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Posts Tagged ‘Navidades’

Los fantasmas del pasado, presente y futuro se pasearon por la séptima Nochebuena del que se definió como poeta -fue mucho más- en el escrito que vuelve, un año tras otro, a ocupar un ratito de mi tiempo por estas fechas.

Pesebre de Guadix

Pedro Antonio de Alarcón, que fue cronista, político y escritor y al que parió mi mismo pueblo, viaja al pasado, vagabundea por el presente y se asoma al futuro de la mano de dos villancicos populares, a los que se refiere como “coplas”, y toma una estrofa de “La marimorena” y otra de “Dime niño de quién eres”. En concreto, fue parte de este tema la que le “heló el corazón”: “La Nochebuena se viene, la Nochebuena se va, y nosotros nos iremos, y no volveremos más”. Y fue que el sentimiento de melancolía pasó a impregnar cada línea de este escrito tierno, duro, hermoso, sincero, profundo, valiente, intenso… imprescindible. “La Nochebuena del poeta”, se llama, y rescato este párrafo que resume el tránsito del autor por las Navidades de su alma.

 

Y era que se habían desplegado súbitamente ante mis ojos todos los horizontes melancólicos de la vida.

Fue aquel un rapto de intuición impropia de mi edad; fue milagroso presentimiento; fue un anuncio de los inefables tedios de la poesía; fue mi primera inspiración… Ello es que vi con una lucidez maravillosa el fatal destino de las tres generaciones allí juntas y que constituían mi familia. Ello es que mis abuelas, mis padres y mis hermanos me parecieron un ejército en marcha, cuya vanguardia entraba ya en la tumba, mientras que la retaguardia no había acabado de salir de la cuna. ¡Y aquellas tres generaciones componían un siglo! ¡Y todos los siglos habrían sido iguales! ¡Y el nuestro desaparecería como los otros, y como todos los que vinieran después!…

 

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Si en los 80 pegaron fuerte las permanentes y los mullet, si en los 90 no había salón de bodas sin molduras de escayola color salmón ni menú nupcial sin cóctel de gambas con salsa rosa, si en el arranque del milenio no había familia que no tuviera tantos teléfonos móviles como miembros, si en el año 10 no había hogar sin tele de pantalla plana, estos tiempos presentes que ahora pisamos no se entienden sin la moda de pregonar por tierra, mar, aire y Twitter que da alergia todo lo que huela, suene, sepa a Navidad.

El sarpullido es menos cantoso, eso sí, cuanto más se maquille el hecho religioso que da sentido a las Pascuas según hoy las conocemos y, por tanto, el choque anafiláctico es menos acusado siempre que se evite cualquier referencia al nacimiento de Jesucristo, haciendo, para ello, todo tipo de malabarismos dialécticos hasta terminar recalando en el puerto de esas palabras que son tan abstractas, tan genéricas, que abarcan todo lo que cada cual entienda por ellas, como “paz”, “amor”, “suerte”, que bien podrían usarse tanto en estos días para felicitar las fiestas como también para escribir la dedicatoria de turno en una postal de cumpleaños o para componer una canción pachanguera y tremendamente cursi. Sí, porque al final el regusto que dejan en el paladar estas palabras tan llenas de todo que no significan nada en concreto es de una cursilería irritantemente empalagosa que, además, ni conmueve ni remueve ahí dentro más sentimiento que el del empacho. El conjunto será biensonante y bienqueda, pero acaba repitiéndose como el ajo y cayendo en la ñoñería que se critica. En cualquier caso, cuanto uno más demuestre la de urticaria que le provoca el espumillón, la de eccemas que le causa rozar siquiera una figurilla del belén, la de convulsiones que sufre al escuchar un villancico, la de náuseas que le entran al ver la felicidad en el rostro de quien va a echar los christmas al buzón de correos, en quien viene de ejercer de paje real, en quien carga con la cesta navideña, más puntos positivos gana cara a una galería que, lejos de la impostura contra la que estos grinch de nuevo cuño dicen batallar, precisa del postureo para significarse. Las apariencias nunca han estado más a la orden del día que hoy día, en tal grado como el afán por despreciar, ningunear, considerar rancio eso de velar por las esencias que hacen que seamos de esta manera y no de otra, algo que bajo la óptica de la moda imperante se interpreta como un obstáculo a la diversidad, aun cuando precisamente cuidar del hilo de la tradición que ha ido engarzando la historia de nuestro entorno con las grandes historias menudas de nuestros antepasados genera esa pieza genuina, pintoresca, peculiar que, unida a otras piezas genuinas, pintorescas, peculiares componen la diversidad. Pero no. Se estila renunciar a lo que se ha venido haciendo para pasar a hacer lo que dicen por ahí que no solivianta a quienes no han crecido en nuestro marco cultural, un viaje a ninguna parte, bueno, sí, un viaje hacia ese lugar donde todo cabe, donde todo vale, donde todo es tan igual a lo demás que se diluye y disuelve en una anodina uniformidad.

