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Posts Tagged ‘España’

A riesgo de que me digáis “¡Que esto ya no es así!” o “¡Que esto no es así en to’s laos!”, me atrevo a incluir la verbena entre lo typical spanish. Que sí, que saraos bailongueros se registran en distintos puntos del planeta, distantes entre sí en kilómetros y en cuanto a hábitos y creencias, pero lo que encierra tal término obedece a usos y costumbres, formas de ser y maneras de vivir fácilmente identificables en quienes habitan eso que se viene llamando España. Me da un vértigo terrible asomarme a la ventana y no reconocer lo que se abre ahí, delante, pues soy consciente de que en estos siete años siete que llevo viviendo más allá de la marca pirenaica el reloj no se ha parado allí, como tampoco lo ha hecho en este Berlín que hoy piso, muy diferente del que me recibió, pese a que sigue rebosando de gruñones y malhumorados, algo que le es tan idiosincrásico como el “currywurst” (salchicha aliñada con kétchup y curry) o los trocitos de muro “de pega” de las tiendas de souvenir.

Que sí, que hemos cambiado. Que semos distintos queda claro apenas meta uno el hocico en las redes sociales y le eche un vistazo a los mensajes escritos en la lengua de Cervantes y que atañen a lo que se guisa en el caldero patrio. Además de por las inmisericordes faltas de ortografía y de lógica del discurso, se caracterizan por ir a la yugular del otro, enemigo por el mero hecho de discrepar. El muro de Facebook ha devenido en paredón y los gorjeos del pajarito tuitero, en fuego cruzado que acaba incluso con los que tan solo pasaban por ahí y salen mal parados a poco que trinen. Este panorama donde solo buenos y malos tienen cabida, aun siendo engendro añejo, sí que se ha impuesto en el debate público últimamente. Modernidad acuñada en viejos moldes.

Pues eso, “distintísimos” en tiempo y también en espacio. Pero, aun con todo y, a pesar de los esfuerzos de algunos por remarcar las diferencias entre regiones, provincias, comarcas y arrinconar lo que nos une, existen expresiones populares que continúan dándose en distintos lugares de nuestra geografía y que se refieren a eso mismo que corre por nuestras venas, hechas de una pasta que nada tiene que ver, por ejemplo, con la que usan aquí, a la ribera del Spree. Y, a este respecto, hay cosas que no varían sustancialmente de una ciudad española a otra. Que niños y ancianos, bailongos y patosos, cantarines y desafinados natos bailoteen y canturreen por igual “La zarzamora”, “Corazón salvaje” o “Black is black” ante familiares, vecinos y amigos, habla sobre esa polivalencia tan nuestra. Aunque no ejecutemos con precisión los pasos de una coreografía, salimos airosos del brete. Servimos pa’ un roto y un descosío, en este y otros contextos, versatilidad que nos parece natural, pero no lo es: no la traen de fábrica en otras latitudes. En Berlín es normal que quien tiene inclinación por el baile, no dude en gastarse un dinerito en academias para impresionar a la concurrencia cuando pone un pie en la pista. No dejan nada en manos de la improvisación. Pero nosotros, cada cual con el talento que Dios nos ha dado, sin pudor alguno nos lanzamos a coger de la cintura a quien sea que esté dispuesto a formar la conga de Jalisco, las hileras del “sirtaki” de Zorba el Griego o seguir el cha-ca-chá del tren, cuando suenan estas canciones en la verbena. ¿Que no nos sabemos la letra? Pues movemos la boca y con desparpajo la adaptamos a algo que suene similar. Esto que, en mentalidades cocidas bajo otros soles, es inconcebible, nosotros lo hacemos sin más. Lo importante es echar un ratico bueno, que el conjunto musical interprete un repertorio variadito -adorable concepto el del “popurrí”, tan delicioso como el de la “pachanga”- y que los presentes se muestren contentos y relajados como para que nos sintamos animados a participar.

Un bodorrio sin verbena que cierre no da las nupcias por oficiadas. No hay fiesta de barrio o pueblo sin su escenario para, al menos, un casio y un cantante todoterreno que lo mismo entona “Maldito duende” de Héroes del Silencio que “Yellow submarine” de los Beatles. A los que se empeñan en lo que distingue a un murciano de un gallego, les digo que siempre nos quedarán los edificios de los años 60 de ladrillo visto, la caña de cerveza fresquita y, ¡cómo no!, la verbena, para echar por tierra sus maximalismos.

Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su edición de septiembre de 2017

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En sus meses de frío, que son unos cuantos, Berlín suele teñir su cielo y, por extensión, lo que hay bajo él, de un gris perla, gris plomo, gris que levanta y acuesta al día, obra y gracia de unas nieblas y demás nubes dispuestas a diferentes alturas. Tono de gris que, por lo muy común que es en estas latitudes, merece apellidarse como la capital alemana, “gris-Berlín”, igual que Madrid podría patentar el negro anaranjado/el naranja negruzco de sus cielos nocturnos (“negro-Madrid”) o Guadix el celeste intenso que señorea sus cielos diurnos durante casi todo el año (“azul-Guadix”). Va a resultar, a la vista de lo visto, que de los lugares que han formado parte de mi vida archivo sus colores, o sea, su luz, como recurrente souvenir. Bueno, no solo…

Gris-Berlín

Gris-Berlín

Creo haber pasado ya las etapas más turbulentas de la migración y superado el duelo de la partida. Tras la euforia inicial, la confrontación posterior, la inconsolable nostalgia subsiguiente y la tentación de la huida, vivo ahora un momento de calma emocional, en el que escuece bien poco que en España me llamen “la berlinesa” y en Berlín “la española”, en el que la identidad deja de ser un conflicto permanente para pasar a convertirse en el mural donde todo cabe y nada desentona. Por eso, no esperen encontrar en este escrito que pretendo dedicar a Andalucía un discurso de exaltación regionalista. Cuando una madre ha llamado a su hija al grito de “¡Anda, Lucía, ven!” en un castellano dulzonamente caribeño, justo a unos metros de mí en una calle de esta ciudad hoy pintada de ese gris-Berlín antes referido, las primeras sensaciones, las primeras imágenes que me han llegado aparejadas a la combinación sonora “anda-lucía” no han sido ni la de carretas rocieras, playas hasta la bandera o faldas de volantes sacudidas al son del rasgueo aflamencado de una guitarra, ni la de un cortador de jamón, un espeto de sardinas o una dolorosa entre velas, sino que han venido de donde guardo el olor a aceite de las almazaras, y el de los pinos calentados por el sol, también generoso con las aromáticas a las que les basta una chispa de lluvia para subsistir, y el de los cerros de arcilla que se van secando tras la tormenta, y el que sale de las casas viejas a una humedad que condensa agua e historias pa’aburrir, y el aroma a limpio de los trapos colgados en las cuerdas en balcones y terrazas, y el de las alacenas, fragancia mezcla de especias, bollos de horno y embutido oreado o echado en aceite, y el de los palos recién removidos en lumbres que calientan y en las que incluso se guisan comidas de recetas antiquísimas sin prisa alguna. Es en impresiones como la que dejan esos olores recolectados un día cualquiera en un lugar cualquiera del sur de España, es en ese poso que queda a partir de esto, eso y aquello de unos y otros, donde mi corazón ha anclado mi idea de Andalucía, quizás, interpreto yo, porque hay escasas posibilidades de que las realidades que evocan cambien a cada poco y, por tanto, evitar así la ocasión para el desencanto y el desapego y el desarraigo que sobrevienen cuando se vuelve y se comprueba que no existe nada de lo que uno allí conoció. “¡Lucía, anda, ven!”, le repite la madre a la hija, que me mira extrañada tal vez por la atención que les presto. Les estoy tan agradecida por haberme hecho sentir Andalucía, sin ellas quererlo ni yo buscarlo, que les doy lo mejor que ahora les puedo ofrecer: un “adiós” con acento accitano.

