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Posts Tagged ‘infancias truncadas’

Publicado en Wadi As en su edición del 12 de septiembre de 2015

Las niñas viejas tienen cara de niñas, cuerpo de niñas, pies de niñas, pero no son niñas. Sus maneras de moverse distan mucho de lo que les correspondería por edad. Más bien parecen las propias de quienes soportan décadas y décadas sobre sus espaldas y no de quienes apenas llevan sopladas unas pocas velas de cumpleaños. Así, hacen comentarios aviejaos, miran con la suficiencia de quienes suman primaveras pa’ aburrir y se comportan como marisabidillas del rímel y el nylon.

Estas niñas no son nada sin sus madres, sin sus padres. Unas y otros –por extensión, requeteviejas/os- creen que les hacen un inmenso favor a sus hijas pintándoles el rabillo, enseñándolas a diferenciar el tul de la gasa, forzándolas a calzar zapatos de tacón, haciéndolas participar en esos ridículos –por usar un calificativo suave- certámenes de belleza para menores. Y es que están convencidísimos de que, así, no hacen más que darle al César lo que es del César. Tienen por seguro que sus hijas nacieron para pasear palmito bajo los focos. ¡Cuánta ingenuidad! Pues, ¡qué se le va a hacer!, este mundo que pisamos no es de color de rosa como el de las barbies ni como el que Disney pinta. Es más, el candor estomacante que envuelve estos concursos es un claro efecto llamada para las más sucias miradas. Sí, por desgracia el vicio y no la virtud guía los sentimientos de parte de ese público fiel a este mercadillo en el que las niñas –me dirijo a ellas porque son mayormente chicas las afectadas- pierden lo que las define, la inocencia, y se les niega su derecho a la pataleta y a mancharse de helado, a ponerse las manos pringando de galletas de chocolate o caramelo derretido y a llegar a casa con barro hasta en los dientes.

¿Merece la pena sacrificar, por un puñado de fotos de estudio, por unos minutos de notoriedad siendo la imagen de una marca que en la temporada siguiente usará otro rostro, la etapa en la que se sellan a fuego esos recuerdos que nos persiguen durante el resto de nuestras vidas? ¿Hasta qué punto podemos considerar éxito el hecho de que alguna de estas niñas viejas llegue a protagonizar alguna de esas series anodinas de argumentos absurdos, para acabar requemada a los veintipocos?

He de reconocer que las niñas viejas que más me impactan son estas de las competiciones de belleza estilo americano, crías en las que sus padres gastan un pastón no ya en ropa y potingues para la cara, bronceados, extensiones de pelo y en blanquear dentaduras, sino en clases de actuación, canto y baile a las que asisten después de su jornada escolar.

Sin embargo, aquí, al otro lado del charco, también tenemos niñas y niños viejos. ¿Cómo evitar que nuestros pequeños envejezcan antes de tiempo? No me refiero tanto a que nuestras niñas no guarden el paquete de pañuelos en bolsos rosas con purpurina ni a regañarles si las sorprendemos pintándose los labios con nuestra barra preferida. Señalo más bien esa moda creciente de aturullar a nuestros retoños con actividades extraescolares queriendo ver en ello una forma de reforzar sus cualidades. ¿O acaso estamos privándoles de madurar cuando les toca? ¿Lo hacemos por su bien o para satisfacción nuestra, por el placer de soltar cuando se tercie que nuestro hijo va a clases de chino, de acrobacias, de salterio? Porque debe usted saber que ya no viste mandarlos a la academia de inglés, a piano o a baloncesto. Ahora es que semos mu’ moernos y nos movemos en otros niveles.

Llego a estas reflexiones tras pasar por una pequeña placeta de uno de los barrios señeros de nuestro Guadix, de esos habitados fundamentalmente por gatos y fantasmas, en la que he tenido el privilegio de cruzarme con un grupillo de zagalillas y zagalillos cuya única diversión era correr unos detrás de otros. Risas, gritos, carreras de niños a esas edades. Nada que ver con las sonrisas escayoladas, los gritos ensayados y las carreritas que se dan las niñas viejas del vestidor al tocador, del tocador a la pasarela, trampolín a una vida que se le acaba justo cuando no ha hecho más que empezar. ¡Tristes niñas viejas!

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