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Posts Tagged ‘derechos de las mujeres’

Nunca pensé que un pepino, una lechuga y un pequeño monedero pudieran ser tan pesados. Al menos lo son ese pepino, esa lechuga y ese pequeño monedero que la señora que está intentando subir al autobús lleva en la cesta de su andador. Como poco cada pieza debe pesar quintal y medio, a juzgar por la fatiga que la hace resoplar una y otra vez, por lo mucho que se afana por reunir las pocas fuerzas que almacena su cuerpo, venido a menos por los años y los achaques, y conseguir levantar el artilugio lo suficiente como para que las ruedas delanteras alcancen la plataforma del vehículo, que es lo que más cuesta. La chica que viaja a mi lado y yo hacemos intención de ayudarla a subir, pero en uno de esos resoplidos la anciana alza la vista y agarra con más intensidad si cabe los mangos del andador y aprieta más la boca y frunce más el ceño y se esfuerza más en su lucha frente a las fatalidades alineadas en su contra, a saber, el inexorable paso del tiempo, la urgencia del conductor por reanudar la marcha, el peso no ya de su mínima compra, sino más bien del andador en sí y de las miradas mezcla de piedad y lástima que recibe de buena parte de nosotros y de las prisas que meten otros tantos que hipergesticulan -e hiperventilan- por lo que la maniobra de la vieja está suponiendo de retraso sobre el horario previsto. El chófer le comenta algo, pero ella sigue erre que erre con su plan de subir por sí sola. Un señor que parece de su edad y que está en uno de los asientos reservados a personas con movilidad reducida le apremia a que acepte nuestra ayuda o se quede en tierra. Pero no acaba su discurso cuando el conductor para el motor, se levanta, despliega la rampa que el vehículo tiene para facilitar el acceso a sillas de ruedas y la señora, con calma pero firme, empuja el andador y va subiendo poquito a poco hasta que lo logra. No puede evitar esbozar una sonrisa cuando llega arriba.

Sucede esto justo mientras yo iba pensando sobre qué escribir ante el Día de la Mujer. Tal vez hablaría sobre la conciliación de la vida personal, familiar y laboral, sobre qué tipo de medidas serían precisas para que esto deje de ser un cuento chino, máxime si quien se encuentra en medio de esta ecuación imposible es una mujer, máxime al cuadrado si además es madre, máxime al cubo si encima quiere reservar parte de su tiempo para sí y sus inquietudes y aficiones más personales e intransferibles. Porque, por desgracia y pese a lo mucho avanzado, la cosa sigue complicada y lo de ser mujer y trabajadora continúa siendo la cuadratura del círculo que convierte la igualdad fáctica de oportunidades en una asignatura pendiente. “Igualdad de oportunidades”, retumba en mi cabeza mientras veo cómo la señora se acomoda en un taburetillo que lleva incorporado el andador. Y es que gracias a la rampa del autobús, gracias al andador, esta anciana puede ir ahora a sus mandaos, al médico, donde quiera que sea que vaya, con total independencia y autonomía, en pie de igualdad a yo y cualquier otro de los que compartimos viaje con ella. Eso es lo que esperamos de nuestra sociedad también en lo relativo al binomio complejo mujer-trabajadora, que si se quiere, se pueda, y que se habiliten todas las herramientas necesarias para que, en este caso, el género no sea un condicionante que limite la proyección personal, familiar y laboral de nadie.

No es cuestión de paños calientes, palmaditas en la espalda, miradas condescendientes ni ayudas puntuales. Sí es cuestión de que nosotras, mujeres, podamos hacer de nuestra capa el sayo que queramos. Y que tengamos a nuestro alcance lo necesario para conseguirlo es obligación de los poderes públicos, por supuesto, pero también un compromiso compartido y extensible a las empresas y requiere de un ejercicio de concienciación colectiva. Por tanto ¿en verdad “mujer” y “trabajadora” son parte de una ecuación imposible? Desde luego que no, pero hace falta voluntad decidida y concreta para pasar de lo mucho que se ha dicho al hecho, de manera que quede garantizado el ejercicio de este derecho tan importante.