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Curioso cómo las palabras cambian ligeramente de sentido y significado en función del momento histórico en el que se usen y de quien o quienes las empleen. Hay dos que abarrotan discursos de rabiosa actualidad y son “pueblo” y “gente”. Pues bien, hubo un tiempo, no muy lejano, en el que el “pueblo” y la “gente” no se ponía verde por Twitter, sino en las esquinas de las plazoletas, los talleres de modistillas, las barras de las tabernas y, por supuesto, en los antaño muros de Facebook que eran los corrillos de sillas de anea ante las puertas de las casas, ocasión perfecta, asimismo, para enseñar los retratos de los críos o el refajo recién bordado. De los años a los que me refiero era raro que una pareja no echase un baile en la verbena de las fiestas del barrio o del pueblo, meeting point de niños, jóvenes y ancianos, y aquella gente tenía por muy suyos pasacalles, pavanas, valses, fandanguillos, mazurcas, pasodobles, piezas muchas incluidas en zarzuelas, por cierto, y cuyos estribillos más pegadizos la gente, el pueblo canturreaba, silbaba camino de los lavaderos, del mercado de ganado, mientras guisaban, remendaban, trabajaban la tierra. Eran tan, tan del pueblo que tampoco era extraño ver grupos de muchachos que, con guitarras, bandurrias y laúdes, iban aquí y allá de serenata tocándolas, cantándolas. Estando, pues, todas estas manifestaciones tan unidas a la vida de la gente, del pueblo, son hoy día, sin embargo, denostadas por muchos de esos a los que se les llena la boca de tanto “pueblo” y tanta “gente” y, ¡claro!, ya no tienen hueco para el pueblo y la gente de hace unos años. Lo que proceda del “pueblo” y la “gente” de ahora es cool; lo de antes, propio de pueblerinos en lo que no interesa ahondar. Creo que más por desconocimiento y pereza de querer saber que por cualquier otra razón, se le ha colgado el sambenito de viejo, rancio, ñoño, caduco y casposo a una parte de la historia musical de nuestro país que, por supuesto, no les quepa la menor duda que, de haber sido composiciones paridas bajo otros soles, tendrían un reconocimiento muy distinto. Pero los españoles semos así. No hace falta que venga nadie de fuera a ponernos zancadillas, que ya nosotros mismos nos encargamos de fustigarnos y avergonzarnos y darnos de garrotazos hasta en el carné de identidad. La identidad… esa eterna asignatura pendiente.

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Pero hoy no acudo al encuentro con ustedes para hablar sobre este asunto mayúsculo, sino de otro menor pero que tiene también su importancia y es la tremenda injusticia que cometemos al minusvalorar la música popular española. Me referiré solo a lo creado y versionado en los dos últimos siglos. Habría composiciones dignas y otras no tanto, pero todas, ¡hala!, se han metido en el mismo saco de un costumbrismo que no sirve ni como madera de hoguera, según los cánones actuales. No se da ni siquiera la oportunidad de echar la vista atrás y evaluar qué puede ser rescatado. No, no vale. Es viejo, rancio, ñoño, caduco, casposo y punto. Cambiar la visión sobre algo que está tan asentado es difícil y se convierte en sumamente complicado cuando el matiz es negativo, pero no es tarea imposible y creo que en Guadix podemos poner nuestro granito de arena y hacer por revertir esta tendencia tan perniciosa por lo que tiene de excluyente, al impedir el conocimiento, estudio y puesta en valor de una dimensión más de las muchas que definen una época. Y lo digo porque en Guadix y comarca ha habido bastante tradición rondallera. La reivindicación no debería quedarse en pedir que el Museo de la Ciudad en el que se está trabajando cuente con una sección dedicada al patrimonio musical accitano y, como parte de él, las agrupaciones de pulso y púa, que han sido muchas, sino en ver la manera de apoyar los grupos que siguen en activo e intentar revitalizar y captar a nuevos interesados, por ejemplo, organizando certámenes de rondallas, incluyendo la actuación de alguna orquesta de pulso y púa en la Guadix Clásica u ofertando, ¿por qué no?, cursos en los que el estudio musical se aplique a la interpretación de piezas para guitarra, bandurria y laúd. Seguro que los especialistas en la materia podrán aportar muchas más ideas al respecto que lo que se me ha ocurrido en este ratito durante el que esto escribo. Como todo, es cuestión de voluntad, de sentarse y de proponer esto y aquello. Merece la pena recuperar parte de nuestra historia y si, con ello, contribuimos a derribar prejuicios, batalla a la que uno debe estar siempre dispuesto, pues mejor que mejor.

Para, si no acabar con erróneos apriorismos, sí al menos empezar a desmontarlos, no hay remedio más certero que enfrentarse a ellos. Invito en especial a quienes, por imperativo categórico, tienen grabado a fuego que todo esto suena a viejo, ñoño, rancio, caduco, casposo, a escuchar la pavana de La mesonera de Tordesillas, de Torroba. En YouTube hay muchos vídeos de rondallas y orquestas interpretándola. Que elijan el que quieran. Y, si después, continúan pensando lo mismo, en serio tendrían que hacérselo ver o revisarse la cera de los oídos, porque, independientemente del gusto musical de cada cual, esta pieza desarma cualquier descalificación basada en generalizaciones vacuas.

