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Posts Tagged ‘humor’

¿Cómo distinguir a un maleducado de un malafollá? Pues, en ocasiones, resulta tan difícil como definir el carácter que se considera propio de la capital alemana y que denominan Berliner Schnauze, cuya traducción literal es “morro berlinés” y cuyo significado quisiera afinar en este escrito. No es tarea fácil separar a sus más insignes practicantes, de seres que son sencillamente intratables, vamos, no hechos para vivir en sociedad. En estas estrecheces semánticas me hallo y, por las circunstancias que a continuación aclararé, me veo obligada a avanzar por una delgada línea, débil, difusa frontera entre una y otra cosa que son parecidas, pero en esencia diferentes.

Y es que no estoy segura de haber interactuado con un representante del Berliner Schnauze o con un individuo falto de modales, sin más. A ver si, durante este rato que comparto con ustedes, se hace la luz y logro llamar al pan, pan, y al vino, vino, en lo que respecta al carácter de mis convecinos. Entiéndanme; tengo una sensación en el cuerpo un tanto rara, pues no sé si celebrar haberme topado con tan peculiar espécimen o, por el contrario, ponerle a caer de un burro. Seguro que en Granada usted se ha visto también involucrado en escenas en las que no ha sabido si felicitarse por el hallazgo del malafollá o lamentarse por la existencia de siesos de semejante calibre. ¿A quién llamar qué?

Resulta que fui a hacer un trámite a un organismo y nada más llegar a la amplia sala en la que debería guardar turno siguiendo el orden marcado por los tiques numerados que proporcionaba una maquinita, salió a mi encuentro un conserje. Todo serio, todo tieso, venía hacia mí con paso firme y aguantándome la mirada en todo momento. Entonces dijo algo así como que yo tenía que desconfiar de la máquina, argumento en el que se escudó para darle al botón y mandar estampar mi número. Yo, que estaba un poco desconcertada por si no había comprendido bien su mensaje -dicho, por cierto, en un alemán muy alejado del aprendido en la escuela de idiomas- y la desconfianza a la que él aludía no era relativa a la maquinita, sino a otra cosa, y también por si su actuación iría sucedida de una explicación sobre un procedimiento nada obvio, me encogí de hombros y me quedé quieta cual pasmarote esperando más indicaciones… que no vinieron. El figura me señaló la ranura por la que ya asomaba el papel con mi número y, ante mi falta de decisión, espetó que si acaso quería “también” que él me lo diera. La ausencia de sonrisa alguna en su rostro y el silencio sepulcral imperante en una estancia en la que había otras tres personas me hicieron pensar que estaba ante el rey de los bordes y que yo era la reina de los lelos, pero ahora, a posteriori, creo que ese hombre ladró con el genuino morro berlinés. Me ha ayudado a decantarme por esta opción lo que me acaba de comentar una amiga alemana sobre un típico caso de Berliner Schnauze: tren recién llegado a una estación de metro, viajeros que quieren subir al convoy segundos antes de su marcha y que se apelotonan en la puerta más próxima a las escaleras por las que han bajado al andén, conductor de metro que coge el micrófono y suelta un “¡Que hay más puertas!” [“Et jibt nich’ nur eene Tüa!” -transcripción de una frase, por cierto, repleta de atropellos gramaticales].

Esto poco tiene que ver con lo directos y sin tacto que son los berlineses para decir las cosas, algo que ellos definen como una honestidad de la que sacar pecho -en fin… se puede ser honestos y educados- ni tampoco con el mal pronto que gastan ni con la impaciencia natural con la que salen de casa y que les hace bufar ante el más mínimo elemento que altere su hoja de ruta. Cierto es que todos estos comportamientos, notablemente llamativos para esta que les habla, nacida bajo otro sol, pueden darse también en quien esboza el Berliner Schnauze, pero esa seca ironía que desarma al, más que interlocutor, contrincante, y que se expresa, además, en una concreta variedad dialectal, me recuerda a la del malafollá granaíno. Demasiado…

 

Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su edición de junio de 2017

 

Torre de la Televisión. Berlín 2017

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Publicado en Wadi As en su edición del viernes 8 de marzo de 2013

 

Hay a quienes les molesta que se nos atribuya a los andaluces -inmerecida e injustamente, en su opinión- el monopolio de la simpatía y el ingenio. “¡Como si un leonés, un catalán o un riojano no pudieran ser graciosos!”, diría uno de estos. Y claro que hay –y muchos- leones, catalanes y riojanos con un gracejo sin parangón. Pero de igual manera que no seré yo quien considere el humor como patrimonio exclusivo de Andalucía ni quien cebe el estereotipo de “cuentachistes-sin-oficio-ni-beneficio” que, inmerecida e injustamente, pesa sobre nosotros, tampoco voy a ser yo quien niegue que desde Ayamonte hasta San Juan de los Terreros, desde Tarifa hasta Despeñaperros, el humor está muy presente en el día a día de un andaluz, ya sea activa o pasivamente, y, afino más, creo que más que de un humor tipo, deberíamos hablar de formas muy dispares de vivir el humor y con humor, algunas de ellas tan genuinamente ligadas a una zona que constituyen toda una expresión cultural de sus gentes, por lo que es de recibo no meter en el mismo saco el “pisha” gaditano, el “miarma” sevillano y el “malafollá” granaíno; hacer esto sería faltar a la realidad de Andalucía, tierra de contrastes, atractiva por su diversidad, también en lo tocante al “jejeje”.

 

El ramalazo “malafollá” que to granaíno tiene, con mayor o menor intensidad, es tan idiosincrático como la tortilla del Sacromonte o el azulejo de Fajalauza. Eso sí; a un forastero que se encontrase con un “malafollá” de libro, le sería complicado de primeras tachar la de éste como una actitud humorístico-empática ante la vida. Y es que el “malafollaísmo” se adecua muy poco al estándar. Es poco agradecido el humor del “malafollá”. Demasiado ácido y poco vistoso, lo cual desmonta por completo la tesis simplista de esos que tan a la ligera arremeten contra el salero andaluz así en general, sin detenerse en lo muy diferente que se concretiza aquí, allá. Por eso, a estos que tan infundada opinión sostienen les echaría a la cara a un granaíno de pura cepa y a ver qué dirían entonces. Porque de todos los tipos de humor andaluz que conozco, es éste el más peculiar, aparentemente a medio camino entre la bronca y el chiste, aunque preñado en esencia de un hilarante sarcasmo, del que disfruta/disfrutamos los que lo reconocen/reconocemos, pero, a quien no, pues más que hacerle gracia, el granaíno “malafollá” le asusta, ¡y tanto! Es un humor muy directo. Es de pocas palabras, fiel a un sólo taco, el “polla”, eso sí, con múltiples acepciones y usos. Tampoco el “malafollá” es de gestos exagerados ni florituras verbales: lo que dice, lo dice a bocajarro; como mira, lo hace con descaro, sin paños calientes. En resumen, la “malafollá” vendría a contener varios kilos de ironía, unos gramos de pachorra/pereza, un chorreón de cenizo, una pizca de cabreo y unas gotitas de chulería; una fórmula de humor muy distinta a la que se tiene en otras partes de nuestra región.

 

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