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Posts Tagged ‘feria’

Publicado en Wadi As Información en su edición del 6 de septiembre de 2014

Guadix está en fiestas. Y, ¿en qué consiste esto? ¿Qué se entiende, qué debemos entender por ello? No es que tengamos que colgarnos un traje de fiesta ni poner cara de fiesta ni quitarnos de la boca, aunque sea durante un par de días, lo de “¡pue’toy pa’unas fiestas!” –lamento parido al calor del cenizo accitano-. Digamos que, desde que se enciende la primera bombilla hasta que se cierran las puertas de Santo Domingo tras la llegada del Cascamorras, la tranquilidad que impregna el ritmo de Guadix se ve ligeramente alterada por la fiesta. Y, ¿qué es la fiesta?, me pregunto, les pregunto.

No me refiero a la fiesta que se monta uno con los suyos en su casa, en su campo, sino a la fiesta en comunidad. Al respecto, he oído de etnólogos y estudiosos de la fiesta como fenómeno, que se trata de una expresión nacida de la necesidad del individuo de sentirse parte de un grupo, esto es, que la fiesta se concibe como motivo de cohesión de grupo. Es decir, que la gente participa en las fiestas como manera de manifestar su pertenencia a un colectivo. Esto casa con la arenga que los/as pregoneros/as dirigen a sus convecinos en sus discursos y  con la que pretenden llamar a la vivencia en comunidad, defendiendo que no hay cosa que importe más que el simple hecho de juntarse en un ambiente distendido, lejano de los posibles desencuentros que hayan podido surgir en el trasiego diario.

No obstante, creo que existe otra razón más de peso que hace que se resistan a desaparecer las fiestas grandes de los pueblos -entendidos no ya como enclave demográfico, sino como comunidades conformadas por individuos a los que les unen intereses comunes-, pese a la tendencia a la homogeneización de los gustos por efecto de la globalización. Y es que el espíritu de la fiesta está muy ligado a la rebeldía, al deseo de trasgredir la norma -aunque sea un poquito- que todo el mundo tiene de vez en cuando. Frente a la rectitud que debe guiar el día a día, la fiesta se ofrece como contrapunto, como ocasión para mostrarse espontáneo, sin formalidades, para bailar y cantar como a uno le parezca, para vestir diferente, para comer y beber lo que no suele estar en el menú habitual, para regresar a casa a horarios poco usuales, para romper, en definitiva, los moldes de la rutina. Otro ejemplo claro es la pública de las fiestas, con los histriónicos cabezudos, con “los zancúos”, con las charangas y su pachanga verbenera. La fiesta contiene costumbre y tradición y convivencia, pero también transgresión.

Dejémonos, pues, contagiar por la vidilla que llena de sentido la fiesta. La fiesta no son los cacharros del ferial ni los puestecicos de complementos ni las casetas ni las actividades. Es disfrutar de lo infrecuente y hacerlo sin que nos reconozcamos en ello. Porque también en la vida se necesitan estos puntos de fuga.

Pública de las fiestas. Guadix 2015

Pública de las fiestas. Guadix 2015

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Publicado en Wadi As Información en el cuadernillo especial cultural editado en 2014

Viajo a tiempos en los que una de las pocas diversiones y distracciones que había al cabo del año era la feria, además, claro está, de las fiestas de los barrios, de las convidás por el santo de parientes y vecinos, de las merendolas en alameas y pinares cercanos, de Nochebuena y pare usted de contar. Eran tiempos en los que rara era la casa en la que había una niña y su madre o su abuela no le cosieran un vestido de gitana. Tiempos en los que se iba a la feria en familia y cada cual vistiendo sus mejores galas; había quienes incluso aguardaban a la puerta del ferial pa’ver entrar a la gente. Según me dicen, las mujeres lucían especialmente elegantes: de traje largo, con echarpes bordaos, estolas de encaje, zapatos de tacón.

