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Posts Tagged ‘cuevas’

Algo pasa. Vacía se ha quedado la placeta. Sin dueñas, unas sillas de anea puestas en corro. Hasta hace una chispa las ocupaban unas mujeres que andaban remendando ropas que se apilan en un par de canastos de mimbre. Han ido detrás de sus hijos, que han salido corriendo cañá abajo llevados por el griterío. Algo, alguien sube. “¡Que viene, que viene!”, jalea uno. “¡Un coche!”, añade otra. “¡Son los parientes de fulanica!”, concluye un tercero cuando el vehículo está ya a pocos metros. Se siguen sumando vecinos. ¡Menudo revuelo!, proporcional al terreguerío que va levantando el coche, un seiscientos amarillo, color que se intuye bajo el manto pardusco de polvo que lo envuelve. Avanza despacio, de la de gente arremolinada. El conductor, con cientos de kilómetros al volante, desea aparcar de una vez por todas delante de la cueva de sus primos, con quienes pasará, junto a su mujer, las vacaciones de verano. Y confía en que el desenlace se resuelva más pronto que tarde. Tarda, pero lo logra. Alcanzada la meta y, apenas saludados los anfitriones, los recién llegados deciden inmortalizar el momento y sacan rápidamente del equipaje una cámara, su flamante adquisición, para hacerse una foto con los visitados. Y hay quien, previendo que, como con ellos guarda cierto parentesco, tal vez se ofrezcan a retratarla a ella y a los demás que con ella están, deja a su niño entretenío con los otros chiquillos y entra en su cueva como una exhalación, se cambia de delantal, se empolva un poco, se pinta los labios y regresa de inmediato a la placeta. Que no se puede salir de cualquier manera… no, ¡ni hablar!

La llegada de los emigrantes en verano suscitaba siempre interés en el vecindario (Inicios de los 70)

 

Entonces, cuando se tomó la foto de la emigrante y su prima junto al seiscientos, cuando se tomaron fotos como estas de las mujeres zurciendo o la de los músicos de la rondalla del Teleclub, las cuales comparto contigo, no había segundas oportunidades. La gente no tenía réflex digitales ni smartphones ni tablets para hacer cuantas tomas fuesen precisas hasta dar con la instantánea perfecta, tal y como hoy sucede. Se hacían y así quedaban. Por eso, mejor era ir medio-presentables. Por eso, mejor, no menearse durante el proceso: todos, bien puestecicos, bien quietos, como si estuvieran no delante de una cámara, sino de un pintor.

 

Rondalla del Teleclub Nuestra Señora de Gracia (Finales de los 60)

 

Tampoco miramos al objetivo como miraban entonces sobre todo los más mayores, con una mezcla de respeto y recelo ante una “modernura” impropia de su día a día, algo totalmente excepcional en el sentido de ser una absoluta rareza, porque pocas eran y porque eran hechas por unos pocos, ya fuesen fotógrafos profesionales o contados afortunados con posibilidades de costearse una cámara. Posaban con igual solemnidad, ya estuvieran recién levantados de la siesta o vestidos de Viernes Santo. Ahora sobreactuamos sin tregua; vemos demasiado por demasiadas vías con demasiada continuidad. Incluso en las poses “forzadas” de entonces hay más naturalidad que en cualquier instantánea actual hecha sin previo aviso.

 

Se hacía mucha vida con los vecinos (Inicios de los 60)

 

Sí, las cosas han cambiado. Como sí ocurría cuando se tomó la foto de la visita de los emigrantes, los coches no son ahora ajenos a las calles de las Cuevas de Gracia y de Fátima. Tampoco sus viviendas son como las de antes: las de ahora aprovechan las ventajas de insonorización y aislamiento térmico de aquellas, pero incorporan comodidades de las que pueda tener cualquier casa en cualquier otra zona de Guadix. Así, si bien las barriadas de cuevas tuvieron su origen en la adaptación del hombre al medio, actualmente son ejemplo de la adaptación del medio a las necesidades humanas, hasta el punto de que algunas se han habilitado como alojamientos turísticos. ¡Y qué alojamientos!

Volvamos a estas fotos, fotos que invitan a viajar en el tiempo y recrear vivencias, fotos que sugieren escenas como la que me ha servido de introducción. En concreto la que he usado para arrancar el relato refleja una realidad, la de la emigración, que afectó severamente a Guadix, pero en particular a estos barrios, que sufrieron una durísima posguerra rica en hambres, generosa en enfermedades, panorama ante el que muchas familias se vieron abocadas a labrarse fuera su porvenir. Pero ya residiesen en Cataluña, Madrid, Francia, Suiza, las visitas al pueblo eran ineludibles: ser de las Cuevas lo convertía en un deber. No es asunto menor venir al mundo en una cueva. Figúrate lo que debe ser salir de un vientre y que te acoja otro, las entrañas de la tierra. Imagínate dar el primer grito, tomar la primera bocanada de aire, llevarte el primer susto al abrigo de la arcilla. Eso deja huella. Estoy convencida de que este factor influye en el apego especial de los vecinos de las Cuevas por su barrio, sobre todo los que ya tienen una edad como para haber nacido al calor del cerro y no en la cama de un hospital. Lo noto en la rama de mi familia que allí nació y se crio y en la efusividad con la que se saludan con aquellos con los que convivieron, ya continúen en Guadix o hayan hecho fuera su vida: hermanos de barrio, unidos a la tierra que los alumbró.

