con palmas, ramos, niños. Y con procesiones. Mañana, tarde, noche. Noches de luna, silencio, murmullos. Baile de palios, de lágrimas, de emociones. Emoción y rezo.

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Procesión de la Borriquilla (Domingo de Ramos 2016)

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Publicado en Wadi As en su edición del 16 de abril de 2014

 

Casi imposible es ponerle palabra a lo que entra por el ojo y el oído y, a la vez, cautiva el olfato y, además de tener su versión gustativa propia, incluso puede tocarse. Así, por mucho esmero que pongan los comentaristas durante las retransmisiones televisivas de las procesiones de Semana Santa, lo que cuentan se queda corto. Como cortas quedan estas líneas. La vivencia de este catecismo al aire libre que son los desfiles procesionales exige eso, ser experimentada en carne propia, para completar su función como llamada al rezo, más o menos silente, al recogimiento, más o menos solemne, a la expiación, estación última de la penitencia pretendida al poner en la calle estos conjuntos escultóricos bellamente engalanados, majestuosamente mecidos al son de la música. Será este seguimiento indirecto de los hechos que la distancia me obliga a hacer, y que resta fuerza a las emociones que se dan cita bajo la luna, a la luz de candelerías y hachones, entre la bruma de incienso que envuelve los pasos. Será por las arremetidas que la vida, más bien la muerte, ha dado por aquí y por allí, en apenas unos meses, llevándose a seres muy cercanos y queridos. El caso es que lo que oigo de estos reporteros sobre los crucificados, las vírgenes de palio, las imágenes a las que se refieren, no me ayuda a conectar con la aflicción del penitente. “Y, ante ustedes, los pies de Cristo”, comentan, mientras la cámara enfoca el detalle del extremo inferior de una cruz. Pero esto, que tal vez de haberlo escuchado después de haber presenciado un par de procesiones, habría sido suficiente invitación para remover todos esos sentimientos que, como creyente y semanasantera, suelo tener a flor de piel por estas fechas y en otras circunstancias, me resulta en estos momentos un incompleto llamamiento a tomar parte de eso que muchos estáis sintiendo in situ.

 

Pies castigados, los de cualquiera de esos que se echaron a las drogas, que han dado con sus huesos en la calle, sin techo, sin rumbo, almas perdidas, dignidad olvidada. La mirada ida del nazareno que carga con la cruz es la del que huye de la guerra, la del vecino que agoniza en soledad, la de la mujer maltratada, la del niño sin infancia. Los puñales de filigrana se hincan en los pecherines de las vírgenes como raja por dentro el puñal del desconsuelo por la pérdida de quien se fue tras una enfermedad sobrevenida, por una desgracia inesperada. La sonrisa de mi hija me da alas a la esperanza que se abre hueco entre tanta pena. Dios quiera que en medio del sufrimiento siempre podamos encontrar razones a las que agarrarnos para seguir creyendo en la redención que aguarda al final del camino del penitente. Estos episodios, estas heridas que sangran, y no tanto la imaginería que procesiona, es lo que conduce la reflexión cristiana de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo que emprendo en esta Pascua. Ejercicio tanto o más intenso.

 

 

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 23 de diciembre de 2011

 

Nunca me resultaba tan pesada la mochila como aquella mañana de diciembre. Y no es que llevara más libros de la cuenta. De hecho, contenía menos bártulos que de costumbre. Era como si, en vez de una flauta dulce y una libreta con pentagramas, cargásemos con plomos. Y si corto es el trecho que separa la Divina Infantita de la iglesia de Santiago, más escaso se me hacía en ese día del que os hablo. Los nervios eran también responsables de que nos sintiéramos mu chiquiticos cuando entrábamos en el templo y veíamos a los escolares de los otros colegios arremolinados en torno a sus respectivos maestros. Cualesquiera de ellos nos parecían muy superiores a nosotros. Conforme iba pasando el tiempo e íbamos escuchando las intervenciones musicales de los distintos grupos, lográbamos, sin embargo, ir poco a poco mudando el  vértigo inicial por una más tranquila expectación, hasta el punto de que, cuando nos tocaba a nosotros, ya no nos importaba que se nos escapase más de un pito o que no hubiésemos entendido bien si una parte la teníamos o no que repetir. Escuchar villancico tras villancico quizás nos ayudaba a asumir que verdaderamente las Navidades estaban ahí, con lo que eso significaba: más rato para jugar, comidas distintas ¡y los Reyes Magos! Teníamos por delante unos días para el disfrute absoluto. Así, de aquellos inviernos en los que clausurábamos el primer trimestre con aquellos certámenes, sólo puedo recuperar el buen sabor que nos dejaban, tan intenso que, pese al paso de los años, aún resuenan en mi memoria.

 

Es curioso que, al ponerme a pensar en cuál sería la mejor postal que pudiera mandaros por Navidad, haya sido este recuerdo musical lo primero que me ha venido a la mente. Y a éste le han seguido los conciertos que distintas agrupaciones y corales accitanas ofrecen durante estas semanas, y a éste los villancicos con los que en mi casa siempre se han rematado las reuniones navideñas, y a esto aquellas serenatas de Nochebuena que aún pude conocer siendo mu niña, o el aguinaldo que iba dando la Escolanía por estos días.

 

Coro de María Briz. Navidad 2010

 

No hay duda de que la Navidad entra en Guadix hecha música.

 

Coral Sine Nomine. Navidad 2010

 

Unas Pascuas sin el componente sonoro no serían propias de aquí.

 

Coral Acyda. Navidad 2010

 

Incluso si reparamos en esas genuinas figuricas de barro de los belenes antiguos de Guadix, podemos comprobar cómo la música está presente en muchas de ellas: pues no sólo los ángeles portan trompetas, sino que los mismos pastorcillos aparecen como músicos, con sus guitarras o bandurrias a cuestas. Decir Guadix en Pascuas es también imaginarse al que más, dándolo todo con la zambomba, y al que menos pasando una y otra vez la cuchara por la superficie en relieve de la botella de anís.

 

La postal que os remito, cargada de buenos deseos para estas Navidades y para el próximo año, muestra a este Guadix que le canta sin complejos a la Navidad. Preciosa manera de acunar la buena nueva del nacimiento de Cristo.

 

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