 

Publicado en la revista Nieve y Cieno en su edición anual de 2017

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“Quince años son muchos años”, me decía el pasado 9 de septiembre mientras marchaba rumbo a la estación. Pensaba en esto con cierto pesar. Temía tener demasiado idealizado mi último Cascamorras vivido en carne y hueso, del que hacía tres lustros, y que mis ganas de pasármelo en grande hubiesen alimentado unas expectativas condenadas a estrellarse contra una realidad muy diferente, incapaz de corresponderse con lo imaginado. Pero no fue así. Todo lo contrario.

Ahí estaba yo, de nuevo, ante la cueva de la que, en una chispa, saldría el Cascamorras rodeado de sus más cercanos, iniciando así el recorrido que le llevaría por las calles de un Guadix, su Guadix, que le recibiría como un héroe, pese a regresar de Baza de vacío, pese a volver sin la Virgen de la Piedad otro año más… y van más de quinientos.

No sólo discurrió todo como recordaba -salvo variaciones menores-, como si esos quince años no hubiesen pasado, como si el tiempo se hubiera detenido: la verja que se abre; el corazón latiendo a ritmo de tambor, a disparo de cohete; el tacto de la pintura en los dedos; pompas de agua y pintura entre calcetín y zapatilla; chorreones de agua tintada, de pintura aguada bajando por la espalda, convirtiendo la camiseta en una segunda piel; la vista que se tiene de “los Cruces” y la Catedral en el descenso por la Carretera de Murcia; la rigidez de la cara cuando se seca la mezcla; cubazos de agua, manguerones de espuma; el murmullo de la multitud multicolor; sed, calor, caños, frío; sonrisas blancas en caras oscuras; cámaras pese al riesgo de mancha -la mancha hoy es alegría-; avenidas y callejuelas; en solitario, en pareja, en pandilla, en familia -de abuelo a nieto-; juras; palmas, gritos; portalón que se cierra; vivas; “¡Viva!”; silencio.

Es que lo que tuve la oportunidad de vivir superó con creces cualquier vaga idea, toda expectativa por muy alta que fuera. ¡Qué gentío! Gente en los balcones, en las aceras, pero sobre todo corredores, muchos, de todo tipo y edad. ¡Qué carrera más limpia, pese a ir todos guapos de churretes! ¡Qué tarde más espléndida, de temperatura ideal! Fue, por tanto, una ocasión de lujo para renovar los votos cascamorreros y, en consecuencia, y desde la convicción reforzada, hacer por convencer y seguir animando a cuantos más, mejor, a que participen en la carrera y demás actividades.

Queridos paisanos, queridas paisanas, permitidme que redunde en la idea que desarrollé durante el pregón que tuve el enorme honor de dar el año pasado, relativa a que la grandeza de la fiesta le viene por alzarse como símbolo de hermandad entre las ciudades implicadas, por haber sabido transformar en ocasión para el encuentro, lo que en su origen fue motivo de litigio. Litigio sin el cual, por otra parte, no habría habido fiesta, piques, por otro lado, naturales entre poblaciones próximas. El Cascamorras del siglo XXI no ejerce de mero recaero, sino más bien como representante de la buena disposición con la que Guadix y Baza se avienen a perpetuar esta antiquísima tradición, desde el respeto y el cariño recíprocos.

Así pues, la manera en la que se vive el Cascamorras actualmente, la importancia que cobra lo que nos une a accitanos y bastetanos, singulariza y diferencia éste de otros festejos populares con los que pueden existir semejanzas.

Así, el Cascamorras es puro color, como color hay en la Tomatina de Buñol, pero no sólo. Cascamorras viste un hato de colorines, como algunas Botargas, y lleva una cachiporra, como los Cascaborras, por ejemplo, pero no son estos los únicos atributos del personaje, similar, asimismo, a los bufones.

De la fiesta del Cascamorras rezuma también esa capacidad para regenerar entusiasmo y no cejar en el empeño como la que pueda haber en las cuadrillas de moros que año tras año hacen frente a las de cristianos, a sabiendas de su derrota, en las famosas representaciones que se celebran en cientos de pueblos de España.

