Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘fiestas’

“Quince años son muchos años”, me decía el pasado 9 de septiembre mientras marchaba rumbo a la estación. Pensaba en esto con cierto pesar. Temía tener demasiado idealizado mi último Cascamorras vivido en carne y hueso, del que hacía tres lustros, y que mis ganas de pasármelo en grande hubiesen alimentado unas expectativas condenadas a estrellarse contra una realidad muy diferente, incapaz de corresponderse con lo imaginado. Pero no fue así. Todo lo contrario.

Ahí estaba yo, de nuevo, ante la cueva de la que, en una chispa, saldría el Cascamorras rodeado de sus más cercanos, iniciando así el recorrido que le llevaría por las calles de un Guadix, su Guadix, que le recibiría como un héroe, pese a regresar de Baza de vacío, pese a volver sin la Virgen de la Piedad otro año más… y van más de quinientos.

No sólo discurrió todo como recordaba -salvo variaciones menores-, como si esos quince años no hubiesen pasado, como si el tiempo se hubiera detenido: la verja que se abre; el corazón latiendo a ritmo de tambor, a disparo de cohete; el tacto de la pintura en los dedos; pompas de agua y pintura entre calcetín y zapatilla; chorreones de agua tintada, de pintura aguada bajando por la espalda, convirtiendo la camiseta en una segunda piel; la vista que se tiene de “los Cruces” y la Catedral en el descenso por la Carretera de Murcia; la rigidez de la cara cuando se seca la mezcla; cubazos de agua, manguerones de espuma; el murmullo de la multitud multicolor; sed, calor, caños, frío; sonrisas blancas en caras oscuras; cámaras pese al riesgo de mancha -la mancha hoy es alegría-; avenidas y callejuelas; en solitario, en pareja, en pandilla, en familia -de abuelo a nieto-; juras; palmas, gritos; portalón que se cierra; vivas; “¡Viva!”; silencio.

Es que lo que tuve la oportunidad de vivir superó con creces cualquier vaga idea, toda expectativa por muy alta que fuera. ¡Qué gentío! Gente en los balcones, en las aceras, pero sobre todo corredores, muchos, de todo tipo y edad. ¡Qué carrera más limpia, pese a ir todos guapos de churretes! ¡Qué tarde más espléndida, de temperatura ideal! Fue, por tanto, una ocasión de lujo para renovar los votos cascamorreros y, en consecuencia, y desde la convicción reforzada, hacer por convencer y seguir animando a cuantos más, mejor, a que participen en la carrera y demás actividades.

Queridos paisanos, queridas paisanas, permitidme que redunde en la idea que desarrollé durante el pregón que tuve el enorme honor de dar el año pasado, relativa a que la grandeza de la fiesta le viene por alzarse como símbolo de hermandad entre las ciudades implicadas, por haber sabido transformar en ocasión para el encuentro, lo que en su origen fue motivo de litigio. Litigio sin el cual, por otra parte, no habría habido fiesta, piques, por otro lado, naturales entre poblaciones próximas. El Cascamorras del siglo XXI no ejerce de mero recaero, sino más bien como representante de la buena disposición con la que Guadix y Baza se avienen a perpetuar esta antiquísima tradición, desde el respeto y el cariño recíprocos.

Así pues, la manera en la que se vive el Cascamorras actualmente, la importancia que cobra lo que nos une a accitanos y bastetanos, singulariza y diferencia éste de otros festejos populares con los que pueden existir semejanzas.

Así, el Cascamorras es puro color, como color hay en la Tomatina de Buñol, pero no sólo. Cascamorras viste un hato de colorines, como algunas Botargas, y lleva una cachiporra, como los Cascaborras, por ejemplo, pero no son estos los únicos atributos del personaje, similar, asimismo, a los bufones.

De la fiesta del Cascamorras rezuma también esa capacidad para regenerar entusiasmo y no cejar en el empeño como la que pueda haber en las cuadrillas de moros que año tras año hacen frente a las de cristianos, a sabiendas de su derrota, en las famosas representaciones que se celebran en cientos de pueblos de España.

El Cascamorras tiene vocación de ser disfrutada por quien sea de donde sea, eso sí, que quiera divertirse sin excesos ni desmadres.

Aun siendo cierto todo lo anterior, aun reuniendo todas estas características, lo que hace singular al Cascamorras es cómo ha llegado a nosotros, es qué significa la fiesta hoy día, cuyo objetivo no es otro que la repetición misma de un ritual querido, aceptado, compartido por dos ciudades, Guadix y Baza, que manifiestan así una rivalidad sana, que entierran una vieja pugna y sellan, en su lugar, un acuerdo de buena vecindad.

