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Posts Tagged ‘mujeres’

Hace unos días fue la fiesta de verano de la guardería de mis niños. Cada familia tenía que aportar un postre casero. Como el asunto “tartas” es un imposible para mí, dije de hacer unas magdalenas, creyendo que esto era empresa menor… ¡maldita la hora! Hice una prueba tres días antes de la fecha marcada en rojo en el calendario y me salieron 2D, osease, espachurradas. “Crisis” es término flojo para describir aquella cocina patas arriba y aquella cabeza mía más chamuscada que la base ennegrecida de aquellos conatos de magdalenas. Me eché la rabia por montera, prometiéndome que unas montañitas de masa no podrían conmigo. Decidí entonces aplicar algo que aprendí del oficio periodístico: la receta tradicional de investigar y contrastar antes de pasar a la acción, algo no muy del gusto de los nuevos chefs de las principales redacciones, donde dar gato por liebre -o un rumor por noticia- está a la orden del día.

“Operación Magdalenas” en marcha

Resulta que las magdalenas son muy suyas y conseguir un producto decente implica muchos pequeños objetivos que hay que ir alcanzando, hasta el punto de que, si fallas en alguno, adiós muy buenas. Leí blogs de mamás hacendosas, husmeé en foros de “cocinillas” y recopilé trucos para que quedasen esponjosas, para que no se bajasen tras ser sacadas… Que si hay que batir la masa con batidora de varillas para que coja aire y dejarla reposar en frío para que tome hechura, que si no andar abriendo y cerrando el horno una vez dentro las unidades, que si…

Consulté técnicas de bañado para que este no derivase en inundación y de añadido de virutitas y lacasitos para que estos no destiñeran al incorporarse a la cobertura. Me agencié también un hornito con huecos para mini-magdalenas, así como moldes de silicona tamaño estándar en los que colocar los papelitos y las masas y evitar así la bidimensionalidad. Incluso me hice con un preparado de masa por si no había ligado bien los ingredientes. Siempre quedaba el último recurso: comprarle al panadero del barrio unos muffins -aquí son al estilo americano-, aun a riesgo, primero, de que no le quedaran suficientes y, dado el caso de que tuviera, aun a riesgo de ser sorprendida por el sanedrín de buenas madres de la guardería ¡llevando productos comprados!, algo inconcebible en un contexto en el que la competición y la competitividad se traslada a todos los campos, incluida esta patética exhibición de músculo repostero. Que sí, que estoy muy concienciada con los logros conseguidos en la causa por la emancipación de la mujer y comprometida con la lucha contra las mamás-multitarea-lo pueden todo, pero la vida te hace pisar arenas movedizas que te atrapan y de las que tienes que escapar de la mejor manera posible, como fue este episodio que cuento, reflejo de una sociedad que, lejos de lo que se cree, es profundamente conservadora.

“¿Que en qué quedó la crisis de las magdalenas?”, me preguntas. Pues cuando probé la primera y comprobé que la textura y el sabor eran adecuados, me sentí como debe sucederle al investigador cuando da con su eureka, aunque lo mío, más que satisfacción era alivio y no más de un aprobado raspadillo: en comparación con aquellas tartas de trazado perfecto, esos muffins de dos plantas con cascadita, aquellos majestuosos pasteles de queso, bizcochos a colores y otras fantasías a la altura de profesionales del rodillo, mis magdalenas eran poquita cosa. Sin embargo, me gustaba mirarlas entre aquellos dulces por lo mucho que significaba que estuvieran allí.

Apariencia final del experimento

Fui feliz hasta que vi a un niño coger una y comerse de ella solo los lacasitos. “¡Si supiera lo que cuesta dar con la masa y la de nervios que he quemado durante estos días de infarto intentando cuadrar el círculo, es decir, salir airosa de semejante brete dados mis escasos dotes para la cocina…!”, me lamentaba, sufriéndolo en silencio. Me calmó que otros críos estaban arrancando las perlitas simétricamente colocadas en una tarta que parecía de boda, lo que me hizo ver que, después de todo, era una mera fiesta infantil donde a los principales comensales lo único que les importaba era jugar por jugar. Pues eso, que pa´ qué tanto postureo. Pues eso, pa’ na.

 

Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su edición de julio de 2018

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Publicado en Wadi As en su edición del 9 de mayo de 2014

 

Entre los muchos chamanes, iluminados, visionarios, ideólogos, charlatanes que abundan en los espacios públicos en los que opinión e información se entremezclan con impúdica frecuencia, están los que tienen como tema estrella de sus disertaciones la conciliación de la vida personal, familiar y laboral, especialmente centrada en las mujeres. Que ya es hora, dicen, de que la maternidad deje de ser sinónimo de renuncia a hacer carrera profesional. Que deben ser ya historia, sostienen con vehemencia, los despidos o no contrataciones por embarazo o por reiteradas bajas por depresión causada por sobrecarga de funciones en el lado femenino de la pareja. ¡Cómo acaricia el alma esta música celestial! El problema es que esta palabrería justiciera que esgrimen en sus embaucadores discursos, ante los que es imposible no sucumbir, es la misma que ya se oía hace décadas, cuando el futuro que estos expertos en retórica atisbaban como Arcadia feliz es este presente enfangado en la incertidumbre y la desilusión en el que vivimos, en no pocos aspectos, un poquito peor. Por lo que, cuando sé de algún sarao relacionado con el tratamiento teórico del asunto, cuando asisto a cualquier exhibición de verborrea con cargo a la traída y llevada conciliación, no lo concibo ya como una poética declaración de intenciones, sino como una tomadura de pelo. Cuando se desciende a la realidad más gris y mundana, cuando en verdad una tiene que compaginar casa, marido, niños pequeños, mascotas, estudios, búsqueda de trabajo, todos esos argumentarios que los trajeados que filosofan sobre estos menesteres usan en sus charletas, se quedan en papel mojado y, al final, resulta que lo que hace que una se sienta como una mujer que puede aportar a la sociedad algo más que como madre y como esposa, no es lo que sale de una mesa de coloquio, sino de esa universidad que en sus instalaciones ofrece servicio de guardería, o de esa biblioteca con salas para que puedas leer en compañía de tu bebé sin que se moleste a nadie, o de ese café con área de juegos para los peques, o de esa asociación con talleres de inserción laboral que pone a disposición niñeras mientras duran las sesiones, o de ese curso de gimnasia para madres con bebitos al que puedes asistir con ellos porque no se ven como un estorbo. Al final es este cúmulo de iniciativas lo que ayuda a encajar lo de ser madre como una pieza más, y no como la pieza que lo descuadra todo. Estas medidas que acabo de enumerar a modo de ejemplo y de las que he tenido la suerte de disfrutar, no son la solución definitiva en un área en la que se debe hacer mucho, pero son soluciones prácticas y reales que desde luego sí que muestran que es posible cambiar las cosas y que el cambio nace de un compromiso compartido, no desde luego de las divagaciones de quienes han montao su chiringuito sin aportar más que “bla-bla-bla” en torno a tan importante reto.

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