Escucha, si no, con qué concreción repasan nombres y motes de gentes que vivían en esta cueva, en esa placeta, en aquella cañá, y las anécdotas personalizadas con las que acompañan la enumeración. Para mí esto tiene un plus de dificultad, por la homogeneidad del paisaje en toda la zona. Al menos, para quien no es de allí, todos los caminos resultan parecidos. Vamos, sin duda que me perdería si me sacasen de las calles principales. Me llama mucho la atención que incluso quienes no han pisado su barrio en años, pueden trazar con tino un itinerario por cerros y familias que los habitaban.

Que te cuenten, ¡sí!, los “desafíos” de fútbol que echaban los críos de aquellas cuevas en blanco y negro contra los de otros barrios en las eras terrizas, que de la emoción con la que los reviven casi te figuras se trataba de auténticos Madrid-Barça. Que te expliquen esos mismos niños de entonces cómo disfrutaban fabricando con sencillos materiales cometas que hacían volar desde los altos de los cerros: bastaba con pelar con navajas cañas de escobas desechadas hasta dejarlas finas para hacer la estructura y pegarle con gacheta papel de seda del que sus madres tenían en casa para los patrones, a las que también les “tomaban prestados” trapos viejos, que servían de cola.

Comprueba cómo se les ilumina el rostro cuando recuerdan las excursiones a la playa de Almería promovidas por el que fue párroco -y consejero familiar y dinamizador zonal y amigo en momentos duros y…- de la Ermita Nueva en las Cuevas de Gracia don Rafael Varón, cuando el veraneo era un lujo inaccesible. Bueno, en general, cuando se acuerdan de cualquier actividad -las funciones de teatro, los talleres, la rondalla…- de las impulsadas desde el Teleclub, asociación parroquial que don Rafael creó para que los jóvenes tuvieran opciones de ocio a su alcance, o las otras muchas para todas las edades que puso en marcha durante los 37 años que estuvo allí de cura (1951-1988). Acércate a las procesiones de las patronas de ambas barriadas de cuevas, la Virgen de Gracia y la de Fátima, respectivamente, y palpa el fervor con el que las acompañan. La identidad de barrio, esa voluntad de identificarse con un grupo humano con el que se comparte mucho más que mera vecindad, aún perdura aquí, mientras que, en otros barrios accitanos, de tradicional peso e idiosincrasia, está más diluida. El tirón de la tierra “tierra” tiene mucho que ver en esto.

De alguna forma este magnetismo está presente en el carácter del accitano y lo ejerce el lugar en el que se mueve. La comarca de Guadix está cercada por montañas, recorrida por ramblas y salpicada de cerros que la lluvia, el viento y el tiempo modelan a su antojo y que, no obstante, dan permiso a alameas y huertas regadas con el agua que corre subterránea. Puro contraste que cala también en el ánimo. El paisaje determina las maneras del paisanaje, que tan solo puede elegir pasión o desafecto por su comarca, por su pueblo, por su barrio. Atrae o repele. Y punto.

Las tradiciones accitanas llevan la marca de la tierra. Ocres y almagres predominan en la marea multicolor que acompaña al Cascamorras en su desfile del 9 de septiembre. Por ramblas, entre cerros y cárcavas avanza el peregrino rumbo a la ermita de Face Retama, donde dieron muerte al patrón San Torcuato. Bebemos en botijos y vasos, cocinamos en cazuelas y comemos en platos y fuentes hechos de arcilla por nuestros alfareros, de cuyos tornos salen también maceteros, murales cerámicos y azulejos que decoran nuestras casas.

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Tierra que acoge en su seno una vega fértil que produce hortalizas y frutas para ser comidas cuando toca, lo cual suena a perogrullada, pero con el servicio 365 días al año que prestan los invernaderos, esto se convierte en indicador de calidad. Huerta que innova, pero que mantiene acequias pretéritas; ¿por qué dejar de lado lo que funciona? Huerta con su fauna y su flora, huerta que mancha de verde la roja palidez de la tierra, que la pone en valor, ofreciendo ese contrapunto que se replica, en otros tonos e intensidades, en otras partes de la comarca, de la que es su distintivo y que se brinda como reclamo para el turismo.