Me refiero a tiempos en los que lo que hoy se conoce como “la zona del papeo” del ferial se ponía en el parque, que además acogía la caseta municipal. La feria “feria” era la de ganado y ésta se extendía a lo largo del cauce del río que atraviesa Guadix. Era el motor, la auténtica razón de ser de la feria de recreo, lo que resulta evidente dada la condición de Guadix de ciudad cabeza de una comarca vinculada al trabajo del campo. Años atrás, los animales eran imprescindibles para desarrollar labores agrícolas y, por supuesto, en la ganadería, y muchos también por servir para el transporte de carga. Allí mismo, en el cauce seco del río convertido durante esos días en recinto para el mercadeo, se montaban barras, a las que se arrimaban marchantes, tratantes y compradores en potencia pa’empinarse algún aguardiente, algún licor, pues entre trato y trato hacía falta echarse algo a la boca y mojar el gaznate, sequito de tanto cascar.

Entonces, el vendedor desmenuzaba pormenorizadamente las cualidades del animal que ofrecía con tanto esmero y tan al detalle como los pregoneros repasan su vínculo con Guadix en sus discursos inaugurales de feria. Entonces, la emoción estaba en el tira y afloja durante la negociación del precio de las bestias, y no tanto en las cosquillillas en el estómago que se forman yendo en la barca vikinga o la expectación ante los cartones del bingo. Pa’verborrea, la que tenía que emplear el vendedor cuando el comprador empezaba a dudar, y no la que gasta el jaleador de la tómbola. Pa’estampa, la de los negociantes y la del público que reunían alrededor, y no las escenas caricaturizadas en las carocas. Seguro que pa’más de un tratante, más de uno de los que se acercaban a ojear el género, les parecerían tan duros de mollera como rígidas son las caretas de los cabezudos y los gigantes de la pública de las fiestas. Entonces, en aquellas ferias, cerrar el trato era la traca fin de fiestas para el marchante, y de alguna manera también para el que se había hecho con el tipo de pieza que tenía justo en mente y por el precio más o menos barruntado.

A las puertas del ferial, los niños se subían a motos

A las puertas del ferial, los niños se subían a motos

En aquellos tiempos, a la entrada del parque había un caballo de cartón con pelo al viento al que se subían las niñas pa’hacerse “la foto de la feria”. También había una moto, motivo preferido por los niños, aunque tanto monta. Tiempos en los que los conciertos de la caseta municipal marcaban la referencia, pues era visitada por cantantes de rabiosa actualidad y por asistentes que la abarrotaban. Tiempos en los que en el antiguo cine-teatro Acci había espectáculos de revista y varietés y actuaciones de folclóricos de renombre. Tiempos de certamen de “reina y damas”. Tiempos de “barquillas”, “aviones”, “látigo”. Tiempos de bodegones, destinados a acoger la ingesta de los inigualables churros-tejeringos accitanos y el trago del café de cebá y el chocolate, además de anisetes y licores. Entonces se instalaban donde ahora está el parque infantil. Una estructura de palos sustentaba sábanas de lienzo moreno. La decoración en todos ellos rezumaba tipismo por los cuatro costados. De las “paredes” de tela, “se pillaban” macetillas, picos bordaos, braseros y perolas de cobre, jarrones de  cobre colorao con claveles. La marca del barrio del que fuera el churrero se dejaba ver tanto en el hecho de que muchos enseres y más de una de las mesas-camilla donde se servían los churros eran de vecinos suyos, como por el cuadro religioso que hubiese colgado, y que solía corresponder con la imagen titular de su parroquia o con algún santico que mereciera devoción en la iglesia del barrio. Porque no lo he dicho, pero por lo dicho queda claro que los bodegones los ponían churreros de Guadix.

Y las niñas, sobre el caballo de cartón

Y las niñas, sobre el caballo de cartón

No eran tiempos de caseteo de salao. Como mucho, antes de los bodegones, o en sustitución de ellos, la gente se compraba en puestecillos ambulantes cartuchos de papafritas en papel de estraza que cada cual salaba al gusto echando mano de un salero grande como un vaso, garrapiñadas, cocos, turrones, paquetillos de chufas, algodón de dulce, chucherías que perviven hoy día, aunque sin el éxito de antaño. No eran tiempos de pandillas de amigos. Se iba al ferial en familia. En familia también se iba al circo. Por entonces a las ferias accitanas acudían circos de empaque. Por Guadix pasaron el famoso domador Ángel Cristo y la trapecista Pinito del Oro, renombradas figuras del circo patrio. Muy celebrada entre críos y mayores era la ronda promocional de los circenses. Días antes de las funciones, recorría las calles de Guadix una furgoneta que tiraba de una jaula en la que había algún tigre, algún león, alguna fiera que más que miedo daba lástima, porque no era extraño que no se les marcase el espinazo. Aún así, el circo era una de las actividades de la feria de mayor acogida popular. Además del espectáculo en sí, los circos contaban con las rifas como gran aliciente. Los lotes de cacerolas de porcelana roja estaban entre los premios que más cundían en los hogares.