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Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su número de marzo de 2016

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Artículo publicado en Wadi As en su edición del 7 de marzo de 2015

Parece que están de moda las “superwomen”, las mujeres que lo pueden llevar to pa’lante y presumen, además, de hacerlo sin apoyos y, encima, rozando la perfección. Por si eran pocos y poco pesados los cometidos que tradicionalmente se han asociado a las mujeres –y de los que ha costado tanto desmarcarse-, ahora, además de esos, debemos asumir roles relacionados a los hombres. Es decir, que en vez de optar por que la mujer decida cómo, cuándo y con quién va a repartirse qué tareas, en vez de garantizar el acceso y disfrute de derechos y oportunidades sociales en pie de igualdad para mujeres y hombres, poniendo en marcha los recursos necesarios para tal fin, el tinglao se ha montado de tal manera que no nos quede otra que ser lo uno y lo otro: todo al mismo tiempo. En este nuevo estado de las cosas –que, por cierto, sigue diferenciando roles por géneros y catalogando responsabilidades como propias de hombres o de mujeres, craso error de partida que denota poco avance en la materia-, volvemos a quedarnos las mujeres con bastante poco margen de maniobra y menor poder de decisión, ya que se nos obliga a seguir un único camino, una sola forma de funcionar, la de las “superwomen/supermujeres”, y esto implica llegar a un nivel y, si no lo alcanzamos, venimos a ser una especie de medio-mujeres, desde luego no mujeres del siglo XXI.

Y yo me pregunto si estamos dispuestas a consentir esta nueva imposición erigida sobre unos supuestos superpoderes que se nos atribuyen y, según lo cual, podemos atender sin problema la casa, los niños, la pareja, el trabajo, las aficiones personales, las gestiones del día a día y, encima, hacer todo esto solitas y con sonrisa de oreja a oreja. Creo que nos equivocamos muy mucho, queridas mías, si toleramos semejante barbaridad. Tan fuera de lugar está la maternidad como única opción posible para la mujer, como dar por cierto el cliché de ejecutiva agresiva sin vida privada, el de devora-hombres sin voluntad de arraigo sentimental y, por supuesto, también este mix de paridora de críos, enfermera, contable, auxiliar de geriatría, amante, limpiadora, maestra, aprovisionadora de víveres… –ocupaciones todas ejercidas casi a diario a jornada completa, aparte de los deberes laborales con los que haya que cumplir-, y que, como los otros “modelos de mujer”, se ha instaurado sin previa consulta. Esto, lejos de liberarnos, nos sobrecarga, nos frustra si no se llega al 10, éxito que se nos presupone dadas las supercapacidades que en teoría tenemos.

Total, que las mujeres debemos demostrar más de lo que cada cual es para, al menos, poder mostrarnos… un coste muy alto el que pagamos por dejar de ser invisibles, situación injustísima que nosotras mismas, con todo esto de las “superwomen”, retroalimentamos precisamente al querer mostrarnos todoterreno, multifunciones, todopoderosas, incansables al desaliento, en esa demostración de poder y poderío respecto a los hombres. Resultado: el colapso.

¿Qué hacer? Pues plantarse y no pasar por el aro. Estamos en nuestro derecho de decidir no ser unas supermujeres y es nuestro deber combatir cualquier sentimiento de pena o resignación que pueda generarse si vemos que no encajamos en lo que cuentan otras mujeres sobre la ausencia de vaivenes emocionales durante la adolescencia, de juventud sin complejos corporales ni presiones estéticas, de menstruaciones sin molestias, de matrimonios/vidas en pareja sin altibajos, de embarazos “a la primera”, de partos sin complicaciones, de pospartos de rápida recuperación, de lactancias agradables, de reincorporaciones fáciles al mercado de trabajo tras el parón maternal. Personalmente desconfío de estas historias intachables y de las “supermujeres” que las protagonizan. A éstas y a todo lo que nos presione, agobie, angustie, tenemos que decir “basta”. Nuestra fortaleza no será mayor cuantas más tareas asumamos, sino que radicará en mostrar que somos dueñas y señoras de nuestras decisiones, en que cada una de nosotras, desde su individualidad y en pleno uso de la libertad, marque su ruta, defina por sí misma su sitio en el mundo, ponga su “hasta aquí quiero llegar” donde le plazca. Que quede garantizado poder hacer esto es lo que debemos reivindicar el 8 de marzo*, es por lo que tenemos que luchar cada día de nuestra vida.

 * Este artículo se suma a la campaña lanzada desde Naciones Unidas con motivo del Día de la Mujer, que este año lleva por lema “Empoderando a las Mujeres, Empoderando a la Humanidad: ¡Imagínalo!“. En palabras de la propia organización internacional, este eslogan “recrea un mundo en el que cada mujer y cada niña puede escoger sus decisiones, tales como participar en la política, educarse, tener sus propios ingresos, vivir en sociedades sin violencia ni discriminación”.

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