Peculiar es la leyenda de la que bebe -con milagro incluido-, particular es la indumentaria de los corredores -ataviados siempre con sus peores galas, usando pintura como maquillaje-, pintoresca en todo punto en su plano visual y plástico la fiesta del Cascamorras tiene un innegable mérito de pervivencia en una época instalada en lo efímero, de sobrevivir cuando tan poco valor se da a lo que viene heredado y tanto a lo que está de moda, y en este contexto posiciona la unión como un factor sin el cual no cabe ni puede ser entendida. Guadix y Baza, Baza y Guadix, bajo una misma tradición, una misma bandera, una misma devoción.

¡Viva la Virgen de la Piedad! ¡Viva Baza! ¡Viva Guadix! ¡Viva el Cascamorras!

El Cascamorras infantil a su paso por la plaza de la Catedral (2015)

El Cascamorras infantil a su paso por la plaza de la Catedral (2015)

 

Publicado en el cuaderno anual de la Hermandad accitana de la Virgen de la Piedad en su edición de 2016

Anuncios

Read Full Post »

Publicado en Wadi As Información en su edición del 6 de septiembre de 2014

Guadix está en fiestas. Y, ¿en qué consiste esto? ¿Qué se entiende, qué debemos entender por ello? No es que tengamos que colgarnos un traje de fiesta ni poner cara de fiesta ni quitarnos de la boca, aunque sea durante un par de días, lo de “¡pue’toy pa’unas fiestas!” –lamento parido al calor del cenizo accitano-. Digamos que, desde que se enciende la primera bombilla hasta que se cierran las puertas de Santo Domingo tras la llegada del Cascamorras, la tranquilidad que impregna el ritmo de Guadix se ve ligeramente alterada por la fiesta. Y, ¿qué es la fiesta?, me pregunto, les pregunto.

No me refiero a la fiesta que se monta uno con los suyos en su casa, en su campo, sino a la fiesta en comunidad. Al respecto, he oído de etnólogos y estudiosos de la fiesta como fenómeno, que se trata de una expresión nacida de la necesidad del individuo de sentirse parte de un grupo, esto es, que la fiesta se concibe como motivo de cohesión de grupo. Es decir, que la gente participa en las fiestas como manera de manifestar su pertenencia a un colectivo. Esto casa con la arenga que los/as pregoneros/as dirigen a sus convecinos en sus discursos y  con la que pretenden llamar a la vivencia en comunidad, defendiendo que no hay cosa que importe más que el simple hecho de juntarse en un ambiente distendido, lejano de los posibles desencuentros que hayan podido surgir en el trasiego diario.

No obstante, creo que existe otra razón más de peso que hace que se resistan a desaparecer las fiestas grandes de los pueblos -entendidos no ya como enclave demográfico, sino como comunidades conformadas por individuos a los que les unen intereses comunes-, pese a la tendencia a la homogeneización de los gustos por efecto de la globalización. Y es que el espíritu de la fiesta está muy ligado a la rebeldía, al deseo de trasgredir la norma -aunque sea un poquito- que todo el mundo tiene de vez en cuando. Frente a la rectitud que debe guiar el día a día, la fiesta se ofrece como contrapunto, como ocasión para mostrarse espontáneo, sin formalidades, para bailar y cantar como a uno le parezca, para vestir diferente, para comer y beber lo que no suele estar en el menú habitual, para regresar a casa a horarios poco usuales, para romper, en definitiva, los moldes de la rutina. Otro ejemplo claro es la pública de las fiestas, con los histriónicos cabezudos, con “los zancúos”, con las charangas y su pachanga verbenera. La fiesta contiene costumbre y tradición y convivencia, pero también transgresión.

Dejémonos, pues, contagiar por la vidilla que llena de sentido la fiesta. La fiesta no son los cacharros del ferial ni los puestecicos de complementos ni las casetas ni las actividades. Es disfrutar de lo infrecuente y hacerlo sin que nos reconozcamos en ello. Porque también en la vida se necesitan estos puntos de fuga.

