Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘expatriados’

En sus meses de frío, que son unos cuantos, Berlín suele teñir su cielo y, por extensión, lo que hay bajo él, de un gris perla, gris plomo, gris que levanta y acuesta al día, obra y gracia de unas nieblas y demás nubes dispuestas a diferentes alturas. Tono de gris que, por lo muy común que es en estas latitudes, merece apellidarse como la capital alemana, “gris-Berlín”, igual que Madrid podría patentar el negro anaranjado/el naranja negruzco de sus cielos nocturnos (“negro-Madrid”) o Guadix el celeste intenso que señorea sus cielos diurnos durante casi todo el año (“azul-Guadix”). Va a resultar, a la vista de lo visto, que de los lugares que han formado parte de mi vida archivo sus colores, o sea, su luz, como recurrente souvenir. Bueno, no solo…

Gris-Berlín

Gris-Berlín

Creo haber pasado ya las etapas más turbulentas de la migración y superado el duelo de la partida. Tras la euforia inicial, la confrontación posterior, la inconsolable nostalgia subsiguiente y la tentación de la huida, vivo ahora un momento de calma emocional, en el que escuece bien poco que en España me llamen “la berlinesa” y en Berlín “la española”, en el que la identidad deja de ser un conflicto permanente para pasar a convertirse en el mural donde todo cabe y nada desentona. Por eso, no esperen encontrar en este escrito que pretendo dedicar a Andalucía un discurso de exaltación regionalista. Cuando una madre ha llamado a su hija al grito de “¡Anda, Lucía, ven!” en un castellano dulzonamente caribeño, justo a unos metros de mí en una calle de esta ciudad hoy pintada de ese gris-Berlín antes referido, las primeras sensaciones, las primeras imágenes que me han llegado aparejadas a la combinación sonora “anda-lucía” no han sido ni la de carretas rocieras, playas hasta la bandera o faldas de volantes sacudidas al son del rasgueo aflamencado de una guitarra, ni la de un cortador de jamón, un espeto de sardinas o una dolorosa entre velas, sino que han venido de donde guardo el olor a aceite de las almazaras, y el de los pinos calentados por el sol, también generoso con las aromáticas a las que les basta una chispa de lluvia para subsistir, y el de los cerros de arcilla que se van secando tras la tormenta, y el que sale de las casas viejas a una humedad que condensa agua e historias pa’aburrir, y el aroma a limpio de los trapos colgados en las cuerdas en balcones y terrazas, y el de las alacenas, fragancia mezcla de especias, bollos de horno y embutido oreado o echado en aceite, y el de los palos recién removidos en lumbres que calientan y en las que incluso se guisan comidas de recetas antiquísimas sin prisa alguna. Es en impresiones como la que dejan esos olores recolectados un día cualquiera en un lugar cualquiera del sur de España, es en ese poso que queda a partir de esto, eso y aquello de unos y otros, donde mi corazón ha anclado mi idea de Andalucía, quizás, interpreto yo, porque hay escasas posibilidades de que las realidades que evocan cambien a cada poco y, por tanto, evitar así la ocasión para el desencanto y el desapego y el desarraigo que sobrevienen cuando se vuelve y se comprueba que no existe nada de lo que uno allí conoció. “¡Lucía, anda, ven!”, le repite la madre a la hija, que me mira extrañada tal vez por la atención que les presto. Les estoy tan agradecida por haberme hecho sentir Andalucía, sin ellas quererlo ni yo buscarlo, que les doy lo mejor que ahora les puedo ofrecer: un “adiós” con acento accitano.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Anuncios

Read Full Post »

Publicado en Wadi As en su edición del 27 de febrero de 2015 

¿Tan aciago es nuestro presente continuo que andamos siempre enredando con eso del más allá? Choca que las voces de ultratumba sean lo que nos vaya a alegrar el día, pero a los hechos me remito y, cuando sale a la luz algún caso de casas encantadas, no me puedes negar que el asunto no invite a tertulia hasta con el vecino malafollá. Incluso te haces el encontradizo con la cotilla a la que evitas en circunstancias normales. Que sí, que gusta el folcloreo ultramundano más que a un tonto un lápiz. ¡Como si en el más acá no hubiera motivos suficientes para chillar de espanto! Quizás sea precisamente por eso, esto es, por un exceso de berrinches pedestres, por lo que nos falta tiempo para perder éste, el tiempo, con mejunjes de supuestas propiedades mágicas –vendidos con la etiqueta de “medicina alternativa”-, con terapias más cercanas a la mano milagrera de los curanderos de pueblo que de las batas blancas de laboratorio/hospital, con vendedores de humo metidos en política. Vamos, pa’ echar a correr y no parar ni un segundo.

Ni una caterva de zombis hambrientos pisándonos los talones asustan tanto como los tremebundos efectos de una crisis que no es sólo de parné. El espíritu es la parte débil de esta historia; es lo que más se resiente. ¡Estos, los nuestros, sí que son espíritus resentidos, y no los que dicen buscan saldar cuentas con los vivos y se cuelan a través de la güija! ¡Más corpóreo que el crujío de tripas cuando el buche no está contento! ¡Más carnal que el tembleque que da el no saber de dónde sacar dinero pa’tanto pago pendiente! Pero no. Pese a ser tan fuertes y persistentes las señales del acabose que vienen del más acá, preferimos pensar en el más allá y en maldiciones y malas suertes ajenas al mundo que tocamos y pisamos, tentándonos más las historietas de vampiros salidorros, hombres lobo metrosexuales y diablos que visten de Prada.