En el bodegón, al rico churro

En el bodegón, al rico churro

¿Que por qué hablo de estos tiempos? Porque me parece que aquellas ferias de Guadix tenían mucho de Guadix. Basta echar un vistazo a lo que nosotros, hoy, solemos hacer en la feria, a lo que nos encontramos en el ferial, y probemos a enumerar qué de estas cosas y hábitos podemos ver/seguir en la feria de cualquier otro sitio. En realidad, muchas, prácticamente, todas.

Nos dejamos llevar por la rutina de feria. Hay que cumplir y punto. Versión “padres con niños chicos”: que si montar al crío en los caballicos, tomarse un pinchito o similar y lo poco más que encarte. Versión juvenil: empaparse en las casetas del agua a mediodía, subirse a los coches de choque y a algún cacharro más y cerrar las carpas de discoteca al amanecer.

Me da la sensación de que el entusiasmo con el que quienes vivieron aquellas ferias de los 50 y 60 las recuerdan, se ha perdido con nuestras generaciones. Ya no apreciamos el valor del teatro, funciones que en los años 70 y 80 concentraban a muchísimos accitanos/as, tantos que se colgaba el “no hay billetes”, y que eran interpretadas por compañías de primerísima categoría. Ya no le vemos la novedad a lo de trasnochar un poco, a lo de arreglarse, a lo de comer comidas no usuales. Es lo que pasa cuando se tiene acceso a todo, que se le pierde gracia al asunto. Cuando lo de pisar el ferial era algo reservado para una, dos noches a lo sumo, y lo que allí se hacía era algo tan sacado de lo común, se entiende aquella ilusión de niños y grandes por la feria.

No se trata de renunciar a los gustos, a los hábitos, a las maneras recientes de festejar las cosas. Los tiempos cambian y, con ello, las costumbres. Ya no es el mismo el vínculo que une a los miembros de una familia. Han surgido nuevos compromisos sociales, que si con compañeros de trabajo o del sector, que si con los amigos, que si con los de la asociación. El campo se ha modernizado y, con ello, el peso de las bestias en la agricultura ha mermado considerablemente, por lo que las ferias de ganado que, en general, actualmente se celebran, no tienen la misma importancia de antaño. Ni de lejos. Tenemos hecho el paladar al rebujito, al fino y otros espirituosos distintos a los de entonces.

Pero siempre quedará la duda de si en la cacareada apatía de los jóvenes por las tradiciones, nosotros no tengamos parte de culpa, de no haber sabido transmitir el ánimo y las ganas de aquellos antepasados nuestros.

No se trata de inventarse nada, sino de poner oído a lo que cuentan que se hacía y ver qué de aquello tiene aún encaje, y seguro que se encuentra más de una cosa que mantener y/o recuperar. Hagamos de nuestra feria la feria de Guadix, no una feria imitación de otras tantas en la que, por consiguiente, se estandarice la oferta de ocio y disfrute y se pierda, por ende, el interés al ser “una más de tantas”. Hagamos entre todos para Guadix una feria “made-in-Guadix”, hecha a medida de Guadix y de los accitanos. Demos con la manera de sentirnos implicados, y no porque nos toque echar horas en la caseta de la hermandad, porque tengamos algún pariente en éste o aquel conjunto musical, porque el nieto o el sobrino participe en alguna de las competiciones deportivas. Las obligaciones no casan con el desenfado que mueve el espíritu fiestero. Hagamos, con nuestra presencia y asistencia, que siga mereciendo la pena que se organicen conciertos, representaciones teatrales, actividades infantiles, exposiciones en enclaves de nuestro casco histórico. Pongamos en valor los magníficos carteles que anuncian la feria. Visitemos/animémonos a hacer carocas, esencia del humor accitano, irónico, tragicómico, “typical guadicensis”. Acompañemos al Cascamorras -¿qué hay más de Guadix que el Cascamorras?- en su tradicional despedida en el puente, rumbo a Baza. Éstas, entre otras cosicas, son todas mu de Guadix y deben ser mantenidas y transmitidas pa’que sintamos la feria de Guadix verdaderamente como nuestra feria y no como algo raro, ajeno a nosotros, que encima nos lleva a gastar, a malcomer y peor dormir. Acuñar ferias “made-in-Guadix” es posible. Está en nuestras manos.