El Cascamorras tiene vocación de ser disfrutada por quien sea de donde sea, eso sí, que quiera divertirse sin excesos ni desmadres.

Aun siendo cierto todo lo anterior, aun reuniendo todas estas características, lo que hace singular al Cascamorras es cómo ha llegado a nosotros, es qué significa la fiesta hoy día, cuyo objetivo no es otro que la repetición misma de un ritual querido, aceptado, compartido por dos ciudades, Guadix y Baza, que manifiestan así una rivalidad sana, que entierran una vieja pugna y sellan, en su lugar, un acuerdo de buena vecindad.

Peculiar es la leyenda de la que bebe -con milagro incluido-, particular es la indumentaria de los corredores -ataviados siempre con sus peores galas, usando pintura como maquillaje-, pintoresca en todo punto en su plano visual y plástico la fiesta del Cascamorras tiene un innegable mérito de pervivencia en una época instalada en lo efímero, de sobrevivir cuando tan poco valor se da a lo que viene heredado y tanto a lo que está de moda, y en este contexto posiciona la unión como un factor sin el cual no cabe ni puede ser entendida. Guadix y Baza, Baza y Guadix, bajo una misma tradición, una misma bandera, una misma devoción.

¡Viva la Virgen de la Piedad! ¡Viva Baza! ¡Viva Guadix! ¡Viva el Cascamorras!

El Cascamorras infantil a su paso por la plaza de la Catedral (2015)

El Cascamorras infantil a su paso por la plaza de la Catedral (2015)

 

Publicado en el cuaderno anual de la Hermandad accitana de la Virgen de la Piedad en su edición de 2016

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Hay canciones que te permiten volver a meterte en aquel suéter de listas, a calzar las j’hayber, a montar en la BH, a enfundarte de nuevo en la piel de aquel chico, de aquella chica que fuiste una vez, antes y al margen de novios/as y, por supuesto, de horarios de guarderías, de gritos del jefe, de malabares de fin de mes. Antes de todo eso estabas tú y tu pila de apuntes y tu acné y tus tira-y-aflojas con tus padres para que te dejasen regresar más tarde a casa y tus sueños del mañana. Y estabas tú y tu yo ante el espejo y, en vuestra íntima soledad, os permitíais ciertos lujos, como el de bailar y mover la boca, con un perfecto playback, mientras sonaba en tu walkman esa cinta recopilatoria de canciones que habías ido grabando de la radio y que, por tanto, o bien estaban cortadas o con las voces de los locutores o con parte de cuñas publicitarias, pero eso te daba igual; eran canciones que te gustaban mucho, muchísimo, salvoconducto para ese mundo en el que tú y tu reflejo os sentíais en la gloria ejerciendo respectivamente de original y copia. O, por supuesto, escuchando los casetes originales, esos que hoy conservas, si es que lo haces, junto con otros trastos, ayer reliquias, hoy rayando en la categoría de basura –nostálgica y entrañable, pero basura al fin y al cabo-, en una de las muchas cajas amontonadas en el sótano de la casa de tus padres, porque evidentemente en la tuya no hay sitio casi, casi ni para ti.

Este escrito, por tanto, pretende servir de homenaje a las canciones que te hacen rejuvenecer cuando las oyes, ya sea en la sala de espera del dentista de tu hijo, cuando por casualidad a los pinchadiscos de las radio fórmulas les da por hacer una pausa de buen gusto o cuando, atacado por los muchos frentes ante los que has de darlo todo cada día, vas con premeditación, alevosía y normalmente nocturnidad a tu ordenador y buscas la medicina que, sabes, va a aliviar la presión, al menos durante los minutos que dura el corte musical.

Entonces te asaltan con ello un montón de recuerdos y, lo primero, te viene un chute de energía que te lleva al instante a seguir el ritmo de la canción con el pie, incluso a reproducir parte de una letra que creías haber olvidado por completo. Y ya no puedes dejar de canturrearla. Al menos hasta el siguiente berrinche. Y entonces de nuevo planearás otra ocasión para la fuga de la mano de alguna de estas canciones de tu vida, banda sonora con la que montarías ese powerpoint definitivo sobre ti que ni el más cercano amigo o familiar tuyo logrará jamás  prepararte.