Como muestra de esto que cuento está el relato de los hechos de más de un testigo directo de algo tan terrenal, terráqueo, térreo como el terremoto que, con epicentro en Ossa de Montiel, se ha dejado sentir días atrás en el centro de España. Algunos de los testimonios que hemos podido leer delatan cómo lo inexplicable sobrenatural es lo primero que viene a la cabeza. Describiendo aquellos momentos de temblor, ha habido quien ha hablado de “perros ladrando al misterio”, de gorros y sombreros colocados en la pared que “tomaron vida ellos solos”… lo esotérico, lo paranormal, en definitiva, como respuesta automática ante una situación extraordinaria sobrevenida. Así las cosas se explica que, de lo más leído sobre el seísmo, haya sido la historia del enterrador de Ossa que se encontraba cavando una tumba justo cuando tuvieron lugar los temblores y el consiguiente mal rato que pasó viendo vibrar el panteón de enfrente. El morbillo apocalíptico nos puede. Semos asín.

Claro que, como antes apuntaba, dado el panorama existente, es normal que se nos dispare el automático y que rápidamente huyamos a lo fantasioso para escapar lo antes posible de la tétrica realidad. Para experiencia de terror, el reciente Debate sobre el Estado de la Nación, en el que las ideas de regeneración brillaron por su ausencia, en el que sobraron por su presencia los típicos rifirrafes en un triste parlamento donde hubo poca palabra bien dicha. Desde luego que, con esta actitud, ni estos políticos ni los que esperan turno en el banquillo nos van a sacar de la crisis tan bestia que padecemos. Con hondo pesar –que ya quisieran para sí las almas en pena de las psicofonías- recibimos los expatriados todas estas noticias, que enfrían nuestras expectativas de regreso. Vamos, que tenemos purgatorio pa´rato.

En resumen, que puedo entender que, precisamente por lo terroríficas que son las señales del más acá, haya tanto compatriota entregado a la causa del más allá, pero no comparto este recurrente recurso a lo irreal, a la charlatanería, a la superstición. Es más bien tener los pies en la tierra lo que hace falta para cambiar las cosas. Dosis de realidad por un tubo.

Read Full Post »

Publicado en Wadi As en la edición del 22 de agosto de 2014

 

No pueden hacerse una idea de lo bien que me lo paso metiéndome en la piel de uno/a cualquiera que veranea en Guadix. Tampoco creo que puedan hacerse ni la más mínima idea de lo complicado que resulta este “teletransporte emocional” que uso y del que abuso para escribir estos artículos que titulo como “Historias de verano”. Difícil máxime cuando, como a mí me sucede, se vive en un lugar donde el calor estival se despide hasta la próxima temporada a principios de agosto, sí, de agosto, mes que en España es sinónimo de grandes ciudades desiertas y pueblos pequeños con más tránsito del habitual; de playas, piscinas, pozas abarrotás; de chiringuitos, bares, heladerías sin mesas libres. Aquí en Berlín hace ya fresco como el que se aloja en Guadix cuando pasa la feria. Además, se deja sentir ya el avance progresivo de la noche sobre el día en atardeceres que van llegando poco a poco antes. Ya se va con zapato cerrao. Los críos, ya con parkillas. Por eso, cuando brilla Don Lorenzo y éste decide calentar –aunque raramente superando los 25 grados-, las terrazas de repente se llenan, el personal desenfunda esas gafas de sol arrumbadas al fondo de la mochila/bolso y el césped de cualquier parque se cubre rápidamente de mantas y pañuelos sobre los que la gente se sienta/tumba pa’zamparse lo que sea que se acaba de comprar… hay hambre de cálido verano. Suelo aprovechar estos momentos, puro espejismo de estío, para intentar sintonizar con ese otro verano auténtico 100% que tenéis “allí bajos” y emprender, pues, ese viaje por las vivencias que son de allí propias en esta época del año.

Hoy, sin embargo, me he quedado atascada a mitad camino. Me he quedado atrapada entre dos mundos, entre mi aquí y ahora y el allí y entonces. Supongo que esta sensación de no sentirse completamente ni de aquí ni de allí la tiene todo aquel que vive fuera de su contexto natural, emigrantes, expatriados, todos aquellos que salieron un día de su pueblo, de su país, para afincarse en otro pueblo, en otro país. Agosto es mes en el que buena parte de los que se marcharon, vuelven para reencontrarse con familia y amigos y también para constatar –al menos a mi me ocurre- cómo cada vez va quedando menos de aquel sitio que dejaron/dejamos y que idealizan/idealizamos desde su/nuestro aquí, en la distancia. Pero, aún con todo, cuando se puede, nos gusta ir y hablar con la gente y pasear por sus calles y participar en actividades y salir de tapeo y quejarnos más o menos de lo mismo de siempre y emocionarnos más o menos con lo mismo de siempre. Entiéndannos, queridos paisanos, a todos nosotros, emigrantes, expatriados, como quieran llamarnos, cuando vean que nos quedamos embobaos mirando lo que, sospechan -y con razón-, hemos mirado taitantas mil veces, porque no es sencillo, en absoluto, conciliar pasado y presente cuando la vida te lleva a paraderos tan distintos y distantes.

 

Calle de la Concepción. Guadix

Calle de la Concepción. Guadix

Read Full Post »