Pública de las fiestas. Guadix 2015

Pública de las fiestas. Guadix 2015

Read Full Post »

Publicado en Wadi As en su número especial de Feria y Fiestas de Guadix 2013

 

¡Mira que nos gusta un ratico de feria! Y es que a nadie le amarga un dulce y con tanto penar que si por la crisis, que si por una cosa o por la otra, el caso es que sienta de maravilla un vaso de rebujito bien fresco, un pinchito moruno, un par de viajes en los caballicos o jugar un cartoncillo en el bingo, por poner unos cuantos ejemplos de opciones económicas de disfrute ferial, man’que sea una noche, man’que sean unas horas na más, un paréntesis  tan sólo –que cada cual ampliará o reducirá en función de sus posibles- durante el que no pensar en eso que nos quita el sueño.

 

 

Bien puede concretarse en comerse un cacho de calabaza confitada o un cartuchillo de patatas fritas, o en rapiñarle al crío el algodón dulce con la excusa de que tanta azúcar le sentará mal. A otros les bastará echarse unas buenas risas mientras comentan las carocas, quizás pasarse por alguna de las interesantes exposiciones que suelen programarse, tal vez escuchar al fresquito los temas de toda la vida interpretados por nuestra estupenda banda municipal de música. Habrá quien dé por cubierta su cuota de feria asistiendo al pregón, o a alguna representación teatral, o marcándose un pasodoble en la verbena. Habrá quien no tenga más ilusión que no perderse a su sobrino jugando la final del torneo deportivo de turno. Ilusión; al fin hemos llegado a la palabra mágica, y es que la ilusión es capaz de convertirnos en los más dichosos del planeta aun estando atravesando incómodas estrecheces.

 

 

Porque en verdad ésta es la chispa que debe prender durante las fiestas para que podamos vivirlas con una intensidad suficiente como para cambiar el rostro mustio del diario por otro resplandeciente. La feria es el escenario perfecto, con las luces de colorines del alumbrado, los atuendos estrafalarios de los cabezudos, los destellos multicolores del castillo fin de fiestas, para darnos ese pequeño homenaje y recargar las pilas. No se trata de fingir ser felices, de pasearnos por el ferial con una sonrisa escayolada. Hacer esto no tiene mucho sentido. Para eso, mejor quedarse en casa. Pero si uno decide calzarse las ganas de feria, por muy tiritando que tenga el bolsillo, le sacará brillo a cada instante, hallando en un gesto, en una mirada, en un abrazo, en el detalle a priori más intrascendente, esa oportunidad para el descanso y la diversión.

 

 

En la vida la actitud con la que uno afronta las situaciones condiciona en gran medida la manera en la que éstas luego evolucionan y por eso no seré yo la que vea como un impedimento para disfrutar de mi feria de Guadix los tres mil kilómetros que separan mi barrio berlinés de la Plaza de las Palomas. Así, aunque este año no vaya a pisar el ferial, aunque no logre oír ese rumor de fondo de las sirenas y las rumbillas de gasolinera de las atracciones, los megáfonos de jaleadores feriantes varios o las sevillanas de las casetas de tapeo, os aseguro que del 28 de agosto al 1 de septiembre no habrá momento en el que no crea estar saboreando esas papas al montón, esa paellita, ese choto al ajillo o esa zapatilla de lomo de la feria del mediodía, o en que no me parezca llevar puesto mi vestido de volantes y las horquillas sujetando el moño, o que no visualice a los aguerridos contrincantes del trofeo de petanca sobre la pista de arena del parque, en torno al que siguen instalándose esas casetillas de dulcería tradicional, que aún venden trompetas de juguete, camaricas de fotos y “pompicas”, que ya hacían furor entre los de mi quinta.

 

 

Acogeré con gusto la visita de los recuerdos de las ferias pasadas, cada una con sus historias al margen, con sus pies de página, con sus propios protagonistas, ahora con más arrugas en la cara, muchos tristemente ya no con nosotros. Claro que me acordaré de mis abuelos y de las propinas que nos daban la tarde del pregón, y de mis padres esperando pacientes junto al “dragoncito”, “la barca vikinga”, “el pulpo” y demás cacharricos de los que mis hermanas y yo no queríamos bajarnos, y de la convidá que luego nos dábamos en las casetas, y de las noches sin hora vividas junto a mis amigos en las carpas, y de los churros con chocolate como epílogo, como inmejorable broche de oro. Y claro que me llegará el bajón nostálgico, fiel compañero de viaje del expatriado, dispuesto a decir “Eh, que estoy aquí” cuando a él le viene en gana. Pero hoy no, estos días no pienso permitir que me empape con lágrimas lo que es motivo de alegría, que es nuestra feria, la feria que cada cual revive o vive porque así lo quiere, porque así lo necesita. Y me anima imaginarme en futuras ferias llevando a mi niña a las colchonetas o a los castillos hinchables mientras su padre la fotografía, o parándome con mis hermanas en los puestecillos de productos andinos amenizados con esas entrañables versiones de clásicos del pop tocadas con flautas de caña, o echando unas tómbolas con mis amigos, o quedándome hipnotizada viendo girar los pollos en los asadores, o alargando un poquito mi estancia y pudiendo compartir con los paisanos ese 9 de septiembre cascamorrero.