El anuncio de la vuelta de los Cero me ha llevado a recordar algunos de esos momentos en los que consiguen quitarme arrugas en el alma y despejar sombras en el ánimo el estribillo, el organillo, el punteo, la escala de esa, de esa otra, de aquella canción. Porque sí, algún que otro tema de esta banda granaína se cuela en mi fondo de armario musical junto con otros que, tal y como está el negocio éste de la música, no se comerían hoy día un colín. No eran bellezones ni llenaban portadas de revistas por sus escandalosas vidorras ni protagonizaban videoclips subiditos de tono. Muchos de los de mi lista eran chicos de barrio a los que les unía el amor al arte de incorporarle a un ritmo pegadizo una letra de rima agradable y hacerlo, además, con un estilillo que les diferenciaba de los demás. No quiero sonar carca al sumarme a esa causa relativamente general de considerar icónica la producción musical de los 80, década que en especial en España parió muchísimo y para todos los gustos y, lo mejor y lo que la hace significativa, a cada cual más auténtico. Cada cual defendía una forma de tocar, de estar sobre el escenario, de entonar y seguir las melodías. Total, que a propósito de la gira de 091 tras 20 años desde su separación me he dedicado unos cuantos de esos raticos antioxidantes y reparadores que nuestro body necesita con frecuencia para sentirse vivo.

 

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Publicado en Wadi As Información en su edición del 21 de noviembre de 2015

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Publicado en Wadi As en su edición del 27 de febrero de 2015 

¿Tan aciago es nuestro presente continuo que andamos siempre enredando con eso del más allá? Choca que las voces de ultratumba sean lo que nos vaya a alegrar el día, pero a los hechos me remito y, cuando sale a la luz algún caso de casas encantadas, no me puedes negar que el asunto no invite a tertulia hasta con el vecino malafollá. Incluso te haces el encontradizo con la cotilla a la que evitas en circunstancias normales. Que sí, que gusta el folcloreo ultramundano más que a un tonto un lápiz. ¡Como si en el más acá no hubiera motivos suficientes para chillar de espanto! Quizás sea precisamente por eso, esto es, por un exceso de berrinches pedestres, por lo que nos falta tiempo para perder éste, el tiempo, con mejunjes de supuestas propiedades mágicas –vendidos con la etiqueta de “medicina alternativa”-, con terapias más cercanas a la mano milagrera de los curanderos de pueblo que de las batas blancas de laboratorio/hospital, con vendedores de humo metidos en política. Vamos, pa’ echar a correr y no parar ni un segundo.

Ni una caterva de zombis hambrientos pisándonos los talones asustan tanto como los tremebundos efectos de una crisis que no es sólo de parné. El espíritu es la parte débil de esta historia; es lo que más se resiente. ¡Estos, los nuestros, sí que son espíritus resentidos, y no los que dicen buscan saldar cuentas con los vivos y se cuelan a través de la güija! ¡Más corpóreo que el crujío de tripas cuando el buche no está contento! ¡Más carnal que el tembleque que da el no saber de dónde sacar dinero pa’tanto pago pendiente! Pero no. Pese a ser tan fuertes y persistentes las señales del acabose que vienen del más acá, preferimos pensar en el más allá y en maldiciones y malas suertes ajenas al mundo que tocamos y pisamos, tentándonos más las historietas de vampiros salidorros, hombres lobo metrosexuales y diablos que visten de Prada.

Como muestra de esto que cuento está el relato de los hechos de más de un testigo directo de algo tan terrenal, terráqueo, térreo como el terremoto que, con epicentro en Ossa de Montiel, se ha dejado sentir días atrás en el centro de España. Algunos de los testimonios que hemos podido leer delatan cómo lo inexplicable sobrenatural es lo primero que viene a la cabeza. Describiendo aquellos momentos de temblor, ha habido quien ha hablado de “perros ladrando al misterio”, de gorros y sombreros colocados en la pared que “tomaron vida ellos solos”… lo esotérico, lo paranormal, en definitiva, como respuesta automática ante una situación extraordinaria sobrevenida. Así las cosas se explica que, de lo más leído sobre el seísmo, haya sido la historia del enterrador de Ossa que se encontraba cavando una tumba justo cuando tuvieron lugar los temblores y el consiguiente mal rato que pasó viendo vibrar el panteón de enfrente. El morbillo apocalíptico nos puede. Semos asín.

