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Posts Tagged ‘emigrantes’

Publicado en Wadi As en su edición del 27 de febrero de 2015 

¿Tan aciago es nuestro presente continuo que andamos siempre enredando con eso del más allá? Choca que las voces de ultratumba sean lo que nos vaya a alegrar el día, pero a los hechos me remito y, cuando sale a la luz algún caso de casas encantadas, no me puedes negar que el asunto no invite a tertulia hasta con el vecino malafollá. Incluso te haces el encontradizo con la cotilla a la que evitas en circunstancias normales. Que sí, que gusta el folcloreo ultramundano más que a un tonto un lápiz. ¡Como si en el más acá no hubiera motivos suficientes para chillar de espanto! Quizás sea precisamente por eso, esto es, por un exceso de berrinches pedestres, por lo que nos falta tiempo para perder éste, el tiempo, con mejunjes de supuestas propiedades mágicas –vendidos con la etiqueta de “medicina alternativa”-, con terapias más cercanas a la mano milagrera de los curanderos de pueblo que de las batas blancas de laboratorio/hospital, con vendedores de humo metidos en política. Vamos, pa’ echar a correr y no parar ni un segundo.

Ni una caterva de zombis hambrientos pisándonos los talones asustan tanto como los tremebundos efectos de una crisis que no es sólo de parné. El espíritu es la parte débil de esta historia; es lo que más se resiente. ¡Estos, los nuestros, sí que son espíritus resentidos, y no los que dicen buscan saldar cuentas con los vivos y se cuelan a través de la güija! ¡Más corpóreo que el crujío de tripas cuando el buche no está contento! ¡Más carnal que el tembleque que da el no saber de dónde sacar dinero pa’tanto pago pendiente! Pero no. Pese a ser tan fuertes y persistentes las señales del acabose que vienen del más acá, preferimos pensar en el más allá y en maldiciones y malas suertes ajenas al mundo que tocamos y pisamos, tentándonos más las historietas de vampiros salidorros, hombres lobo metrosexuales y diablos que visten de Prada.

Como muestra de esto que cuento está el relato de los hechos de más de un testigo directo de algo tan terrenal, terráqueo, térreo como el terremoto que, con epicentro en Ossa de Montiel, se ha dejado sentir días atrás en el centro de España. Algunos de los testimonios que hemos podido leer delatan cómo lo inexplicable sobrenatural es lo primero que viene a la cabeza. Describiendo aquellos momentos de temblor, ha habido quien ha hablado de “perros ladrando al misterio”, de gorros y sombreros colocados en la pared que “tomaron vida ellos solos”… lo esotérico, lo paranormal, en definitiva, como respuesta automática ante una situación extraordinaria sobrevenida. Así las cosas se explica que, de lo más leído sobre el seísmo, haya sido la historia del enterrador de Ossa que se encontraba cavando una tumba justo cuando tuvieron lugar los temblores y el consiguiente mal rato que pasó viendo vibrar el panteón de enfrente. El morbillo apocalíptico nos puede. Semos asín.

Claro que, como antes apuntaba, dado el panorama existente, es normal que se nos dispare el automático y que rápidamente huyamos a lo fantasioso para escapar lo antes posible de la tétrica realidad. Para experiencia de terror, el reciente Debate sobre el Estado de la Nación, en el que las ideas de regeneración brillaron por su ausencia, en el que sobraron por su presencia los típicos rifirrafes en un triste parlamento donde hubo poca palabra bien dicha. Desde luego que, con esta actitud, ni estos políticos ni los que esperan turno en el banquillo nos van a sacar de la crisis tan bestia que padecemos. Con hondo pesar –que ya quisieran para sí las almas en pena de las psicofonías- recibimos los expatriados todas estas noticias, que enfrían nuestras expectativas de regreso. Vamos, que tenemos purgatorio pa´rato.

En resumen, que puedo entender que, precisamente por lo terroríficas que son las señales del más acá, haya tanto compatriota entregado a la causa del más allá, pero no comparto este recurrente recurso a lo irreal, a la charlatanería, a la superstición. Es más bien tener los pies en la tierra lo que hace falta para cambiar las cosas. Dosis de realidad por un tubo.

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Publicado en Wadi As en la edición del 22 de agosto de 2014

 

No pueden hacerse una idea de lo bien que me lo paso metiéndome en la piel de uno/a cualquiera que veranea en Guadix. Tampoco creo que puedan hacerse ni la más mínima idea de lo complicado que resulta este “teletransporte emocional” que uso y del que abuso para escribir estos artículos que titulo como “Historias de verano”. Difícil máxime cuando, como a mí me sucede, se vive en un lugar donde el calor estival se despide hasta la próxima temporada a principios de agosto, sí, de agosto, mes que en España es sinónimo de grandes ciudades desiertas y pueblos pequeños con más tránsito del habitual; de playas, piscinas, pozas abarrotás; de chiringuitos, bares, heladerías sin mesas libres. Aquí en Berlín hace ya fresco como el que se aloja en Guadix cuando pasa la feria. Además, se deja sentir ya el avance progresivo de la noche sobre el día en atardeceres que van llegando poco a poco antes. Ya se va con zapato cerrao. Los críos, ya con parkillas. Por eso, cuando brilla Don Lorenzo y éste decide calentar –aunque raramente superando los 25 grados-, las terrazas de repente se llenan, el personal desenfunda esas gafas de sol arrumbadas al fondo de la mochila/bolso y el césped de cualquier parque se cubre rápidamente de mantas y pañuelos sobre los que la gente se sienta/tumba pa’zamparse lo que sea que se acaba de comprar… hay hambre de cálido verano. Suelo aprovechar estos momentos, puro espejismo de estío, para intentar sintonizar con ese otro verano auténtico 100% que tenéis “allí bajos” y emprender, pues, ese viaje por las vivencias que son de allí propias en esta época del año.