Hoy toca hacerse el interesante, el guay, el moerno y decir que las Navidades están ideadas y alentadas por tétricos poderes en la sombra para hacernos consumir a lo bestia, claro que nuestra teoría conspiranoica, que difundimos en las redes sociales para que nadie nos acuse de blandengues mentales, se cae a pedazos cuando nuestros mayores, que vivieron verdaderamente días difíciles muy, muy distantes de la abundancia material actual, recuerdan sin embargo las Pascuas de aquellos tiempos con emoción y cariño.

Esto me lleva a pensar que quizás esta alergia a los gorros de papanueles, los belenes vivientes y los Reyes Magos se deba o, al menos, sea más intensa por lo enrarecido que está el ambiente con tanto prejuicio. Tan contaminado, tan envenenado está el debate, que cualquier planteamiento que se separe del buenismo oficial resulta molesto.

Quita, quita, no nos vayan a tachar de… Calla, calla, no vayan a decir que… que el qué dirán, lejos de estar superado, siga más vigente que nunca, ¡ya nos vale!

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Publicado en Wadi As Información en su edición del 2 de enero de 2015

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Publicado en Wadi As en su edición del 5 de diciembre de 2014

Decir “Navidad” y “Madrid” es hablar de colas ante las administraciones de lotería del centro y ante los establecimientos -cada vez menos- especializados en el amasado tradicional del roscón de reyes. Y de los mantecaos de confitería que uno empieza comprando por gramos y acaba las Pascuas acopiando por kilos. Y de los jóvenes que se toman las uvas al ritmo de las campanadas del reloj de Sol durante los últimos ensayos antes de la gran cita del 31. Y de la sobredosis de luz en las vías principales. Y del trajín en las oficinas de correos pues, si bien lo de escribir christmas es ya cosa de minorías y los paquetes de regalo son menos que en época de bonanza, siguen teniendo en estos días más actividad de lo normal. Y de la calle Preciados convertida en cauce por donde van ríos de gente, gente que entra y sale de tiendas, de cafeterías/chocolaterías, de bares, del metro. Y de la Plaza Mayor y aledaños con los puestos, primero, de belencicos y adornos navideños, y semanas después, de pelucas estrambóticas y artículos de broma. Y -por consiguiente- de chicos y grandes desfilando con orgullo y alegría el pelucón finalmente comprado. Y de la charleta con el portero del edificio sobre cuándo uno se va o regresa a la casa de tal o cual pariente para celebrar tal o cual festejo. Y de los belenes visitables. Y de los espray blancos echados deprisa y corriendo sobre moldes en las ventanas y de los arbolicos descalichaos y los espumillones despeluchaos del año el picor que se dejan entrever a través de éstas, pues en la gran ciudad no habrá tiempo para mucha cosa -y ahora mucho menos dinero que tiempo-, pero sí para recibir la Navidad de alguna manera.

Éstas y otras estampas más enumeramos en un momento una madrileña y ésta que esto escribe -que, aunque no nacida en Madrid, no hay día que no sienta su ausencia- mientras me acerca en coche al metro de Potsdamer Platz. En pleno corazón de Berlín -que, por cierto, se puso el traje navideño a mediados de noviembre, pero sigue luciendo igual de mustio-, ahí estamos nosotras, mano a mano, recuperando del recuerdo vivencias muy del Madrid de estas fechas, donde hay mucho calor y color que pueden con el frío y la apatía de la rutina.

Porque habrá quienes prefieran pompa, consumo y abuso. Porque habrá quienes encuentren en lo anterior motivos para despotricar contra las Navidades, descalificando el todo -y a todos los que las celebramos- por la parte que opta por el despiporre. Pero éste no es mi caso ni el de otros muchos y, si tengo que escoger una forma de inaugurar este serial de artículos (pre-)navideños, es de la mano de historias menudas como las que mi amiga y yo hemos recopilado en apenas diez minutos, de esos pequeños episodios, carentes de boato pero que, sin embargo, uno más otro, componen el escenario del tiempo que viene.

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Preparando

Publicado en Wadi As en su edición del 7 de diciembre de 2012

 

Las Navidades se han convertido, las hemos convertido en algo aburridísimo y extremadamente costosísimo para bolsillo y espíritu. Gran hartazgo causan estas fiestas que  tanto “estrés social” conllevan por tanta comida y cena de empresa  -esto es, de compromiso-, tanta comida y cena con amigos –en muchos casos, más bien conocidos, de ahí que algunas de ellas acaben siendo de compromiso-, tanto evento celebrado al calor del hogar familiar –en ocasiones, también de compromiso-. Tan mal nos hemos montado el chiringuito que, na más escuchar los primeros acordes de los villancicos y canciones navideñas que se reproducen en bucle infinito en el hilo musical de los grandes almacenes donde encargamos los regalos, empiezan a entrarnos los sudores de la muerte, preludio del fuego en el que arden nuestros nervios en la cuesta de enero. ¡Rom-pom-pom-pón, rom-pom-pom-pón!