 

 

Total, que no es ni porque toque ni porque lo digan las autoridades municipales en los habituales saludas del programilla de mano ni porque así lo manifiesten las asociaciones y los empresarios partícipes en la organización de actividades, sino simple y llanamente porque el corazón también precisa tomarse sus diícas de asueto, por lo que doy por bienvenida la feria y por lo que, creo, es recomendable considerarla como todo un plan de choque frente al estrés y los berrinches, de los que tan sobrados vamos. Ya tendremos ocasión durante el resto del año de quejarnos de lo tiesos que estamos. Démonos este respirito. Venga, que sí, que faltica nos hace.

 

 

Read Full Post »

Publicado en Wadi As en su edición del viernes 14 de enero de 2010

 

San Antón en su capilla (foto tomada en 2009)

 

¿Qué convierte las fiestas de San Antón en algo mu de Guadix? Como ocurre con la morcilla accitana, cuya sutil mezcolanza de especias, a la par que la importante cantidad de cebolla, la hacen digna de denominación de origen (ahí dejo la idea), están presentes en este festejo una serie de elementos que le ponen la marca “Guadix 100%”.

 

Un plato de "pringá" de Guadix

 

Más allá de las nueve –que no siete, como en otros muchos pueblos- vueltas a la ermitilla -por su condición de antiguo morabito-, más allá de los puestos de la “cuña” –con dátiles, frutos secos, rábanos, cañadú, etc., de claras reminiscencias árabes-, más allá de la posible conexión del culto a San Antón con el del dios Atón en aquel Guadix remoto –aspectos todos que pueden explicar la raigambre de esta fiesta entre los accitanos-, más allá de todas estas consideraciones, que hoy siguen prestándose al debate histórico, me gustaría poner el foco en todo aquello que en verdad deja un poso accitano en este festejo y que puede pasarnos desapercibido precisamente por lo interiorizado que lo tenemos.

 

Comprar la "cuña" forma parte del ritual sanantonero

 

Me refiero, por ejemplo, a esos puestos de tablones de madera que siguen vendiendo esos productos escarchados, esas manzanas de caramelo y esos paquetillos de garrapiñadas pese al triunfo de las golosinas del momento. Son una pieza más, imprescindible, de las fiestas populares de Guadix de toda la vida, como es ésta y como es San Blas o San Torcuato o la feria.

 

Las chucherías de toda la vida

 

Otro indispensable en toda festividad typical accitana es el agorero, ese (o esa) refunfuñador nato que no deja de poner peros y pegas a todo, repitiendo, a modo de salmo, eso de que “¡Ay que ver que este año hay menos gente que el anterior!”. Decir que se tiran cuetes (o cobetes) por San Antón es casi un eufemismo. Se lanzan muchísimos cuetes (o cobetes) y petardos, pero es que como durante el resto del año siempre hallamos una ocasión propicia para ello, pues el hecho de que se echen unos cuantos más para quemarles las barbas al santo, no nos llama la atención… como tampoco nos sorprende el aspecto que luce Guadix en la noche de las iluminarias, que parece que ardiera por completo. Y es que hacer alguna lumbrecica que otra es algo a lo que estamos acostumbrados a lo largo del año y, sin embargo, ¡qué de Guadix que es! Y ya que hablamos de chiscos, por supuesto que no sería sin duda lo mismo la iluminaria municipal ni tampoco la procesión del santo sin estar acompañada por la banda de música de Guadix.

 

La Banda Municipal de Música, acompañando al santo en procesión

 

Seguro que tampoco reparamos en la fidelidad que este gran conjunto musical profesa por los asuntos más accitanos, porque vemos de natural que siempre estén ahí, pero esto, estar siempre ahí, conlleva un esfuerzo muy grande, digno sin duda de nuestro agradecimiento. Y extiendo esta felicitación a los puestecicos de dulces, al arraigo cohetero, al gusto por la lumbre e incluso al agorero, porque sin ellos, las fiestas accitanas no tendrían sabor propio.

 

Read Full Post »