Hoy, sin embargo, me he quedado atascada a mitad camino. Me he quedado atrapada entre dos mundos, entre mi aquí y ahora y el allí y entonces. Supongo que esta sensación de no sentirse completamente ni de aquí ni de allí la tiene todo aquel que vive fuera de su contexto natural, emigrantes, expatriados, todos aquellos que salieron un día de su pueblo, de su país, para afincarse en otro pueblo, en otro país. Agosto es mes en el que buena parte de los que se marcharon, vuelven para reencontrarse con familia y amigos y también para constatar –al menos a mi me ocurre- cómo cada vez va quedando menos de aquel sitio que dejaron/dejamos y que idealizan/idealizamos desde su/nuestro aquí, en la distancia. Pero, aún con todo, cuando se puede, nos gusta ir y hablar con la gente y pasear por sus calles y participar en actividades y salir de tapeo y quejarnos más o menos de lo mismo de siempre y emocionarnos más o menos con lo mismo de siempre. Entiéndannos, queridos paisanos, a todos nosotros, emigrantes, expatriados, como quieran llamarnos, cuando vean que nos quedamos embobaos mirando lo que, sospechan -y con razón-, hemos mirado taitantas mil veces, porque no es sencillo, en absoluto, conciliar pasado y presente cuando la vida te lleva a paraderos tan distintos y distantes.

 

Calle de la Concepción. Guadix

Calle de la Concepción. Guadix

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Publicado en Wadi As en su edición del 18 de octubre de 2013

 

No es que uno se pase el día llorando envuelto en la tela roja y gualda que echó en la maleta para no olvidar de dónde viene. Pero sí que, de vez en cuando, y cuando uno menos se lo espera, se hace un silencio que precede a un vacío que se abre dentro aplastando las tripas, que seca el gaznate y que derrama sobre la tez, fría por esta rigidez sobrevenida, unas cuantas lágrimas, al revivir sensaciones que nos hablan de España: sol, “¡Buenos días!”, chascarrillos en el ascensor, madres estrujando a besos a sus hijos, pincho de chorizo y tortilla de patatas, meriendas al calor de la mesa-camilla, “¡Pago esta ronda!”, cupón “de los ciegos”, abuelos a pie de obra, tostadita de media mañana, tertulias en la sala de espera del ambulatorio, niños de Comunión en el mes de mayo, el aroma a mar hasta en el pueblo más alejado de la costa en esas pescaderías que rebosan género fresco, fachadas de ladrillo visto, grupos de amigos charlando por la calle, guisos de cuchara, incienso y corneta en noches primaverales de luna llena, pan crujiente, edificios municipales de los 90 diseñados con un gusto horrendo, el arroz de los domingos, coches tuneados con las ventanillas bajadas con rumbas a todo volumen, olor a suavizante y a sopa de fideos en los patios de luces, luz incluso en el día invernal más oscuro, taxistas con la banderita del Atleti o del Betis colgando del retrovisor, doce uvas en Nochevieja, la humedad que desprenden las callejas adoquinadas y las casas de piedra de los cascos históricos, quedadas improvisadas, “la Roja”, viejas con el pelo cardao y colonia de lavanda, cervecilla con los compañeros a la salida del trabajo, tute y dominó, Paquito el Chocolatero, siesta, mañana de los Reyes Magos con juguetes y carbón dulce, … España, tan cerca en el recuerdo, tan lejos en el presente con tanto deterioro institucional, desfalco especulador, desafío independentista, desequilibrio social, derrotismo moral, desazón emocional, que nos sirve la prensa patria día tras día.

 

Cuando arrea el calambrazo nostálgico, breve pero intensamente sentimos qué poquito tenemos que ver con las gentes de las ciudades que nos acogen, no ya debido al idioma, sino por la forma tan distinta que tienen de mirar, de pensar, y de contar chistes, y hasta de sorber el café. Pero, sin embargo, es en estas tierras tan ajenas a nuestra idiosincrasia donde se ha encontrado el acomodo que la Madre Patria no ha ofrecido… y no parece estar buscando, a tenor de las malas nuevas que llegan, clara “invitación” a ejercitar la resignación y prorrogar la estancia. No hay voluntad para que las cosas cambien, por avenirse a acuerdos, por aparcar las siglas y hacer política por y para España. Malo si hasta para decir “España” hay que pedir permiso/perdón. Pues muy bien. Que siga esto así. Mientras tanto, los que estamos fuera tendremos que conformarnos con nuestras sacudidas patrióticas que, aunque duelen, mantienen encendida la esperanza/ilusión del regreso.

 

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