 

Pero hacía bien al inicio al apuntar cierta corresponsabilidad nuestra en esta desmesura consumista en la que han devenido las Navidades, pues si nos paramos un ratico a pensar en ellas, podemos constatar cómo éstas no contienen tanta cosa insoportable de por sí y sí que, en parte, nosotros contribuimos a cebar el despropósito existente. Lo primero es que sin sentido religioso, poco sentido tienen. Quien quiera seguir festejándolas quedándose en ese maremágnum de palabras biensonantes y símbolos anodinos, tales como copos de nieve de diseño, estrellas minimalistas y ángeles trompeteros desangelados –naturalmente de-construidos, obligatoriamente carentes de cualquier relación con el nacimiento de Jesucristo-, pues tiene muchas papeletas de caer en la desgana, de igual forma que le ocurre al que vive –en su caso, mejor decir “sobrevive”- las Navidades encorsetado en un guión sota-caballo-rey heredado de su familia, típico en su entorno: cada año la misma frasecita tras saberse perdedor en el “Sorteo del Gordo”, cada año el mismo calendario de visitas en los días festivos, cada año el mismo menú en los ágapes principales, cada año el mismo protocolo de intercambio de regalos. ¡Y ande-ande-ande-la-Marimorena! Es decir, que un excesivo peso de la tradición en absoluto libra del tedio for-Christmas, más al contrario, conduce injustamente al aborrecimiento de cada una de las partes por ese todo saturante/saturador.

 

Os propongo prolongar este momentico de tregua en medio del bombardeo comercial y alumbrados cegadores y reparar en que tal vez nos ayudaría a reconciliarnos con la Navidad el hecho de exprimir tan sólo aquello que le es propio y que, además, verdaderamente nos hace estar a gustico. Cada uno tendrá sus preferencias en función de las vivencias cosechadas a lo largo de los años. Pues bien, disfrutar con la preparación de esas actividades navideñas especiales para cada uno de nosotros, residir en el proceso dotará de un significado el fin por el que las ponemos en marcha. La ilusión de llevarlas a cabo nos animará a buscar la manera de reservar tiempo al día para dedicarlo a ello y también afilará nuestro ingenio para sacarle el mayor partido al menor gasto posible. ¡Y alegría-alegría-alegría/ alegría-alegría-y-placer! Pues puede que estas Navidades nos sean afortunadamente distintas.

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 9 de diciembre de 2011

 

¿Qué cuento contar de estos días, cuando tan poco encanto habita en los atascos ante los centros comerciales, ante los probadores de las tiendas, incluso a la hora de pagar? Porque este cuento del nunca acabar de comprar no casa nada con esos otros que, en teoría, deberían estar leyéndose ahora y que tendrían que apartarnos por un momento al borde del camino y ayudarnos a recargar las pilas. Entre tanta factura tras la resaca consumista, tras tanto bicarbonato después de tanto atracón, no quedan ganas de ponerse nostálgico ni el corazón tiene fuerza como para latir con entusiasmo ni nuestro espíritu ánimo alguno de ejercitar sentimiento que no sea el de meterse rápido en la cama y descansar. ¿Qué nos está pasando que nos resulta dificilísimo encontrar una emoción sincera en este montón de actividades que agrupamos en estas pocas semanas? A nosotros, que tanto nos gusta ponerle titulillo a todo, nos queda grande, sin embargo, esta encomienda. Será que no seremos tan superwoman ni tan machomanes como pensamos. Será que no tenemos tan controlada nuestra vida como para ser capaces de calentarnos un poquito la cabeza y crear algo distinto a lo que el mercado ofrece prefabricado. A poco que hurguemos hallamos seguro motivos para sacar ese empuje preciso y escribir nuestros particulares cuentos de Navidad. Un beso improvisado, una convidá un día cualquiera, una comida alrededor de un perol de guiso caldoso, una sobremesa de mesa camilla y repaso de álbumes familiares, una serenata no ensayada… sobran las razones y los momentos para preparar algo con sabor propio y con suficiente intensidad como para despertar a ése que duerme dentro de nuestra carcasa de compra frenética.

 

Mi cuento de Navidad de este año va de sonrisas, de cómo una ciudad fría y lluviosa puede parecer la más cálida y entrañable cuando, a su habitual estampa, se le añaden rostros felices. Berlín, que carga a sus espaldas con un muy pesado pasado no muy lejano, tira además del lastre de la soledad del anonimato propia de las grandes capitales. Con el clima también en contra, reúne, en teoría, todos los requisitos para ser, si cabe, aún más triste en Navidades. Pero yo me agarro a las sonoras carcajadas que se dejan oír en los mercadillos de abalorios y productos típicos navideños que salpican la ciudad, para convertir en un aliciente pasear en estos días por Berlín. ¡Ay! Sonrisas que iluminan más que las bombillas de las calles. ¡Ay! Y  tan fuertes que apantallan las canciones de niños gritones que suenan por la megafonía. ¡Ay! Y tan potentes que queda en nada, como propio de una dimensión paralela, el estrés de las gentes que van de acá para allá cargadas de bolsas. Mi cuento no tiene forma de cuento ni moraleja al uso ni hay huerfanitos ni fantasmas ni hadas madrinas, pero consigue que me conmueva como lo hacía, de pequeña, cuando sujetaba con mis bracitos aquellas colecciones de relatos navideños de pasta dura que tanto me hacían soñar.

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