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Artículo publicado por Wadi As Información en el número especial cultural de 2015

¡Alegría! Con esta palabra empieza Peret su “Canta y sé feliz”, canción cuyo título resume lo que sus estrofas desgranan, esto es, su idea de lo que debe ser vivir, y que bien podría contener también en sus rimas “pues vete a la feria”, ya que ésta es una ocasión inmejorable para soltarse un poquito y dejarse llevar por el ánimo festivo de estos días de asueto.

¡Alegría! Y alborozo en las casas donde hay niños pequeños, que acogen con ilusión cualquier plan que se salga de lo normal, ya sea ir a los talleres infantiles o a los inflables, o mercarse uno de esos globos grandes. Y lleno de orgullo confiesa sentirse el pregonero por haber sido elegido para inaugurar las fiestas, así como los galardonados con los Premios Tótem al ver reconocida su labor por y para Guadix. Histriónicos son los cabezudos; hilarantes, las carocas. ¡Qué distinto luce todo cuando encienden las bombillas del alumbrado especial, los farolillos de las casetas, la iluminación llamativa de las atracciones! ¡Alegría!

Que sí, mujer, que ya bastante hay que aguantar durante el año como pa’ no distraerse echando un ratico feria. Que no, hombre, que no, que por un trozo de morcilla, una zapatilla de jamón o un trago de vino no se te va a disparar ni el colesterol ni la tensión ni na’ de na’. Que estamos vivos, ¡caramba!, que no es poco, y que de vez en cuando hay que reparar en ello y festejarlo y darle una alegría al cuerpo y un descanso al alma.

No es cuestión de hacerse el gracioso ni de fingir euforia ni de cumplir con la obligación de tener que pasárselo bien. Oye, que si la feria no te gusta ni una miaja,  pues na’,  ya ‘ta. Pero, digo yo, que igual podríamos aparcar el cenizo por unos días y echarnos por lo alto, además del mantón bordao, unas gotitas de energía positiva. Lo suyo sería aprovechar el subidón festivo para prolongar en el tiempo esta inyección de optimismo y que tuviéramos ese ánimo de feria todo el año. Que los disgustos ya vienen solos como pa’ amargarse motu proprio. Nooooooo sirve de na’, como dice también Peret en la rumbilla a la que me refiero.

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Agarrémonos, pues, a los momentos de felicidad de la vida. Ahora se nos presenta la feria, ¡exprimámosla! Hoy me ha dado por ver el vaso medio lleno y sólo se me ocurren cosas buenas cuando pienso en la feria. ¡Qué le voy a hacer!

La feria son los ratos con la pandilla, ya se lleve o no “uniforme”, a saber, camisetas, sombreros, pañuelos al cuello que la diferencien de otras. La feria es el júbilo con el que tu hijo celebra la propina que le da la abuela para los caballicos, el vigor con el que salta en las colchonetas, la satisfacción que refleja su cara cuando sostiene un algodón de azúcar más grande que él. La feria es el entusiasmo con el que los mayores relatan aquellos tiempos en los que pisar el ferial era todo un acontecimiento, pues era algo limitado a un par de noches a lo sumo y, por tanto, se vivían con tal intensidad que los recuerdos que de ellas tienen son tan nítidos, nos hablan de ello con tanto sentimiento que casi podemos tocar el caballo de cartón que ponían a la entrada del parque pa’ que los niños se subieran en él y se hicieran “la foto” de la feria, que casi creemos tener enfrente esos enseres de cobre colorao pillados en las sábanas de lienzo moreno con las que se montaban los chambaos de los antiguos bodegones.

