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Quince (II)

No puedo dejar de pensar en él. He probado a no mirarle, a no cruzarme en su camino, a no nombrarle. También lo contrario. A perseguirle y hacerme la encontradiza, a buscar la amistad de sus colegas, a entusiasmarme con sus aficiones. Nada funciona.

No es guapo ni simpático ni de buenas notas. Sin embargo, no me lo quito de la cabeza. No llegan a quince los minutos sumados de todas nuestras conversaciones -y somos compañeros desde hace años-, pero cada frase, cada silencio, cada gesto suyo durante esos quince minutos cara a cara se me reproducen a cada instante una y otra vez.

¿Cómo era yo cuando él no estaba en mi vida? ¿En qué pensaba? ¿Qué hacía? En la estantería de mi cuarto hay libros, muchos, de dinosaurios, hadas, unicornios los más viejos. Quiero recordar que los leía y me gustaban. Qué más… Siguen bajo la cama las cajas de piezas de construcciones. Levantaba torres altas. Tengo una foto en el corcho en la que aparezco junto a una pila de bloques tan grande como yo.

A ver, qué más tengo… Ropa. En el armario tengo mucha ropa. También disfraces. Antiguos, de cuando cría, y de no hace mucho, con purpurinas, lentejuelas, tules. Solía disfrazarme. Ahora no. Es algo tonto disfrazarse. Quizás debería donarlos, si es que no me los voy a poner. Yo qué sé. Solo sé que él no sale de mi cabeza. Qué sé yo qué me está pasando, qué me está haciendo… ¿Qué hora será ya?

No soporto a Martin. Ahí está, con su corte de lameculos. No sé cómo le ríen las gracias. ¡Si es estúpido, presumido, mentiroso, y mucho! Pero ahí están. Patéticos… Él no. Tal vez por eso lo admiro. Bueno, no solo por esto, pero por esto también, porque no le baila el agua al imbécil de Martin. ¿Por qué me miras, eh? Podría potarte ahora mismo en tus morros. Eso tendría que hacer tu camarilla. Potarte en tu cara de mocoso. Pero no, ellos te adoran.

Es tarde. ¿Y el autobús?

¿Cómo? ¿Cómo te atreves a nombrar ahora a Emil? ¿Cómo te pones su nombre en tu boca? Sophie me sonríe. Boba, pero linda. Sophie susurra a su manera, que es dando voces, que…  Podrías disimular mejor, Sophie, pienso y le respondo abriendo mucho los ojos, mis ojos, como faros de alarma. Martin se ha dado cuenta de que os tiene de público. ¡Martin, que no te aguanto! ¿Y si cojo el andador del viejo ese y te arrollo con él? Un par de pasadas serían suficientes para acabar con esa risa tuya de idiota. Ensucias todo lo que piensas, lo que tocas, lo que nombras. Emil…

¡Tardísimo! Y media… ¡Y cuánta gente! ¡Mierda de autobús, mierda de gente, mierda de todo! Antes de Emil todo tuvo que ser distinto.

Sí, sí que lo era…

La medalla. Colgada de una esquina del corcho está la medalla que gané patinando en mi primer invierno en el colegio. Eso fue antes de Emil… Me regalaron dos entradas para el cine. Fui con Sophie a ver… ¡sí, aquella película! Tenía el vestido de aquella princesa y estuches, sábanas, de todo con ella. Quiero tirar la medalla, pero mamá insiste en que no estorba, aunque en realidad, sí, porque se está cayendo continuamente. Hasta tiene los bordes descascarillados de tanta caída…

También quiero bajar al contenedor el lienzo que manché -papá dice que “pinté”- en el jardín de infancia. “¡Pero si es un cuadro muy bonito, Lisa!”, comenta siempre que propongo deshacerme de él. Solo veo las huellas de unos dedos churretosos. Un cuadro, dice…

Un cuadro, por cierto, tengo que pintar para el proyecto de plástica. ¿Y qué mancho? ¿Otro árbol de dedos?

Un árbol no. ¡Muchos! Será un bosque, un bosque en otoño… Con la palma de la mano estamparé troncos; con los dedos, ramas; con la punta, hojas. Muchas. Usaré colores. Tantos como encuentre. Habrá lluvia. Hará viento. Saldrá el sol. Llegará…

“¡Viene!”, avisa Sophie. Sí, viene el bus. Puf, menos cuarto. ¿Quince? ¡Sí, quince minutos sin pensar en él! Quince justos, como quince son nuestros minutos conversados. ¡Qué coincidencia! “Quince”, digo. Sophie lo escucha. No lo entiende, pero sonríe. ¡Qué boba, qué linda es! Quince. Es una señal, ¡sí! No es mucho, pero es algo. Es el inicio de algo.