De la tierra, de este “dónde” reconocible hablan las fotos que hoy nos ocupan, pero también de un “cuándo” cuyas costumbres no encuentran acomodo en el presente. Eran aquellos otros tiempos y no solo lo dice el peculiar posado de los fotografiados o la excepcionalidad con la que se tomaban fotos, sino sobre todo porque retratan hábitos extinguidos o en extinción. ¿En cuántas imágenes de ahora, de las que guardas en tu móvil, apareces junto al vecino? ¿Cuántas tienes de tus hijos jugando en la calle donde vivís? ¿Una modesta merendola a la vera de un riachuelo merece comentario en el muro de Facebook? Todo es muy distinto al entonces sobre el que estas fotos cuentan historias, en especial, todo lo que se refiere a las relaciones sociales. Los hábitos mostrados se derivaban de unas necesidades materiales muy concretas. Así, cuando tenías que compartir el agua del pozo con quien vivía en el mismo cerro, pues mejor llevarse bien que estar a tortas y si, para evitar quebrantaeros de cabeza adicionales a los muchos que ya traía la rutina consigo, había que convidar al vecino a sangría y papas asás en verano y a una palomica con un dulzajo en Navidades, pues se hacía y sanseacabó. Hoy no nos vemos abocados al hermanamiento en las distancias cortas ni a la preferencia de trato con aquellos a quienes nos unen lazos de sangre. Tampoco a mirar al máximo por lo que se tiene, a sacarle el mayor partido posible a las cosas, como sí les pasaba a los protagonistas de estas fotos de viejos álbumes: ¿qué era, si no, el zurcido de prendas o el reaprovechamiento del agua de haberse aseado o de haber lavado la ropa, para fregar los suelos de la cueva o de la placeta?

Zurcido y lavado, labores cotidianas en comunidad (Mediados de los 60)

 

Fotos, todas estas, que encierran tramas, que engarzan argumentos, tantos como estemos dispuestos a leer en ellas. Te emplazo, por tanto, a ver más allá de la estampa pintoresca de las cuevas, de una belleza visual innegable, con esas chimeneas y fachadas encaladas en cerros pardos. Venga, anímate y mira a quienes te observan desde el papel fotográfico. Te verás metido en una conversación que, ya te advierto, irá para largo.

 

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 31 de agosto de 2013

 

Por las nubes que caen, por el fresquito que dejan, por lo mucho que entona el cuerpo un café bien caliente, por lo prontico que se mete la noche, por los bares que cierran por vacaciones, por los pocos pasos que se escuchan ahí, fuera, cuando pasa una hora determinada, por la vuelta al cole de los críos, por las hojas que comienzan a teñirse de marrón, por las ganas que se tienen de dar carpetazo al desbarajuste de horarios seguido días atrás, a tanto entrar y tanto salir, a tanto palique que “el terraceo” propicia, por todo esto y porque el cuete gordo de la feria ejerce como magnífico punto y final, es acabar las fiestas y en Guadix entra el otoño. Un otoño precoz que, dicho sea de paso, es la estación que mejor le sienta y, por ello, creo oportuno reivindicarlo como el tiempo ideal para que el forastero interesado en conocer la ciudad se anime y venga. Ahora que parece que por fin instituciones y empresarios se han convencido del potencial turístico de la comarca, pienso que siendo ésta la época del año en la que nuestra tierra se exhibe más auténtica, más ella, más bella, debería ser ésta razón suficiente como para que se ponga un especial celo en las iniciativas que se programen de cara al visitante en semanas venideras. Quizás el guiri de sandalias con calcetines que aterriza en Andalucía llamado por el “sol-y-playa” y el cliché “toros-flamenco-sangría”, sí que busque el calor tuesta-sesos de julio o el campo perfumado de la primavera. Quizás el urbanita que quiere escapar de la metrópoli en el puente de la Purísima encuentre en Guadix y en sus alojamientos en cuevas, donde ante la chimenea se está en la gloria bendita, el destino idóneo para cubrir su cuota anual de “paraje pintoresco con encanto”. Pero habrá quien prefiera llevarse una idea de Guadix lo más cercana posible a su esencia, y a éste sin duda hay que recomendarle Guadix en otoño.

 

Ido el calorín, se recupera el café-tertulia de sobremesa y el paseíco de después de comer. Ida la extrema claridad de los días, estos empiezan a dejar que la noche les gane terreno y bajan de intensidad los rayos solares, que acentúan el color pardo cobrizo de la arcilla de nuestros cerros, manto dorado que hace de las fotos a la alcazaba, a la catedral, a los campanarios de las iglesias, unas instantáneas imposibles de mejorar en otra época. Idos los emigrantes a sus lugares de adopción, las casas vuelven a enviudar de voces y nuestros barrios regresan a ese silencio que permite a quien por ellos se pierde caminar de la mano de sus propios pensamientos sin nada que le perturbe. Ido el jolgorio del verano, viene la melancolía del otoño y ahí está Guadix, con su halo de ciudad si no capaz de detener el tiempo, sí al menos de hacerlo pasar más lento. Sosegado, silencioso, sugerente, sobrio, sombrío. Él. El otoño. Él. Guadix.

 

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