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La feria es la tranquilidad de que sigue habiendo cosas que no cambian de una feria pa’ otra: sigue habiendo pública de las fiestas para recibirla y castillo de fuegos artificiales para despedirla, se siguen vendiendo turrones y frutas escarchadas en puestecillos de dulcería tradicional y programando certámenes de pintura, competiciones deportivas, funciones teatrales, conciertos.

La feria es el desenfado de las charangas. La feria son las sonrisas que nos dejan en el rostro las carocas y su tragicómico humor. La feria son las risas mientras ves cómo el chistoso del grupo vuelve a errar el tiro al palillo, mismo que ya ha intentado, con igual mal tino, impresionar a la concurrencia golpeando el guante de boxeo. La feria es la expectación ante las papeletas de la tómbola y la dicha del ganador de la cafetera, del peluche. La feria es el regocijo de ver en torno a la mesa de los churros reunida a la familia dispersa durante el resto del año por esos mundos de Dios. La feria es la salud que se desea para que el año que viene estemos los mismos –o más-. Carcajadas a granel. Volantes a discreción. Bromas a demanda. Todo esto es la feria. Bueno, esto y lo que tú quieras. Porque la feria no es sólo lo que programa el Ayuntamiento ni lo que proponen los caseteros o los feriantes. La feria la hace uno a su medida; la chispa que prende la fiesta va a cuenta nuestra. No nos engañemos. Por muy diversas actividades que haya, si no ponemos de nuestra parte, no hay tutía. Tampoco hay que devanarse mucho los sesos. Para algunos la feria se reducirá a correrse la juerga padre. A otros les valdrá con echarse un baile en la verbena o con darse un paseíco por el ferial saliendo cenados de casa. Para algunos la feria consistirá en alternar del primer al último día. Para otros la feria habrá merecido la pena por tan sólo una mirada, una canción, un instante. Pero para unos y otros la feria se ofrece como uno de esos respiros que necesitamos intercalar en la batalla diaria. Tenemos que sacarle lustre a la vida y darnos de vez en cuando estos homenajes para cuerpo y alma. Con buena disposición, la diversión está asegurada.

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Hay que contagiarse de la energía de los críos, para los que nunca son suficientes los viajes en los cacharros. Con humor y filosofía nos tenemos que tomar las esperas a la caza del camarero –sobre todo cuando las casetas están a tope- o del columpio libre en la atracción que sea que esté de moda. Con emoción nos arrodillaremos cuando el Cascamorras tremole la bandera en el puente del Río Verde durante el acto de despedida antes de partir rumbo a Baza. Con ganas cogeremos la feria, ¡di que sí!, aunque al final también haya ganas de que se pase y Guadix vuelva a su rutina.

¡Venga, hombre, que sí, que ya te tengo casi convencido! Venga, encerremos la malafollá bajo siete llaves y vayamos directos a la feria. Venga, estrujemos el presente y, si lo hacemos en compañía, mejor que mejor: disfrutemos del pinchito tomado junto al vecino, con el cartoncillo de bingo jugado a pachas con el colega, del pollo compartido con el primo, del cucurucho de papafritas a medias con el abuelo, del vino –con barquillo- bebido con el cuñao.

¡Venga, mujer, que sí, que ya te tengo casi convencida! Es inevitable acordarse de aquellas ferias vividas junto a quienes ya no están con nosotros. Pero la nostalgia no tiene por qué empañar el espíritu festivo. Los recuerdos no tienen por qué dejar un poso triste.

¡Venga, accitanas, accitanos! Colguemos por un rato el cartel de “cerrado por disfrute” y vámonos pa’ la feria. ¡Alegría!

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Publicado en Wadi As en su número especial de Feria y Fiestas de Guadix 2013

 

¡Mira que nos gusta un ratico de feria! Y es que a nadie le amarga un dulce y con tanto penar que si por la crisis, que si por una cosa o por la otra, el caso es que sienta de maravilla un vaso de rebujito bien fresco, un pinchito moruno, un par de viajes en los caballicos o jugar un cartoncillo en el bingo, por poner unos cuantos ejemplos de opciones económicas de disfrute ferial, man’que sea una noche, man’que sean unas horas na más, un paréntesis  tan sólo –que cada cual ampliará o reducirá en función de sus posibles- durante el que no pensar en eso que nos quita el sueño.