 

 

Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su edición de diciembre de 2018

*Relato derivado de lo que me pasó no hace mucho en una parada de autobús. Puede leerlo aquí

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Aunque ya han pasado más de dos años desde mi segundo parto, aún mi cuerpo y mi mente se están adaptando a la nueva situación. Si, por un lado, engrandece comprobar en carne propia la capacidad de la mujer para dar vida, por otro te sientes chiquitica ante los mil y un retos que plantea criar y educar a los hijos, que vienen sin manual de instrucciones.

No es fácil, asimismo, aceptar que algo que estuvo dentro de una, al que físicamente se le dio tanto, tras nueve meses inicie su camino por su cuenta, con apoyos al principio, claro, pero ya al margen de ti. De hecho, hay madres que no lo logran asumir nunca.

Me hallo, pues, en la fase de asimilar cambios que la maternidad ha desencadenado en las distintas dimensiones que me definen. Ahora siento que soy más incisiva, peleo con más garra, discuto con menos reparos, dejo la vergüenza encerrada bajo llave sin problema alguno, en particular cuando se trata de hacer algo en beneficio de mis hijos. Tener que dar la cara por ellos me ha endurecido la piel. He hecho callo. Pero, por otra parte, ese instinto de supervivencia, muy animal, muy visceral, muy auténtico, que se convierte en tu espada y tu escudo cuando te haces madre, que te ayuda a salir airosa de atolladeros complicadísimos, por la misma razón de deber detectar la amenaza venga de donde venga, te obliga a afilar los sentidos y a mejorar tu facultad de interpretar lo que acontece: a ser más sensible, sensitiva, intuitiva. Parece contradictorio ser más dura, resistente y persistente y, a la vez, más perceptiva y receptiva, pero en realidad son habilidades complementarias. Lo noto en mí, pero identifico similares cualidades en madres de mí muy diferentes, con las que, sin embargo, comparto tan intensa vivencia, hasta el punto de que entiendo lo que dicen sin mediar con ellas palabra alguna. No hace falta que me expliquen con pelos y señales cuán fuerte retumba en sus adentros la onda expansiva que ha provocado este o aquel percance que incumba a su hijo. Esta complicidad que me une veladamente a mujeres que madres son, da igual de dónde provengan, el idioma que hablen o cuáles sean sus inquietudes, es algo difícil de explicar para quien no lo es, pero existe, y me he percatado de que mantener ejercitada esta capacidad para contar cosas sin abrir la boca, sin mandar un tuit, lima un talento imprescindible en nuestros días, como es ponerse en el lugar del otro.

 

Ahora también veo distinta a María, nuestra María, la Virgen María, madre de Dios, madre nuestra.

De la Virgen de las Angustias, nuestra patrona, tengo en casa estampas de tamaños diferentes, en primer plano y plano medio, algún que otro póster y fotos que amigos y familiares me envían cuando van a rezar a su basílica y, por supuesto, cuando Guadix entero se echa a la calle para acompañarla en el rosario de la aurora, en la semana de cultos en la Catedral, en la procesión por los barrios accitanos. No obstante, ahora, cuando las miro, en vez de soliviantar la nostalgia por mi condición de expatriada, encienden esa conexión entre madres a la que antes me he referido, de forma que en la bella escultura en la que Castillo Lastrucci representa a María con Jesús muerto en sus brazos, veo la angustia de la madre de cuya hija han abusado, o la de esa cuyo hijo de apenas 10 años han secuestrado para instruirlo como soldado, o la de esa otra que padece, como si se lo hicieran a ella, el acoso en redes sociales que su hijo, su hija recibe por tener una ideología, una creencia, unos gustos o una orientación sexual determinada, o la de la que afronta un día a día cuesta arriba por las necesidades especiales de su hija, su hijo, o la de aquella a cuyos hijos solo puede legarles una casa en escombros en un país en guerra, una larga travesía y un futuro incierto. Miro y veo en la Virgen de las Angustias la angustia de las madres que sobreviven a sus hijos, o que los tienen, pero perdidos en el laberinto de las adicciones o que saben que viven en algún lugar, pero sin la menor intención de tratar con ellas… la miro y veo en ella su angustia y la angustia de otras madres en tantas otras situaciones, cuyo desgarro puedo llegar a imaginarme con tan solo intercambiar una mirada.

Pero esta angustia, irremediablemente amplificada cuando media una relación carnal entre madre e hijo, no es lo único que es capaz de generar tan estrecho vínculo. Hablaba yo antes de la hermosa fortaleza que trae aparejada la maternidad y Castillo Lastrucci supo captar esto y expresarlo a la perfección en la imagen de nuestra patrona: más que una mujer, es una roca, la roca donde descansa su hijo muerto. Fuerte, firme. Las flaquezas no caben cuando cuerpo y alma, instinto y voluntad cimientan el amor de una madre por su hijo. Y de un hijo hacia su madre, para quien es la fuente de la que bebe, el motor que le impulsa, la mano que le levanta, la voz que le alienta en horas bajas, la vela que le ilumina en noches cerradas, quien le espera sin desesperarse, quien simplemente está, quien siempre está.

