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Posts Tagged ‘cuento de Navidad’

Publicado en Wadi As en su edición del 13 de diciembre de 2013

 

Erase una vez un autobús cargado de gente, tanta que apenas se podía distinguir de quién era ese brazo, de quién aquella pierna. Marco tan poco vistoso como éste sirvió, sin embargo, como magnífico escenario para nuestra historia. Sin el encanto de un palacio, sin varitas mágicas de por medio, fue la combinación casual de diversos factores lo que convirtió en cuento de Navidad lo que pasó una tarde de diciembre en un bus urbano.

El factor tiempo tuvo mucho que ver. Apenas unos minutos de retraso y cuatro gotas locas bastaron para que la cantidad de personas en torno a la marquesina se multiplicase en un instante. Éramos muchos los que esperábamos el autobús. Cuando asomó a lo lejos, el personal empezó a impacientarse. Nadie estaba dispuesto a quedarse en tierra. Fue parar y abrir las puertas y desatarse la histeria, con codazos que iban, pisotones que venían, entre quienes querían bajarse y los que habían pensado subir ellos primero. Pero entonces, se abrió paso entre el griterío una voz grave, pero jovial, que pedía educadamente calma. Venía de dentro. Era un señor mayor, corpulento, de poblada barba blanca, que había logrado hacerse hueco entre quienes taponaban la puerta principal de entrada/salida. Esto permitió que muchos que le seguían pudieran salir. Motu proprio, comenzó a organizar las bajadas y subidas. Estuvo ayudando a señoras con bolsas y viejitos con andadores. A mí también. No se pensó dos veces agarrar el carricoche para facilitarme la entrada. Con tanta entrega lo hizo, que casi se le cayeron al suelo sus gafas de cristales redondos. “¡Casi!”, dijo, entre risas que salían de lo más profundo de su cuerpo. Parecían venir de retumbar en su panza. Eran tan frescas, tan sinceras, que nos las contagió a los que nos quedamos en el descansillo central junto a él. En la siguiente parada, volvió a ordenar las subidas y bajadas. Era admirable cómo con buenas maneras y una sonrisa de oreja a oreja había acabado con los empujones y las caras largas.

Subieron entonces dos quinceañeras. Se pusieron a mi lado. El factor espacio, más bien la falta de él, hizo que me enterase de que estaban cuchicheando sobre el gallardo caballero. Se reían mucho. Risas pícaras, las suyas. Del alemán a la turca que hablaban creí entender que se preguntaban si acaso sería Santa Claus. Y, el hombre, que estaba en todo, de seguida se unió a la charla para dejar claro que no lo era, que eso era un invento de Cocacola, y ellas también se dieron prisa en explicar que no celebraban la Navidad.

Él no quería ser Papa Noel, pero lo fue. Al igual que las chavalillas terminaron teniendo ese hormigueo en la barriga que sienten quienes sí esperan con ilusión sus regalos en Nochebuena. Desde luego que yo no subí al autobús queriendo ejercer de narradora de este cuento por accidente, pero así ha sido. ¡Qué se le va a hacer! Así de bella y retorcidamente imprevisible es la vida.

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