 

 

Bien puede concretarse en comerse un cacho de calabaza confitada o un cartuchillo de patatas fritas, o en rapiñarle al crío el algodón dulce con la excusa de que tanta azúcar le sentará mal. A otros les bastará echarse unas buenas risas mientras comentan las carocas, quizás pasarse por alguna de las interesantes exposiciones que suelen programarse, tal vez escuchar al fresquito los temas de toda la vida interpretados por nuestra estupenda banda municipal de música. Habrá quien dé por cubierta su cuota de feria asistiendo al pregón, o a alguna representación teatral, o marcándose un pasodoble en la verbena. Habrá quien no tenga más ilusión que no perderse a su sobrino jugando la final del torneo deportivo de turno. Ilusión; al fin hemos llegado a la palabra mágica, y es que la ilusión es capaz de convertirnos en los más dichosos del planeta aun estando atravesando incómodas estrecheces.

 

 

Porque en verdad ésta es la chispa que debe prender durante las fiestas para que podamos vivirlas con una intensidad suficiente como para cambiar el rostro mustio del diario por otro resplandeciente. La feria es el escenario perfecto, con las luces de colorines del alumbrado, los atuendos estrafalarios de los cabezudos, los destellos multicolores del castillo fin de fiestas, para darnos ese pequeño homenaje y recargar las pilas. No se trata de fingir ser felices, de pasearnos por el ferial con una sonrisa escayolada. Hacer esto no tiene mucho sentido. Para eso, mejor quedarse en casa. Pero si uno decide calzarse las ganas de feria, por muy tiritando que tenga el bolsillo, le sacará brillo a cada instante, hallando en un gesto, en una mirada, en un abrazo, en el detalle a priori más intrascendente, esa oportunidad para el descanso y la diversión.

 

 

En la vida la actitud con la que uno afronta las situaciones condiciona en gran medida la manera en la que éstas luego evolucionan y por eso no seré yo la que vea como un impedimento para disfrutar de mi feria de Guadix los tres mil kilómetros que separan mi barrio berlinés de la Plaza de las Palomas. Así, aunque este año no vaya a pisar el ferial, aunque no logre oír ese rumor de fondo de las sirenas y las rumbillas de gasolinera de las atracciones, los megáfonos de jaleadores feriantes varios o las sevillanas de las casetas de tapeo, os aseguro que del 28 de agosto al 1 de septiembre no habrá momento en el que no crea estar saboreando esas papas al montón, esa paellita, ese choto al ajillo o esa zapatilla de lomo de la feria del mediodía, o en que no me parezca llevar puesto mi vestido de volantes y las horquillas sujetando el moño, o que no visualice a los aguerridos contrincantes del trofeo de petanca sobre la pista de arena del parque, en torno al que siguen instalándose esas casetillas de dulcería tradicional, que aún venden trompetas de juguete, camaricas de fotos y “pompicas”, que ya hacían furor entre los de mi quinta.

 

 

Acogeré con gusto la visita de los recuerdos de las ferias pasadas, cada una con sus historias al margen, con sus pies de página, con sus propios protagonistas, ahora con más arrugas en la cara, muchos tristemente ya no con nosotros. Claro que me acordaré de mis abuelos y de las propinas que nos daban la tarde del pregón, y de mis padres esperando pacientes junto al “dragoncito”, “la barca vikinga”, “el pulpo” y demás cacharricos de los que mis hermanas y yo no queríamos bajarnos, y de la convidá que luego nos dábamos en las casetas, y de las noches sin hora vividas junto a mis amigos en las carpas, y de los churros con chocolate como epílogo, como inmejorable broche de oro. Y claro que me llegará el bajón nostálgico, fiel compañero de viaje del expatriado, dispuesto a decir “Eh, que estoy aquí” cuando a él le viene en gana. Pero hoy no, estos días no pienso permitir que me empape con lágrimas lo que es motivo de alegría, que es nuestra feria, la feria que cada cual revive o vive porque así lo quiere, porque así lo necesita. Y me anima imaginarme en futuras ferias llevando a mi niña a las colchonetas o a los castillos hinchables mientras su padre la fotografía, o parándome con mis hermanas en los puestecillos de productos andinos amenizados con esas entrañables versiones de clásicos del pop tocadas con flautas de caña, o echando unas tómbolas con mis amigos, o quedándome hipnotizada viendo girar los pollos en los asadores, o alargando un poquito mi estancia y pudiendo compartir con los paisanos ese 9 de septiembre cascamorrero.