 

De lo sentido y vivido relacionado con la Virgen de las Angustias guardo recuerdos que recupero con gusto y cariño: que si el madrugón dominguero para el desfile, deliciosamente desordenado, del traslado orado de la imagen desde su templo hasta la Catedral, que si el órgano marcando con brío las notas de arranque del himno de la patrona o el murmullo hipnotizante de las letanías, que si, ya en la procesión, esas larguísimas filas de fieles, devoción que también se traduce en un cueterío que no conoce fin, en petalás, cánticos rocieros y canciones de tuna, en piropos, aplausos y lágrimas.

Pero no soy la misma y todo lo nuevo que viene y venga pasa y pasará, de manera inevitable, por el filtro de estos sentidos míos transformados por la maternidad. Así, ahora miro a la Virgen de las Angustias y veo a María, madre en la inmensa profundidad de la palabra.

 

Texto publicado en la revista editada por la Archicofradía de Nuestra Señora la Virgen de las Angustias de Guadix (2017)

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Nunca pensé que un pepino, una lechuga y un pequeño monedero pudieran ser tan pesados. Al menos lo son ese pepino, esa lechuga y ese pequeño monedero que la señora que está intentando subir al autobús lleva en la cesta de su andador. Como poco cada pieza debe pesar quintal y medio, a juzgar por la fatiga que la hace resoplar una y otra vez, por lo mucho que se afana por reunir las pocas fuerzas que almacena su cuerpo, venido a menos por los años y los achaques, y conseguir levantar el artilugio lo suficiente como para que las ruedas delanteras alcancen la plataforma del vehículo, que es lo que más cuesta. La chica que viaja a mi lado y yo hacemos intención de ayudarla a subir, pero en uno de esos resoplidos la anciana alza la vista y agarra con más intensidad si cabe los mangos del andador y aprieta más la boca y frunce más el ceño y se esfuerza más en su lucha frente a las fatalidades alineadas en su contra, a saber, el inexorable paso del tiempo, la urgencia del conductor por reanudar la marcha, el peso no ya de su mínima compra, sino más bien del andador en sí y de las miradas mezcla de piedad y lástima que recibe de buena parte de nosotros y de las prisas que meten otros tantos que hipergesticulan -e hiperventilan- por lo que la maniobra de la vieja está suponiendo de retraso sobre el horario previsto. El chófer le comenta algo, pero ella sigue erre que erre con su plan de subir por sí sola. Un señor que parece de su edad y que está en uno de los asientos reservados a personas con movilidad reducida le apremia a que acepte nuestra ayuda o se quede en tierra. Pero no acaba su discurso cuando el conductor para el motor, se levanta, despliega la rampa que el vehículo tiene para facilitar el acceso a sillas de ruedas y la señora, con calma pero firme, empuja el andador y va subiendo poquito a poco hasta que lo logra. No puede evitar esbozar una sonrisa cuando llega arriba.

Sucede esto justo mientras yo iba pensando sobre qué escribir ante el Día de la Mujer. Tal vez hablaría sobre la conciliación de la vida personal, familiar y laboral, sobre qué tipo de medidas serían precisas para que esto deje de ser un cuento chino, máxime si quien se encuentra en medio de esta ecuación imposible es una mujer, máxime al cuadrado si además es madre, máxime al cubo si encima quiere reservar parte de su tiempo para sí y sus inquietudes y aficiones más personales e intransferibles. Porque, por desgracia y pese a lo mucho avanzado, la cosa sigue complicada y lo de ser mujer y trabajadora continúa siendo la cuadratura del círculo que convierte la igualdad fáctica de oportunidades en una asignatura pendiente. “Igualdad de oportunidades”, retumba en mi cabeza mientras veo cómo la señora se acomoda en un taburetillo que lleva incorporado el andador. Y es que gracias a la rampa del autobús, gracias al andador, esta anciana puede ir ahora a sus mandaos, al médico, donde quiera que sea que vaya, con total independencia y autonomía, en pie de igualdad a yo y cualquier otro de los que compartimos viaje con ella. Eso es lo que esperamos de nuestra sociedad también en lo relativo al binomio complejo mujer-trabajadora, que si se quiere, se pueda, y que se habiliten todas las herramientas necesarias para que, en este caso, el género no sea un condicionante que limite la proyección personal, familiar y laboral de nadie.

No es cuestión de paños calientes, palmaditas en la espalda, miradas condescendientes ni ayudas puntuales. Sí es cuestión de que nosotras, mujeres, podamos hacer de nuestra capa el sayo que queramos. Y que tengamos a nuestro alcance lo necesario para conseguirlo es obligación de los poderes públicos, por supuesto, pero también un compromiso compartido y extensible a las empresas y requiere de un ejercicio de concienciación colectiva. Por tanto ¿en verdad “mujer” y “trabajadora” son parte de una ecuación imposible? Desde luego que no, pero hace falta voluntad decidida y concreta para pasar de lo mucho que se ha dicho al hecho, de manera que quede garantizado el ejercicio de este derecho tan importante.

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Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su número de marzo de 2016

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