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Posts Tagged ‘holocausto’

“Acaban de poner la placa. Está recién echado el cemento. Los familiares acaban de irse”, me ha indicado escueta pero amablemente una señora, al verme mirando hacia el suelo. He de decir que ya me llamó en su día la atención ver dispuestas, ante algunos edificios de viviendas en Berlín, unas plaquitas doradas sobre las que aparecen grabados los nombres de personas o familias, junto con sus fechas de nacimiento, así como aquellas en las que fueron deportadas a campos de concentración y las de su ejecución. Me pareció una sencilla y profundamente hermosa manera de expresar la voluntad de recordar a quienes fueron sacados de sus casas y de sus vidas precisamente con la intención contraria, la de ser llevados a la tumba, al silencio, al olvido.

Al ver hoy esta nueva placa colocada ante uno de los bloques de mi barrio, vuelvo a conectar con la reflexión que entonces me suscitaron estos peculiares adoquines, y es que no podemos de ninguna manera olvidar las barbaries cometidas, para así trabajar por evitar que vuelvan a repetirse. Recordar no desde el rencor o la revancha, sino como acto de justicia, es el mejor homenaje que le podemos hacer a las víctimas. Esta placa recién puesta y la rosa aún fresca que descansa junto a ella me lo han vuelto a dejar bien claro.

Placa de homenaje a víctimas del nazismo

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Publicado en Wadi As en su edición del 15 de octubre de 2010

 

La amplitud del recinto apantalla las explicaciones de los guías turísticos. También diluye los comentarios que suscitan entre sus grupos de visitantes. Incluso los graznidos de los cuervos que planean sobre nuestras cabezas, incluso el sonido de las hojas y las ramas de los árboles mecidas por el viento, pasan a un segundo plano. Es el silencio, un silencio de luto, el que se impone en este lugar que no acabará nunca de llorar suficientemente a sus muertos, pues pareciera que no llegásemos a aprender del todo ese ‘nunca más’ que recorrió la faz de la Tierra cuando en 1945 cayó el régimen nazi y se tuvo consciencia mundial de sus siniestros planes de aniquilación y dominio.

 

Patio de Sachsenhausen

 

Y digo que Sachsenhausen, al igual que los otros campos de concentración que se mantienen actualmente como museos, seguirá sangrando por las mismas heridas, porque la barbarie hitleriana no supuso el esperado punto y final definitivo, sino que después han venido otras tantas matanzas selectivas, como el genocidio camboyano, el ruandés, la Guerra de Bosnia…

 

Puerta de acceso a Sachsenhausen

 

‘¡Mala memoria! ¡Mala memoria! ¡Mala memoria!’, susurra repetidamente ese silencio que encoje el alma en este campo de la vergüenza. ‘¿Por qué otra vez, y otra, y otra…?’, sigue el lamento, que retumba en los barracones que agrupan los catres de los prisioneros, en las celdas de castigo en las que muchos pasaron sus últimas horas, en los restos que aún quedan de los hornos de cremación.

 

Sachsenhausen

 

Cabe pensar que quizás sigan produciéndose, para escarnio público, casos de exterminio, porque somos incapaces de asumir que los monstruos que perpetran esos crímenes son de carne y hueso. No surgen de la nada ni aparecen de repente, como por arte de un sortilegio, en el lado oscuro. Si no estudiamos y reflexionamos sobre la manera en la que estos seres humanos han dejado de serlo, acabados estamos, y sin duda que ayuda a hacer memoria, a hacerse una idea de lo que sucedió, el hecho de visitar y conocer en primera persona lo que queda de aquella ignominia.

 

Lo malo no se puede olvidar. Lo que pasó, pasó, y precisamente para que no vuelva a pasar deben seguir en pie estos museos del horror, para poder así impregnarnos de ese rotundo y necesario “no volverá a ocurrir”, pues hoy más que nunca, con la actual crisis de valores, con el relativismo que pesa sobre los principios básicos, con la flagrante fragilidad de los vínculos afectivos, con el deterioro del sentido estricto de las palabras, con la falta de fe en el individuo y en las instituciones que deben velar por la integridad de las personas, no podemos olvidar que lo que se castigó, por encima de todo, fue la disidencia, la libertad de ser y manifestarse diferente: además de presos judíos, este campo aglutinó a opositores políticos, gitanos, homosexuales, y posteriormente a prisioneros de guerra y a Testigos de Jehová. En resumen, humillados, torturados y ejecutados por ser distintos al ideal ario, al ideario nazi. No. No se puede olvidar.

 

Interior del pabellón de prisión de Sachsenhausen

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Estamos tan llenos de cosas, tan rodeados de miles de millones de cosas, que cuando algo falta  nos pilla con el pie cambiado. Nos choca  lo vacío, lo desnudo, lo sencillo. El silencio daña nuestros oídos; la ausencia, nuestra alma… quizás porque nos pone frente a frente con nosotros mismos, soledad de la que procuramos huir para así no hacernos más de dos preguntas -que sabemos que nos las tenemos que hacer algún día- tan importantes como incómodas. Sin duda que el valor de la ausencia está bien ponderado en el monumento que conmemora la quema de libros “prohibidos” (de autores judíos, de autores disidentes, incómodos para el Tercer Reich) acometida por los nazis en 1933 en la céntrica Bebelplatz de Berlín. Para contemplarlo, uno tiene que mirar al suelo: a través de un cristal inserto en el pavimento, pueden verse unas estanterías blancas vacías. ¿Qué más hace falta para completar el homenaje? Creo que todo queda bien dicho.

Imagen de la "Versunkene Bibliothek" (Biblioteca hundida) de Bebelplatz

Similar sensación deja en el cuerpo la visita al monumento al Holocausto, que se extiende entre la Puerta de Brandeburgo y Postdamer Platz. Cuando uno avanza por los pasillos que se forman entre miles de estelas de hormigón dispuestas a diferentes alturas, uno siente frío, y también opresión y claustrofobia. A pesar de los “graciosillos” que juegan al escondite entre las piedras, uno consigue abstraerse y conectar con esa profunda pena que aún impregna el aire.

Quizás la sensación de pérdida se acentúa cuando uno sabe que muy probablemente el búnker en el que se suicidó Hitler está bajo este cementerio para la memoria.

La estructura misma del edificio que alberga el Museo Judío también inspira en el visitante ausencia, falta. Realmente no sé si me impresionó más el edificio en sí (obra de Daniel Liebeskind) o el contenido de la exposición. Me inclino por lo primero.

Hueco de escalera del Museo Judío

Sí, te queda el cuerpo vacío, con esos techos, de repente, tan altos, en pasillos que quedan inevitablemente estrechos… y uno acaba un poco trastornado, con tanta línea quebrada que provoca un juego de sombras mareante.

Hueco de escalera del Museo Judío

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