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Posts Tagged ‘lavandería’

Publicado en Wadi As en su edición del 4 de abril de 2012

 

Cuando, la otra tarde, hundía una y otra vez mis dedos en la tierna masa de los pestiños, no podía sino sentirme afortunada, en cierta manera poderosa al saberme poseedora de una añeja receta heredada de generación en generación. Cuando una repara en que el ritual de ir mezclando aceite, vino y anís con la harina que se vaya aceptando, lo han seguido antes otras muchas personas a lo largo de los años, quizás siglos, más que cocinillas una se ve como una hechicera preparando sus pócimas mágicas en el pretérito Medievo. Tener entre mis manos un libro voluminoso también me transporta a tiempos pasados, en los que el e-book o el iPad eran pura ciencia ficción. En este supuesto, es el tacto el sentido que también define el rito de sentarse a leer: ¿acaso no resulta placentero deslizar los dedos sobre la página hasta alcanzar la parte superior y pasar a la siguiente? Tocar nos sirve de marco para conocer y reconocer el mundo en el que nos movemos. Al menos, hasta ahora así ha sido. El tacto es, sin duda, el sentido más perjudicado en la era digital, en la que lo intangible se nos vende como santo y seña de lo que nos toca vivir.

La lavandería de mi barrio berlinés en la que suelo hacer la colada me ha vuelto a dar la pista de lo que en verdad se mueve ahí afuera. En esta ocasión, ésta mi particular ventana a la realidad me ha permitido cerciorarme de lo arcaico de mis prácticas en pleno reinado de lo virtual. Os pongo en situación. Domingo. Nueve de la noche. Lavandería sorprendentemente hasta la bandera. Que si secadoras a toda máquina, lavadoras ocupadas casi en su totalidad. Gentes de acá para allá, ora echando el detergente, ora el suavizante. Sin embargo, silencio. Por aquí no son dados a la conversación a las primeras de cambio. Yo estaba, sentada en un banco, esperando para recoger mi ropa. Junto a mí había dos muchachos que sí que estaban hablando entre ellos, pero no usando la voz, sino a través de alguna red social/aplicación. No, no, tal surrealismo no podía ser cierto. Les volví a mirar de reojo una y otra vez, para asegurarme de lo que efectivamente estaban haciendo. Y sí, sí, ahí que estaban mensajeándose con sus smartphones. Pensé que quizás habían recurrido a este sistema porque estaban “hablando” de alguno de los allí presentes, pero en todo el rato que estuve allí no intercambiaron palabra ni mirada alguna con nadie. Sus ojos estaban pegados a las pantallas. Pensé que igual estarían participando en algún foro o chat con más gente, pero seguían siempre el mismo patrón: uno escribía, el otro esperaba, y viceversa. Como un troglodita volando en avión. Así me sentí yo de desubicada ayer noche. Aunque con perfil en varias redes sociales, aunque con blog propio, no me veo pasajera del mismo tren en el que estos chicos viajan. Y me alegro. ¡Viva el toqueteo prehistórico!

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