Claro que, como antes apuntaba, dado el panorama existente, es normal que se nos dispare el automático y que rápidamente huyamos a lo fantasioso para escapar lo antes posible de la tétrica realidad. Para experiencia de terror, el reciente Debate sobre el Estado de la Nación, en el que las ideas de regeneración brillaron por su ausencia, en el que sobraron por su presencia los típicos rifirrafes en un triste parlamento donde hubo poca palabra bien dicha. Desde luego que, con esta actitud, ni estos políticos ni los que esperan turno en el banquillo nos van a sacar de la crisis tan bestia que padecemos. Con hondo pesar –que ya quisieran para sí las almas en pena de las psicofonías- recibimos los expatriados todas estas noticias, que enfrían nuestras expectativas de regreso. Vamos, que tenemos purgatorio pa´rato.

En resumen, que puedo entender que, precisamente por lo terroríficas que son las señales del más acá, haya tanto compatriota entregado a la causa del más allá, pero no comparto este recurrente recurso a lo irreal, a la charlatanería, a la superstición. Es más bien tener los pies en la tierra lo que hace falta para cambiar las cosas. Dosis de realidad por un tubo.

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Publicado en Wadi As en la edición del 22 de agosto de 2014

 

No pueden hacerse una idea de lo bien que me lo paso metiéndome en la piel de uno/a cualquiera que veranea en Guadix. Tampoco creo que puedan hacerse ni la más mínima idea de lo complicado que resulta este “teletransporte emocional” que uso y del que abuso para escribir estos artículos que titulo como “Historias de verano”. Difícil máxime cuando, como a mí me sucede, se vive en un lugar donde el calor estival se despide hasta la próxima temporada a principios de agosto, sí, de agosto, mes que en España es sinónimo de grandes ciudades desiertas y pueblos pequeños con más tránsito del habitual; de playas, piscinas, pozas abarrotás; de chiringuitos, bares, heladerías sin mesas libres. Aquí en Berlín hace ya fresco como el que se aloja en Guadix cuando pasa la feria. Además, se deja sentir ya el avance progresivo de la noche sobre el día en atardeceres que van llegando poco a poco antes. Ya se va con zapato cerrao. Los críos, ya con parkillas. Por eso, cuando brilla Don Lorenzo y éste decide calentar –aunque raramente superando los 25 grados-, las terrazas de repente se llenan, el personal desenfunda esas gafas de sol arrumbadas al fondo de la mochila/bolso y el césped de cualquier parque se cubre rápidamente de mantas y pañuelos sobre los que la gente se sienta/tumba pa’zamparse lo que sea que se acaba de comprar… hay hambre de cálido verano. Suelo aprovechar estos momentos, puro espejismo de estío, para intentar sintonizar con ese otro verano auténtico 100% que tenéis “allí bajos” y emprender, pues, ese viaje por las vivencias que son de allí propias en esta época del año.

Hoy, sin embargo, me he quedado atascada a mitad camino. Me he quedado atrapada entre dos mundos, entre mi aquí y ahora y el allí y entonces. Supongo que esta sensación de no sentirse completamente ni de aquí ni de allí la tiene todo aquel que vive fuera de su contexto natural, emigrantes, expatriados, todos aquellos que salieron un día de su pueblo, de su país, para afincarse en otro pueblo, en otro país. Agosto es mes en el que buena parte de los que se marcharon, vuelven para reencontrarse con familia y amigos y también para constatar –al menos a mi me ocurre- cómo cada vez va quedando menos de aquel sitio que dejaron/dejamos y que idealizan/idealizamos desde su/nuestro aquí, en la distancia. Pero, aún con todo, cuando se puede, nos gusta ir y hablar con la gente y pasear por sus calles y participar en actividades y salir de tapeo y quejarnos más o menos de lo mismo de siempre y emocionarnos más o menos con lo mismo de siempre. Entiéndannos, queridos paisanos, a todos nosotros, emigrantes, expatriados, como quieran llamarnos, cuando vean que nos quedamos embobaos mirando lo que, sospechan -y con razón-, hemos mirado taitantas mil veces, porque no es sencillo, en absoluto, conciliar pasado y presente cuando la vida te lleva a paraderos tan distintos y distantes.

 

Calle de la Concepción. Guadix

Calle de la Concepción. Guadix

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