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Posts Tagged ‘mundo adulto’

Artículo publicado en Wadi As en su edición del 21 de febrero de 2015

 

No hay mensaje más rotundo que el de los hechos y, si estos vienen de un crío, ni qué decir. Mi hija todavía no completa una frase en un mismo idioma, pero con una claridad meridiana se hace entender y, por ejemplo, cuando tiene ganas de ir a la calle, coge sus botitas del zapatero e intenta ponérselas. Despega y pega el velcro del zapato una y otra vez, como si acaso la posible falta de adherencia del dispositivo fuera la razón por la que no consigue su objetivo, que no alcanza no por esto, sino porque no abre las botas lo suficiente como para que el pie resbale por la caña y entre por completo. Pero ella es tenaz y, lejos de desesperarse o aburrirse, convierte la operación en un divertido entretenimiento. Mirándola desde una distancia prudencial y con total disimulo, me pregunto si no debería aplicarme el cuento y tomarme con filosofía esos varios asuntos en mi día a día que precisan de tiempo y paciencia. “Querida Juana, una nueva lección de vida que me das”, pienso. Y vosotros, madres y padres, abuelos/as, tíos/as, cuántas veces no os habréis también sentido pequeños ante los pequeños cuando estos se muestran tan sumamente grandes. Y es que ellos, a diferencia de nosotros, tienen el “disco duro” vacío de prejuicios, poses, imposturas, “basura social” que se va archivando –no sé si a modo de virus o de spam sin más, por seguir con el argot informático- a medida que se van soplando velas de cumpleaños, conforme se va ampliando campo conocido. Están limpios de hipocresías, de eso que se llama “saber estar”, de “lo políticamente correcto”. Por tanto, cuando dicen y hacen, hacen y dicen tal cual lo piensan, lo sienten. De ahí que cuando uno escucha salir de la boca de un niño un piropo a la comida que ha preparado, a la función teatral a la que le ha llevado, al cuento que le ha contado, al juguete que le ha regalado, sabe a ciencia cierta que ha dado en el blanco. Cuando aún están plenos de inocencia –que se va perdiendo conforme uno se hace viejo-, los niños son la mejor manera de calibrar la exquisitez de nuestra tarta, la calidez y ternura de la bufanda que hemos tejido para ellos o nuestro acierto al haberlos apuntado a esta u otra actividad. Tened por seguro que si algo no les sabe bien o no les agrada o no se lo están pasando pipa, lo dirán tanto sus palabras como sus gestos, y sus caras, auténticos espejos del alma, no lo podrán ocultar. Por tanto, a unos críos se les puede tachar de maleducados, a otros de caprichosos, brutos, traviesos, desobedientes… pero, unos y otros, cuando dicen lo que dicen, lo dicen de forma directa, sin rodeo que valga, y con absoluta sinceridad. ¡Tanta doblez, tanto cinismo, tantas falsedades encontramos a diario en las noticias y en nuestras mismas vidas! ¡Como para no desear un poquito de esa frescura con la que actúan los niños!

Cuando decimos eso de “hasta un niño lo puede hacer” nos referimos a algo fácil de lograr. Usamos lo de “no seas un crío” para reprocharle a alguien su flagrante inmadurez ante algo. Hoy no seré yo quien acuñe expresiones similares que minusvaloran a los pequeños de la casa, grandes en muchas cosas. En cuanto a patochás, sinsentidos y disparates en el comportamiento, los adultos vamos sobraos. ¡Lo complicá que volvemos la vida con tanta falsedad, tanta chapa y pintura exterior, tanta sofisticación! Por ello es que hoy quisiera compartir con vosotros este ejercicio de humildad y, sobre todo, de escucha activa a los niños, a nuestros hijos, sobrinos, nietos, vecinos. Observarles y tomar nota de cómo resuelven algunas situaciones nos puede ayudar a caer en la cuenta de obviedades que no vemos por nuestra sembrada de absurdeces y aburridísima manera de afrontar la vida en nuestro triste y gris “mundo de mayores” .

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Publicado en Wadi As en su edición del 20 de julio de 2012

 

Allí, arriba. Me gusta mirar hacia allí arriba, hacia el cielo, perder la vista en su lienzo de claros y nubes. Me relaja y, a la vez, me trae recuerdos de cuando, años atrás, hablaba durante el recreo con mis compis de colegio, de instituto sobre qué sería de nosotros en el futuro –ya nuestro pasado, nuestro presente-, preguntas que lanzábamos al aire al hilo del rastro que dejan los aviones tras de sí allí, arriba. Porque, quizás, con fijarnos en esos surcos blanquecinos sobre el azul inmaculado que cubre Guadix, queríamos inconscientemente leer las líneas del porvenir como si estuvieran escritas allí, arriba.

 

Desde entonces se han caído muchas hojas, se han marchitado muchos de aquellos planes intuidos en el cielo. Pero no todo en esta maduración que supone el paso al mundo adulto está pintado con colores pardos. La lluvia no es siempre de tormenta, no tiene por qué arramblar siempre con todo, con tanto anhelado. También están esas otras gotitas que van calando, que riegan con suavidad, agua que empapa poco a poco y que ayuda a que arraiguen proyectos que sembramos en su día. Es inevitable que, conforme uno sopla las velas de más y más tartas, piense en la nostalgia como la vía más idónea por la que desfogar las penas en horas bajas. ¡Claro que pasan los años! No hay más que sintonizar la radio y comprobar cómo aquellas canciones que entonces eran números uno en los programas de moda, ahora suenan en insufrible bucle en esas cadenas que se nutren de temas añejos. ¡Claro que nuestro cuerpo no está igual que antaño! Vemos cómo las venas de nuestras piernas están más marcadas, cómo lo que sigue al ojo no es la raya del eyeliner, sino arrugas hechas por la propia piel. Descubrimos ya en nuestro cabello algunas canas y en nuestros muslos, unos hoyuelos nada favorecedores. Y sí, esos plieguecitos que antes sólo se formaban cuando nos sentábamos, están ya presentes incluso de pie. Y aquellos con los que compartíamos cotillón de Nochevieja han cambiado el collar hawaiano por el babero. Sí, el tiempo no perdona y no puede detenerse ni en aquellas Pascuas de la infancia ni en aquel verano memorable ni en aquella fantástica feria. Pero no debemos permitir que se apaguen esas ganas de continuar quizás esperando respuestas, o simplemente de hallar descanso -como es mi caso-, entregándonos a ese cielo inmenso de allí arriba. Y seguir elucubrando sobre los días que vendrán dejándonos guiar por ese caminito de los aviones. Y levantar con ellos el vuelo hacia nuestras metas y mantener nuestras expectativas allí, bien arriba, con el mismo ímpetu con el que coleccionábamos sueños junto a nuestros colegas de pupitre. Pues la fruta, cuando está madura, es cuando mejor sabe y, ahora que nos encontramos cerca de emprender esa nueva fase de nuestra vida, muy al contrario de la decadencia que aparenta acarrear, es cuando más alto y más lejos podemos ir. Aún, con tantas cosas por hacer.

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