 

 

Total, que no es ni porque toque ni porque lo digan las autoridades municipales en los habituales saludas del programilla de mano ni porque así lo manifiesten las asociaciones y los empresarios partícipes en la organización de actividades, sino simple y llanamente porque el corazón también precisa tomarse sus diícas de asueto, por lo que doy por bienvenida la feria y por lo que, creo, es recomendable considerarla como todo un plan de choque frente al estrés y los berrinches, de los que tan sobrados vamos. Ya tendremos ocasión durante el resto del año de quejarnos de lo tiesos que estamos. Démonos este respirito. Venga, que sí, que faltica nos hace.

 

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 9 de septiembre de 2o11

 

Ahora sí que sí. Es pasar la feria y uno da por finiquitao el verano. Atrás quedaron los pequeños excesos: que si la cañita en día de diario, las barbacoas en el jardincito, los trasnoches en fin de semana. Es oír el cohete gordo y echar el cierre de la distensión veraniega. Idos los familiares emigrantes, mermada la intensidad del tráfico en las autovías cercanas, Guadix regresa a su rutina envuelto ya en noches frescas, preludio de las que secarán jamones en invierno, y con algún que otro día nublado, medio lluvioso, que acentúa la melancolía propia de las ciudades con mucha historia –y muchas penas-. Cuesta ver en la rutina del septiembre accitano un punto de interés, pero, sin embargo, ciertamente lo tiene. Ha sido a fuerza de estar un año y otro y otro (…y) lejos de Guadix en estas fechas, cuando me he dado cuenta de cómo echo en falta esa vuelta “cada uno a lo suyo” con lo que el pueblo recibe al otoño. Mis visitas, cada vez más espaciadas, suelen coincidir con alguna festividad, y claro está que la ciudad cambia en esos días, se pone bonita cuando se siente de fiesta, dejando oculto bajo el jolgorio y el arreglo esa otra ciudad, la auténtica, silenciosa, solitaria, seca, esa ciudad que se deja ver una vez encerrado el Cascamorras en Santo Domingo. Sin duda, si tuviera que aconsejarle a alguien cuándo visitar la vieja Acci, apuntaría a estos días que ya no son de sandalia ni tampoco de abrigo de paño.

 

Atardecer en Guadix (desde el Mirador de la Magdalena)

 

La luz, aún cálida, de los días que, sin embargo, van escondiendo cada vez más antes el sol, es un buen reclamo para quien busca apresar con su objetivo ese monumento, ese rincón, ese detalle… luz que se escapa de ese candil donde los rojizos que da la arcilla de los cerros y los pardos de las hojas que empiezan a marchitarse le aporta un matiz muy especial. Pero las condiciones lumínicas son sólo un aliado del verdadero motivo, de esta tranquilidad que desprende el retorno del mochuelo a su olivo. Puede que el viajero que aparque en Guadix en este tiempo no encuentre demasiados bares abiertos ni especial animación en la calle ni muchas cosas que hacer o ver y, sin embargo, al abandonar la ciudad se marche con la extraña sensación de haberla conocido. ¿Que qué se lleva de Guadix? Esa atmósfera que empapa a quien la pasea en los días en los que Guadix vuelve a ser Guadix. Y lo mejor de todo es que si uno decide perderse por las calles de los barrios de toda la vida, también recibe la invitación a perderle la pista –por un rato- a los berrinches. Porque en ese Guadix callado, ensimismado, mustio, a uno no le queda más remedio que caminar de la mano de uno mismo, sin caretas, sin disfraces. Y, ¡ojo!, que esto no ocurre en todos los sitios. Otra razón más para mantener Guadix en la retina. Suerte de pueblo.

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