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¡Qué dura es la vida del veraneante de sol y playa! Que si levantarse, echarse un agüilla por lo alto, desayunar lo que sea, ponerse el bañador, las chancletas y la toalla a modo de fular, cargar con los bártulos, descargarlos en segunda, tercera, quinta fila -si quieres primera, ya sabes, a luchar por ella al rayar el alba- y ¡hala!, a tumbarse a la bartola que si panza arriba, que si panza abajo, que si chapuzón en el mar, que si sentarse y hojear el periódico, que si ponerse las gafas de sol para mirar de reojo a la que hace toples, al que presume de pectorales mientras se embadurna de bronceador, que si otro chapuzón, que si de nuevo panza arriba y de nuevo panza abajo, que si cuidar de que no deje marca el traje de baño, que si coger de nuevo los trastos ahora rumbo a casa, que si tomarse el café con hielo para llevar mejor la caló de la sobremesa, que si levantarse de la siesta empapao en sudor y tener que empinarse la botella de horchata o el cartón de leche del frigo para refrescarse, que si otra vez ponerse el bañador y las chancletas y echarse la toalla y, ¡venga!, a la playa a pasar otro rato a remojo, para después volver a la casa, ducharse, darse cuenta de que los roales coloraíllos escuecen de lo lindo y auguran momentazos con el roce de las sábanas, ponerse un hato arreglao pero informal y recorrerse el paseo marítimo lo suficiente como para hacer hambre, tener que decidir entre un helado o una caña, cenar lo que sea en el balcón del apartamento, ver lo que echen en la tele -oír la del vecino- y hasta mañana. Y así una semanita, quince días, ¡un mes!

¡Fo! Para eso si, por la noche, no hay sesión de cine sobre la arena, que entre la humedad que viene del mar -cala ¡y de qué manera! – y la incómoda postura a la que obligan las circunstancias, sale uno con tamaño dolor de huesos de una función que, para más inri, suele estar interrumpida además continuamente por lloreras de caprichosos niños enrabietados, risotás de mocicones chistosos y chascarrillos de abueletes que comentan hasta los títulos de crédito.

¡Fo! Para eso si, por la noche también, no se cuela en el dormitorio un mosquito de los que vuelan junto a tu oreja y saltas del colchón como una exhalación, te tiras un buen rato zapatilla en mano y con la ventana abierta de par en par y, después de mirar por todos lados y aguzar el oído, te rindes y regresas a la cama habiendo, eso sí, bajado la persiana y echado las cortinas, para que no vuelva, para que no entren más. Y recociíco de calor sudando a mares te levantas, además de lleno de picotazos, pues al parecer el mosquito se quedó y se dio el festín padre con tu sangre. Sangría ésta y no la que sirven a precio de un Vega Sicilia en el bar de la esquina.

¿Que esto es vida? ¿Con atascos de salida y entrada, baños de gasolinera atascados de asquerosidades varias, colas en el super, en el chiringuito, hasta para quitarse la arena en la ducha de pies? ¿Que esto es vidorra? ¿Con las lumbares hechas trizas por pasar horas 1) sentados en hamacas bajas, 2) en cuclillas buscando piedras de colorines que acabarán en la basura, 3) ayudando al crío a levantar el castillo de rigor, 4) en las partidillas de petanca, minigolf, fútbol-playa, 5) …?

Aunque lo que más cuesta arriba resulta en el veraneo es la pereza que sobreviene, la lentitud con la que avanza el reloj cuando en verdad no se tiene nada significativo que hacer, cuando todos los días son ese día de la marmota, calco uno de otro. La primera y la segunda jornada son la concreción del relajo soñado en el frenético ritmo diario. Pero, a partir de la tercera, la inercia hace el resto y hasta las peleas con la pareja, que aumentan exponencialmente al tiempo de estrecha convivencia, pasan sin pena ni gloria. Está uno vago hasta para discutir. Dura, sin duda, la vida del veraneante de sol, mar, etc. Sin embargo, algo tendrá de bueno, digo yo, cuando es tan seguida, querida y repetida. Qué será, qué será.

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